☨Prólogo☨
Aruma Kirkpatrick se describía a sí misma como una joven ordinaria y a la vez extraña de casi veintidós años; puesto que medía un metro con setenta y cinco, era sumamente delgada, con el cabello corto como chico color azabache, ojos color gris humo, nariz un poco chata con un piercing en la aleta izquierda que la hacía lucir muy atractiva y exótica a los ojos masculinos y también femeninos. Siempre optaba por vestir prendas holgadas cubriendo su figura y botas negras de chico. Pero lo que confundía a las personas a su alrededor era sus gafas de aumento con armadura retro que usaba del diario, las cuales no estaban a juego con el maquillaje cargado de sus ojos: sombras oscuras; y con los libros que llevaba siempre bajo el brazo a todos lados. Por muy extraño que pareciera, ella adoraba la literatura.
A pesar de que era muy sociable, no consideraba a nadie como amigo. Solo compañeros. ¿La razón? Era simple. Aruma estaba segura de que ninguna persona sería capaz de lidiar con su mal genio que ocultaba con una sonrisa tensa cada que le hacían perder la paciencia. Su carácter muy temperamental se lo había heredado a su padre, quién ya llevaba diez años enterrado en el cementerio municipal de su ciudad natal, Nueva York, a causa de una riña con un vecino, en la que lógicamente terminó muy mal. Y ella no quería correr con la misma suerte: enfurecer y terminar muerta por cosas estúpidas.
En lo que respectaba a su madre…
Aruma estaba completamente sola, en todo el gran sentido de la palabra porque su progenitora yacía recluida en un hospital psiquiátrico. Su madre fue sometida a ese sitio después de la muerte de su padre. Enloqueció a los pocos meses e intentó hacerle daño a su propia hija, así que las autoridades dejaron a la chica a cargo de su tía Helen, hermana de su padre en Boston, quién solo le dio techo, comida y estudios hasta los dieciocho años; y a partir de entonces, Aruma tuvo que salirse de aquella casa detestable para ir a la universidad de Bozeman, en Montana, apañándoselas sola.
Pero lo que ella no sabía era que, al irse de viaje, a una excursión con sus compañeros de clase a un pueblo ubicado en la península de Kenai en Alaska por motivos educativos, su vida dejaría de ser aburrida y ordinaria como ella pensaba.








