Espejismo

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Summary

Adara cometió un error, uno muy grave: se enamoró y contrajo matrimonio con el hijo de un mafioso. Cegada por su amor, estuvo dispuesta a intentar estar a su lado. Sin embargo, con el tiempo, se dio cuenta de que esa no era la vida que deseaba. Y fue ahí, cuando cometió su segundo grave error: decidió huir y esconderse de su familia. Pero el problema más importante surgió, cuando Adara sufrió un pequeño gran incidente. Ahora, ellos no saben en donde están, no saben que pasó ni como llegaron allí. Lo único que saben, es que no están en donde deberían estar.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1🪞

Un mes antes del incidente

Ser la esposa del heredero de un imperio criminal, era la peor desgracia del mundo. Muchas eran las razones de eso pero la principal, sin dudas, era el hecho de que estaba condenada desde el día en que había dicho: "acepto". No sólo mi vida estaba en riesgo, sino también la de todos aquellos que me rodeasen.

En más de una ocasión llegué a arrepentirme, a repensar si lo que había hecho, había sido lo mejor. Claro que no era bueno, aunque ya todo estaba realizado y no podía regresar el tiempo.

Me acerqué a la mesa que contenía platillos dulces, mientras mi esposo se reunía a conversar con personas que a mí, me daban muy mala espina y que prefería evitarlos en tanto fuera posible.

Habíamos aterrizado en Whitehorse a tempranas horas de la mañana y llegado a la mansión en la tarde, todo esto debido a la importancia de la situación: hoy se realizaba una fiesta de mascaras en honor al cumpleaños dieciocho de mi cuñada.

Me gustaba la idea de asistir a una fiesta, en especial a una como ésta, que parecía sacada de un sueño. Incluso podría decir que cualquier joven desearía tener una celebración así. Lo que no me gustaba, en absoluto, era el hecho de que todos los invitados eran criminales.

Una vez que, los acechaban a mi esposo, se fueron, coloqué en mi boca el último pedazo de chocolate que tenía en la mano, me acomodé mejor el antifaz y me acerqué a él. Me recibió estirando su mano para que la tomara, lo cual hice, consiguiendo como respuesta que me acercara a él.

Besó mi frente, haciendo que una sonrisa se instalara en mi rostro. Una que duró muy poco tiempo, debido a que mi suegro se acercó hacia nosotros, acompañado de una joven.

—Adara, te presento a April, mi hija menor —la empujó con ligereza, logrando que ella avanzara un paso hacia el frente.

—Es un placer conocerte —traté de ser lo más cordial que podía.

Hasta entonces, no había tenido la oportunidad de conocerla, debido a que su padre la mantenía encerrada en ésta mansión, era casi imposible acceder a ella, por lo que solo los cercanos a la familia la conocían y aquellos con los que se tenían negocios.

La inquietud que la circunstancia me provocaba, no disminuyó. Mi problema en realidad no era con ella, lo era con mi suegro. Ese hombre, era una de las personas más intimidantes que pudiese existir, el diablo se quedaba corto a su lado.

April sólo se dedicó a sonreír con lo que, más bien, parecía una mueca. A penas un minuto después, le susurró algo en el oído a su padre, éste asintió en respuesta y ella se fue, sin decir nada, sin siquiera despedirse.

—Lamento que se haya ido de esa manera, ella no se siente muy bien —su padre hizo una mueca de disgusto.

—¿Le sucede algo, padre? —preguntó Blas, mi esposo.

—Sus amigas —respondió, a lo que Blas puso una mala cara, lo que me dio a entender, que ambos sabían a que se debía eso.

—Disculpen mi ignorancia, ¿qué les sucedió a sus amigas? —indagué.

Sabía que me estaba metiendo en un sitio peligroso, no debía preguntar nada, eso era parte de las desventajas que tenía de ser yo. Una de las cosas que más odiaba de éste mundo, era que: las mujeres no se metían en los temas de los hombres.

—Las asesiné, ya no me servían para el negocio, eran sólo una carga —respondió Einar, mi suegro, helándome la sangre.

—Padre... —exclamó Blas, en un tono acusatorio.

Sien embargo, un escalofrío recorrió mi piel. En ese instante, recordé porque era mejor no preguntar. Me evitaría los malos ratos si cerrara la boca, ese era un mantra que me repetía todos los días y que trataba de cumplirlo, aunque no siempre era posible.

—Yo… necesito un poco de aire —dije mirando a Blas, quien asintió, mientras que Einar sonreía con burla, como si disfrutara de mi reacción.

Me retiré caminando con prisa. Por suerte, a unos metros de donde estábamos, se encontraba un balcón, el mismo dejaba a la vista las inmediaciones de la mansión y serviría para calmar mi mente, o eso era lo que deseaba.

Las manos comenzaban a temblarme, a medida que la declaración volvía a repetirse en mi mente y mi respiración se agitaba.

No me había gustado en nada lo que había escuchado, me preocupaba y mucho, ¿cómo podía admitir que había asesinado a las amigas de su hija sin ningún tipo de remordimiento?

Al cruzar el umbral de la puerta, que separaba al salón del balcón, me acerqué al barandal de cemento, coloqué mis manos sobre el y respiré profundamente.

Miré hacia el cielo estrellado, tratando de centrar mi atención en la luna, teñida por completo de blanco.

Bastaron unos minutos a solas, para sentir como unos brazos me rodeaban la cintura. Descansó su mentón en mi cuello y me removí, intentando adoptar una posición en donde ambos estuviéramos cómodos.

—No dejes que te afecte lo que padre dijo —susurró con tranquilidad, supuse que trataba de contagiarme esa seriedad que siempre lo caracterizaba, aunque era evidente que en ésta ocasión no podría hacerlo.

—¿Él? ¿De verdad...? —no pude continuar la pregunta, el sólo hecho de pensarlo formaba un nudo en mi garganta.

—Mejor no hablemos de eso —me cortó Blas, dejando la situación allí—, creo que April y tú serían buenas amigas. Deberían de pasar tiempo juntas.

—Eso creo —dudé, no sabría como acercarme a ella ni como debería actuar.

—¡Hey! —hizo que me girara a enfrentarlo, para luego acariciar mis hombros, tratando de calmarme— No todo es tan malo como parece.

Enganché mis brazos alrededor de su cuello, buscando su cercanía, él me atrajo a su cuerpo, colocando sus manos en mi cintura.

—Solo quiero estar tranquila —susurré, para luego abrazarlo.

Ojalá nuestra vida fuera tan cálida como estar entre sus brazos.

—Y puedes estarlo, no sucederá nada malo.

—No puedo estarlo —levanté la voz, separándome de él, me di la vuelta, para volver a la misma posición en que estaba antes y con la mirada en la luna, continué:—, no puedo estarlo sabiendo que nuestras vidas corren peligro, no puedo cuando todos hablan de esas chicas como si no valieran nada. ¿Qué pasará si algún día tenemos una niña? ¿También hablarán así de ella? O peor, ¿también la asesinarán cuando no les sirva?

—Nada de eso —se acercó para acariciar mi cabello, mientras soltaba un suspiro con pesar—, no les pasará nada, ni a ti ni a nuestros hijos. Lo prometo.

Volvió a darme un beso en la frente, al mismo tiempo que me abrazaba de lado.

—Jamás dejaría que algo les pasara —recosté mi cabeza en su pecho, cerrando los ojos en busca de su calor.

Por una vez, quería creer en sus palabras y fingir que teníamos una vida normal, que nada nos sucedería.