Capítulo 1
Oiaba el frío.
Por lo cual, aún me preguntaba porque demonios había comprado una propiedad donde el frío era predominante. Así es, había comprado una propiedad en la maldita Alaska.
Para ser mas exactos, en Fairbanks, Alaska. Con una población de más de 30.000 habitantes. Era una hermosa cabaña donde podría entrar todo un rebaño de lindas borregas. Había leído la información cientos de veces para saber que estaba a las afueras de la ciudad, donde lindaba con otra cabaña justo al frente y había un hermoso lago a unos 10 metros de ambas casas.
No es que estuviera pensando en darme un baño allí, pero era hermoso. Y me gustaban las cosas hermosas.
Pero en cuanto el porque tome la decisión de comprar aquella propiedad, no era mas que una especie de venganza.
Venganza contra alguien muerto.
¿El sujeto en cuestión?. Mi padre.
En mi larga lista de cosas que odiaba, en primer lugar estaba el hombre que me había dado la vida, en segundo mi madre, quien me había abandonado con el imbécil de su ex marido. Entre otras cosas como, el sol, los mosquitos, la cerveza, los hombres que toman cerveza, los niños y las risas de los niños. Las miradas suplicantes de las personas cuando les decía que no podía representarlos porque no tenían como pagarme y el llanto de las familias cuando mandaba a sus hijos a la cárcel y de más.
En resumen: odiaba muchas cosas.
Pero volviendo al asco de progenitores que tuve, tengo que decir que mi padre me dejó un buen incentivo: mi odio por él.
Desde que era pequeña me exigió ser perfecta, eso solo logró convertirme en una perra obsesionada con el éxito y el control: y todo el mundo lo vio en los tribunales y en los juicios.
Otra cosa que me heredó mi padre, los tribunales. El era un hijo de puta que defendía a quien sea mientras le llenaran los bolsillos de dinero y me terminó convirtiendo en una pequeña copia de mierda como él.
Todo lo que hice, dejar mis sueños de lado y convertirme en alguien sin corazón que mandaba a la cárcel a inocentes por no tener suficiente dinero. Alguien que si no encontraba pistas las plantaba.
Todo eso no importaba ahora. No valía nada ahora que él estaba muerto.
Mientras crecía bajo sus insultos y golpes nunca me detuve a pensar que el moriría en algún punto, deje que el miedo me gobernara y lo obedecí en todo.
Me convertí en una copia exacta de él, y me odió mas por eso. Porque llegó un momento en que simplemente fui mejor que él y sus clientes se convirtieron en los míos así como su dinero lleno mis bolsillos en lugar que los de él.
Él siempre quiso comprar — o más bien, recuperar — la cabaña que acaba de ser mía hace tan solo unos minutos.
Alguna vez fue de él, la adquirió junto a su amigo, Brent . Según recuerdo se conocieron en el ejército, cuando mi padre aun no se convertía en un hijo de puta. No lo sé, ni siquiera lo conocía, no había nacido.
No sé cómo fue que la perdió, pero si había algo que Eduard Loughty deseaba, eso era mi ahora cabaña.
Papá siempre hablaba de su gran amigo Brent, tal vez no podía vengarme de mi padre por el detalle de que ahora estaba a tres metros bajo tierra, muy lejos de mí, pero solo una persona desagradable puede ser amigo de otra.
¿Quién sabe?. Puede que el tal Brent no era un hijo de puta como mi padre, pero yo estaba enojada. Estaba molesta y estaba herida.
Hace tan solo unas horas había enterrado a mi padre, al cual había odiado toda mi vida. Mi única compañía era la ahora botella vacía de su whisky favorito. No había manera de hacerle pagar por todo lo que me hizo, por todos los insultos que me dio y las golpizas que me regaló.
No sabía como sacar todo mi rencor contra él por el mayor regalo que me dejó. Aunque ahora estuviera muerto, el siempre estaría conmigo.
Estaría en las costillas rotas que me dejó cuando cumplí los 13 años.
En mi labio partido a los 14 cuando llegue tarde a casa.
En la cicatriz que adornaba mi mano derecha, ese fue mi regalo de 16 años. Papá me había encontrado en mi habitación besándome con un chico: Su lección fue aplastar mi mano con la puerta de su coche.
Su mejor regalo fue este, faltaban dos meses para mi cumpleaños numero 25. Su muerte había sido el mejor regalo que pudo haberme dado.
Tomarme sus botellas favoritas y joder a su amigo me hacían sentir un poco mejor. Drenaban aunque fuera un poco todo el rencor que tenía en mí.
Lleve el ultimo trago a mis labios y el sabor me volvió a quemar la garganta. Mire la gran foto que yacía al final de las escaleras. Era un gran cuadro donde nos habían fotografiado juntos y yo tenía tanto maquillaje como una prostituta para ocultar los golpes.
—Salud, papá
Lancé la botella hacia el cuadro, llenado de vidrio el piso y las escaleras.
Ya había comprado el boleto y mis maletas estaban listas.
No di un ultimo vistazo a la casa, solo había pesadillas y malos recuerdos por donde quiera que mitrara.
Mandé un correo con mi carta de renuncia y cerré la puerta.
Alaska me esperaba.









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