Prólogo: El príncipe y el bosque
╰───────────✧──────────────╮
El espeso bosque parecía extenderse sin límites mientras corría sin rumbo fijo, aferrando con fuerza la mano de su madre. El aire frío y la niebla envolvían a los fugitivos mientras se adentraban en lo desconocido. Hit, un niño de diez años, miraba a su madre con miedo y confusión. No sabía a dónde iban ni entendía qué estaba pasando, sus pies cansados simplemente acompañaban el rápido ritmo de su acompañante durante horas.
A lo lejos se escuchaban gritos y pasos alborotados. Hit había escuchado de sus mayores que salir de las tierras de Edonhow estaba completamente prohibido sin un permiso previo.
Marzia, su madre, sentía el peso de su decisión en cada paso que daban. Sabía que lo que estaban haciendo no era algo encomendado por el rey. Sin embargo, estaba dispuesta a arriesgarlo todo por la paz.
—Mamá, ¿qué está pasando? —dijo el muchacho, recibiendo una mirada severa que lo instaba a guardar silencio.
—Hit, confía en mí. Cuando lleguemos, todo cobrará sentido —le susurró.
El miedo se reflejaba en sus ojos, color ámbar, pero también había determinación, su cabello pálido flameaba junto con el poderoso viento que inundaba el bosque. El ruido de los perseguidores se hacía cada vez más cercano, y Marzia sabía que no podrían huir por mucho más tiempo. Tomó otro rumbo con decisión, y con su otra mano, agarró con fuerza la pequeña roca negra de su collar. Al tacto, sus ojos adquirieron un brillo sobrenatural en contraposición de la oscura noche.
De repente, ambos se elevaron en el aire, impulsados por una fuerza invisible, aterrizando con gracia en la copa de un árbol alto.
Sus respiraciones agitadas se mezclaban con el viento nocturno, las hojas negras y machucadas eran el escondite perfecto entre la espesa niebla y la penumbra. Permanecieron en silencio unos minutos, Hit pudo ver a los hombres que los seguían: montados en huargos negros, con armaduras que parecían absorber la poca luz que quedaba. Pararon unos segundos intentando localizar a su víctima, pero cuando no la encontraron, siguieron camino, adentrándose más allá del bosque donde se perdieron en la oscuridad.
—¿Esos...? ¿Eran Ivlum? —preguntó Hit, asustado, a su madre.
—No, hijo, pero claramente nos están buscando — susurró Marzia, sin apartar la mirada del lugar donde antes estaban.
—¿Por qué nos buscan, mamá? ¿Hicimos algo malo?
— Verás, los Ivlum no son criaturas tenebrosas como te hicieron creer todo este tiempo; nuestra raza Oskra ha vivido en una guerra constante contra los Ivlum que no parece tener sentido ni fin, ¿Y cómo te dijo mamá que se resuelven los conflictos?
— Hablando —respondió Hit con firmeza.
—Exacto, hijo. Por eso nos embarcamos en este viaje, para hablar con los Ivlum y resolver todo esto de una vez. Por eso mismo me buscan; hay quienes no quieren que la guerra termine. —dijo Marzia, acariciando la negra cabellera de su hijo.
Hit tragó con fuerza, sintiendo miedo ante la situación, pero antes de que pudiera responder, Marzia lo abrazó y lo levantó en sus brazos, colocándolo sobre su espalda como si fuera una mochila y comenzó a saltar ágilmente entre las ramas de los árboles, deteniéndose en cada una de ellas para asegurarse de que había burlado a los perseguidores. El niño miraba con asombro cada movimiento, ella casi nunca salía del castillo y siempre estaba cuidando de él y sus hermanos. Le resultaba extraño que no fuera una guerrera Oskra si poseía esas habilidades.
Cuando Marzia se cercioró de que había dejado atrás a los cinco hombres, bajaron de los árboles. Hit pudo divisar que mientras más se alejaban de su hogar, la niebla que cubría tanto el bosque como a la ciudad de Edonhow se iba volviendo más tenue y, a lo lejos, vio la punta de una torre blanca oculta entre los árboles. De la torre parecía emerger una luz pálida que iluminaba a gran distancia.
—¿Qué es eso?
— Es la torre de control de Iris, la capital de los Ivlum —le sonrió Marzia.
Hit no había visto a su madre sonreír en muchos años y guardó esa memoria en su cabeza para siempre: su madre, con la luz de la torre, iluminándola suavemente, llena de esperanza por cambiar el mundo y combatir la injusticia. A Hit le hubiera gustado quedarse con esa imagen para toda su vida. Sin embargo, esa sensación de paz duró muy poco.
Tres de los cinco hombres los habían rodeado, desmontaron a sus huargos y desenfundaron sus espadas. Hit miró una vez más a su madre, quien le lanzó su collar, que él atrapó, confundido.
—Hit... —susurró Marzia, llamando la atención de su hijo—. Corre, hijo. No mires atrás y busca la torre blanca. Te encontraré allí.
— Mamá...
Él quiso negarse, quedarse y combatir junto a ella, pero sus pies y su voz ignoraron sus pensamientos, obedeciendo las órdenes de Marzia por alguna razón inexplicable. Se escabulló por debajo de uno de los hombres y comenzó a correr en dirección a la torre a toda velocidad. Al girarse, pudo ver cómo su madre combatía, pero claramente estaba en desventaja numérica.
Siguió corriendo y apretando el collar de su madre con firmeza, como si este fuera el tesoro más preciado del mundo. A pesar de su miedo, sintió una fuerza desconocida que lo impulsaba a seguir adelante, aumentando su velocidad y resistencia. Pero al ir a tanta velocidad, no pudo controlar su cuerpo cuando chocó contra una criatura que bloqueaba su camino: otro huargo que lo miraba con desprecio y, sobre él, un hombre con la misma armadura que los anteriores.
—Príncipe Hit, volvamos a casa —dijo el hombre, tendiéndole la mano.
Hit reconoció de inmediato el símbolo de la corona de Edonhow, una estrella negra sobre sus hombreras. No había que ser un genio para saber que esos soldados eran de su padre.
En un acto de rebeldía, rechazó rápidamente la mano del desconocido y comenzó a correr en otra dirección para alejarse de él. Pero el huargo era más rápido y lo alcanzó fácilmente; el hombre tomó al niño por la capucha, agarrándolo con fuerza sobre sus hombros. Hit intentó liberarse de las manos de su opresor, pero este era demasiado fuerte.
Al alejarse de vuelta hacia Edonhow, pudo ver el cuerpo sin vida de Marzia tendido en el suelo y rodeado por los hombres que la atacaron.
— ¡Mamá! — gritó con fuerza logrando que su voz retumbara en todo el bosque.
El hombre, por su parte, le pegó un leve codazo en la cabeza, para que se callara y la vista de Hit comenzó a nublarse.
Una lágrima logró caer por su rostro antes de que la oscuridad se apoderara finalmente de su visión.
En ese momento el pequeño príncipe Hit, heredero al trono Oskra de Edonhow no lo sabía, pero el destino de Elyndra estaba en sus manos.