Inicio.
—Estoy cansada— hizo una pausa dramática. —Pero no tan cansada para un poco de cardio— dijo sonriendo pícaramente y dándome esa mirada que me hacía derretir.
—Es bueno escuchar eso. No tendrás que hacer nada, yo haré todo el trabajo.
Mer ya estaba recostada en la cama, usando un short y una camiseta a juego que usaba siempre que se quedaba a dormír en mi departamento; me posicioné encima de ella ocupando mis antebrazos para no caer e inmediatamente con sus delgadas piernas rodeo mi cintura.
—Me encanta cuando llevas solo el pantalón puesto, pero me encanta más cuando no llevas nada encima— decía al tiempo que con sus ágiles manos empezaba a desabrocharlo.
Sonriendo comenzamos a besarnos y poco a poco lo que comenzó como un juego terminó en suspiros, gemidos y muchos "te amo".
Cuando Meredith y yo nos conocimos ambos habíamos iniciado la preparatoria, ella tenía 15 años y yo 16 recién cumplidos. Lo primero que note de ella fueron sus hermosos ojos color miel con pequeños toques de verde y la inocencia y ganas de vivir que transmitían. Fuimos buenos amigos durante los primeros 2 años y luego en una fiesta llena de mucho alcohol ella y yo nos besamos por primera vez, lo que en su debido momento amé y odié al mismo tiempo, pues me ignoró completamente por las siguientes dos semanas. Hasta que un martes por la tarde me armé de valor y fui a buscarla a su casa; la que salió fue su madre, Alexandra.
—Elán, ¿Por qué no entras, cariño?— preguntaba al mismo tiempo que me hacía un ademán con la cabeza para que pasara.
—Subiré a ver a Mer, si no le molesta señora— Alexandra me miró seriamente y luego habló.
—No se que ha pasado entre tú y mi hija pero lo que sea, arreglenlo. Desde hace dos semanas está de pésimo humor y ahora llegas y me dices señora en lugar de Alex— terminó de medio reprenderme con una sonrisa de lado y cuando me encaminé a la habitación de Meredith la escuché suspirar y decir "drama adolescente".
Cuando llegué al cuarto en el que había pasado más tiempo que en mi propia casa, toque la puerta.
—Estoy haciendo la tarea de historia, mamá. No me distraigas.
—No tenemos tarea de historia— respondí entrando a su habitación, observándola sentada en su silla giratoria frente a su escritorio. —Oh, dios. Tal vez me olvidé de anotarla, ¿Tenemos tarea de historia?— pregunté alarmado porque la maestra que nos daba la asignatura no daba oportunidad de entregar otro día.
—No, Elán. No hay tarea— la volteé a mirar y ella estaba con sus brazos cruzados y rostro serio. Luego de eso se formó un silencio incómodo, el cual me gustaría decir que se acabó con un beso, pero en su lugar hablamos y volvimos a ser los mejores amigos de antes; aunque cuando nos quedabamos solos sin nadie más a nuestro alrededor se sentía la tensión crecer entre nosotros.
Hasta que un día ella fue la que se atrevió a dar el paso.
—Elán— llamó mi atención cuando nos reunimos para hacer la tarea en mi casa.
—Perdón por arruinar nuestra amistad— la miré extrañado y antes de que pudiera formular una respuesta coherente, volví a sentir sus esponjosos labios sobre los míos acariciándose libremente. Al principio solo fue un roce y reaccioné cuando estaba a punto de separarse, iniciando un beso en el que demostramos todo lo que habíamos estado reprimiendo durante un mes entero. Ese mismo día decidimos iniciar nuestra relación formalmente.
—Dos besos por tus pensamientos— me trajo de vuelta a la realidad su dulce voz adormilada.
—En el día en que por fin te pedí ser mi novia.
—En todo caso yo te pedí ser mi novio. Te recuerdo que no tuviste el valor de besarme por más de un mes hasta que yo lo hice.
—Bueno, tú fuiste la que me evitó por dos…
Cubrió mi boca con su delgada mano y me observaba con una bella sonrisa de boca cerrada. Retiró su mano lentamente acariciando la poca barba de mi mandíbula.
—Te besaría, pero no me he lavado los dientes.
—No me importa— respondí mientras me acercaba a ella para cumplir su deseo, pero justo antes de llegar a sus deliciosos labios giró la cabeza y termine besando su mejilla.
—Sabes que odio el aliento mañanero— me reprochaba mientras me besaba la mejilla. —Vamos guapo y prepara el desayuno mientras yo me doy un baño rápido.
—Podríamos bañarnos juntos.
—Podriamos— me levanté rápidamente de la cama para posicionarme frente a ella y tenderle la mano. —Pero tengo que llegar a la universidad en una hora y contigo en la ducha lo último que haremos será ducharnos.
—Bien, pero en la noche me cobraré.
—Amo cuando haces puchero, pero no me vas a convencer— suspiré derrotado, pero enseguida agradecí poder mirarla mientras caminaba hacía el baño completamente desnuda.
—Soy un suertudo— medio grité para que me escuchará y Mer respondió con su hermosa risa.
Después del desayuno la llevé a la universidad y yo me fui a hacer algunas compras que tenía pendientes entre ellas un anillo de compromiso para el cual llevaba ahorrando un año entero. Estábamos por cumplir 4 años de novios y yo estaba seguro de querer estar a su lado por el resto de mi vida, también estaba un noventa y nueve porciento seguro que ella deseaba lo mismo; ahora solo quería que estuviéramos comprometidos, podíamos esperar a terminar nuestras carreras y conseguir el trabajo de nuestros sueños para casarnos y tener una familia.
Todo esto lo había consultado con mis padres Jared y Florence, ambos estaban de acuerdo y se emocionaron porque ellos la amaban tanto como yo.
En el transcurso del día nos estuvimos mensajeando, en cada mensaje mandado intentaba no delatarme con mis nervios pero me di cuenta que no estaba funcionando cuando recibí un mensaje de Mer preguntando si todo estaba bien; con ayuda de mi mejor amigo Ángelo, pude organizar una cena romántica en la sala de mi departamento y que estuviera todo listo antes de las 7 de la noche, justo cuando normalmente llega Mer de la universidad. Cuando revisé la hora por quinta vez consecutiva en menos de 5 minutos comencé a ponerme más nervioso, pero ya no era por la pedida de mano, sino porque ya tenía media hora de retraso y no me llamaba ni mensajeaba como normalmente lo haría para avisar que se retrasaría, no quería verme paranoico y llenarle la bandeja de llamadas perdidas, por lo que apenas le iba marcar cuando el timbre del departamento resonó por todo el lugar, apenas apreté el botón para contestar escuché su voz.
—Amor, podrías venir y ayudarme con unas cosas. Por favor— se escuchaba un poco agitada.
—Ya voy— fue lo único que conteste antes de salir disparado por la puerta directamente al elevador; tuve un mal presentimiento en el momento en que se cerraron las puertas detrás de mí e inmediatamente me arrepentí de no usar las escaleras.
Mi celular comenzó a vibrar indicando una llamada, era un número desconocido, no le tomé demasiada importancia pero aún así atendí al llamado.
—Elán, alguien me está siguiendo, voy en camino al departamento.
—¿Cómo que apenas…
—Escúchame— me interrumpió. Por la manera errática en la que su respiración se escuchaba suponía que estaba caminando muy rápido o tal vez había comenzado a correr. —Desde la mañana cuando me dejaste en la escuela tenía la extraña sensación de que alguien me observaba, cuando salí un tipo me intento hacer plática preguntándome cosas extrañas y creo que es el mismo que me está siguiendo ahora…
De un momento a otro la llamada se cortó, comencé a apretar el botón del primer piso desesperadamente como si eso fuera a hacer que llegara más rápido con Meredith. Esperaba encontrarla corriendo a mis brazos en busca de protección pero jamás ocurrió.
Esa fue la última vez que supe algo de Mer. Se había esfumado, como si jamás hubiera existido; encontraron su celular a tres cuadras del edificio donde vivía. Sus padres contrataron a los mejores detectives para buscarla, pero fue en vano; me empeñé tanto en buscarla que uno de los agentes encargados del caso me recomendó a la agencia para que una vez acabada mi carrera pudiera unirme a la policía del estado de Hidalgo sin la necesidad de pasar por todo el proceso de reclutamiento. El tiempo pasó rápido y logré escalar hasta ser uno de los mejores agentes de la CIA; cuando creí encontrar una pista crucial para saber lo que ocurrió con Meredith, sus padres también se esfumaron.