Cero
23:37
El avión sufre una nueva sacudida. En uno de los asientos, una mujer rubia que no supera por mucho la treintena aprieta fuerte los párpados y trata de controlar su respiración lo mejor que puede.
Nunca le ha gustado viajar en avión. Abre despacio los ojos, dejando que la luz de la luna a través de la escotilla capte su atención. Tras observarla durante algunos segundos, suspira y dirige su mirada hacia la revista que sujeta entre las manos.
Una repentina turbulencia la sorprende con la guardia baja y la revista se escurre de entre sus manos y se desliza por el pasillo creado entre los asientos.
—¡Por Dios! —masculla, desabrochándose el cinturón y caminando tras la revista.
Cuando ya la ha alcanzado y se dispone a agacharse a recogerla, una azafata pelirroja se le adelanta. Se la tiende servicial y la rubia entabla contacto visual con ella.
—Lo siento mucho —se disculpa, recogiéndola.
—No se preocupe —le tranquiliza la mujer—. Vuelva a su asiento.
—Muchas gracias.
La rubia regresa a su asiento y vuelve a abrocharse el cinturón de seguridad. Suspira y se dispone a retomar su lectura por la página donde se había quedado antes de que saliese volando de entre sus manos.
—Tiene patas, ¿eh? —bromea una voz masculina a su derecha.
La mujer dirige la vista hacia allí y descubre a un hombre sonriente en el asiento que queda justo al otro lado del pasillo, en su misma fila.
—Y el avión muchas turbulencias —repone ella, sarcástica.
El hombre arranca una carcajada.
—Soy Connor —se presenta, cuando la risa ha remitido por completo—. Encantado.
—Igualmente —responde—. Caroline.
Una nueva turbulencia sacude toda la aeronave. Esta vez Caroline agarra con firmeza la revista mientras vuelve a apretar los ojos, gestionando internamente su pánico.
—Viajar en avión no es lo tuyo, ¿me equivoco, Caroline?
Ella abre los ojos despacio y mira de nuevo al hombre al otro lado del pasillo, soltando una sonrisa. Parece que la conversación va a resurgir, pero ambos se ven súbitamente interrumpidos por un grito agudo proveniente de la cabina de mandos.
La azafata pelirroja, como un resorte, corre hacia allí ante el desconcierto de los pasajeros, que se miran entre sí preocupados. Caroline tiene la vista fijada en la cabina del piloto, aguardando a que reaparezca la azafata. Sin embargo, Connor vuelve a captar su atención.
—Supongo que eso no te ha ayudado mucho a controlar tus nervios —apunta, con irónica obviedad.
Caroline deja escapar el aire en un suspiro, recuperando la sonrisa.
—En absoluto —confiesa.
La azafata pelirroja reaparece con ademanes un poco torpes, buscando desesperadamente conectar el micrófono.
—Señores pasajeros, les rogamos que mantengan la calma y comprueben que sus cinturones de seguridad están abrochados —anuncia, con la voz acelerada—. Estamos teniendo algunos problemas con el avión, que serán resueltos con la mayor brevedad posib-
Una nueva fuerte sacudida empuja a la mujer al otro lado de la aeronave, interrumpiendo su intervención. Sin previo aviso, parte de la chapa de una de las paredes laterales del avión se desprende, provocando la entrada repentina de una corriente de aire que se salda con la caída accidentada de cuatro asientos de pasajeros.
Los gritos, el pánico y el caos se hacen con el control del avión mientras este sigue cayendo al vacío a una velocidad vertiginosa. El vehículo se inclina, dejando a Caroline prácticamente suspendida en su lado izquierdo. Ella se agarra con todas sus fuerzas a los reposabrazos del sillón, que de alguna manera le transmiten la falsa seguridad de que no será la próxima en salir despedida por un agujero.
El avión sigue perdiendo parte del fuselaje, y en cierto momento permite a Caroline ver una de las alas del avión completamente prendida en llamas y desintegrándose durante la caída. Entre el revuelo, mientras partes tanto del suelo como del techo se desprenden mostrando la estructura metálica interior de la aeronave, otras personas siguen siendo arrancadas de sus asientos por la fuerte corriente de aire.
Los gritos de una pareja que ha empezado a arder como extensión del incendio del ala le captan la atención durante algunos segundos. Después de eso, Caroline procesa realmente la información que sus sentidos están captando masivamente en forma de estímulos: va a morir.
Lo primero en lo que piensa es en cómo reaccionarán sus padres y su prometido. La imagen de sus allegados recibiendo la noticia completamente devastados le parte el alma. No quiere. No soporta la idea de que ellos tengan que pasar por eso. No quiere que el avión moribundo impacte jamás. Desea quedarse suspendida en aquella caída eterna. No quiere morir.
Su mano derecha, colgando junto a su asiento, se ve envuelta repentinamente por otra mano. Cuando Caroline dirige la vista hacia allí, entabla contacto visual con Connor, que tiene una cara de pánico similar a la suya. Él le aprieta la mano con fuerza y ella se lo devuelve. Aprecia el esfuerzo de aquel simpático desconocido por hacerle más llevadera la caída, y por no dejar que sienta que va a morir completamente sola.
Juntos, observan a su alrededor la desolación más absoluta. Mientras el fuego se extiende por la zona izquierda del avión, algunos pasajeros se desabrochan el cinturón de seguridad y se dejan arrastrar por el viento. Otros, sin embargo, se arrastran como pueden hasta los paracaídas de emergencia. Solo unos pocos logran colocárselo antes de salir despedidos por alguno de los boquetes del fuselaje.
Otros pasajeros, entre los que figuran Connor y Caroline, permanecen inmóviles en sus asientos, aceptando y aguardando su negro destino. La rubia percibe cómo se acercan definitivamente hacia suelo firme. Ha llegado el momento. Caroline intercambia una última mirada cómplice con Connor y luego cierra los ojos, preparándose para el impacto.
Un gran estruendo y una gran sacudida se hacen dueños del avión. Después de eso, tan solo silencio.
Caroline abre los ojos de golpe, con la respiración acelerada, como si se le hubiese olvidado por un instante cómo inspirar el aire de nuevo. Agitada, mira rápidamente a su alrededor, tratando de comprender lo sucedido. Por un momento cree haber muerto, y que de alguna manera, en aquel retorcido Más Allá, sigue atrapada en el avión destrozado y en llamas.
Pero entonces un calor excesivo en el brazo derecho le obliga a dirigir su mirada hacia allí. Atravesando su antebrazo se encuentra una larga y delgada tubería de metal. A medida que va cesando el efecto de la adrenalina, va apareciendo el desgarrador dolor. Caroline empieza a gritar asustada, retorciéndose.
—¡Ayuda! —exclama, desesperada.
Cree que son sus lágrimas lo que baña sus mejillas, pero pronto se percata de que ha empezado a caer una fina capa de lluvia sobre el vehículo siniestrado, que se cuela por la infinidad de huecos que han aparecido en lo que queda del fuselaje.
—¡Por favor! —grita, con la voz casi quebrada por completo.
A su derecha, sus ojos perciben un movimiento impreciso. Caroline identifica a Connor revolviéndose en su asiento. Tras el impacto, en el que la vara de metal ha atravesado el brazo de la mujer, la mano de Connor se ha soltado de la suya. El hombre logra volverse hacia el lado izquierdo, encontrándose de frente con Caroline.
—Oh, Dios, estás viva —musita, incrédulo.
—¡Connor! —exclama, eufórica—. Tienes que sacarme de aquí, ¡sácame de aquí!
El hombre se desabrocha el cinturón de seguridad e inclina el cuerpo hacia ella, observando detenidamente su situación. Además del brazo inmovilizado, Caroline tiene algunas heridas aparentemente superficiales en la cara. Además, su camisa azul cielo está ahora mojada y manchada de sangre.
—Respira, Caroline —trata de tranquilizarla.
Al acercarse a ella, las fuerzas en las piernas le fallan y se da de bruces con el suelo. Es entonces cuando Caroline puede ver un profundo corte en su pierna, por donde incluso cree ver asomándose el perfil de la tibia. El hombre se arrastra a duras penas y se reincorpora apoyándose en el asiento frente al de Caroline.
—No me creo que sigamos vivos —reconoce el hombre—. Quizás esta zona en concreto del avión, por algún motivo…
—¡Quítame esto, Connor, por favor! —demanda ella, desesperada.
El hombre sopesa la situación unos instantes antes de actuar. Finalmente empieza a retirar despacio la vara metálica, provocando los incontrolables gritos y espasmos de Caroline, y una vez estuvo fuera dio paso a un río de sangre espesa.
Connor se desgarró un trozo de camiseta y le hizo un torniquete lo más rápido que pudo. Ella se desabrochó también el cinturón de seguridad y se lanzó a los brazos del hombre, fundiéndose en un sincero abrazo.
—Tu pierna no tiene muy buen aspecto —apunta Caroline, separándose—. Espera aquí, iré a buscar un botiquín.
Connor asiente y recupera su posición en la butaca correspondiente. Caroline se aleja despacio de él, en busca de uno de los botiquines del avión. Para su sorpresa, encuentra a otro hombre retorciéndose en el suelo, con su brazo derecho completamente atrapado en una maraña de metal y tela.
—Ayúdame, por favor —implora.
—Eh, tranquilo, voy a ayudarle —anuncia ella, acercándose al hombre de pelo canoso.
El brazo todavía le arde, y siente algunas gotas de sangre resbalando por él. Suspira profundamente, aguantándose el dolor, y sopesa la forma más óptima de liberar a aquel hombre.
Sus ojos divisan en el suelo una barra de metal similar a la que había atravesado su brazo, pero con uno de los extremos torcido. Sin dudar la recoge y la coloca junto a los escombros. Empieza a hacer palanca, tratando que el hombre sea capaz de liberar su extremidad atrapada.
—¿Cómo se llama usted? —pregunta Caroline, tratando de distraer al hombre mientras sigue haciendo palanca.
—Thomas —responde él, a duras penas—. Padre Thomas —puntualiza.
Tras estas palabras, Caroline se fija más detenidamente en su indumentaria: ropa oscura y el inconfundible alzacuellos. Aquel hombre sin duda es cura.
—De acuerdo, Padre Thomas —repite ella—. Aguante.
Caroline sigue haciendo palanca con la barra metálica, provocando las quejas del hombre. Finalmente logra levantar los escombros lo suficiente como para que el cura consiga retirar su brazo.
—Dios te bendiga, joven —le agredece él, masajeándose la zona aplastada—. ¿Cómo te llamas?
—Caroline.
El hombre dirige su mirada a la herida del brazo, adornada con el torniquete improvisado por Connor.
—Estoy bien, tranquilo —se anticipa ella.
Parece que el padre va a añadir algo más, pero un grito de auxilio los sorprende. Ambos caminan en la dirección de la que provienen los gritos. Caminan por el avión siniestrado, y en más de una ocasión Caroline se ve obligada a apartar la mirada cuando se cruza con cadáveres colocados de las formas más escabrosas. Todavía le cuesta creer que ella misma siga con vida.
—Aquí, por favor.
Ambos alcanzan a un hombre de espesa barba que mira hacia ellos con unos ojos de pánico. Al acercarse descubren que el hombre está en realidad ayudando a la azafata pelirroja que había recogido antes la revista de Caroline. La mujer está tendida en el suelo, con la cara cubierta de sangre.
—La escotilla debió romperse en el impacto y las esquirlas saltaron hacia ella —supone el hombre, colocándose un mechón de su melena azabache tras la oreja.
Caroline se fija en el rostro de la mujer, y puede distinguir pequeños trozos de vidrio incrustados alrededor de los ojos, en las mejillas y en la frente. El padre Thomas se arrodilla junto a ella para observarlo mejor.
—Necesitaremos unas pinzas —apunta, fijándose en el pequeño tamaño de los cristales.
—Parece que ninguno le ha dañado directamente los ojos —añade el desconocido—. Soy Jake, por cierto.
—Buscaré un botiquín, hay otro hombre ahí atrás que necesita ayuda —anuncia Caroline, adelantándose por el avión siniestrado.
Camina tratando de no recrearse mucho en la gente sin vida que la rodea. Sin embargo, un ruido capta de pronto su atención. Caroline se obliga a mirar a una mujer sentada en uno de los asientos. El asiento de delante se había destruido y estaba completamente echado sobre ella. La mujer respiraba de forma entrecortada, y de su boca empezó a brotar sangre.
—Respira, vamos —le anima Caroline, acercándose a ella—. Vamos, aguanta.
Caroline empuja el asiento y descubre una profunda herida en su abdomen. Quizás tiene perforado algún órgano vital. La mujer deja caer el peso de su cuello hacia la derecha, síntoma de que ha perdido el conocimiento.
Caroline trata de cargar con ella para sacarla del avión, pero el estado de su brazo no le permite reunir las fuerzas suficientes para hacerlo.
—Yo me encargo —se ofrece Jake, apareciendo tras ella—. Busca ese botiquín, lo necesitamos.
Caroline asiente agradecida y sigue avanzando, pendiente de recuperar el botiquín de la zona en la que debería encontrarse, la que conecta la cabina de mandos con el primer bloque de asientos. Cuando la alcanza, a pesar de su deteriorado estado, logra identificar el botiquín en el suelo, aún cerrado.
Aliviada, lo recoge y abandona el avión por uno de los grandes boquetes que hay por todo el esqueleto de la aeronave. Al salir, descubre a varias personas moviéndose de aquí para allá, algunas que puede ya identificar y otras que todavía no conoce.
La lluvia cae a plomo sobre ellos, despiadada. Caroline descubre a un hombre sujetando a Connor, y rápidamente se acerca hasta ellos. Él le hace una señal al hombre que lo acompaña para que se detenga.
—Traigo el botiquín —muestra ella, con orgullo.
—Caroline, este hombre se llama Dave y está estudiando medicina —explica él brevemente—. Él sabrá qué hacer.
El joven, con el flequillo castaño oscuro cayéndole empapado sobre la frente, sonríe con amabilidad.
—Acompáñame —demanda, reanudando la marcha junto al malherido Connor.
Los tres se acercan a algunos de los otros supervivientes, que parecen incluso más desorientados que ellos. Dave ayuda a Connor a apoyarse en una roca, y entonces busca con la mirada a Caroline tras él.
—Déjame el botiquín —solicita.
—Con la que está cayendo, quizás es mejor regresar al interior del avión —sugiere un hombre fornido, al que Caroline aún no había visto.
—Quizás sí —reconoce Dave, pensativo.
—Vamos, yo cargaré con él —apremia, señalando a Connor.
Dave acepta y el desconocido ayuda a Connor a ponerse en pie de nuevo. El médico recoge el botiquín y se encamina de nuevo hacia el avión. Caroline mira a su alrededor. Todavía queda gente.
—Les diré que entren —se ofrece, caminando hacia la mujer más cercana.
Connor muestra su aprobación y, con la ayuda del otro hombre, ponen rumbo al esqueleto del avión. Caroline alcanza a la mujer, de una larga cabellera rubia que descansa empapada sobre una elegante gabardina roja.
—Ven a cubierto —ofrece Caroline—. Una hipotermia es lo último que necesitamos ahora.
La mujer, que está temblando quién sabe si por el frío o por el miedo, se gira dubitativa hacia ella.
—Me llamo Kate —se presenta—. Yo… est-estaba viajando en el avión, esto no… esto no puede estar pasando.
La mujer parece bastante aturdida. Caroline coloca una mano en su antebrazo y la conduce despacio hacia el avión, sin que ella oponga mucha resistencia. Al regresar a la aeronave, Caroline ve cómo un hombre y una mujer, que se encontraban también dando vueltas alrededor, ponen rumbo hacia allí igual que ellas.
Los cuatro entran a la vez en el avión, donde se reúnen con el resto. Caroline reconoce entre los presentes al Padre Thomas, a la azafata pelirroja y al hombre de la frondosa barba, junto con la mujer que agonizaba. También encuentra otros rostros aún desconocidos para ella.
Hace un recuento rápido del lugar. Son trece personas. Como pueden, se colocan para que la lluvia exterior que se cuela irremediablemente por los grandes agujeros del fuselaje no les siga empapando por completo.
Caroline trata de procesar que aquello no es una pesadilla, y que tanto ella como esa gente debe hacer frente a un siniestro de tales magnitudes. Suspira, asumiendo la nueva realidad que la vida parece tenerle preparada.
Y mientras tanto, no muy lejos de los restos del avión caídos entre los árboles cercanos a la playa, él los observa complacido.
—Que comience el juego.