1 - Reconocerme 🌼

El reloj marcaba las doce del mediodía. Llevaba cuarenta y cinco minutos esperando a su novio, quien tampoco le contestaba el celular. Se sentía molesto; no era la primera, ni la segunda ni la quinta vez... Siempre lo mismo.
Frustrado, decidió volver a su departamento y esperar otro momento para intentar salir nuevamente. Apenas llegó se cambió de ropa por algo más cómodo y que no lo sofocara tanto, como su pantalón de buzo una talla más grande y una sudadera enorme y sus pantuflas suaves, peludas y acolchadas. Después puso música, eligió un vinilo de su colección y fue a la cocina a prepararse algo para comer.
Muchas cosas le estaban pasando, e intentaba no colapsar, aunque había veces en que era casi imposible.
Su ansiedad estaba desbordándose de manera controlada. Era parte de la terapia que había empezado hace unas semanas, después de no decidirse por años. Muy poca gente entendía el peso de la palabra ansiedad, y todo lo que significa tener un diagnóstico de ese tipo. Era su acompañante desde los diez años, y ahora, a sus 24, seguía firmemente a su lado. Y además, su sicóloga le había hablado de otros posibles diagnósticos, como el autismo. Era una palabra que causaba miedo, rechazo, que le aterraba y que estaba llena de prejuicios y desinformación.
Siempre supo que era diferente, pero de mala manera. Ahora podía decirse que no era tonto, o entender por qué había cosas con las que tenía una fijación especial o incluso, porque necesitaba que le explicaran las cosas de cierta manera. No era de extrañar que hubiera caído en una depresión hace un par de meses. Fue ahí que decidió que necesitaba ayuda, y tenía que hacerlo por él. Debía conocerse y aprender de sí mismo.
Estaba en un camino desconocido, de aprendizaje y auto conocimiento. Ya podía detectar sus crisis de angustia, sus bajas de ánimo. Estaba acostumbrado, y cada vez tenía una relación más sana con su ansiedad, pero no era fácil, porque sobre pensaba todo, absolutamente todo. Cada acción tenía en su cabeza cerca de diez finales posibles. Cada vez que abría la boca para opinar, juzgaba si había sido correcto el hacerlo, las palabras utilizadas, el tono de voz, y hasta su expresión corporal. Siempre, era agotador, y más lo era el sentirse solo y poco comprendido. Sus miedos eran catalogados de ridículos. Miedo a los lugares nuevos, miedo a las aglomeraciones, a los sitios muy ruidosos, a las personas nuevas y al contacto físico. Era el primero en juzgarse, era demasiado duro con él mismo, las críticas en su interior eran salvajes. Nadie dudaría de lo que sentía, si pudieran sentir sus palpitaciones, los dolores de cabeza o el cansancio por mal dormir. Los efectos físicos de la ansiedad en su cuerpo eran reales y palpables.
Mientras masticaba su sándwich, pensó en su trabajo. No recordaba muy bien cómo llegó a donde estaba, pero de alguna manera había logrado superar sus miedos y tener un trabajo estable, que no le apasionaba, pero pagaba lo suficientemente bien. Era editor de una de las principales revistas de moda del país, pero su sueño siempre había sido trabajar en radio, aunque era consciente de lo imposible de hacerlo realidad. No solo porque nunca se atrevería a hablar frente a tantas personas, sino porque ¿quién confiaría en él para ese trabajo? Su voz era agradable, mucho, pero su acento a veces era un poco difícil de entender. Soñaba despierto con su programa, podría dedicarse por completo a lo que más le gustaba en la vida, la música. Podría escucharla, comentarla, estudiar sus detalles, sus historias, sus letras. Su propia vida, su día a día tenía un soundtrack dependiendo de su ánimo o de lo que hiciera o sintiera.
Pasó de eso a recordar a su madre. Siempre fueron ellos dos, nunca conoció a su padre y tampoco tenía hermanos. Podía estar consciente de que su mamá hizo lo que pudo con un crío a cuestas, y la había amado con todo su corazón, a pesar de ahora darse cuenta de lo tóxica que fue su relación. Ella siempre le exigió más, nunca estuvo satisfecha con lo que él era, por más que se esforzara nunca fue suficiente, y esa premisa controlaba su vida: él no era suficiente, nunca lo sería.
De su madre, pasó a sus amigos. A sus amigos inexistentes, porque los había alejado con sus actitudes. Era el “amigo” que cancelaba planes, al que le costaba salir, el que no tenía ganas de emborracharse para hacer locuras.
Suspiró. Solo quería dejar de pensar en algún momento, pero al parecer era imposible. Su cabeza lo llevó a su vida amorosa. Había tenido algunos noviazgos, nada muy serio. Hasta sus 20 años consistieron en besos locos, nunca se sintió seguro como para avanzar, y eso terminaba de sepultar sus relaciones, porque era obvio que el sexo era parte importante y a él le costaba la confianza y el contacto. Eso había cambiado con Robert, su novio actual. A veces pensaba que estaba enamorado, otras no. Solo estaba seguro de que le gustaba, porque tenía hermosos ojos marrones, una cara hermosa, una piel suave y un cuerpo delgado pero fuerte. Fue cuando entendió que solo le gustaba físicamente, y las banderas rojas aparecieron más fuertes que nunca.
Llevaban casi dos años juntos, y Robert jamás lo había acompañado en algún trámite, tampoco salían juntos de noche porque Louis no bebía alcohol y Robert lo hacía en grandes cantidades. Su vida sexual iba de mal en peor porque tampoco jugaban en la cama, siempre era la misma rutina, siempre era la misma pose, la misma cantidad de tiempo, la misma apatía. No había besos ni abrazos después, tampoco palabras amorosas, y él las necesitaba. Era un hombre práctico en casi todo, pero anhelaba una relación cursi, empalagosa, detallista y mucha pasión.
Quizás, una vez más, era su problema por tolerar tantas malas actitudes, tantas llamadas sin contestar, tantos perfumes y marcas ajenas en el cuerpo de su novio.
Definitivamente necesitaba un cambio, no podía seguir así. Seguramente sería más difícil de lo que imaginaba, pero lo iba a intentar.
Eso pensaba mientras en un acto de demasiado energía, se puso a limpiar y a ordenar su departamento. Quería darle simbólicamente, un espacio a nuevas cosas en su vida. Se impresionó de toda la basura que había acumulado, aunque estaba seguro de ser bastante ordenado y no pudo evitar, otra vez, el sentirse defraudado. No había recuerdos de Robert en su departamento. Una carta, un regalo de aniversario, una polera, una foto juntos... Nada.
Esa noche apenas durmió, estaba demasiado cansado y haber estado reflexionando tanto le hizo doler la cabeza. En la mañana, apenas se había sentado frente a su escritorio, cuando recibió una llamada entrante de Robert. Cerró los ojos mientras escuchaba la canción sonar hasta que su novio se aburrió de insistir. Louis lo había llamado todo el fin de semana y no tuvo respuesta, no iba a correr para contestarle, ya no. Silenció el teléfono y se dedicó a trabajar.
Decidió salir a caminar en su hora de almuerzo, y comer algo al paso. Esta era una situación extraña, ya que salir sin un plan podía llevarlo a situaciones riesgosas, como asustarse, o sentirse ahogado si había mucha gente a su alrededor, pero necesitaba un poco de aire. Estaba esperando su pedido de fajitas en un carrito, cuando alguien le habló.
—¡Hola! Perdón que te moleste, pero es que jamás pensé encontrarte aquí.
Louis miró al desconocido, y pudo ver unos ojos azules claros y un pelo teñido de rubio. —Hola, ¿nos conocemos? —Preguntó arrugando la frente.
—Claro, yo te conozco. Eres Louis Tomlinson, yo soy Niall Horan. Estudiamos juntos en la universidad, aunque creo que no me recuerdas. Tengo que irme, pero me encantaría que pudiéramos hablar más tranquilos, ¿puedo invitarte un café?
—Sí, esta es mi tarjeta. Mándame un mensaje con la hora y el lugar.
—Genial Louis, ¡nos vemos!
Mientras masticaba su almuerzo, no dejaba de pensar en el encuentro tan extraño que acababa de tener. No recordaba para nada a Niall. ¿Y si era un engaño? Comenzó a ponerse nervioso, y a hacer mil conjeturas en su mente. Rápidamente buscó en su bolsillo un par de tabletas para el dolor de cabeza y las pasó con ayuda de un poco de agua. Caminó con calma a su trabajo, tratando de mantenerse relajado. Afortunadamente tenía mucho qué hacer, terminando la portada de la revista, por lo que la tarde pasó en un pestañeo.
Cuando terminó su trabajo del día, recordó que tenía el celular silenciado. Lo miró y encontró varias llamadas perdidas de Robert, y muchos mensajes. En medio de ellos, uno de un número desconocido, que supuso, era de Niall. Lo abrió y encontró una dirección y una hora. Apenas tenía tiempo de llegar, por lo que pasó al baño y arregló un poco su pelo. Respiro profundo un par de veces, tranquilizándose, diciéndose que estaría todo bien.
Llegó al lugar cinco minutos antes, no soportaba la impuntualidad porque le parecía una falta de respeto. Buscó una mesa, la más cerca de la salida y se sentó a esperar. Un minuto después, apareció Niall, irradiando luz y energía, algo que le llamaba poderosamente la atención, pero que le gustaba mucho. Niall era lo que él nunca sería.
Rápidamente llegó una chica a tomar el pedido.
—Hola, por favor me traes una malteada de fresa, una rebanada de pastel de chocolate, un sándwich de pollo y un vaso con agua, —pidió Niall con una gran sonrisa
—Yo quisiera un té de naranja, por favor.
—Bien, ya vengo con su orden.
Vieron a la chica caminar acelerada, porque era una hora donde había mucha gente.
—Gracias por venir, —dijo Niall acomodándose, y dejando su celular arriba de la mesa. —Esta es una situación extraña, pero no sabes cuánto esperé por una oportunidad así. Sé que tienes un buen trabajo, porque conozco a tu jefe. Nos encontramos bastante seguido en eventos, pero me gustaría que trabajaras para mí.
—¿Y haciendo qué? —preguntó sorprendido.
—Soy dueño de Play Music.
—¿Eres el dueño de la mejor radio emisora del país?
—Lo soy, y te quiero en ella. Quiero ofrecerte dos programas de radio.
—¿Yo?
—Sí. El primero solo música, un poco de su historia, anécdotas, detalles, algo muy relajado. El segundo, un programa de conversación con invitados solo relacionados con la música.
En ese momento llegó lo que habían pedido, y Louis estaba impactado al ver comer a Niall. Parecía un gran oso sin fondo.
—No entiendo por qué yo.
—Eres Louis Tomlinson. Jamás olvidaré esos años, cuando te escuchaba como un tonto tus ideas y opiniones. Estoy seguro de que la radio es una excelente manera de sacar lo mejor de ti. Entonces, ¿te vienes conmigo?
—¿Cómo sería el sueldo y el horario?
—Tu sueldo estoy seguro de que sería, por lo menos, igual al que tienes ahora, y si nos va bien, como estoy seguro que pasará, te lo subo. No hay problema con eso. En cuanto al horario, a pesar de que nos falta ajustar algunas horas y fechas, sería bastante corto, tendrías mucho más tiempo libre. Dependería mucho de ti, de lo que te demores en planificar y organizar los programas, pero también son cosas que puedes hacer desde casa.
Louis estaba impactado. Ni en sus mejores sueños algo así sucedía. —Es demasiado bueno para ser verdad, y me cuesta creer que esté pasando.
—¿Por qué? Tu vida debe ser increíble. —Un silencio incómodo tomó asiento con ellos, mientras la mirada de Louis se apagaba, y Niall sentía un poco de malestar ante la situación. —Lo lamento, sé que no tienes que hacerlo, pero me encantaría que fuéramos amigos. Si necesitas hablar con alguien, soy muy bueno escuchando, te lo aseguro.
Terminaron su reunión una hora después, quedando de acuerdo en juntarse pronto para tener la respuesta de Louis, que caminó hasta la parada de autobuses y llegó muy feliz en apenas quince minutos. Iba pensando en escenarios imaginarios, cuando la sonrisa se le borró de la cara. Estaba Robert esperándolo, muy molesto.
—Por la mierda Louis, ¿dónde estabas? ¿Por qué no me contestas el puto teléfono?
—Primero te calmas, y segundo no quiero hablar contigo, ¿o no notaste el mensaje?
Robert frunció el ceño y miró asombrado a su novio. Louis jamás le había contestado así. Al contrario, siempre terminaba apenado y disculpándose. —Estaba preocupado.
—No me digas. Te esperé cuarenta y cinco minutos el sábado, y no me contestaste el teléfono en todo el fin de semana.
—Tenía mucho qué hacer...
—Somos novios Robert, se supone que yo debería ser importante. Estoy aburrido de esto, de ser siempre lo último en tu lista, de que no me veas y pienses que me puedes tratar mal.
—No empieces Louis, ya sabes cómo soy, no te quejes.
—Pues me quejo y no voy a seguir hablando contigo. Por favor, ándate. —Su corazón empezó a palpitar violentamente.
—Claro que no bebé, no me trates así, —dijo acercándose e intentando tocarlo.
—Déjame, en serio... Hablemos mañana, ¿quieres? —Logró evitar que el miedo se colara en su voz.
—No quiero, quiero hacerte el amor bebé, sé que también lo quieres... No te hagas de rogar, te puedo hacer sentir bien, muy bien. Te prometo que hoy podemos jugar.
—No, quiero que te vayas y que de una jodida vez me dejes en paz. Permiso.
Entró a su departamento, dando un portazo y dejando a Robert totalmente descolocado, confundido y sorprendido.
Louis estuvo a punto de arrepentirse. No le gustaban las peleas ni los enfrentamientos, muchas veces solo aguantaba para evitar el conflicto. Palpitaciones, sudor, angustia, ganas de llorar. Recuerdos por mil empezando a girar en su cabeza, su sien adolorida, necesidad de abrazarse.
Logró caminar a su habitación y se acostó. Puso una manta de peso sobre su cuerpo y después de quince minutos logró calmarse. Era tiempo de pensar si quería a Robert en su vida o era mejor seguir solo y en la oferta de Niall, pero primero, necesitaba bañarse y poner música en su vieja vitrola, herencia de su mamá.
Quince minutos después, estaba mucho mejor. Preparó una rica lasaña, de la que guardó y congeló cuatro porciones. Amaba cocinar, pero por lo general no lo hacía porque a Robert no le gustaba su comida, siempre prefirió la chatarra.
Después se acostó y revisó su celular. Tenía veinte mensajes de Niall, lo que lo dejó sorprendido. Los revisó uno por uno y no podía dejar de reír y sonreír. ¿Podrían ser amigos? ¿Un amigo como el que siempre quiso? ¿Uno que compartiera sus mismos valores? ¿Que quisiera pasar un poco de tiempo juntos, contarse sus sueños sin ser juzgados?
Se durmió tranquilamente, con la luz prendida como siempre desde que era un niño. Fue una noche relajada, se levantó descansado y con dos decisiones tomadas. Le envió un mensaje a Niall, para verlo por la tarde, y otro para Robert, para encontrarse por la noche.
El día se pasó volando, estaban en plena planificación del nuevo número de la revista, por lo que había mucho que hacer. La reunión con Niall fue ligera y agradable, muy fácil. Llegaron a acuerdos de dinero, horarios y otros detalles, para luego quedarse más de una hora conversando. Así supo Louis que Niall era irlandés, que amaba a su familia y a su trabajo, que no había tenido suerte en el amor, y que a pesar de ser tan extrovertido solo tenía dos grandes amigos, a quienes ya planeaba presentar.
Louis le contó de su relación con Robert, de la muerte de su madre hace un año. Le habló de su ansiedad, del posible diagnóstico de autismo y sus temores frente al tema, y solo recibió comentarios completamente empáticos y alentadores, dándole calma a sus pensamientos.
Luego de esa tarde tan amena y divertida, venía la otra parte del día: enfrentar a Robert.
Llegó al bar elegido a la hora indicada. Por suerte aún había poca gente, por lo que se acercó a la barra y pidió un jugo de naranjas con piña sin hielo. Media hora después llegó su novio, muy tranquilo, como si no estuviera retrasado. Besó a Louis en la mejilla, tal como la mayoría de las veces que estaban en público, y se sentó a su lado. De inmediato pidió una cerveza que bebió de dos tragos.
—Entonces quieres hablar. Escucho tus disculpas, —dijo, aún molesto, Robert.
—No hay disculpas, solo quiero que sepas que esto se acabó. Me aburrí de ti y de esto.
—¿Estás borracho? Tú no me puedes terminar, ¿no lo entiendes? Nadie te va a querer como yo.
—Esa es la idea Robert, de eso se trata.
—No te burles de mí, sabes que tengo razón. Mírate, todo flacuchento, sin gracia. Nadie te va a tener la paciencia que yo te tengo, escuchando tus ridiculeces y tus inseguridades, aguantándote, soportándote y...
—No te estoy preguntando, —interrumpió. —Te estoy avisando que yo no sigo más contigo. Te puedes ir a revolcar con todos los que quieras, tal como has hecho todo este tiempo. —Robert palideció. —¿O pensaste que no me daba cuenta? No soy estúpido, aunque parece que siempre lo has creído. Estoy harto de tu mierda, espero no volver a verte. Hasta nunca Robert.
El aludido no iba a perder su tiempo lamentándose. Era mejor llamar a sus amigos y emborracharse, eso era más fácil y su padre estaría feliz de complacerlo.
Cuando Louis llegó a su departamento, apenas podía respirar. Cerró la puerta y se dejó caer, mientras las lágrimas bañaban su hermoso rostro. Las palabras de Robert lo habían herido una vez más, nunca sería suficiente aunque se esforzara, y ¿quién puede querer a alguien que no es suficiente?
Trató de recordar los ejercicios de respiración que le dejó su sicóloga, pero fue imposible. Logró llegar hasta su cama, intentó con la manta pero veinte minutos después aún no podía regularse. Tomó su teléfono con dudas, pero marcó.
—Por favor... ¿Puedes venir?
Pudo devolverse al sofá y esconder su cabeza entre las rodillas. Le punzaba la cabeza, un mal presentimiento lo envolvía y sus oídos zumbaban.
Media hora después estaba mejor, sentado en el piso, comiendo pizza y tomando jugo de naranja y riéndose de las locuras de Niall, saliéndose totalmente de su rutina. Niall no había preguntado, solo llegó iluminando la noche para Louis. Le dio agua, lo contuvo y le contó chistes, lo que desembocó en que pudiera tranquilizarse y así conversar.
—¿Puedo preguntar, ahora, qué pasó?
—Me junté con mi novio, y terminé con él...
—Entiendo... ¿Eso es algo malo?
—No lo es, pero sus palabras me dolieron, —explicó Louis.
—Seguro es un idiota, ¿qué es lo que te duele?
—Mi autoestima está en el piso, y él una vez más me dijo que nadie me iba a querer, no soy suficiente...
Los ojos de Niall estaban abiertos de par en par, no podía creer lo que escuchaba. —Definitivamente es un idiota. ¿Te has visto? Eres tan bonito, tan atractivo, inteligente, respetuoso... Agradable. Si me gustaran los hombres, estaría loco por ti.
Louis soltó una gran carcajada. —Creo que lo mejor es dejar de hablar de mi ex.
—Tienes razón, hay mejores cosas de las que hablar.
Terminaron su improvisada reunión en medio de risas.
Risas que siguieron cada día de esa nueva semana que comenzaba, que sería la última en la que Louis trabajaría en la revista. Tenía mil pendientes que terminar y detalles de afinar, pero le gustaba, podía hacerlo.
En esa nueva semana tomó dos decisiones más. La primera fue empezar a ejercitarse. Se compró una trotadora para hacerlo desde su departamento, donde estaba seguro y tenía todo bajo control. La segunda tenía que ver con tatuarse. Era uno de sus sueños, pero no lo hizo antes porque a Robert no le gustaba. Las sesiones con su sicóloga seguían siendo dolorosas. Tenía un pasado que le desgarraba el alma, pero el dolor iba dando paso al entendimiento y la aceptación. Seguía en evaluaciones por el diagnóstico de autismo, y empezaría a ver a un siquiatra, debido a sus últimas crisis de angustia y pánico. Era parte del proceso, y estaba decidido a llevarlo adelante. El problema mayor, era que hacerlo solo no era lo ideal, pero no quería seguir esperando, jamás se perdonaría no darse el tiempo de sanar, tenía que intentarlo.
Así llegó su primer día de trabajo en la radio. No durmió, estaba que se desmayaba de los nervios, y se puso todo peor cuando Niall le dijo que harían el primer programa en vivo. Empezar algo, aunque lo quisiera mucho, disparaba su ansiedad. No conocer el lugar, ni a las personas que estarían con él, ni la dinámica ni el ambiente, o cosas sencillas como saber dónde estaba el baño o el resto de las instalaciones lo angustiaba demasiado. Por fortuna Niall estaba listo para eso. Contestó cada duda, tuvo paciencia y tranquilidad para explicar todo, hasta el último detalle.
Ese primer día le tenían una lista con las canciones y reseñas. Pero a partir del segundo día era su responsabilidad, y ya estaba sintiendo la emoción de hacerlo, le dolían sus mejillas sonrojadas de tanto sonreír.
Apenas se sentó y se puso los audífonos, todo el resto del mundo desapareció. Ese primer programa fue todo un éxito y si estuvo nervioso, nadie lo notó. Las redes explotaron y la lista de seguidores de la emisora creció un quince por ciento solo en la primera media hora y los comentarios en la página eran excesivos. Niall necesitaba etiquetar a su nueva estrella, pero Louis no tenía redes sociales porque a Robert tampoco le gustaba. Pero lo arreglaría a primera hora, con una fabulosa sesión de fotos y luego irían a almorzar con sus amigos, para que por fin se conocieran.
Estaba Liam esperando, cuando Louis y Niall llegaron después de una extenuante toma de fotos y de crear contenido para sus nuevos seguidores. No estaba muy feliz el nuevo locutor, porque no estaba acostumbrado a la exposición, pero el irlandés había aprendido a darle calma.
—¡Liam! Qué gusto verte hermano, —dijo Niall, mientras abrazaba fuertemente a su castaño amigo.
—Te extrañé, —contestó correspondiendo al abrazo.
—Mira, este hermoso chico es Louis.
—Es un placer, —saludó Liam con un cálido apretón de manos.
—El gusto es mío, Niall me ha hablado mucho de ti.
—¿Y Harry? —preguntó Niall, sentándose y mirando el menú.
—No va a poder venir. Apenas llegó tuvo que correr a la editorial a entregar unos artículos y luego escribir unas reseñas que necesitaba para la tarde.
—Que mala suerte, —suspiró Niall. Tenía muchas ganas de empezar su plan de cupido lo antes posible, pero no estaba resultando.
—¿Es escritor o algo así? —Preguntó Louis, tomando pequeños sorbos de agua.
—Es periodista, ahora se está especializando para crítico musical. Es excelente en lo que hace.
—Nunca he escuchado sobre él, —dijo Louis arrugando la frente, tratando de recordar.
—Usa un seudónimo, —explicó Liam.
—Qué misterioso...
—Bueno, parece misterioso, pero ya verás, es una masita tierna y cursi, —rio suavemente.
—Ojalá podemos conocernos pronto.
—No te preocupes amigo, pronto será. ¿Qué tal si desde ya nos organizamos para vernos el fin de semana? —Habló Niall.
—Tengo libre los dos días, pero el sábado tengo que ir a la biblioteca y no sé a qué hora me desocupe. Me queda el domingo disponible para ustedes, —contó Liam.
—¡Perfecto! Vamos a ir a mi departamento, —dijo Nial, sonriendo traviesamente.