HAY ALGO MÁS

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Summary

Un día común, en un pequeño pueblo, un hombre se queda solo por 5 días hasta que tocan su puerta. Lo atosiga la culpa, el odio y la melancolía.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

¿Quién es?

Un día me desperté sudando frío, con lágrimas en los ojos y mis anteojos tirados al suelo, a lado de mi cama, cerca de mis zapatos.

Fue ese día que me levanté como si hubiese hecho ejercicio, lo cual era gracioso considerando mis 50 años. Era sedentario y amargado, casi no me hablaba con mis vecinos del pueblo, allá en Jujuy, en mi pueblito era el único al que no querían ni mirar ni saludar. Fue aquella tarde que después de desayunar, miré por la ventana de mi sala y noté una niebla espesa, casi agobiante, entonces me amargué porque no pude salir a regar las flores. Pasando las horas leí uno de mis libros favoritos de Stephen King, no satisfecho, continué con uno de Borges. Luego, prendí la radio y me sorprendí al oír que mi pueblo estaba “desalojado” …

Reí y continué leyendo, pero, dudaba de la veracidad del informe, así que decidí salir y enfrentarme a la niebla, por suerte esta ya no estaba molestando y saludé calmadamente a mis vecinos. Nadie miró por las ventanas, ni los perros ladraron. Nuevamente saludé casi gritando por las demás casas y tampoco, nada, nadie respondía, entonces comencé a caminar más rápido acercándome a otras viviendas, pero tampoco. Nada, nadie. Estaba solo.

Luego de procesarlo volví a mi hogar y me hice una gran taza de café con leche, unas galletas y sonreí. Casi en la noche, tipo 22:30, como era mi rutina, fui a hablar con mi esposa, allí me esperaba ella, de manera elegante y siempre hermosa. Primero me senté, lógicamente, después le comenté mi día. Yo estaba feliz con tan poco, sólo éramos ella y yo, su humilde belleza tan sincera, y mi agudo sentido del humor. Cuando ya terminamos de conversar y de repasar nuestras mejores etapas del amor, regresé a mi cama no sin antes apagar las velas que acompañaban su retrato. Agotado, subí por las escaleras hasta que tocaron la puerta principal.

Me detuve allí recordando el día tan tranquilo que tuve, esperé un momento y me fui a mi cuarto a descansar.

Ya habían pasado 5 días desde la información que dieron por radio, desde aquella vez pude regar tranquilamente mis flores, pude cortar el césped sin sentirme objeto de burla de nadie, y pude tomar aire fresco abriendo bien mis pulmones. Me sentí tranquilo hasta que el día 6, mientras preparaba mi café con leche y reposaba cerca de la chimenea, tocaron mi puerta no una sino dos veces. Pasando unos segundos tocaron otra vez. Miré de reojo el retrato de mi esposa y pregunté: “¿Serás tú?”.

Esperé unos minutos y regañé por una respuesta. Intranquilo, me levanté 5 veces de mi sillón para mirar por la ventana que daba justo al jardín. No había nadie allí, pero, me detuve esperando si alguien venía.

A partir de ese día, comencé a colocar mi sillón de manera que le dé la espalda a la puerta principal, sin embargo, continuaron los golpes por los siguientes días. Yo no soy idiota y es por eso que siempre respondí “¿quién es?”. Jamás me contestaban y sólo golpeaban.

Una noche decidí irme a dormir con la puerta principal abierta, allí acostado esperé con una pistola en mi almohada por si escuchaba unos pasos, por suerte jamás la usé. Hice eso los demás días hasta que tocaron la puerta de mi habitación. Me sobresalté aterrorizado, pero supe que había resultado mi estrategia; sin embargo, el miedo me consumió hasta helarme los pelos, hasta rechinar los dientes, hasta me sentí agitado e inspirado, casi como un superhéroe que se enfrenta a un villano. Levanté mi arma apuntando hacia la puerta y pregunté:

—¿Quién es?

Nadie contestó. Nuevamente pregunté, sugiriendo:

—¿Eres Yuli? —nadie respondió— ¿Eres Daniela? —nadie respondió— ¿Eres mi amada...? —tampoco hubo respuesta. Me consumieron los nervios más poderosos que le pueden consumir a un humano —. ¿Eres la madre de mi querida Mónica?

De repente, golpearon la puerta 5 veces, luego, otras 5 más: cada golpe era más fuerte que el anterior, cada uno debió haber estado cargado de odio por el estruendo que provocaban en mi corazón. Sin más remedio tuve que disparar 6 veces y sólo me quedó una bala.

El ruido se había calmado y yo también, sin embargo, no pude dormir hasta el sábado. Algo tenía en el cuello que no me dejaba, algo tenía entre las muñecas de las manos que no me dejaban cómodo, había un alguien en mi habitación así que no volví a dormir allí. Comencé a intentar dormir en el sillón cerca de mi amada, pero alguien me vigilaba, yo no estaba solo.

Los días siguieron hasta que el café se me había acabado y las velas ya se habían derretido. Concreté la idea de salir a comprar algo de comida, pero había gente que me miraba del otro lado del jardín, no me dejaban en paz y no me sacaban el ojo de encima ni siquiera cuando anochecía. Esas clases de personas siempre estaban allí afuera y ya nadie se atrevía a tocar la puerta principal.

Los últimos días me mantuve a lado del retrato de mi esposa, era lo único que contuve intacto y limpio de polvo, todo lo demás ya estaba desgastado, polvoriento; sus ropas y el vestido de novia se volvieron negras hasta deteriorarse junto al retrato que, después de todo, estaba hecho de madera común y corriente. Ni todo mi afecto lo pudo salvar del envejecimiento.

No me acuerdo el día ni la fecha, pero, abrí mis ojos por el inesperado sonido de golpes en mi puerta, y ya sin energías, grité que pasaran, sea quien sea que tocara ese día tan frio queriendo culparme de algo que sólo hice por amor.