Capítulo 1
Total, que llegó a la tienda la nueva compañera y cuando la vi pensé: “A esta la han enchufado seguro”. ¿Tú te crees que pueden poner allí a una chiquilla de veinte años, delgadita, bajita, así, tan poca cosa, con voz de niña aún? ¡En una tienda de suplementos deportivos! Pero si es que la ves y tú ya sabes que no ha pisado un gimnasio ni para matricularse. Yo pensé: esta lo más cerca que ha estado de tomarse un batido de proteínas será un día que fue a tomarse un Smoothie al Starbucks. Que no digo yo que la imagen lo sea todo. Pero, coño, yo si voy a una peluquería me inspira más confianza si la peluquera tiene el pelo arreglado, ¿no? Que la gente no compra crecepelo si se lo vende un calvo. Tú me ves a mí y sabes que algo de gimnasio sé. Que las tetas y los tatuajes me los he pagado, pero resto del cuerpo me lo he trabajado con pico y pala, levantando peso, comiendo pollo y arroz y bebiendo batidos. ¿O no?
Pues, lo que te decía, el primer día que llegó la chiquilla, se me acerca. Tendrías que haberla visto. Con unos leotardos a rayas amarillos y negros, una falda morada y un jersey fucsia de cuello vuelto. Qué quieres que te diga, pues a mí me impactó. Era como si hubiera cogido tres prendas del armario sin encender la luz de la habitación. Así, a ciegas. Pues, se me acerca y me dice: “Buenas, soy Lucía, tu nueva compañera, la prima de Julia”. Me dice que es la prima de Julia, con todos sus ovarios. Que es la prima de la dueña. Y claro, a mí ya de entrada se me atraganta la chiquilla porque los enchufados a mí no me van.
Y eso, que empezamos a currar y Lucía todo el rato preguntándome dudas sobre lo que vendemos porque ella no ha ido al gimnasio más que para hacer yoga. Cada vez que le preguntaba algo un cliente, ella me lo preguntaba luego a mí. Que yo decía, para esto que me pregunten a mí directamente, ¿no? ¿La enchufada para qué sirve? Luego, que si al reponer el producto Lucía tardaba una eternidad en encontrar las cosas en el almacén y sacarlas a tienda. Bueno, era un desastre con patas. Y, en eso que se va al ordenador y pone música. Me pone Celine Dion, Mariah Carey, Leona Lewis y otros que no sé ni quiénes eran, pero eran todo baladas pop, así, muy empalagosas. Tú me entiendes. Y al final le digo: “Mira, que a mí esta música no me gusta. Lo siento, pero es que no la aguanto más. A mí esto me da bajón que yo soy más de heavy, rock o al menos pop un poco movido”. Y ella me dice con una sonrisa. Porque es que sonríe todo el rato. Me dice: “No te preocupes bombón que ya la quito. Habérmelo dicho antes”.
¿Tú quieres otra caña? Ahora la pedimos. Ah, pues eso. Todas las mañanas, Lucía llegaba por la mañana con su look de Ágata Ruiz de la Prada versión del mercadillo y me decía: “Buenos días, cielo”. Así, siempre sonriendo. Que tú ya sabes que yo soy muy mía y esas confianzas de entrada no me gustan. Que me llame alguien así, cielo, porque sí. Además, que de buena mañana yo no soy persona, necesito un par de horas y un café para funcionar. De verdad, es que no te puedes imaginar la mala leche que se me ponía cuando me saludaba así. Luego se ponía a hacer cosas y a contarme sus historias o a silbar o a cantar. Y yo me calentaba cada vez más. Pero tampoco iba a decirle: “Oye, no me cuentes tu vida. O, oye, no silbes”. Porque es que encima iba a quedar yo como la mala. Total, que yo ya iba cabreada a trabajar todos los días, pensando en que Lucía me iba a poner de los nervios, la verdad.
Pues escucha. Que aquí viene lo bueno. Que a la segunda semana o así, llega y la veo que va a poner música en el ordenador otra vez. Y yo pensando: “ya verás tú que la vamos a tener”. Y empiezan a sonar los Red Hot Chilli Peppers. Y se me acerca y me dice: “He preparado una lista de Spotify para las dos, bombón. Hay Rock que sé que te gusta, también baladas heavies y alguna baladita pop de vez en cuando y también pop más movido. Quinientas canciones, para que no nos cansemos. Si alguna no te gusta me lo dices y la quitamos de la lista”. Y la verdad es que pienso, joder, que maja, que se lo ha currado. Y al rato que me veo yo cantando las canciones mientras repongo la tienda. A grito pelado, ahí, agustísimo.
Luego, veo que ya no me pregunta nada. Que la chica, ha aprendido todo lo que le he explicado y detrás de ese flequillo tiene neuronas que funcionan bien. Y te la ves en la tienda toda resuelta ella, atendiendo a la gente. Que a veces la imagen era graciosa, porque la veías tan pequeñita, explicándole a algún maromo de estos que parece un armario empotrado qué suplementos tomar y cómo hacerlo y te quedabas a cuadros. Pero cada vez sabía más de suplementos y es que es tan simpática la jodía que todos se iban contentos. Ha llegado un punto que algunos se pasan por la tienda solo a saludarla.
Pues, para que veas cómo es, llegó un punto que me di cuenta de que Lucía empezaba a vender más que yo. Y pensé en las comisiones y me dio un poco de rabia. Pero antes de que yo le dijera nada se me acercó y me dijo: “No te preocupes por las comisiones que vamos a medias”. Es que está en todo Lucía. De verdad, no se puede ser más maja.
¿Te he contado el día que ordenó los suplementos por colores? Muy fuerte. Pues eso, que cogió una estantería y puso suplementos que no tenían nada que ver unos con otros agrupados por colores, así formando un degradado. Y yo me reí de ella, le dije: “¿Qué quieres hacer un arcoíris?“. Pues resulta que había gente que encontraba antes las cosas porque no se acordaban del nombre, pero sí del color y les venía bien esa estantería.
Total, que ahora estoy encantada. Hago la mitad del trabajo que antes, nos ponemos las dos a cantar y a bailar ahí en la tienda, a hacer el ganso y a hablar con la gente que se pasa a saludar. Si es que llega el lunes y me pongo hasta contenta.
Mírala. Justo por ahí viene Lucía, coge una silla y hazle un hueco. Que mona ella con su vestido de colores. Si es que hay que quererla a esta chiquilla.