EL FOSO CELESTIAL
El bar estaba más ruidoso que de costumbre. Mientras se sentaba en la barra consumiendo un vaso tras otro de Ron, Dean Grimes no pudo evitar sentirse malhumorado mientras el fuerte acento de los chinos iba y venía. Después de tres años viviendo entre ellos había aprendido que aunque sonaran como si estuvieran peleando, realmente no lo estaban haciendo. Podía reconocer varias de las palabras que ellos pronunciaban y por lo mismo, no pasó desapercibido el momento en que el bullicio se atenuó ante la mención de su nombre.
—Ese de allí es Dean Grimes, el Espeleólogo loco del Foso Celestial. Ha estado por aquí vagando sin rumbo desde que todo su equipo se perdió en el bosque, no te acerques a él, es bastante agresivo.
Dean debía admitir que el apodo con el que lo bautizaron era ingenioso, pero la palabra “loco” estaba de más. Sin embargo, no había mucho que pudiera hacer para limpiar su nombre. Después de todo, tan pronto como fue capaz de abandonar el Foso Celestial, fue al pueblo por ayuda y aunque su historia sonaba descabellada, estas personas le creyeron y lo siguieron al bosque para encontrarse con la nada misma. Allí donde Dean decía que había una dolina, no había más que espesa vegetación. Las tres entradas al Foso Celestial habían desaparecido por completo y con ellas, sus compañeros.
—¡Feng, vuelve aquí! Te dijimos que era peligroso.
Dean miró de soslayo al grupo que había estado murmurando su nombre. Todos estaban sujetando cervezas con expresiones incómodas, la persona con la que hablaban ya no estaba a la vista así que no fue una sorpresa cuando escuchó una voz joven a su lado.
—Usted es Dean Grimes, ¿correcto?
Dean miró al intruso. Tenía un aspecto tan juvenil que le hizo dudar que estuviera en edad para consumir alcohol, pero con los chinos nunca podías estar seguro de la edad de las personas. A veces se veían demasiado jóvenes o demasiado viejos. Pero la verdad era que la edad no importaba, todos los habitantes de aquel pueblo lo miraban igual. Como un loco.
—¿Puede entender lo que le digo? —Dean no respondió, se dedicó a beber de su vaso mientras miraba al muchacho sin interés. Si lo ignoraba, quizás se iría más rápido.
No sucedió.
—Feng, no lo molestes. Lleva bastantes tragos encima y no quiero ver más vasos rotos —dijo el barman con expresión cansada.
El muchacho llamado Feng miró al barman con una sonrisa divertida.
—Tienes vasos de sobra, Liu. Y yo no estoy aquí para burlarme del señor Grimes.
—Eso es una novedad —respondió el mismo Dean, hablando en un atropellado inglés que esperaba el niño no entendiera. Sin embargo, cuando él comenzó a hablarle en un fluido inglés, supo que no podría usar el desconocimiento del idioma como una barrera.
—Mi nombre es Feng Kun, señor Grimes. Estoy estudiando para convertirme en un Espeleólogo, justo como usted.
—¿Uno loco? —Dean sonrió con saña, pero Feng no se incomodó en ningún momento por su sarcasmo.
—Siento mucho que lo hayan catalogado de esa forma, por aquí no están muy acostumbrados a las personas de fuera menos aún si son hombres de ciencia. A veces son un poco crueles.
Dean asintió, tomando un sorbo de su bebida antes de girar en el taburete para mirar de frente al grupo de hombres que lo habían llamado loco. Ellos se sorprendieron por la mirada hostil directa, pero poco después le sonrieron con burla. Estaba acostumbrado a eso también.
—Dijiste que estabas estudiando para convertirte en un espeleólogo —dijo en voz baja, todavía mirando al grupo de hombres—. ¿Quieres preguntarme algo?
Feng dudó por un momento. Había estado escuchando un montón de historias descabelladas desde que volvió a Leye, pero la que más tiempo había permanecido en su cabeza, era la del Espeleólogo loco del Foso Celestial. Su tío le dijo que siempre estaba en el bar del pueblo, que se había vuelto agresivo y era imposible hablar con él. Los amigos de su padre le acababan de advertir que no se acercara, pero ese Foso Celestial del que todos hablaban, alguien más aparte de Dean Grimes ya lo había descubierto y nadie parecía recordarlo.
—Cuando era niño, mi abuelo me contó una historia sobre una dolina. El Tiankeng de mi abuelo no era muy diferente al suyo, ¿sabe? Los árboles en su interior también eran de cuarenta metros de alto, dijo que el color de las hojas era tan verde que brillaba y que el pasto podía llegarte a los hombros. —Feng tomó un sorbo de su cerveza y sonrió cuando se dio cuenta que Dean Grimes lo estaba mirando—. Ellos también decían que estaba loco, pero tengo una fotografía de mi abuelo junto a uno de esos árboles.
Dean se atragantó con su próximo trago.
—¿Cómo...?
—La tecnología de hoy en día puede ser saboteada con mucha facilidad, pero mi abuelo amaba las instantáneas. Antes de desaparecer, me envió por correo la cámara que llevó a su expedición al Tiankeng. Imagine mi sorpresa cuando vi a mi abuelo, un hombre de uno noventa en su juventud, junto a ese árbol gigante.
Dean miró a su alrededor una vez más, los hombres de antes ya no les estaban prestando atención, pero la mirada del barman seguía cada uno de sus movimientos con recelo.
—La foto, ¿dónde...? —Feng sacó de su bolsillo trasero su cartera y de allí, una Polaroid que deslizó hacia Dean.
El científico sintió que se le aceleraba el corazón al ver en la fotografía lo que el muchacho ya había dicho. Porque aunque lo importante era el árbol de cuarenta metros de alto, lo que llamó la atención de Dean no fue eso, sino el rostro del hombre en la foto.
—¿Dices que ese es tu abuelo?
—Sí, tenía treinta años cuando se tomó la fotografía. Estuvo desaparecido durante cinco años después de entrar al Foso Celestial —respondió Feng—. Mi padre dice que cuando volvió, no paraba de hablar sobre el foso, que le contaba la historia a todos como si su misión fuera hacer que alguien le creyera. Nadie lo hizo. Sólo yo, pero era un niño en ese entonces y lo que un niño crea no vale de mucho para los adultos. Mi abuelo desapareció a los sesenta y cinco. La última persona que lo vio fue mi abuela, él le dijo que volvería al Tiankeng.
Dean frunció el ceño, mirando la fotografía fijamente por tanto tiempo que sintió que se le secaban las retinas. El abuelo de Feng había desaparecido a los sesenta y cinco, pero la criatura que vio dentro del Foso Celestial era exactamente como el hombre de la fotografía. Tenía treinta años, no sesenta y cinco. Dean Grimes y su equipo vieron a ese hombre tres años atrás.
—¿Señor Grimes?
—¿Cómo se llamaba tu abuelo?
—Su nombre era Fan. Fan Kun.
Dean se terminó el vaso de Ron de un golpe y después de pagar por el alcohol que había ingerido, se levantó del taburete. Feng estaba a punto de detenerlo cuando Dean se dio la vuelta y lo miró con seriedad.
—Uno de los miembros de mi equipo vino a Leye con su hijo. El niño trajo consigo un modelo nuevo de instantánea, las fotos impresas tienen fecha —dijo Dean sin más—. Ven conmigo, creo que debes ver esto.
Con la tecnología de hoy en día, las personas que vieron las fotos que mostró, sólo se burlaron de su buena edición. Fue entonces que Dean comprobó, que si una persona no quería creer, entonces no lo haría, pero después de ver la fotografía de Feng, Dean estaba seguro de que este muchacho creería su historia.
Feng no lo pensó demasiado, bebió su cerveza en apurados tragos y luego la dejó sobre la barra. Liu lo estaba mirando con preocupación cuando lo vio bajarse del taburete para seguir a Grimes fuera del bar, pero no le dijo nada. Las advertencias ya habían sido hechas y si Feng decidió ignorarlas, era su responsabilidad lo que sucediera de ahora en más.
Dean Grimes llevó a Feng a la pequeña casa donde se había estado hospedando los últimos tres años. No tenía más que dos habitaciones, sala, cocina y un baño. En una de las habitaciones, Grimes había instalado su equipo de investigación.
Pasando la puerta, Feng fue capaz de ver un escritorio con una computadora portátil y varias mesas con microscopios. Dean tenía neveras donde guardaba las muestras que estudiaba y en una pizarra en la esquina, estaba un mapa. Había Polaroids rodeando un punto del mapa, notas adhesivas señalando dónde habían encontrado las plantas en las fotos. Feng no prestó demasiada atención al desorden dentro del estudio, había papeles regados por el piso y las mesas de trabajo eran un desastre, tan pronto como su mirada se posó en la pizarra con las fotos, allí se quedó.
—Todas las fotografías que tomamos con las cámaras digitales o se perdieron, o se eliminaron automáticamente cuando fui expulsado del Foso Celestial. Lo único que pude traer conmigo, fueron unas pocas muestras que se desintegraron después de dos días y la cámara instantánea del niño.
Dean avanzó dentro de la habitación, caminó hacia la pared y señaló una foto en concreto. En ella podía verse al niño del científico Doyle, el pequeño Sam de sólo doce años estaba sonriendo a la cámara mientras reposaba en los brazos de un hombre chino. Ellos estaban parados junto a un árbol gigante. Feng miró la fotografía con la mandíbula desencajada. Abajo en una esquina, la fecha de la toma databa de tres años atrás.
—No luce como una persona de sesenta y cinco en lo absoluto, ¿verdad? —Feng no pudo responder. Estaba mudo de la impresión.
—Señor Grimes...
—¿Después de ver esto sigues pensando que estoy loco? —Feng sacudió la cabeza sin dudar—. Entonces estás listo para escuchar la historia de cómo yo y mi equipo, descubrimos el Foso Celestial.

Dean Grimes y su equipo llevaban dos días dentro del bosque, pero no fue hasta el tercer día que encontraron algo digno de investigar. La cueva que encontraron estaba rodeada por vides tan verdes que brillaban con el sol, el ecosistema en torno a la cueva era completamente distinto a cualquier otro que hubieran visto en los últimos días. Atraídos por eso, se internaron en la cueva.
Las linternas que usaron para iluminar el interior de la cueva comenzaron a parpadear después de unos minutos de caminata y cuando la luz finalmente se extinguió, ellos se detuvieron mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Dean estaba pensando en dar la orden para volver, puesto que llevaban consigo al pequeño Sam y sería peligroso continuar, pero antes que diera un paso atrás, escucharon al niño hablar.
—Papá, ¿las plantas pueden brillar como bombillas?
Doyle apretó la mano de su hijo con una sonrisa, a punto de decirle que no era posible. Pero antes que pudiera responder, el niño estaba avanzando.
—¡Sam, espera!
Doyle fue capaz de ver la planta de la que hablaba Sam después de un par de pasos. El niño se agachó en el piso y señaló la flor, que era semejante a un tulipán dorado, pero brillaba de una forma tenue en la oscuridad.
—Mira, la flor está brillando.
—¡Dean, acércate!
Mientras Dean se acercaba caminando con cuidado en la oscuridad, el pequeño Sam apuntó con su cámara instantánea hacia la flor. Luego continuó caminando hacia el interior de la cueva mientras sacudía el papel fotográfico.
—Luce como un tulipán, ¿pero por qué está brillando? —Dean frunció el ceño, haciendo una seña hacia su asistente para que se acercara—. Toma una muestra, Louis. Lo revisaremos cuando volvamos al campamento.
Louis asintió, agachándose frente a la flor mientras dejaba un pequeño bolso en el suelo. De allí sacó un pequeño tubo de ensayo en el que puso el pétalo de la flor brillante. Por un momento, ellos pensaron que el brillo de la flor se iba a extinguir, pero no fue así.
—¡Papá, señor Grimes, aquí hay más flores!
El grupo desistió de regresar cuando escucharon al niño gritar. Continuaron caminando hacia el interior de la cueva y en efecto, vieron más tulipanes brillantes. Las flores bordeaban el camino, iluminando de forma conveniente el lugar por el que pasaban y a medida que fueron avanzando, Dean notó que estaban descendiendo. Sus voces de pronto hacían eco con cada palabra, el ambiente era más húmedo y las plantas de aspecto extraño continuaban apareciendo.
Algunas brillaban, otras tenían formas que nunca antes habían visto, pero en su mayoría, lo que imperaba dentro de aquella cueva, eran plantas cuyo tamaño sobrepasaba el normal. En un punto dado, cuando Dean sintió que ya no podían descender más, las rocas cubriendo el suelo fueron sustituidas por pasto verde y a medida que fueron avanzando, el verde que difícilmente rozaba la suela de sus botas de montaña, poco a poco fue cambiando de tamaño.
El pasto les llegaba a los tobillos, las rodillas, las caderas... Perdieron al pequeño Sam donde el pasto les llegó a las caderas, así que Doyle tuvo que colocar al niño sobre sus hombros y desde allí, él fue dirigiendo el camino mientras tomaba foto tras foto.
—¡Veo una salida, señor Grimes! Está justo delante de nosotros.
Ellos estaban aliviados cuando escucharon al niño decir eso, apuraron el paso para salir más rápido de la cueva y cuando finalmente el pasto les permitió ver lo que tenían delante, lo primero que vieron fue un tronco grueso que no parecía tener fin y a su lado, estaba una pequeña tienda de campaña en la que dormía un hombre chino de aspecto jóven.
—¿Está vivo? —susurró el pequeño Sam, que se había colado entre Dean y su padre para mirar dentro de la tienda.
El hombre chino frunció el ceño, sus párpados se agitaron y poco después lo vieron abrir los ojos.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo lograron entrar al Tiankeng?
Dean y Doyle se miraron entre sí, sin comprender una palabra de lo que el hombre dijo. Ellos miraron hacia Sarah Heuer, que no estaba muy lejos. La traductora que habían traído con ellos a Leye era una quejica, tal parecía ser que sus traducciones las hacía desde la comodidad de su casa así que cuando la arrastraron a la selva, ella se volvió menos agradable. En ese momento estaba despotricando porque sus botas se llenaron de lodo dentro de la cueva.
—¡Sarah, deja de quejarte y ven aquí!
La chica miró a Doyle con una mueca, pero se acercó de todas formas. Su expresión demostró sorpresa cuando vio al hombre chino dentro de la tienda. Ella fue rápida en comprender por qué la llamaban.
—Hola, somos el equipo de investigación del Doctor Dean Grimes. Mi nombre es Sarah, ellos son Dean Grimes, Doyle Jensen y su hijo Sam.
El hombre chino asintió.
—Mi nombre es Fan Kun —respondió el hombre, luego repitió su última pregunta, puesto que la primera ya había sido respondida—. ¿Cómo entraron al Tiankeng?
—¿Qué está diciendo? —preguntó Dean.
—Quiere saber cómo llegamos al Foso Celestial, su nombre es Fan Kun.
—¿Foso Celestial? —preguntó Doyle con el ceño fruncido.
—Es la traducción de la palabra Tiankeng, supongo que está hablando de este lugar. —Sarah miró a Fan Kun y señaló la cueva de la que salieron—. Llegamos desde allí. ¿Puedes decirnos qué es este lugar?
—Esa cueva no estaba allí hace unas horas...
Sarah frunció el ceño, mirando hacia la cueva una vez más. Una parte de ella estaba tratando de no entrar en pánico en ese momento, siempre estaba la posibilidad de que no hubiera entendido bien lo que quisieron decirle, así que se aferró a eso.
—¿Hace cuánto estás aquí? —Fan Kun no respondió—. ¿También eres Espeleólogo?
—Sí, vine aquí con mi equipo. Nosotros descubrimos este lugar, ahora estoy estudiando el ecosistema por mi cuenta.
Sarah tradujo para su grupo lo que el hombre había dicho y después de declarar que Fan Kun también era un Espeleólogo, Dean comenzó a hacerle preguntas. En poco tiempo, todos estuvieron al tanto de dónde estaban y por qué el ecosistema que vieron era tan diferente al que estaban acostumbrados a ver.
Según Fan Kun, ellos estaban dentro de una dolina en Leye. El Foso Celestial medía al menos trescientos seis metros de largo, ciento cincuenta de ancho y ciento noventa y dos de profundidad. Era una dolina de gran tamaño que albergaba un bosque primitivo con árboles que medían cuarenta metros de alto, vegetación que podía llegar a los hombros en ciertas zonas y también, una gran cantidad de plantas de especies completamente nuevas.
—Dijo que era un Espeleólogo, ¿dónde está su campamento?
Lo siguiente que supieron, era que iban a adentrarse en el bosque. Fan Kun los llevaría con su equipo de investigación al campamento, que estaba más al centro del Foso Celestial. De camino, Sam siguió tomando fotografías y como el niño era tan curioso, Sarah tuvo que quedarse a su lado para traducir todo lo que Fan le respondía. Ella incluso tuvo que tomarles una foto con uno de los árboles gigantes. Doyle estaba avergonzado de que su hijo estuviera actuando como un turista, pero después de dos días de perseguir la nada, la actitud enérgica del niño los alegraba.
La noche había caído cuando llegaron al campamento de Fan y aunque esperaron ver allí a sus compañeros, no encontraron más que carpas vacías. Fan dijo que siempre se dividían en parejas para explorar y que si los cogía la noche en el bosque, dormían en algún refugio. Esa noche, al parecer, todos sus compañeros se habían quedado fuera por lo que no los conocerían hasta el día siguiente.
Esa noche después de cenar, todos se durmieron dentro de sus carpas esperando por todos los emocionantes descubrimientos que se les revelarían al día siguiente. Sin embargo, Dean despertó antes que cualquier miembro de su equipo. Estaba escuchando murmullos fuera de la carpa, una serie de frases desordenadas que carecían de sentido. Al deslizarse fuera con cautela, Dean alcanzó a ver a Fan cerca de un árbol. Era él quien estaba hablando, pero había alguien más detrás del tronco cuyas raíces se hundían en un lago.
Dean abrió la boca para llamar a Fan, pero desistió casi al instante cuando los murmullos se volvieron más claros. Había una mujer en el río. Dean se quedó paralizado cuando captó su silueta desnuda sobre el agua.
La mujer era tan pálida y hermosa como describían a las sirenas en los cuentos, pero su cabello era del color del musgo y lucía como si fueran enredaderas de espinas. Ella no tenía una cola, su forma simulaba la de un ser humano. Sus partes íntimas, pese a no estar cubiertas con ropa, no dejaban ver con claridad su forma. No había pezones o la forma clara de una vagina entre sus piernas. Sólo había piel lisa y una que otra enredadera rodeándola por aquí o allá.
Lo más sorprendente de la vista ante sus ojos no era la mujer flotando sobre el agua, sin embargo, era el ecosistema bajo el lago manifestándose a su alrededor como si ella al brotar del agua los hubiera traído a la superficie. Dean se atragantó con su próxima respiración cuando al dar un paso, notó lo que parecían ser peces nadando alrededor de la mujer. Las criaturas eran pequeñas como peces de colores, pero brillaban como destellos y sus aletas traseras tenían el aspecto delicado de una tela suave que se mese en el agua.
Atraído por la maravillosa imagen ante sus ojos, Dean continuó caminando y cuando los ojos de la mujer se posaron en él, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Los ojos que lo miraron eran tan amarillos como el tulipán brillante que vieron esa tarde y el toque salvaje que vio en ellos le produjo una oleada de pavor.
La mujer le sonrió, pero el gesto lejos de ser inocente, era tan siniestro que le heló la sangre. Dean intentó darse la vuelta para ir dentro de la tienda, pero en un parpadeo y tras escuchar el agua estallar como si alguien se hubiera sumergido en ella, vio a la mujer flotando cerca de su cara. Ella le sostuvo las mejillas con sus manos heladas, olía a pantano y al mismo tiempo, a flores muertas. La sujeción en sus mejillas era fuerte.
—No entendí nada de lo que decían, así que no me hagas daño —balbuceó con terror. La mujer sólo sonrió, todavía manteniéndolo en su posición.
—No voy a hacerte daño, vienes en busca de conocimientos y voy a dejar que los encuentres —respondió ella. Su voz era suave y burlona, Dean no pasó desapercibido que estaba hablando ahora en su idioma—. Hay algo que debes recordar, sin embargo. Nadie que ingiera lo que hay dentro del Foso Celestial será capaz de abandonarlo y todo el que sale, siempre está destinado a regresar.
—¿Qué eres?
—Soy la Ninfa de este bosque.
Cuando la Ninfa lo soltó, Dean cayó de rodillas sobre la vegetación. No pudo volver a levantarse, sentía que se estaba ahogando y en poco tiempo, se desmayó.
Estaba dentro de su carpa cuando despertó a la mañana siguiente y pensando que se trataba de un sueño, intentó no pensar de más en el extraño suceso. Su equipo estaba reunido en torno a una fogata cuando salió de la carpa, el equipo de Fan Kun ya estaba de regreso. Así que durante el resto de la mañana, Dean estuvo mirando la investigación del equipo de chinos.
Por la tarde fueron a explorar y mientras más se adentraban en el Foso Celestial, más plantas extrañas fueron encontrando. El equipo de Fan se detuvo cuando llegaron a un campo donde había árboles de manzanas, los troncos eran igual de gruesos que los de los árboles de cuarenta metros, pero estos árboles de manzanas no eran tan altos. Su peculiaridad, sin embargo, radicaba en el tamaño del fruto, que eran un poco más grandes que una pelota de béisbol.
—¿Han estudiado esas manzanas? —preguntó Doyle a Fan. Sarah tradujo sin problemas.
—Lo hicimos. Parte de las provisiones que trajimos eran frutas, así que comparamos la estructura de una manzana normal con la de una de estas gigantes. Sólo hay una ligera variación en ellas, es lo que hace que crezcan más grandes. Las nuestras están alteradas debido a todo el proceso que lleva acelerar su crecimiento y madurarlas. —Doyle asintió, fascinado.
—¿Entonces éstas son más naturales que las nuestras?
Una científica en el equipo de Fan sonrió.
—También son más deliciosas.
—¿Podemos probarlas? —Sam miró con emoción a Sarah para que transmitiera su pregunta. Cuando ella lo hizo, el mismo Fan respondió.
—Pueden comerlas, son seguras.
Dean estaba pensando en el sueño de nuevo. Cuando el equipo de Fan bajó una manzana para repartirla al grupo, estuvo tentado a decirle a todos que no comieran, que la Ninfa había dicho que era peligroso. Luego, como científico, pensó en lo descabellado que era ese argumento y desistió. Pero a pesar de eso, no fue capaz de comer nada él mismo.
Los cambios comenzaron a partir de ese punto.
Su equipo se mezcló más con el de Fan, algunos se iban por días a explorar. El pequeño Sam se notaba taciturno la mayoría del tiempo y a medida que fueron explorando las profundidades del Foso Celestial, descubrieron nuevas especies animales. Al principio fue una criatura pequeña similar a un conejo, pero allí donde debía estar al cola esponjosa, había un rabo largo como el de una rata. Luego fueron los ciervos, cuyas astas tenían vueltas intrincadas y había musgo creciendo de grietas. Búhos que sobrepasaban el tamaño normal, ardillas tan grandes como ramas.
El día que vieron por primera vez a un animal salvaje verdaderamente peligroso, estaban bajando de una montaña. El suelo se sacudió de pronto, haciendo que se cayeran y cuando escucharon el rugido del oso, el instinto los hizo moverse. El problema con ese instinto, fue que se separaron.
Dean iba corriendo con Sam y Doyle hacia el campamento, pero perdieron a Doyle en alguna parte. El suelo se sacudía con tanta fuerza, que parecía que estuviese haciendo un esfuerzo por tragarselos. Dean encontró una cueva y cuando cargó a Sam para correr dentro, sintió que el niño se le deslizaba entre los brazos como el agua. Sam se esfumó de sus brazos en mitad de la cueva, lo único que Dean pudo palpar, fue la cámara que el niño llevaba a todos lados.
—¡SAM! —Dean sentía que iba a perder la cabeza si no encontraba al niño—. ¡Sam!
La cueva se sacudió y pensando que el oso o cualquier otra criatura lo seguía, Dean se vio obligado a continuar. En el camino vio tulipanes brillantes, árboles gigantes, cruzó un campo de pasto que lo cubrió de pies a cabeza y cuando finalmente divisó la salida de la cueva, también vio el lago amplio y cristalino que debía cruzar para alcanzar la meta.
—Dios mío...
¿Qué cosas iban a esperarlo debajo del agua? Dean Grimes ni siquiera quería pensar en ello. Pero en su mente tenía algo muy presente, si tragaba agua, estaba jodido.

—¿Qué sucedió después? —Feng miró a Dean Grimes sin aliento.
—Tu abuelo salió de la nada —dijo Dean, mirando hacia la cámara instantánea en el escritorio—. Me felicitó por no comer la manzana.
Feng no podía creer lo que estaba escuchando.
—La entrada de la cueva no era demasiado grande, ese oso descomunal que vimos no podía entrar, pero allí estaba junto a tu abuelo. Cuando fui capaz de verlo mejor, me di cuenta que era un híbrido entre un animal y una planta. Todo su pelaje eran en realidad enredaderas. Fan, que había comido los frutos de las plantas dentro del Foso Celestial, no podía cruzar el lago. Si lo intentaba, sus pies se hundían. Pero cuando yo lo hice, estaba caminando sobre el agua.
Dean se llevó las manos al rostro, recordando los peces gigantes vigilando sus pasos bajo el agua. No parecían criaturas de ensueño como los que rodeaban a la Ninfa, eran criaturas escalofriantes. Estaban hechos de enredaderas y sus pieles eran traslúcidas.
—Esa noche la Ninfa me dijo que quienes salían estaban destinados a volver. Llevo tres años fuera del Foso Celestial, pero hay noches en las que despierto en el bosque —dijo Dean con voz trémula—. Ese bosque me llama mientras duermo y sé, que en algún momento no seré capaz de despertar e ignorarlo a tiempo. Tu abuelo dijo que le había sucedido eso.
—Entonces él...
—No se fue porque quiso hacerlo. Era su obligación volver después de lanzar el gancho.
Feng estaba horrorizado.
—¿De qué gancho estás hablando?
Dean Grimes se puso de pie, fue al escritorio por una carpeta y cuando se la tendió, Feng pudo ver que se trataba de un informe traducido al inglés. Su abuelo era el autor.
—Vine a China buscando el Foso Celestial por este informe que encontré en la red.
—¿Quieres decir que mi abuelo te atrajo aquí? —Dean asintió—. ¿Por qué haría eso? Todo lo que dijiste... ¡El Foso es peligroso! Él incluso me contó...
Feng se atragantó.
—Él no esperaba que yo fuera al foso, ¿verdad? La foto... —Feng estaba horrorizado—. Mi carrera... Quería ser Espeleólogo con la esperanza de encontrar ese lugar.
—No debes ir nunca a ese lugar, Feng. —Dean lo miró con seriedad—. Una vez dentro, no puedes salir. Que yo esté aquí no significa que haya salido y ese lugar, fuera de todas las cosas sorprendentes que vimos en la superficie... Estoy seguro de que había un montón de cosas horribles en el fondo. Justo como esos peces bajo el lago.
Feng se puso de pie. El informe se le deslizó de las manos mientras su mente iba a toda prisa, quizás tan rápido como los latidos se su corazón.
—Yo... Necesito aclarar mis ideas...
Salió por la puerta como si hubiera visto a un fantasma y aunque Dean quiso detenerlo, permaneció de pie en su lugar. Aceptar que su abuelo había intentado arrastrarlo al foso probablemente era demasiado difícil para asimilar, así que no lo perseguiría. Si Feng era un hombre de ciencia, él volvería al día siguiente. Entonces ellos podrían sentarse a hablar con la cabeza fría sobre los descubrimientos de Dean.
Eso esperaba.
Pero esa noche, un invitado no deseado tocó a su puerta. Dean estaba medio dormido cuando abrió la puerta, por eso no fue capaz de esquivar el agua cuando Fan le bañó la cara. Dean inspiró una bocanada de aire tragando al menos un trago del agua con olor a estanque y tan pronto como el aroma lo inundó, el horror lo invadió. Dean levantó la mirada hacia su atacante y cuando vio al joven Fan allí con un termo vacío en manos, intentó escupir con desesperación el agua que había tragado.
—Tus amigos te están esperando en el Foso Celestial, Dean. ¿Cuánto más vas a tardar?
Dean Grimes estaba viendo negro, la voz de Fan Kun era apenas un murmullo quedo. Él intentó mantenerse despierto, su mente estaba gritando, pero al final, la inconsciencia lo arrastró.
Cuando Feng Kun regresó en la mañana, la casa de Dean Grimes estaba desierta. La propiedad lucía abandonada, como si nadie la hubiera habitado por años. Las fotos desaparecieron, pero la prueba de que Dean estuvo allí, quedó en el portátil sobre el escritorio del estudio. Donde Feng Kun vio una publicación reciente de un blog de ciencia.
EL ESPELEÓLOGO DEAN GRIMES Y SU EQUIPO DESCUBREN UN BOSQUE SUBTERRÁNEO EN UN FOSO CELESTIAL EN CHINA.
Feng retrocedió, asustado y en su camino de salida, tropezó con un viejo termo. La tierra aún estaba húmeda debajo y Feng no pudo evitar estremecerse al recordar el termo. Después de todo, era el mismo que colgaba en la mochila de su abuelo en esa vieja fotografía que él poseía.
Dean Grimes no volvió al Foso Celestial, se lo llevaron.