El Canto de una Sirena

Summary

El canto de una sirena. Poderoso, enigmático, con la capacidad de atrapar a cualquier marino en sus redes y hacer perder la dirección de su barco. Esa misma sensación fue la que tuvo San cuando entre medio de la multitud escuchó esa única voz. Llamándolo. La invitación al placer y a su destrucción en una sola persona. ¿Crees poder manejarlo, marinero? Top! San; Bottom! WooYoung SafeCreative 2303053728678 © All rights reserved

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Capítulo 1

El canto de una sirena.

Eso era lo necesario para atrapar a los marinos; hacer que los grandes barcos encallaran y era uno de los mayores miedos de todo buen navegante el dejarse atrapar por el canto de esas misteriosas y bellas criaturas del mar.

A San siempre le habían llamado la atención y cada vez que su abuelo le contaba un relato sobre forajidos y bravos piratas que cruzaban el mar, siempre esperaba con cierta emoción la parte en que la sirenas hacían aparición, simplemente porque le intrigaba que mujeres con aletas de pescado en vez de pies, y de gran belleza, podían hacer que fuertes hombres perdieran sus cabezas al punto de encallar sus botes o lanzarse al mar en busca de ellas.

Eran encantadoras y terroríficas al mismo tiempo.

Y aun así le fascinaban.

Habiendo crecido con sus abuelos en las afueras de la manada, trabajando en el campo, San no había conocido ningún niño de su edad.

Pero tampoco es que le importara.

Pasaba gran parte del día recolectando tomates, zapallos y otras verduras según la temporada o sembrando, eso siendo su rutina desde que tenía memoria, sus momentos de descanso siendo la hora de la merienda, donde su abuela aprovechaba de enseñarle a escribir y leer, y la noche resumiéndose a las historias que le relataba su abuelo, él cayendo rendido al final por el cansancio y el sueño.

Tal vez para otro niño sería rutinario y aburrido, pero para San era lo único que tenía, sus abuelos siendo las únicas personas con las que compartía ya que sus padres habían fallecido tiempo atrás, cuando él nació. Según lo que le habían revelado sus abuelos, sus padres eran betas como él, su padre siendo parte del equipo de caza que se encargaba de atrapar presas, ya sean conejos, jabalíes o hasta ciervos, para luego llevarlas a la manada para que se alimentara; su madre en cambio trabajando la tierra como sus abuelos.

Un día el grupo de caza que conformaba su padre se topó con un grupo de caza de otra manada, el enfrentamiento esperado llevando que su progenitor muriera en las garras de sus enemigos. Su madre en ese entonces ya estaba embarazada y al saber la noticia, el impacto fue tal, que adelantó el parto, San naciendo, ella falleciendo a las horas después.

Fue así que San terminó al cuidado de sus abuelos maternos. Había sido trágico, pero también parte de lo que podía pasar dentro de una manada de cambiaformas, todos demasiado conscientes que para sobrevivir se debía ser fuerte y disciplinado, el rigor desde la infancia siendo una de las bases de su formación.

Era por eso también que a los ocho años de edad todos los hombres de la manada, exceptuando los omegas, eran apartados de sus familias y llevados a los Barracones, donde eran sometidos a un estricto entrenamiento en busca de convertirlos en cambiaformas poderosos que pudieran proteger el territorio de la manada y defenderse ante cualquier ataque.

Claro que esto no te aseguraba una victoria, San lo tenía claro por la muerte de su padre, pero eso lo llenaba de la convicción y seguridad de que él entrenaría lo que fuera necesario para no terminar con el mismo destino. Se aseguraría de que no fuera así.

Es por eso que cuando cumplió los ocho años él estaba listo para lo que viniera.

Sus abuelos le hicieron una bonita celebración en la noche por su cumpleaños y cuando al otro día lo fueron a buscar, su abuela se emocionó un tanto y bueno, él siendo un niño también lo hizo, después de todo quería sus abuelos. Eran la única familia que tenía, con la que había crecido, y le dolía separarse de ellos.

En ese entonces pensó que su abuela estaba triste por verlo partir, pero con el tiempo, al crecer, se dio cuenta que seguramente era porque tal vez no lo volvería a ver cuando él terminara su formación a los diecinueve años, ese siendo su último adiós.

Así fue como a los ocho años de edad, llevando consigo solo la ropa de ese día y las historias de su abuelo junto a la comida de su abuela en su corazón, San llegó a los Barracones, un lugar que buenas a primeras le pareció frío y radicalmente distinto a todo lo que conocía, lo más destacable de todo el encontrarse con niños de su edad.

Fue raro al principio, no sabía muy bien como encajar en un grupo que ya se veía tan cohesionado y donde él no parecía tener cabida.

Los primeros días fueron duros.

San se encontró frente una ardua rutina, sin miramientos ni consideraciones por ser recién llegado, sino que al mismo nivel que todos los demás. Antes que despuntara el alba, los levantaban a punta de gritos para salir a correr sin más alrededor del recinto, una ducha de agua fría siendo su recompensa después del gran esfuerzo junto un ambiguo desayuno, insípido y que nada se parecía a la deliciosa comida casera hecha por su abuela.

El día continuaba con un par de clases, que no llegaban a las dos horas, antes de enviarlos a la cancha de atletismo donde se ejercitaban a más no poder, para luego enviarlos a la montaña donde debían cazar por comida. Si lograban atrapar algo o no era responsabilidad de ellos, si llegaban con las manos vacías simplemente se iban a dormir con el estómago vacío.

Fue así que San aprendió a una corta edad lo dura que puede ser la vida y como esta puede ir cuesta arriba en menos de un segundo. De un día para otro pasó de estar en su agradable cama a un suelo mugriento lleno de niños todos sucios, durmiendo en sus peludos lomos de lobo para aguantar el no tener nada con que abrigarse.

El hambre pasó a ser una realidad constante, la ropa con la que había llegado terminando en un rincón, él asumiendo su forma de lobo como los otros niños para poder sobrevivir. Pero aun así su convicción no varió ni un ápice. Sabía que por muy duro que fuera, todo eso era lo necesario para convertirse en un lobo fuerte, uno que pudiera hacerle frente a otra manada y no perecer en el intento.

Con ese pensamiento en mente fue que aguantó los arduos entrenamientos, el sol quemándole la piel y el comer los espantosos desayunos junto con la falta de alimentos el resto del día, sus habilidades de caza viéndose reducidas por el cansancio. Fue así, en base a fuerza de voluntad, que llegó a la última noche de esa larga primera semana. Con el cuerpo molido y el estómago estrujándose dolorosamente de hambre, San se mantuvo en silencioso estoicismo aguantando todo, mientras intentaba conciliar el sueño contra el árido piso.

Fue entonces, que las cosas dieron un vuelco inesperado.

Un lobo plateado se acercó a él.

Era mayor.

Con su hocico, captó su atención rozando su hombro y le hizo una seña para que lo siguiera.

Esa noche, San no consiguió alimento pero si un lugar dentro del grupo que lo acogió y le dio un espacio dentro del montón de lobos y con eso al siguiente día la opción de obtener comida, uno de los integrantes entregándole pescado asado para que recuperara fuerzas.

Con la llegada de nuevos niños al grupo, San descubrió que esa era la forma en que recibían a cada integrante; les daban algunos días para medir su temperamento, si veían que tenía las suficientes agallas para resistir la primera semana, lo aceptaban, sino lo aislaban hasta verlo fortalecerse o perecer.

Era brutal en todos los sentidos, era la ley del más fuerte por sobre el más débil, una respuesta propia de supervivencia en donde se buscaba por sobretodo la fuerza de voluntad por sobre la resistencia física.

HongJoong, el lobo mayor que lo había acogido, se lo había revelado un día cuando lo vio con intenciones de acoger a un recién llegado que no paraba de llorar de hambre y miedo.

Tienes que dejarlo crecer. Si lo ayudas ahora será un eslabón débil, una carga para la manada ya que siempre dependerá de otros. Tú cuando llegaste no lloraste ningún momento, pese al hambre y al dolor…por eso es que te aceptamos en el grupo. Porque tu mente es fuerte

Ese fue el primer y único elogio que recibió San estando ahí. Aceptando la realidad de la manada, tuvo que dejar al recién llegado y aprender a ignorar sus lamentos, como también utilizar las palabras que HongJoong le había dicho como recordatorio cada vez que se sentía desfallecer, que él era mejor que eso y que su mente era fuerte para sobrellevarlo.

Eso junto su convicción hizo de San uno de los más fuertes.

Entrenaba más que ninguno y sin importar que su cuerpo fuera más delgado y menos corpulento que el de los alfas, se preocupó de sacarle provecho; su agilidad y flexibilidad permitiéndole sobrepasar aquellos alfas que se confiaban de su fuerza, pero eran tiesos como una tabla, sus reflejos quedándose cortos ante los rápidos movimientos de San.

Su única desventaja era su histamina. Al moverse más, terminaba agotándose antes y cuando tenían duelos de entrenamiento, en las peleas finales llegaba con las energías mucho más menguadas que su oponente, llevándolo a su derrota. Solo por eso, es que San sabía que debía esforzarse mucho más.

No porque fuera un beta, sino porque debía entrenar más su resistencia para ser mejor y no ser un eslabón débil para la manada.

Ahora con diecinueve años, sus brazos fornidos fruto de sus esfuerzos, San se presentaba a la Celebración de Luna Nueva. Era una celebración que se realizaba una vez al año a finales de Agosto, generalmente, cuando faltaba más o menos un mes para el equinoccio de otoño y en la noche había luna nueva.

Ese día en particular de Agosto, todos los alfas y betas entrenados en los Barracones cumplían su graduación y debían presentarse en la Arena, que no era más que un estadio donde toda la manada se reunía para verlos luchar y demostrar todo lo que habían aprendido durante esos once años de arduo entrenamiento.

Era una demostración de fuerza, astucia y resistencia. Solo tenían quince minutos para demostrar su potencial o derrotar a su oponente antes de que el árbitro definiera al vencedor y así pasar a la siguiente fase. Como una pirámide, se iban descartando los más débiles, los vencedores ascendiendo y luchando entre ellos hasta dejar un único ganador.

Sin embargo, no solo fuerza y orgullo era lo que se buscaba demostrar en esa competencia, sino también era la oportunidad para encontrar pareja. Los primeros diez tenían la oportunidad de elegir una omega de su generación, que al igual que ellos, se mostraban a la sociedad con diecinueve años cumplidos, listas para tener compañero. La única diferencia es que ellas se disponían en hilera en los primeros asientos de las tribunas, con bellos tocados de flores que realzaban su belleza y suavidad, túnicas blancas con bordados dorados cubriéndolas para identificarlas del resto, sus rostros altivos, evaluando a su futuro compañero.

Era decisión de la omega el aceptar o no una propuesta, una razón más para mostrar todas sus habilidades en el campo de batalla. Si esta aceptaba, el afortunado alfa o beta podía reclamarla como compañera esa misma noche, una mordida en su cuello cerrando el enlace.

Claro que no había una regla explicita de que ellos debían escoger si o si una omega de su generación, también podía ser una beta que generalmente estaban en segunda fila, detrás de las omegas por no ser tan fértiles como las primeras. Una simple división de clase, parte de la estricta jerarquía social que los conformaba.

En general, se buscaba siempre un beneficio en la manada, lo mejor con lo mejor para generar una descendencia fuerte. Aun así tenían bastante libertad de elegir, habiendo algunos casos de alfas que se decidieron por tomar por compañera a omegas mayores que no tenían aún la marca de emparejamiento en su cuello, lo cual estaba permitido, la única condición siempre que quien eligieran debía ser mayor de diecinueve años.

Con esas reglas claras en su cabeza, San salió a la Arena junto con sus compañeros.

El brillante sol de verano lo recibió junto con el entusiasmo del público.

No lo inquietó.

Cuando fue su turno, la primera pelea en esa competencia, solo fue recorrido por la misma efervescente sensación que tenía en cada duelo en los Barracones, su mente siendo fría y analítica, sus astutos ojos recayendo en su contrincante. Sólo tenía ojos para eso.

Cuando el árbitro dio el inicio, su lobo plateado hizo acto de presencia y de ahí se enfocó en dar ataques rápidos, intentando reservar sus energías al máximo. Tenía que usarlas sabiamente si quería llegar hasta la final, su interés en estar en los primeros lugares más por una meta personal que por otra cosa.

A San no le interesaba el reconocimiento de la manada ni tampoco tener el privilegio de escoger primero una compañera. Para él, esa competencia era la culmine de su esfuerzo, la forma en que se demostraba así mismo lo preparado que estaba y que tenía la capacidad de defenderse, de sobrevivir.

De cumplir el objetivo que se había propuesto de niño.

Cada pelea era única para él. Cada contrincante frente a sus ojos merecía su atención, el haber peleado con ellos en el pasado entregándole la experiencia necesaria para prever sus movimientos, determinar el mejor momento para atacar y cuando debía moverse para esquivar un ataque. Sabía quiénes se confiaban más de su fuerza, aquellos que les gustaba partir con zarpazos o la tendencia de algunos de atacar directo al cuello de su oponente. Toda esa información contenida, San la manejaba con presteza, abriéndose paso, sus movimientos siendo nítidos, certeros, en ventaja sobre su contrincante.

Para cuando ya estaba llegando a la final de la jornada, San estaba exhausto. Había ganado algunas mordidas y heridas, su respiración era pesada, densa y sus músculos calientes le estaban comenzando a pasar factura.

Este era el punto donde la fuerza de voluntad entraba, se abría paso hasta despejar la neblina en su cabeza y le daba unos últimos minutos de claridad para hacerle frente a lo que se venía; su batalla contra HongJoong.

En este punto es cuando necesitaba todos sus sentidos alertas, HongJoong era ligero como él y por tanto también veloz. También era increíblemente inteligente y astuto, si alguien analizaba y sacaba provecho de cada circunstancia, ese era él.

Teniendo eso presente salió hacia la Arena para encontrarse con su oponente, estaba llegando al centro, sus ojos puestos en HongJoong, cuando en eso lo escuchó, un murmullo, un sonido arrastrado por el viento como la arena entre sus garras.

“Ahí viene de nuevo”

Las palabras llegaron demasiado apagadas dentro de esa frase, lejanas, sus oídos percibiéndolas apenas, su lobo elevando la cabeza esperando oír mejor, cuando en eso lo oyó de nuevo.

“El lobo de pelaje plateado”

Y ahí justo cuando se ponía en posición frente HongJoong lo divisó, su voz guiándolo directo.

Igual que el canto de una sirena, San se vio arrastrado por esa melodiosa voz hasta que quedar atrapado por unos exóticos y oscuros ojos que lo miraban a la distancia. Profundos y atrayentes, San comprendió en ese momento las historias que su abuelo le narró, estas renaciendo de los empolvados recuerdos de su niñez.

Igual que el marino que perdía la consciencia sobre sí mismo y era capaz de saltar a la mar para ir por tan misteriosa criatura, San se veía así mismo dejando esa batalla solo para acercarse a ese chico, sin importarle nada.

Para su suerte el árbitro dio la partida, e igual como si hubiera roto un hechizo, San se vio de regreso a la Arena. El bullicio general estalló en sus oídos una vez más, la atrayente voz perdiéndose, él enfocándose de lleno de nuevo en la batalla.

Sintiéndose algo desorientado, San se obligó a enfocarse en HongJoong intentando de analizarlo, de prever sus movimientos y poder lanzar un certero ataque, su cabeza aún dividida por ese joven que lo había encantado con su voz.

HongJoong atacó. San logró esquivarlo por los pelos pero en el siguiente no tuvo tan buena suerte, sus movimientos siendo más lentos de lo habitual por el cansancio y no tener la mente cien por ciento focalizada en la pelea, frustrándolo.

Aunque intentó dar lo mejor de sí y pareció que al final recuperaba su habitual estilo de pelea, el tiempo llegó a su fin y así mismo trajo su derrota.

Ofuscado, fue como se sintió ante ese final.

Si hubiera perdido por habilidades lo habría aceptado, pero el haber perdido porque no se logró concentrar fue peor que nada. Fue una patada directa a su orgullo, a la reputación que se había formado de sí mismo ante su fuerte mentalidad, que ahora parecía flaquear ante solo una voz y unos ojos bonitos.

Realmente las sirenas eran encantadoras y terroríficas, no se había equivocado ni un ápice cuando era un niño, ahora siendo un adulto comprobándolo de primera mano.

Y ahí, mientras regresaba a la Arena una vez más, ya vestido y duchado, para pararse en una línea junto con el resto de sus compañeros que habían quedado en los primeros lugares; San no pudo evitar que su mirada recayera una vez más en el chico que lo miraba intensamente.

Era curioso, no solo por todo lo que había provocado en su mente con solo oír su voz, sino también porque nunca le habían interesado los hombres antes. En su niñez en el campo, siempre estuvo en su mente el tener una compañera ya que su madre y abuela eran mujeres. Cuando entró a los Barracones rodeados de alfas y betas nunca mostró interés alguno en ellos, pero ahora aparecía él y todo se ponía de cabeza.

Un omega, esa era la única explicación que podía encontrar.

Hace unos días atrás cuando les habían hablado sobre la Celebración de Luna Nueva, en cuanto a la competencia y el honor de poder elegir a su compañera durante la ceremonia, junto con la importancia de continuar el linaje de la manada al entregar cachorros fuertes que pudieran protegerla en un futuro, les hablaron también de todo el “proceso” para saber cómo marcarla y también asegurarse de tener descendencia.

Había sido algo incómodo y rápido. Dentro de la breve explicación, mencionaron al final a los omegas masculinos, pero sin darle mayor énfasis ya que eran más bien pocos y se daba prioridad a las mujeres.

Pero ahora que lo veía, le hubiera gustado que le hablaran un poco más para saber de ellos.

En ese momento se sentía perdido, su bote navegando aguas desconocidas mientras se dejaba arrastrar por tan seductora voz.

Por eso cuando vio a MinGi, el alfa de rubio cabello que había ganado el segundo lugar y estaba antes que él, acercarse en dirección al omega, dio un respingo y casi gruñe; hasta que se dio cuenta de la corona que estaba extendida y que MinGi iba directo hacia el otro omega que ahí había, lo cual le hizo respirar nuevamente tranquilo.

Estaba perdido por ese omega. Lo sabía.

Aun así cuando fue su turno, se mantuvo en calma y serpenteó las oscuras aguas frente a él dirigiéndose directo hacia la misteriosa sirena, sin importarle ya que su barco encallara, él entendiendo a la perfección en ese punto a los marinos que se lanzaban dejando su raciocinio de lado.

Era mágico, atrayente, todas sus células pareciendo de acuerdo que ese omega era el indicado para él sin vacilación alguna.

Cuando estuvo frente a él, le llegó con claridad su aroma, uno que le hacía querer cerrar las distancias y hundir su nariz en su cuello. Apenas se fijó en que vestía distinto y que no llevaba la corona de flores reglamentaria, tampoco en el murmullo general del público cuando se paró frente a él.

Solo le importaba ese omega y la respuesta que obtendría a sus siguientes palabras.

- ¿Quieres ser mi compañero?

Vio un destello en sus ojos y por un segundo lo vio dudar, ese segundo volviéndose eterno. La respiración se atragantó en su garganta, hasta que lo vio asentir, el aire entrando una vez más a raudales.

Vio que tomaba una corona de flores y se la colocaba en la cabeza, cerrando el pacto, la señal inequívoca que lo aceptaba como su compañero.

San se sintió dichoso, ajeno que su bote estaba a punto de encallar y estrellarse contra las rocas.

Eso lo supo cuando vio el guardia que lo esperaba al término de la ceremonia y le pidió que lo siguiera.

Alejándose de sus compañeros y sin chistar, San siguió al alfa frente suyo fuera de la Arena en dirección al pueblo de la manada, su primer acercamiento a ese grupo de casas que en su vida había visto más que a la distancia.

Caminando entre medio de las personas que regresaban a sus hogares, niños corriendo a su alrededor, terminó frentea una casa no muy diferente a las demás, pero al entrar supo inmediatamente la diferencia. Era la casa del Líder.

El ser guiado a su despacho y encontrarse de frente con el hombre que dio el discurso al inicio de la Celebración de Luna Nueva, fue hasta cierto punto desconcertante, más aún cuando en ese despacho también estaba el omega que había aceptado ser su compañero.

El omega se veía tenso, inquieto, sus bonitos ojos se lo decían. Aun así, se mantuvo con entereza, erguido pese al opresor ambiente que lo rodeaba con dos guardias alfa y el mismo líder de la manada que lo veía con un gesto que distaba mucho de ser amistoso.

Si era sincero, San no entendía la razón de la densa atmosfera ni tampoco porque lo habían llevado hasta ahí, pero si lo irritaba hasta cierto punto ver a su futuro compañero tan incómodo. Acechado.

Su lobo se erizó en su interior.

- Bien ya que los dos están aquí, procederé hablar- comenzó el líder, un hombre de rasgos afilados, ojos sagaces como los de un halcón y un gesto adusto que aumentaba ante su aparente enojo- San te he pedido que vengas porque ha ocurrido una equivocación por culpa de este omega…

San enarcó una ceja.

- ¿Qué tipo de equivocación, líder?

- Verás, este omega aquí presente desobedeció las normas de la Ceremonia al sentarse en un lugar que no le correspondía. Transgredió nuestras leyes al sentarse en un lugar reservado solo para omegas listos para ser elegidos como compañeros, omegas con diecinueve años- puntualizó finalmente enfocando su gélida mirada hacia el omega- Él no cumple ese requisito…

San intentó mantenerse firme, aunque por dentro podía escuchar claramente el segundo exacto en que su barco empezó a rozar peligrosamente con las rocas, el chirrido del metal erizando su piel.

- ¿Cuántos años tiene?- consultó sin más definiendo que ese era el problema mayor, preparado para el impacto final, su bote ya por hacerse trizas.

- Dieciocho

- Pero cumpliré diecinueve en noviembre- agregó rápidamente el omega a su lado, el líder dando un puñetazo en la mesa, el chico saltando en su lugar ante el exabrupto.

- No te he dado permiso para hablar WooYoung- lo cortó letal, el nombrando frunciendo sus labios, San achicando sus ojos en discordia por el tono utilizado hacia el omega.

Calmándose, San observó por el rabillo del ojo como el omega asentía y agachaba la cabeza más por respeto al líder que otra cosa, su cabello claro cubriendo parte de sus rasgos.

WooYoung. Ese era el nombre de su compañero. En su interior su lobo paladeó el nombre con cierto disfrute mientras que San sentía algo similar a la emoción por tener ese pedacito de información.

Eso junto su edad.

Torció el gesto.

- Comprendo la situación líder.- comenzó captando su atención otra vez- WooYoung tiene dieciocho, pero…

- Aquí no hay “peros”. Nuestras leyes son claras. Ningún menor de diecinueve años puede ser reclamado, WooYoung es el que está en falta por haber estado sentado donde no debía y por además aceptar tu proposición cuando debería haberla rechazado. Por lo mismo será castigado- sentenció sin vacilación- En cuanto a tu caso, Choi San, quedas libre para buscar otra compañera y cortejarla tal como lo hacen el resto de alfas y betas que no quedan en los primeros lugares. Lamento que esta situación te haya impedido obtener una compañera justa para ti y mucho más cuando te ganaste ese derecho, pero créeme que varias omegas estarán más que encantadas de tener la oportunidad de emparejarse con el tercer lugar…

San lo miró impertérrito.

¿Buscar otra compañera?

En su cabeza eso simplemente sonaba absurdo, una total locura. Su bote había encallado totalmente pero aun así él estaba decidido de caminar por las áridas rocas si es que al final de su trayecto podía encontrar una vez más a quien lo había encantado.

- Entiendo, ¿en ese caso puedo cortejar a cualquier omega siempre y cuando tenga diecinueve años?

- Así es

- Entonces puedo cortejar a WooYoung cuando cumpla diecinueve en noviembre, ¿no es así?

El silencio se hizo en el lugar, como si todos hubieran contenido el aire. Incluso WooYoung parecía sorprendido por sus palabras y lo miraba con cierta emoción contenida y resplandor en los ojos.

El líder juntó las manos y lo miró seriamente por unos minutos en absoluto mutismo. Parecía estar analizando su propuesta a la vez que evaluaba que hacer con el insubordinado de WooYoung. En sus manos tenía una manada con reglas y tiempos que se debían cumplir, dejar su brazo torcer daría un mal ejemplo, algo que no podía suceder.

No podía hacer una excepción, de eso estaba seguro.

- No, no puedes- concluyó finalmente, viendo como WooYoung botaba el aire y lo miraba contrariado, pareciendo querer decir algo en su defensa- Aunque este omega cumpla diecinueve años, su Ceremonia de Luna Nueva será el próximo año. Así son las reglas y hasta entonces no puede ser reclamado…

- Puedo esperar

El líder gruñó.

- Es un año

- Lo sé, de todas formas esperaré. Yo le pedí que fuera mi compañero en primer lugar y no voy a retractarme de mi palabra. Si debo esperar un año para poder reclamarlo, entonces lo haré.

WooYoung lo miró con emoción contenida.

Ese día, cuando se había levantado en la mañana, había estado enfurruñado porque sus mejores amigos YunHo y YeoSang podían estar en la Celebración de Luna Nueva mientras que a él lo habían desplazado solo por nacer unos meses después de Agosto, para WooYoung pareciéndole terriblemente injusto. No entendía cuál era la diferencia de cumplir diecinueve antes de Agosto y el cumplirlo solo tres meses después; no creía que en esos tres meses le saliera un nuevo colmillo o fuera más fértil.

En otras palabras, desde su punto de vista eran reglas viejas y ortodoxas de antaño que deberían renovarse por nuevas, del tipo que cualquier omega que cumpliera diecinueve años durante ese año pudiera participar en la ceremonia y no con división de meses.

Por eso cuando había visto a sus amigos en primera fila no lo había pensado dos veces y se había acercado hasta ellos e implorado porque le hicieran un espacio entre ellos para poder tener una mejor visión y también porque no quería sentirse apartado, solo en mitad de toda esa gente que ni conocía. Para WooYoung su lugar era en primera fila y después de insistir un poco, sus amigos aceptaron el que se sentara con ellos.

Y había sido una excelente decisión.

Realmente desde ese lugar tenían una visión privilegiada que le permitía ver en detalle las peleas, la fiereza de los lobos y su habilidad en el combate.

Fue gracias a eso también que pudo ver de primera mano a San, como lo había llamado el líder ya que no había prestado atención a su nombre cuando lo habían anunciado en la Arena. Y como lo haría, si cuando lo vio aparecer sus ojos quedaron fijos en ese beta que parecía demasiado pequeño en comparación a su contrincante, pero que aun así tenía unos brazos de infarto, una piel dorada que llamaba a ser tocada y unos ojos sagaces que le recordaban a un felino. Listo para el ataque.

Y cuando lo vio pelear simplemente no le pudo quitar la mirada.

Era impresionante su velocidad y exactitud, era como una rayo plateado en medio de la arena y WooYoung simplemente quedó fascinado, su estilo de pelea siendo magistral en comparación al resto.

No podía dejar de observarlo.

No solo eran sus movimiento y su forma de pelea, tenía un aura de por si magnética y atrayente que lo enganchaba hasta el último segundo y cuando lo vio llegar para disputar la semifinal, simplemente ya no pudo controlar su entusiasmo.

Las palabras salieron solas de su boca y para cuando se dio cuenta, le estaba mostrando a YunHo el lobo plateado con orejas oscuras que había captado su atención desde que lo vio aparecer.

YunHo había parecido ligeramente interesado antes de consultar por el paradero de YeoSang, quien se había levantado momentos antes para ir a tomar aire alegando que el olor a sangre lo tenía mareado.

No había terminado de hablar con YunHo cuando se dio cuenta que la pelea ya había finalizado y San había sido declarado como perdedor, WooYoung considerándolo una lástima en todos los sentidos, el principal, que esa había sido la última oportunidad que había tenido para verlo y se la había perdido por estar hablando.

Pero sobre todo lamentaba que una de las omegas en esa fila sería la actual compañera de ese lobo y él sin oportunidad alguna por esas estúpidas leyes.

Por eso cuando lo vio acercarse y le pidió que fuera su compañero no pudo más que sorprenderse, su pecho agitarse, su cabeza moviéndose instintivamente porque estaba teniendo la oportunidad que había querido. Ni siquiera lo pensó cuando vio la corona de flores que YeoSang había dejado a un lado cuando se fue y la utilizó para entregársela a San como ofrenda.

Había sido impulsivo, lo sabía. También arriesgado al romper todas esas reglas que le importaban bien poco, pero que sabía, tenían tanta importancia para su manada.

Aun así, se había sentido increíblemente bien, liberador y que ahora San se empeñara en mantenerlo como compañero pese a las implicaciones que conllevaba, le hacían saber que no se había equivocado ni un poco en correr todos esos riesgos.

Romper las reglas nunca le había sabido más a gloria.

El líder se había mantenido en profundo mutismo después de la declaración de San, mirándolos mientras WooYoung estaba que saltaba de su piel de contento sin importarle ni un poco que castigos tendría que soportar si a cambio tenía de recompensa a San.

Para él sonaba un trato justo.



Barracones.

Esa había sido la decisión del líder después de darle vueltas al asunto, San teniendo que volver a estos, pero esta vez como entrenador. Se preocuparía de formar a los nuevos reclutas que fueran llegando y así mantenerlo alejado en las instalaciones. De ese modo se aseguraba que San no intentara nada hasta que el tiempo reglamentario fuera cumplido.

San simplemente aceptó las ordenes sin una queja, WooYoung sabiendo que él podría haber aspirado algo mucho mejor, como ser un guardia o formar un equipo de caza, pero que por su culpa había terminado siendo rebajado a entrenador, sus habilidades de lucha viéndose mortalmente desperdiciadas.

Era injusto, pero era lo mejor a lo que podían aspirar.

WooYoung en cambio tuvo que compensar.

Por haber desobedecido las reglas y haber humillado las tradiciones frente toda la manada, tendría que trabajar para esta, lo que se traducía que los próximos doce meses tendría que pasar cada semana ayudando a una familia de la manada, ya fuera en tareas del hogar, cuidando niños o ayudando en el trabajo en el campo, sin posibilidad de queja. Junto con eso se le prohibió también sentarse en primera fila cuando fuera la próxima Celebración de Luna Nueva, eso último sin importarle mucho.

De esa forma, con la sentencia dispuesta, WooYoung no pudo cruzar palabras con San más de las que intercambió en la reunión, esa siendo la primera y última vez que se vieron antes de ser separados irremediablemente.

- Líder amargado- pensó mientras se dedicaba a limpiar las ventanas de la casa Park, la primera familia que le había tocado asistir por esa semana- De verdad, en que le afectaba dejarme hablar aunque fuera un segundo con San…- siguió rezongando mientras tomaba el cubo con agua y jabón para trasladarse ahora hacia la siguiente ventana, el sol de septiembre aun siendo fuerte, lo suficiente para sentir como traspasaba su ropa y le quemaba la espalda.

Estaba metido de lleno en sacar una manchita en el vidrio con la uña, cuando en eso unas alegres risas lo desconcentraron. Dos niños de cabello oscuro pasaron corriendo por su costado en dirección al jardín, sus ropas volando antes de transformarse en dos juguetones lobeznos.

- ¿Niños que les he dicho sobre tirar la ropa, eh?

Saliendo al jardín por el mismo ventanal abierto por el que habían salido los niños, apareció un omega de lindas y delicadas facciones que ahora se veían algo fruncidas mientras recogía la ropa que los niños habían tirado, su abultado vientre de ocho meses impidiéndole moverse con facilidad. BaekHyun, era como se había presentado.

WooYoung dejó de lado lo que estaba haciendo para agacharse y terminar de ayudarlo, BaekHyun agradeciendo.

- Es difícil hacer cosas simples cuando estas cargando a otro ser humano- se excusó con cierto cansancio, sus astutos ojos recayendo en los dos juguetones lobeznos- Aunque tampoco me quejo. El resultado final vale totalmente la pena, junto con los pañales y desvelos. – sentenció su mirada ahora cayendo en WooYoung- Por cierto, con ChanYeol agradecemos tu ayuda por esta semana. Con dos niños y uno en camino lo necesitábamos. Dicho eso, no apoyamos el castigo que te dieron

-¿Ah, no?- consultó WooYoung sorprendido.

- No. Si yo hubiera estado en tu lugar habría hecho lo mismo. No le habría dado la opción a ChanYeol de elegir alguien más sin importar las consecuencias. Si te sirve de algo, yo también tuve que esperarlo un año…

Si, le servía. Al menos para no sentirse como un espécimen raro.

Esa semana donde los Park, WooYoung se sintió a gusto, lo cual compensó las siguientes semanas que en cambio no fueron para nada agradables. Con el tiempo, WooYoung descubrió que si bien habían personas dentro de la manada que lo apoyaban o no encontraban que fuera una gran falta aceptar una proposición a solo meses de cumplir diecinueve años, habían otros más conservadores que no le dirigían la palabra o hasta lo usaban de ejemplo para demostrarle a sus hijas lo que no debían hacer y en la humillación que podían arrastrar junto con otras sartas de estupideces, que WooYoung se acostumbró hacer oídos sordos a todo lo que decían, simplemente para evitar enojarse o querer enterrarle la escoba por entre los ojos.

Lo que más le sorprendía es que incluso familias que lo conocían de pequeño lo juzgaban y le daban la espalda, entre ellos la madre de YeoSang.

- No le hagas caso- le había dicho YeoSang mientras le hacía compañía en la cocina, WooYoung picando vegetales tras la mesada preparando la cena sin poder recibir ningún tipo de ayuda por órdenes de la señora Kang- Esta molesta porque tú tienes compañero y yo no. Todavía le indigna que yo me fuera en mitad de la competencia y no regresara…

- Pero eso ya pasó hace meses- se quejó WooYoung cortando una zanahoria a la mitad y empezando a rebanarla- Ya estamos a Enero, ¿Cuánto más piensa seguir con eso?

- Hasta que me muera, supongo

WooYoung alzó la mirada.

- ¿No piensas buscar compañero antes de eso? Pienso que tu madre te dejaría en paz si aparecieras con uno o al menos aceptaras alguna propuesta…

- WooYoung no empieces tú también, ya tengo suficiente con mi madre quejándose sobre eso

WooYoung levantó las manos en señal de rendición, aunque en el fondo estaba muy curioso. Sabía que YeoSang había tenido algunas citas en el pasado, todas terminando en nada, su amigo negándose después de eso a intentarlo otra vez y aceptar alguna nueva propuesta…

Pero si él no quería hablar de ello, no iba insistir, o al menos iba intentar no hacerlo.

- Esta bien, no te diré nada- aceptó, antes de agregar en un último segundo- Es solo…

-¿Solo, qué?

- ¿Te has visto en un espejo?

YeoSang movió la cabeza, contrariado.

- ¿Qué tiene que ver eso?

WooYoung rodó los ojos como si la respuesta fuera demasiado obvia para ser pronunciada.

- Eres bonito y estas en forma, a tu lado yo parezco un oso en hibernación. Los alfas y betas deben hacer fila a tu puerta. Lo que quiero decir es que tienes un abanico de posibilidades. Puedes elegir a quien quieras, no muchos tienen esa opción y tú la desaprovechas

Esta vez fue el turno de YeoSang de rodar los ojos.

- No desaprovecho nada, solo que no estoy interesado

- ¿Qué eres?- espetó WooYoung incrédulo- ¿Una ameba? ¿Sin emociones o necesidades?

YeoSang se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia otro lado.

- No es eso. Y no soy una ameba, no me compares con un parasito- aclaró- Por cierto, ¿Qué es eso de oso en hibernación?

WooYoung estrechó la mirada ante el cambio de tema.

- ¿Nunca has visto un oso?- consultó siguiéndole la corriente- Son grandes, peludos y gordos. Yo estoy en medio de casi todos esos puntos, sobre todo el último y ni se te ocurra decirme que no estoy gordo, porque me he visto en el espejo

- Bien no diré nada- dijo YeoSang levantando las manos y viendo que ambos temas eran bastante espinosos, se puso de pie- Iré por un libro…Y no creo que estés gordo- agregó al final antes de irse con rapidez y dejarlo solo con la palabra en la boca.

WooYoung torció el gesto y continuó cortando verduras mientras contradecía las palabras dichas por el otro en un enfurruñado murmullo.

Estaba gordo. Eso era un hecho.

Desde que había comenzado ese castigo y los meses comenzaron a pasar se vio comiendo demás. Al principio se dijo que solo era porque estaba más activo, cada día haciendo un trabajo diferente para una familia, el domingo siendo su único día de descanso. Pero luego descubrió que su hambre era constante y que los domingos podía no hacer absolutamente nada y aun así devorarse un montón de bocadillos producto del ansia.

El tener que esperar para estar con su compañero lo tenía ansioso, nervioso y básicamente mordiéndose las uñas y devorándose todo lo que se encontraba a su paso. No era tan inmune como él pensaba.

Sin embargo, ya no más.

Cuando se había visto en el espejo y había observado todos esos kilos extra que no existían en su anterior yo, se propuso el dejar en primer lugar los bocadillos. Si ya no tenía esas calorías extra podría volver de forma natural a su peso de Agosto y no ser una bola de manteca, como él mismo decía.

Después de estar con la familia de YeoSang, mantuvo su ritmo de no bocadillos. Fueron pasando las semanas una tras otra, nuevas familias en donde fue ayudando y esperaba ir bajando al mismo tiempo todo el peso ganado.

Sin embargo, cuando se encontró a sí mismo a fines de Marzo devorando su segundo pedazo de pastel en el cumpleaños de YunHo y que no hubieron mayores cambios en su cuerpo más que la pérdida de un par de gramos, supo dos cosas: la primera, que su plan “adiós bocadillos” no lo había cumplido correctamente y segundo, debía apurarse en bajar esos kilos, a como dé lugar.

Fue ahí que se le ocurrió la brillante idea de hacer una dieta más estricta (¡Que esta vez sí cumpliría!) junto con salir a correr todos los domingos en la mañana para agregar ejercicio a su rutina semanal y matar calorías. Por supuesto, para motivarse y no aburrirse, obligó a YeoSang que lo acompañara.

Aunque reticente al ejercicio y enfurruñado por tener que levantarse temprano un domingo para salir a correr, YeoSang lo acompañó de todas formas y hasta era quien lo empujaba cuando quedaban pocos metros para terminar la carrera y WooYoung no podía más.

Con un “fue tú idea correr los Domingos, así que hazlo” y “WooYoung, no te quedes atrás, falta poco”, YeoSang se preocupaba de animarlo a seguir, WooYoung odiando cada segundo su decisión de haberle pedido compañía a su poco considerado amigo.

- No comas eso- le indicó YeoSang con ojo astuto viendo como WooYoung se llevaba de todas formas una porción de col china a la boca y la devoraba- ¡WooYoung!

- Solo estaba probando para ver que el sabor fuera bueno- se excusó mientras volvía a su labor.

Sentados en el piso de la sala de estar, cada uno se encontraba con un cuenco frente suyo con una mezcla de pasta de ají, ajo, jengibre y otra cantidad de ingredientes para realizar Kimchi. Una montaña de col china se alzaba en el centro de todo, donde ellos iban retirando hoja por hoja y la iban pasando por la pasta antes de dejarla a un lado en otro cuenco.

Esa semana a WooYoung le había tocado ayudar donde YunHo, así que aprovechando la oportunidad, los tres amigos se habían reunido la mayoría de las tardes, ahora último para hacer Kimchi.

WooYoung lo había propuesto al ver que YunHo no tenía y el resto había aceptado sin oponer mayor resistencia.

- Pues es como la quinta vez que pruebas si está quedando bien el Kimchi- lo acusó finalmente YeoSang, sacando más hojas de col- No vengas a lamentarte después

- Es solo col china, es como comer agua- se defendió WooYoung, pero ante el gesto de incredulidad que le enviaba el otro, agregó- Solo he probado un poco, no exageres. Además esto es lo único que comeré en el día

- ¿Qué quieres decir?- preguntó curioso YunHo a su lado, mientras extendía un brazo en un intento de alcanzar la col.

Con una adorable y gran pancita, YunHo estaba entrando al noveno mes de embarazo lo que significaba dos cosas: menor movilidad y que en cualquier momento su hijo podría nacer. Aunque YunHo se veía bastante tranquilo, su compañero y mejor amigo MinGi no lo estaba.

YunHo y MinGi se habían emparejado en la última Celebración de Luna Nueva, y este era su primer hijo, por lo mismo el alfa estaba inquieto, intranquilo cada vez que debía salir al trabajo y dejarlo, su único alivio siendo que no lo dejaba solo, sino con WooYoung.

- Quedan solo tres semanas para la celebración- comenzó WooYoung respondiendo a la pregunta hecha al tiempo que le pasaba más col a YunHo y acercaba más el cuenco que las contenía para que no se tuviera que estirar tanto- Así que pienso reducir mis comidas a una sola en el día hasta que me encuentre con San

- ¿Por qué? Ya estás en tu peso, ¿no? –soltó contrariado YeoSang.- Creo que hasta estas más delgado

- No lo suficiente. Quiero verme más delgado. Ha sido un año YeoSang, quiero verme mejor de lo que estaba y que la diferencia sea obvia

YeoSang rodó los ojos. Era por esas cosas que odiaba esa famosa Celebración y todo lo que traía consigo.

- San ya te eligió, no creo que unos gramos hagan la diferencia…

- Yo espero bajar más que unos gramos, YeoSang, son tres semanas- puntualizó WooYoung muy seguro, al tiempo que tomaba otro bocado.

YeoSang y YunHo se miraron entre ellos, sin estar muy seguros cuál de los dos hablaba primero.

YunHo carraspeó.

- WooYoung, querrás decir una semana- dijo finalmente YunHo tomando una hoja de col y pasándola por la pasta de ají, para no encontrarse con la inquisitiva mirada de su amigo.

- YunHo es recién la primera semana de agosto, la celebración es a final de mes con Luna Nueva, ¿Cómo podría…?

- Este año la Luna Nueva será el próximo sábado- le informó YeoSang, viendo como el otro agrandaba los ojos- De hecho, coincide con un eclipse parcial de sol que se verá al atardecer, por eso la Celebración será más temprano…

YeoSang enmudeció al final al ver que su amigo no lo escuchaba, demasiado impactado por la noticia.

- Al menos verás antes a San- se aventuró a decir YunHo en un intento de subirle los ánimos y sacarlo de su estado de perplejidad.

WooYoung pestañeó.

- ¡¿Una semana?!- estalló finalmente sin poder creerlo- ¡¿Solo queda una semana?! ¿Por qué me dejaron comer esto?- se quejó apuntando el Kimchi, YeoSang negando con la cabeza- Desde ahora no probaré nada más, es más, no comeré nada hasta el próximo sábado

YeoSang lo miró como si estuviera loco, YunHo en cambio con preocupación, pero WooYoung no le importó como también hizo oídos sordos a sus dos amigos en sus intentos de disuadirlo. Él estaba decidido, no quería que San se arrepintiera de su decisión, sobre todo cuando se había rebajado a permanecer en los Barracones por su culpa.

Quería que San estuviera orgulloso de su elección y si para eso él debía morirse de hambre los próximos siete días, lo haría.

Cubos de hielo, eso sería lo único que comería, nada más.

Para cuando el día lunes llegó, WooYoung se dijo que el mundo lo odiaba, porque de todas la familias que le podía tocar al final de esa larga cruzada justo debía ser la familia del panadero y para peor de males, necesitaba que le ayudara en la panadería, él entre medio de esos aromas que lo llevaban a la perdición.

Es una prueba, se dijo. Una prueba para su voluntad.

Mientras él masticaba el décimo cubito de hielo en lo que llevaba de la mañana, trató de no caer en la tentación de probar el pan recién horneado, ni tampoco en los diferentes rellenos de las tortas y sobre todo de mantener la nariz arrugada cuando le tocó decorar con cobertura de chocolate.

Cuando llegó el viernes WooYoung no solo soñaba con pasteles, veía pasteles por todas partes y lo menos que pudo hacer fue una sonrisa sufrida cuando por su buen trabajo el panadero le regaló con toda la mejor intención un surtido de galletas, buñuelos y otras delicias que fueron su ruina. Tan pronto llegó a su casa se las dio a su familia para que se las devoraran y no verse tentado.

Finalmente la mañana del Sábado llegó y con ella no solo el fin de su castigo, sino también la Celebración de Luna Nueva y la oportunidad de ver a San.

¡Al fin!, pensó mientras entraba al estadio y se iba a su lugar designado, detrás de las omegas, al lado de las betas como el líder le había ordenado, lo cual no era tan malo. En general le agradaban más las betas, eran menos pretenciosas que las omegas femeninas y no se comportaban tan quisquillosas al momento de elegir compañero.

Además que tampoco lo veían con burla al ver que él no portaba su corona de flores como la tradición decía, una de las otras órdenes del líder, aunque esto último no era para denigrarlo, sino más bien por algo práctico. WooYoung ya había aceptado a un compañero, si portaba la corona daría la señal errónea y el líder claramente no quería más problemas ni tampoco disputas entre sus hombres, de ahí la prohibición.

Así que ahí, sentado se dispuso a mirar hacia la Arena, sus dedos tamborileando sobre su pierna en infinita paciencia, esas últimas horas que restaban para encontrarse con San pareciéndole eternas. La ansiedad lo carcomía por dentro y preguntas de como estaría, le seguiré gustando y un montón de otras dudas que solo parecían ponerlo más ansioso que otra cosa, lo llevaron a terminar mordiendo su pulgar, su mirada al frente pero sin recaer realmente en lo que sucedía a su alrededor.

Un suspiro entre alivio y exasperación salió de sus labios cuando vio que finalmente daba comienzo a la selección de compañero, lo cual lo tuvo más que contento ya que decía que pronto todo eso terminaría y él podría ir al encuentro de San, hasta que notó que entre los diez puestos que tenían que elegir una compañera o compañero, estaba YeonJun.

YeonJun fue su amigo de infancia junto con YeoSang, los tres eran vecinos así que era normal que jugaran juntos cuando eran pequeños. En ese entonces, tenían estaturas similares pero ahora era claro que su amigo había crecido y bastante.

Había olvidado de que él era un alfa…

Cuando llegó el turno de su amigo, se agachó por inercia. No estaba seguro a quien elegiría, pero WooYoung debía admitir que había tenido un pequeño encaprichamiento cuando eran niños y ahora que era mayor no quería tentar su suerte exponiéndose a ser elegido por el alfa y tener que rechazarlo.

Sería raro y le sabría mal rechazar a su amigo y primer amor de infancia.

Agachado y hecho bolita al lado de una beta de bonitas facciones que lo miraba con curiosidad, WooYoung esperó, de tanto en tanto alzando la mirada para ver si YeonJun había hecho su elección.

- ¿Ya eligió a alguien?- le preguntó a la beta a su lado, ChaeYeon, si su memoria no le fallaba. Había trabajado en la librería de su familia hace unas semanas atrás y por eso la recordaba junto con su hermana menor ChaeRyeong.

ChaeYeon negó con la cabeza.

- Parece que busca a alguien, ha pasado frente la fila de los omegas dos veces- susurró quedamente.

WooYoung maldijo por lo bajo.

Odiaba ocultarse y no dar la cara, pero en ese punto le pareció lo mejor hasta que ChaeYeon soltó una exclamación de sorpresa junto con el resto del público.

- ¿Qué pasó?

- Regresó a la línea. No escogió a nadie

WooYoung se mordió el labio. ¿Podría ser realmente que YeonJun lo estaba buscando a él?

Si él no se hubiera saltado las reglas el año anterior habría visto a San de lejos, no habría sido castigado y ahora estaría en primera fila aceptando la proposición de YeonJun. Sus acciones habían alterado el curso normal de las cosas, de lo que debería haber sido…

Y aun así esa realidad paralela que su mente le mostraba, ese espejismo simple y sencillo, le parecía carente de sabor y valor. Trivial.

Sus decisiones podrían haber cambiado lo que se esperaba de él, pero WooYoung estaba muy seguro que prefería el ahora que una ilusión, que ni siquiera tenía la certeza de que podría haber sido así o si quiera que lo hubiera hecho feliz. Conocía a YeonJun desde pequeño, pero la atracción que sentía por San, su mirada y la forma en que había defendido su decisión de elegirlo como compañero eran hechos que ponían la balanza a su favor y le hacían saber que había tomado la decisión correcta.

Pensar en San le había permitido soportar el eterno castigo.

¡Hasta lo tenía comiendo cubitos de hielo!

Sonrió y tomando una inhalación se hizo la idea de quedarse ahí hasta que terminara la selección. Podía ser incomodo, pero prefería eso que hacerle frente a lo que podría haber sido y no fue, pero sobre todo de mostrarle a su amigo que se había escondido de él.

Para cuando la ceremonia terminó, todos fueron hacia la celebración que se haría aparte por el eclipse parcial de Sol, WooYoung yendo en dirección contraria hacia su casa. Ya que las cosas habían sido diferente en su caso, él sabía dónde debía ir después de que terminara la celebración por el eclipse. Según la tradición, cada familia del alfa o beta, se encargaba de entregarle una casa que diera cabida a la nueva pareja cuando llegara el momento, dándoles así su bendición en su nuevo inicio. Era su forma de pasarle un legado.

En el caso de WooYoung, ya le habían mostrado cuál sería su futura casa el día anterior para que así supiera a donde debía ir. Generalmente ese procedimiento se realizaba después de la celebración, pero ya que él era un caso especial, hicieron esa excepción.

Entrando a su casa, suya y de San, WooYoung pasó a dejarse encantar por la acogedora residencia construida con madera de pino al igual que la mayoría de las casas de la manada. Caminando directo al refrigerador, aprovechó de sacar algunos cubitos de la nevera ya que se sentía desfallecer de hambre, al tiempo que revisaba que estuvieran todos los ingredientes que había traído la noche anterior a hurtadillas. Al ser su primera noche juntos, WooYoung había planeado a la mañana siguiente sorprender a San con un gran desayuno. Quería asombrarlo con sus habilidades culinarias.

Al ver todo en orden, tomó algunos cubitos de hielo más y se dirigió hacia la habitación principal, donde sin ningún tapujo se tiró sobre la cama, su cuerpo rebotando por inercia mientras él se acomodaba a ver desde ahí el atardecer. Ya que no tenía lentes y no quería quemarse los ojos, optó por ignorar el eclipse, el mayor cambio siendo la iluminación sobre los alrededores.

Masticando los restos de hielo en su boca, con la mirada en el horizonte y recostado en esa mullida cama, empezó a sentir los resquicios del cansancio alcanzarlo, sus parpados pesándole, hasta quedarse completamente dormido.

Fue un roce en su oreja, el que lo hizo reaccionar tiempo después, su mirada adormilada abriéndose apenas hasta que notó que la habitación ya no era iluminada por colores cálidos, sino por los oscuros de la noche y frente a él estaban unos ojos sagaces que hicieron su corazón acelerarse.

San.