PRÓLOGO
15 de diciembre de 1974
Hacía frío. No existía mucho que pudiera hacer para calentarse, pues la calefacción había fallado desde la mañana y no existía una cafetera lo suficientemente decente en la sala de maestros para prepararse una bebida caliente. Todo era una mierda en esa universidad, pero no podía quejarse demasiado, porque incluso en ese deplorable edificio existía un buen ambiente laboral y una paga demasiado jugosa como para andar de quisquilloso.
A su alrededor, existían las voces inconfundibles de sus compañeros de trabajo, quienes siempre iban de un lado a otro, intentando ser de lo más interesantes para agradar a los demás, cuando sus vidas eran igual de aburridas que las clases que impartían. Era una completa odisea tener que impartir clases cuando su profesión era totalmente distinta, pero nunca iba mal tener un poco de ingresos monetarios en su bolsillo y más, cuando su profesión no era tan tomada en serio en una época donde muchos preferían tratar sus problemas con gritos y ocultaban lo que en verdad sentían. Sí, no era una buena vida, ni una buena época para él, pero quejarse no era una solución.
―La próxima hora casi empieza, así que no estaría mal que los maestros que deben impartir clases pronto se vayan alistando desde ahora ―dijo uno de los mayores.
Él solo suspiró pesadamente, mientras cerraba la biblia que había estado leyendo hasta el momento. Apuntó el pasaje en el que se había quedado en una pequeña nota y la guardó en su bolsillo para no perderse la próxima vez. Guardó el libro en su portafolios y se puso de pie para caminar fuera de la sala de profesores, donde una brisa fría erizó su cuerpo con lentitud.
El pasillo era enorme y muchos de los estudiantes iban de un lado a otro intentando salir del departamento para dirigirse al otro lado del campus, donde seguramente se encontraba su siguiente clase. A él no le importó mucho lo que hicieran, solo continuó su paseo sin contratiempo, tarareando una canción en su mente que lo ayudaba a mantenerse un poco más tranquilo de lo que intentaba mostrarse. Tenía las manos temblorosas, pero no era algo que le preocupara, pues en su mente se mantenía la imagen de una mujer bella que había ido a hablarle esa misma mañana para confesarle parte de su hazaña en el exterior.
La mujer había cometido un pecado grande al mantener relaciones con alguien ajeno a su esposo y se lo había comentado porque iba a su consultorio varias veces a la semana. El secreto no podía salir de ellos y él lo tenía muy claro. Pero, mientras pensaba en ello y una sonrisa casi macabra se le dibujaba en los labios, podía escuchar la voz de su padre recitándole de cerca uno de los mandamientos de Dios:
Sexto mandamiento: No cometas adulterio.
La mujer claramente había cometido ese pecado, llevado por la lujuria y el deseo desenfrenado hacia otra persona. Él pensó en las posibilidades que tendría para hacerle pagar y sintió una excitación inusual recorriendo su cuerpo. Era algo que extrañaba, un sentimiento que lo dejaba inerte ante al razonamiento y no podía callar con nada. Él solo continuó su paseo y se mostró sonriente ante todos.
Una brisa cálida recorrió su rostro y alborotó sus cabellos. Algo de quietud acarició su alma, al mismo tiempo que una ligera fragancia llegaba a su nariz. No era desagradable, ni mucho menos enfermiza. Era buena y natural, como si fuese traído de alguna parte de su memoria que no podía recordar. Él observó al frente una vez más y se topó con dos chicos que iban riendo de un lado a otro. Al más alto lo ignoró por completo, pero el segundo, el más delgado, el más bajo, el más débil llamó su atención de inmediato.
―La clase de teología es mi favorita ―mencionó el menor.
Lo observó reírse y luego, lo siguió con la mirada cuando comenzó a correr. Sí, era de esa manera como lo vio por primera vez y era la primera vez que uno de los pasajes bíblicos que su padre le había leído tiempo atrás tomaba algo de sentido:
―El Señor me ha recompensado conforme a mi justicia, conforme a la limpieza de mis manos… ―murmuró, con cierta alegría.
Una clara muestra de que Dios era misericordioso y agradecido se colocó frente a él en la imagen de un muchacho que lucía de lo más puro y feliz. Sí, esa era su recompensa por haber hecho justicia en nombre de Dios y él sería el premio que atesoraría para que fuera inmaculado por siempre.