Superficie
No dejo de pulsar el bolígrafo sobre la mesa, algo me inquieta.
Suspiro de la frustración y dejo caer mi cuerpo sobre el respaldo de la silla. Frente a mí, mi escritorio se mofa de mis inútiles intentos por escribir mi autobiografía.
Observé el techo del estudio, tenía un par de telarañas. Giro mi asiento y quedo frente al enorme ventanal que mandé a construir hace años; la gente en la ciudad está demasiado apresurada, como de costumbre. Personas llegando tarde a sus trabajos, estudiantes que de seguro se habían quedado dormidos, e incluso padres que, es más que obvio, por algún capricho de sus pequeños hijos ya se les hizo tarde al horario de entrada.
Miro mi reloj rolex de reojo, eran las seis y media de la mañana. Yo decidí usar un smoking hoy, igual que todos los días. Me recordaba a mi alto estatus social.
No debía trabajar hoy, pero, al que madruga Dios lo ayuda.
Falacias religiosas.
Vuelvo a suspirar, esta vez me levanto y camino hasta llegar al pasillo que da a las escaleras y una habitación contigua.
Mis pasos me llevan, sin pensar, a la planta baja y de allí, a la cocina.
Abro el refrigerador, tomo una cerveza y observó por un segundo al pollo crudo que dejé para hoy.
Recordé la sensación de clavar mis garras en su piel y tironear de ésta para sacársela.
Me estremezco por un momento y luego vuelvo al estudio.
Al cabo de un tiempo logro encontrar las palabras correctas para expresar mi vida, mis sentidos se desvanecían, me volvía preso de mis escritos, el mundo, los olores, las sensaciones, todo volvía a mí como un recuerdo. Las palabras me transportaban y eran capaces de dejarme en éxtasis por unos segundos.
Sentí mi pupila dilatarse, estaba tan absorto en mis recuerdos que no escuché a las sirenas de policía llegar, no hasta después de que llegara la ambulancia.
Todos los vecinos salían a investigar. ¿Qué ocurría? ¿Por qué el ajetreo?
—¡Está muerta!—escuché exclamar a una mujer.
Es cierto. Dejo mis escritos y me acerco a la ventana. La ambulancia se llevaba a la vecina que vivía frente a mi casa. Estaba cubierta en sangre y parte de su rostro estaba cortado y malherido. Sufrió contusiones en todo el cuerpo y heridas del tipo scalp que iban desde la nuca hasta la frente.
Me dieron escalofríos al verla. Era algo horrible.
Pronto la policía tocará a mi puerta.
Me interrogarán por ser el ex amante de la señora Cecilia, la reciente fallecida.
Con gran pesar, borré todo lo que llevaba escrito hasta ahora y esperé paciente a escuchar la advertencia policial tocando a mi puerta. Pero jamás llegó.
Seguí con mi rutina habitual y no me preocupé por cosas triviales como esa.
Los vecinos, por otro lado, no paraban de inventar rumores sobre lo que le pasó a Cecilia, y las posibles razones por las que pudo terminar así. Muchos creían que se trató de un robo solamente y que los delincuentes eran muy violentos; otros suponían la de un amante afligido; y sólo algunos creyeron que fue mandada a matar por su esposo, el cual estaba harto de ser enfañado.
Es muy gracioso escuchar sus especulaciones.
Me pregunto que le habrá pasado.
Escuché de una vecina confiable que Cecilia estaba grave y en terapia intensiva. Vaya que es fuerte la hija de puta.
Vuelvo a casa y recibo con una caricia al gato callejero que siempre me sigue. Juntos vamos hasta mi cuarto, cuya vista me permitía observar el cuarto de mi vecina. Todavía estaba con las manchas de sangre.
Pude ser un potencial testigo y la policía todavía no viene a mí.
Deslizo la cortina y la veo, a Cecilia, toda hecha un mar rojo, me observa con sus ojos muertos desde su cuarto y yo le enseño el dedo medio; esbozo una sonrisa, parpadeo y ella desaparece.
El gato se sube a mi cama, pidiéndome mimos, toca mi mano izquierda.
Lo acaricio y a veces usando demasiada fuerza. Siento mi piel erizarce. Tomo al gato entre mis brazos y lo meso como si fuera un bebé.
—Sigue viva, Veroom, ¿Cómo?—le digo al felino.
Hace tiempo que no fumaba, pero esta noche lo estoy haciendo otra vez. Me poso frente al escritorio, vuelvo a tomar el bolígrafo y comienzo mi autobiografía otra vez.
Estando en lo mejor de la historia, recibo una llamada de un número desconocido.
Atiendo sin que el pulso me tiemble.
—Diga.
—Sigue viva, Joel —oigo una amenazante voz femenina del otro lado de la línea.
—Me preguntaba cuánto tiempo tardarían en descubrirlo —respondí despreocupado.
—¡Fallaste! —me sentencian.
—No, mis trampas han sido plantadas a la perfección. Fue su chico el que no hizo bien el trabajo.
—¡Eso es porque debiste haber ido tú! —se oía la mujer al borde de una crisis nerviosa.
—Ya no hago eso.
Colgué. No esperé a escuchar otro más de sus regaños. No estaba de humor para eso.
Continué escribiendo.