Prólogo| El héroe que salvó al mundo, creó al villano
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, en una tierra lejana llamada Helodia, existían cuatro clanes encargados de proteger al reino de cualquier peligro. Estos clanes, formados por las personas más fuertes, inteligentes y poderosas del mundo, eran respetados y admirados por todos los ciudadanos.
A pesar de que no se sabe con certeza cómo se crearon los clanes ni porqué, pues varios de los escritos que cuentan estos hechos fueron robados hace cientos de años, sí se conoce que el primer clan que mostró lealtad al reino de Helodia fue el del Hierro.
El Clan del Hierro tenía como misión principal proteger a los habitantes del reino. Por eso era común verlos patrullar por los pueblos y ciudades, siempre con sus brillantes armaduras, sus capas doradas ondeando por el viento y sus sonrisas amables. Quizá se debiese a la facilidad con la que interactuaban con la gente de a pie, la forma en la que acariciaban las cabezas de los niños al pasar o cómo les pagaban algunas monedas de más a los mercaderes, lo que hicieron que se convirtiera en el clan favorito por los aldeanos.
Sucedía todo lo contrario con el Clan del Viento. Encargados de ser los ojos y oídos de la familia real, nunca nadie había visto a ningún miembro de este clan. Era como si se moviesen por las sombras y estuviesen por todos lados, acechando, observando cada movimiento, cada palabra, cada mirada... pero sin ser vistos. Las malas lenguas afirmaban que el Clan del Viento no era más que un invento, una mentira que les había contado la familia real a los ciudadanos para asegurar que los respetasen y temiesen. Sin embargo, el resto de los clanes aseguraban que existían y siempre había algún que otro aldeano que conocía a alguien que tenía a un amigo que justo tenía un hermano que había entrado al clan...
Por otro lado, el clan del que estaban totalmente seguros de que existía era el del Sol. Compuesto por los alquimistas y hechiceros más poderosos de todo el reino, el Clan del Sol era el encargado de proteger, cuidar y sanar no solo a la familia real, sino también al pueblo llano. Aunque sus servicios eran un poco costosos, había varios miembros del clan que decidían abrir clínicas de tratamiento gratuitas para que todo ciudadano pudiera acceder a sus servicios, sin importar su procedencia ni sus recursos. Esos gestos hacían que este clan fuese uno de los más respetados y queridos por todos.
Era bastante común que, durante las festividades, los aldeanos se reuniesen en las plazas de los pueblos y ciudades para debatir abiertamente sobre cuál era el mejor clan que existía en el reino. Rápidamente la plaza se dividía en dos grandes grupos: aquellos que creían que nadie podía superar al Clan del Hierro, pues los protegían con su propia vida, y aquellos que defendían que el único clan que realmente pensaba en los ciudadanos era el del Sol. También era común que, entre el choque de copas y las risotadas borrachas, una pequeña voz preguntase: ¿y cuál es el clan más poderoso? Lo que terminaba silenciando toda la plaza. Porque aquellos que habían vivido el suficiente tiempo sabían que solo existía una única posible respuesta a esa pregunta: el Clan de la Luna.
En un primero momento, era natural pensar que el Clan de la Luna era uno de los clanes más débiles que existían, pues su deber no era ni proteger a los ciudadanos ni sanarlos. Los miembros no poseían magia, ni siquiera eran reconocidos por ser grandes ni fuertes. Eran, vistos desde fuera, personas normales, lo que hacía pensar a los aldeanos que cualquiera podía ocupar su puesto. Sin embargo, pocas veces se reclutaba a algún miembro, hecho que únicamente lograba confundir a la gente. ¿Cómo era posible que un clan compuesto por gente tan ordinaria no aceptara nuevos miembros? ¿Y cómo conseguían seguir de pie si parecía que no hacían nada?
La población no tardó mucho en entender por qué existía aquel clan. Conforme iban pasando los años, las historias de los logros del Clan de la Luna se hicieron oír poco a poco por las calles de las ciudades y pueblos. Su astucia, sus asombrosas habilidades físicas, su ingenio feroz y su determinación acabaron convirtiéndolos en la mano derecha de los reyes de Helodia. Eran, sin duda alguna, los más poderosos de todos los clanes, pues el futuro del reino estaba en sus manos.
Park Jimin formaba parte de este clan.
Jimin todavía poseía ese característico sonrojo juvenil en las mejillas cuando fue seleccionado como miembro del Clan de la Luna. Con tan solo 12 años, se convirtió en la persona más joven en entrar al clan hasta la fecha. Sin duda, aquello fue un triunfo para toda la familia Park, pero sobre todo para el pequeño pueblo en el que residían. Prácticamente era un milagro que hubiese sido elegido para formar parte del clan más exclusivo de Helodia, ¿pero que justo fuera él, un ciudadano de un pequeño pueblo perdido entre las montañas llamado Arys? Un pueblo que apenas superaba los 200 habitantes, donde la mayor parte de la población era gente mayor herida por la guerra y madres viudas. Era como si el hecho de haber sido seleccionado, de haber sido el elegido, situase a su pueblo de nuevo en el mapa del reino.
Aquello le llenó de orgullo.
Sintió que su destino acababa de comenzar. Que a partir de aquel momento, cualquier persona en cualquier parte de Helodia conocería su nombre y su hogar.
De ahora en adelante, todo el mundo conocería la historia de Park Jimin de Arys.
Y así ocurrió. A medida que iba creciendo, Jimin fue mostrándole al reino sus dones. Les enseñó porqué había sido elegido, porqué el Clan de la Luna había decidido hacer una excepción por él. Y lo hizo tan bien que, en poco tiempo, terminó siendo la mano derecha del joven príncipe Kim Taehyung, el heredero al trono.
Sin embargo, todo se vino abajo cuando se enamoró de Choi San.
Bueno, si somos más exactos, la vida de Park Jimin no se vino abajo solo porque se hubiese enamorado de Choi San, sino porque, de todas las personas del reino, había decidido caer rendido a los pies del que resultaría ser el héroe que salvaría al mundo de una terrible catástrofe.
Sí, Jimin se había enamorado ni más ni menos que del héroe de la historia, del personaje principal, el protagonista. Y lo había descubierto una tarde cualquiera, cuando notó el cambio de actitud que había tenido San al tener delante a Lee Shik, el hechicero prófugo.
Todo el mundo conocía la historia de Lee Shik. Era la típica que se solían contar los niños cuando hacían acampadas en mitad del bosque, a la luz de la hoguera y protegidos por sus mantas. Pero lo que diferenciaba la historia de Lee Shik de otros cuentos de hadas era que él realmente existía. Era un hombre real, compuesto de carne, hueso y magia, que provenía de una larga y poderosa estirpe de hechiceros. Un hombre que, tras la muerte de su amada, había renunciado a su cargo como líder del Clan del Sol para tomar venganza de todos aquellos que habían dejado que su mujer muriera. Entre los culpables, él señalaba que no solo la familia real debía pagar por haber permitido que hubiera sucedido aquella atrocidad en sus tierras, sino que el reino entero era culpable de la muerte de su esposa. Porque nadie había hecho nada por ayudarla. Nadie la había socorrido cuando aquellos gamberros decidieron prenderle fuego a su hogar. Nadie había intentado apagar las llamas ni habían escuchado los gritos de auxilio que ella soltaba. Nadie había hecho nada y él ni siquiera tenía un cuerpo que enterrar ni una tumba a la que llorarle.
Lo único en lo que Lee Shik pudo pensar entre la agonía y el dolor era en que quería ver el mundo arder, tal y como habían hecho con su amada. Quiso quemarlo todo. Destruir el reino que la gente tanto amaba, volverlo todo cenizas. Hacer que no quedase nada. Ni cadáveres que enterrar, ni tumbas que llorar. Quería que la gente sintiera lo que él sintió, así que estuvo años investigando, probando, experimentando y fallando hasta que al fin encontró el hechizo que necesitaba. Uno que fuera lo suficientemente fuerte como para hacer que todo se convirtiese en cenizas con tan solo chasquear los dedos. Y decidió hacer arder al reino, empezando ni más ni menos por la capital.
Y San, como el buen protagonista que era, hizo lo que cualquier héroe hubiese hecho: decidió salvar al reino, aunque tuviese que sacrificarse a sí mismo en el proceso. Aunque tuviese que sacrificar todo lo que tenía. Porque eso era lo que hacían los héroes. Por lo tanto, no era de extrañar que pelease directamente contra el hechicero mientras Jimin, su amado Jimin, le protegía las espaldas. Porque ellos dos eran un dúo inseparable. Lo habían sido desde la primera vez que se encontraron. Eran de esas parejas que solo aparecían una vez cada 100 años. De esas que podían entenderse con solo una mirada, un simple gesto o una sonrisa. Confiaba en Jimin más que en cualquier otra persona y habría dado la vida por él.
Pero a pesar de la ayuda que Jimin le brindaba, la pelea no iba bien. Parecía que San tenía las de perder.
—¡No me vencerás hasta que no sientas lo que yo siento, chico! —le había gritado Lee Shik mientras luchaban—. ¡Hasta que no sientas el mismo dolor, la misma desesperación que yo, jamás podrás superarme!
Jimin frunció el ceño. —¿A qué se refiere?
—No lo sé —contestó San mientras esquivaba otro golpe, pero había mentido. Sabía exactamente a qué se refería el hechicero.
Sentir el mismo dolor, la misma desesperación... Aquello solo lo conseguiría si perdía lo mismo que Lee Shik había perdido: al amor de su vida. Pero San no era capaz de hacer algo así. Jamás sería capaz de arriesgar la vida de Jimin, ¿no? Por mucho que eso significase salvar al resto del reino. Él no podía hacer algo así. Él no...
Mientras meditaba las palabras de Shik, recibió un golpe que lo estampó contra un muro a medio derrumbar y lo dejó aturdido en el suelo. La boca se le llenó de sangre, dejándole un regusto a hierro que detestó al instante, y el dolor que sentía en todo el cuerpo hacía que su vista se volviese borrosa.
Estaba perdido. Lo sabía. Era de ese tipo de cosas con las que uno nacía aprendiendo. Aquel era su final.
Con parsimonia, Lee se acercó al muchacho y lo observó desde su altura con una mueca triste en el rostro, como si se compadeciese de él. Alrededor de ellos todo era un caos absoluto. El fuego seguía propagándose más y más, y no pararía hasta que Lee Shik lo detuviese (hecho que sabía que no sucedería jamás) o hasta que San consiguiese vencerlo.
Todavía aturdido en el suelo, San lanzó una mirada ahí donde Jimin se encontraba. Le costó horrores enfocar la vista, pero cuando lo logró pudo ver a la perfección cómo el muchacho ayudaba a una mujer y a sus hijos a salir de una casa en llamas. Luego, cuando se aseguró de que estaban a salvo en manos de algún miembro del Clan del Hierro, Jimin se giró en su dirección para observar qué estaba pasando. Entonces lo vio tirado en el suelo, con la boca llena de sangre y el cuerpo en una posición que debía de ser todo menos cómoda, y no dudó ni un segundo en echar a correr en su dirección para ayudarlo.
Joder, qué valiente era y cuánto lo quería.
Lee Shik, que había visto hacia dónde miraba San, soltó una sueva risa.
—Es él, ¿verdad? El amor de tu vida —le preguntó, pero San no contestó—. Piénsalo bien, chico. El fin justifica los medios. Si realmente quieres vencerme... tienes que matarlo.
—Tiene que haber otra forma.
Shik negó con la cabeza. —No, chico. No la hay.
—N-no puedo hacer eso... Yo... Él...
—¿Quieres que lo haga yo?
San dio un aspaviento al escuchar esa pregunta. Con los ojos abiertos como platos y el corazón palpitando de forma desbocada, giró como pudo su cuerpo hacia donde Lee se encontraba y sus ojos oscuros chocaron contra los claros. Ahí, en ese mismo instante, mientras el resto del mundo ardía, gritaba, lloraba y agonizaba, Lee Shik lo estaba retando.
—Lo matas tú o lo hago yo. Decídete —le decían con esos ojos cristalinos. Para demostrar que no mentía, Shik alzó una de sus manos y apuntó directamente donde Jimin estaba. San quería vomitar por los nervios, la frustración, la ira y el dolor—. Tienes que tomar una decisión, chico. Ahora.
Se negaba a que Jimin muriese en manos de alguien tan despiadado como él. No podía permitirlo. No podía dejar que algo así sucediese. Jimin merecía algo mejor que morir quemado. Jimin... Él no podía terminar así. Era una persona tan amable, tan buena y gentil. Y tan listo y astuto. Jimin era todas las cosas buenas del mundo y hacer que su historia terminase de esa forma... Hacer que se convirtiera en solo cenizas... No, aquello no podía ocurrir.
Pero San no podía derrotar a Lee Shik. Al menos no en aquellos momentos. No tenía la fuerza suficiente como para alzarse y detener su hechizo. Y sabía que si lo intentaba, que si trataba de saltar hacia el hechicero y golpearlo, no solo prendería fuego al pobre cuerpo de Jimin, sino que él también moriría en el acto.
Y fue en ese momento que San comprendió que la única alternativa, la única solución posible de aquel horroroso problema en el que se habían visto envueltos, era que él lo matase. Él era el único capaz de darle a Jimin un final digno, uno que se mereciera. Se aseguraría de que su muerte no fuera en vano. Haría que todo el reino, todo el continente, supiera lo que Jimin había hecho por su patria. Él se encargaría de todo.
Así que lo hizo. Se levantó torpemente del suelo, cogió una de las dagas que había perdido durante la pelea y echó a correr con todas las fuerzas que le quedaban hacia Park. Cuando lo vio acercarse, Jimin dejó de correr de forma dubitativa. Maldita sea, se veía tan bonito, tan etéreo entre todo aquel caos que San solo quería decirle que se fuera, que saliera corriendo y se pusiera a salvo. Pero no lo hizo. En vez de eso, blandió la pequeña daga y apuntó directamente al corazón de Jimin. Y como era de esperar, Jimin no se defendió porque confiaba lo suficiente en San como para saber que jamás lo traicionaría.
Pum.
Fue un golpe directo e impoluto, digno de alguien como San. Si Jimin si hubiera defendido, si hubiera intentado esquivar el golpe aunque fuera un poco, la daga en vez de estar presionando su corazón habría acabado en su pulmón. Pero no lo hizo. Recibió el golpe como un tonto y cayó desplomado al suelo con los ojos entrecerrados, todavía asimilando lo ocurrido. San lo había... apuñalado. ¿De verdad lo había hecho? No, aquello no podía ser verdad. Él no podría haberle hecho algo así. Él... Bajó la vista hacia donde la daga se le clavaba en el pecho. Él... se suponía que lo amaba. Se suponía que lo quería. Pero lo había hecho. Joder, sí que lo había hecho. San le había apuñalado. El hombre al que consideraba el amor de su vida, la persona con la que quería pasar el resto de la eternidad, lo estaba matado.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
San no tardó en tirarse al suelo junto a él. Sus brazos temblorosos lo rodearon mientras lo sostenía delicadamente contra su pecho. Jimin podía sentir cómo todo él temblaba y escuchaba vagamente los sollozos que su amado emitía. Las súplicas, los perdones, las promesas. Quiso pedirle que lo soltase, que lo dejase marchar. Quiso empujarlo lejos, quitarse la daga que le drenaba la vida y clavársela en los ojos, en las piernas, en el corazón. Quiso que sintiera mínimamente algo del dolor que él sentía. No solo el físico, sino también aquello que le oprimía el pecho. Porque no había dolor más grande en el mundo que morir a manos de la persona a la que amas sabiendo que esta te ha traicionado.
Jimin habría sido capaz de amarlo eternamente. Lo habría dado todo por él, hasta su alma.
Y él lo estaba matando.
—Lo siento, Jimin. No te imaginas cuánto lo siento —sollozaba San una y otra vez con él entre sus brazos, pero Jimin ya no podía escucharlo. De haberlo hecho, tampoco habría podido responderle. La lengua le pesaba demasiado como para articular alguna palabra y cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos—. Te juro que yo no quería. No me dejó otra opción. No pude hacer otra cosa, Jimin. No pude, no pude, no pude...
Quién sabe cuánto tiempo estuvieron así, con San soltando sollozos que le desgarraban por dentro y con Jimin entre sus brazos, inerte y cada vez más frío. San sentía que podía haberse pasado la eternidad abrazado a ese cuerpo, recordando cada lunar, cada peca, cada sonrisa y cada risa. La forma en la que sus ojos se achinaban al sonreír o como le golpeaba cuando hacía algo mal. Podría haberse quedado ahí para siempre, pero sabía que no podía. El mundo seguía girando, Lee Shik seguía hiriendo a personas y él no podía quedarse más tiempo sin hacer nada. No después de haberle arrebatado la vida a Jimin.
Torpemente se levantó del suelo mientras sujetaba a Jimin y caminó un par de pasos. Cuando estuvo conforme con el lugar, dejó con cuidado su cuerpo en una pequeña esquina, lejos de la pelea, del fuego y de la gente, y le acarició con delicadeza una de sus mejillas. Las lágrimas no tardaron en volver a hacer su recorrido. Deseaba gritar con todas sus fuerzas cada vez que veía el rostro sin vida de su novio. Aquello no era justo, aquello no estaba bien. No debería haber ocurrido.
Pero ocurrió y él era el principal culpable de aquello.
Tragándose la culpa, el dolor y las lágrimas, se inclinó hacia Jimin y le dejó un casto beso.
—Te amo —susurró contra sus labios—. Te amaré siempre.
Luego se fue. Corrió, llorando a lágrima viva y con el corazón destrozado. Culpándose, odiándose por lo que había hecho. Y cuando tuvo delante a Lee Shik y vio que parecía haber disfrutado de toda la escena, sintió como algo explotaba dentro de él. Era como si la fina cuerda que mantenía su cordura a flote se hubiera roto de golpe. El hechicero tuvo que notarlo, porque le sonrió con una mezcla de orgullo y locura brotándole de los ojos.
—Lo sientes, ¿verdad? La desesperación, la ira, el dolor y esa extraña fuerza que te hace sentir que eres capaz de todo porque ya no te queda nada. Al fin lo sientes, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
Por mucho que San odiara admitirlo, él tenía razón. Lo que sentía en el pecho... Aquello no era normal. La forma en la que su cuerpo a pesar de los golpes parecía más ligero y fuerte que nunca... Comprendió entonces a qué se refería Lee Shik al decirle que necesitaba pasar por aquello para vencerlo, porque jamás se había sentido tan imparable como lo hacía ahora, justo cuando ya no le quedaba nada por perder.
Aquellos que lo han perdido todo, pierden hasta el miedo.
Y mientras todo sucedía, justo en la esquina donde San lo había dejado, Jimin observaba todo en completo silencio.
“Así que esto es todo” pensaba mientras veía como San vencía al hechicero golpe tras golpe.
“Así es como acaba mi historia.”
Observó cómo Lee Shik caía al suelo y cómo poco a poco la tranquilidad volvía a reinar en la ciudad, sintiendo como su cuerpo cada vez se tornaba más frío y sabiendo que la vida se le escapaba con cada bocanada de aire que soltaba. Desde su posición fue capaz de ver cómo la gente se acercaba hacia San y lo felicitaba. Le llamaban héroe. ¿Eso era lo que pasaría? ¿Jimin moriría y San se convertiría en héroe? Un cúmulo de sentimientos liderados por la impotencia y la rabia se instauró en su pecho.
“No, no quiero que este sea mi final.”
“Necesito más.”
“Merezco más.”
Una potente luz lo fue rodeando poco a poco.
“Merezco tener otro final.”
“Merezco ser feliz.”
“No es justo. No es justo. No es justo.”
La luz cada vez se hacía más y más grande.
“¡Quiero vivir! ¡Quiero que me dejen vivir!”
Con ese pensamiento en mente, Jimin soltó su último suspiro y todo a su alrededor se volvió oscuro. Aquel era su fin.
Luego abrió los ojos.
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