CAPÍTULO I: Silencio
Ulrich había permanecido más tiempo de lo que pensaba en el cementerio. La luz de la luna se colaba por las ventanas permitiendo ver por dónde caminaba. El sonido de sus pasos al moverse resonaba unos segundos en el aire para después desvanecerse.
Siempre hubo cierto sonido de fondo y, al carecer de él, no se llegaba a acostumbrar al silencio que reinaba.
En la cocina una olla reposaba en la lumbre apagada con los restos de la sopa que se tomó en la cena. Encendió el fuego y la calentó para no tomarla fría. Le reconfortó pensar que los sirvientes se habían preocupado por él tras un día tan duro.
Había recorrido los mismos pasillos de la mansión multitud de veces en su vida pero nunca se había sentido tan solo al pasar por ellos. El servicio solía regresar a sus hogares sobre las doce a no ser que hubiera algún evento. Su familia, al contrario que otras, preferían mantener poca gente en casa si no se requería.
Buscaba algo en concreto, aunque si lo quería conseguir debía ubicar una llave primero.
La habitación de sus padres había permanecido cerrada desde el “accidente”. El olor a cerrado resultó abrumador para él, quien no había entrado en años. Abrió el armario y buscó en su interior. No encontró nada. Rebuscó en los cajones de la mesita de noche de su padre y después en los de la cómoda de caoba. Finalmente, debajo de unas corbatas, distinguió el metal de la llave.
Al lado del mueble se situaba un armario con cerradura. De su interior se llevó un maletín de dimensiones razonables y se retiró del lugar.
Ya en su propio dormitorio tocó por primera vez la caja oscura de terciopelo que llevaba sobre su mesita de noche cuatro días. Un pequeño regalo de alguien que ya no le acompañaba.
Al abrirla vio un reloj de bolsillo. La tapa estaba decorada con adornos negros tallados sobre el fondo plateado. En la parte inferior, la inscripción “Omnia incipit et omnia fines” se podía leer con una caligrafía elegante grabada con cuidado.
Lo abrió con un toque.
La bóveda celeste de una noche sin estrellas parecía haber sido capturada dentro de él. La esfera que marcaba las horas poseía unas estilizadas manecillas de plata con detalles en el cuerpo mientras que los números habían sido sustituidos por cristales incrustados en el fondo, los cuales se colocaban entre dos circunferencias argentadas que destacaban a causa del gran cambio de tonalidad.
Ese objeto se había considerado el amuleto por excelencia de su familia. En tiempos malos les había llevado fortuna, su padre solía decir eso. Se otorgaba como obsequio al primogénito de la familia con la mayoría de edad, no obstante, esa tradición se había roto con él.
Entre el nacimiento de su hermano y del suyo existió una diferencia de cuatro años. Pero eso ya no importaba, se había quedado solo.
Eran las once de la noche.
Aún continuaba sintiendo cierta presión en su pecho. Había tratado de pasar desapercibido durante el entierro. Odiaba la atención ajena sobre él, si cometía el más mínimo error siempre habría alguien que lo convertiría en una crítica a sus espaldas. Y más perteneciendo a su familia.
Se sentó en la mesa de su habitación a redactar una carta dirigida a diferentes personas, entre ellas el subdirector de la empresa de su familia, Iriolis, y también algunos criados a los que tenía más cariño.
Nunca se le dio bien escribir ese tipo de textos a pesar de la insistencia de sus tutores. Ellos querían que su caligrafía siguiera las normas, que fuese tan impoluta como las del primogénito de la familia. Los dos hijos de los O’Reigh eran opuestos en muchas cosas, entre ellas su cómo redactaban y expresarse sobre el papel.
Terminó media hora después tras haber descartado varios bocetos, los cuales terminaron rebosando la papelera. Sabía que la escritura no era lo suyo, pero quienes recibieran una le entenderían. Dejó el papel sobre la mesa y se dirigió hacia el maletín que había traído consigo.
Lo abrió sobre las sábanas de su cama, y por un momento retuvo la respiración a causa del contenido. La escopeta de caza que se había obsequiado a su padre permanecía en buenas condiciones, incluso tras tanto desuso.
Pasó sus dedos por la superficie. Recordaba que de pequeño nunca se le permitió acercarse al arma aunque no guardó gran interés en ella. Siempre la vio como un objeto peligroso y no había cambiado de idea.
La sacó con cuidado para cargarla. Padre dice que no nos acerquemos a él mientras limpia la escopeta, decía su hermano cuando le veían realizar un mantenimiento rutinario.
La poca práctica que tenía manejando ese arma no le detuvo, sus conocimientos básicos sobre ella era todo lo que necesitaba. ¿Por qué?, preguntaba de vuelta al escucharle.
Sus manos temblaron al sostenerla.
Cosas de adultos… Supongo…, respondió el mayor de los dos.
Apoyó la culata de la escopeta en el suelo con el pulgar derecho sobre el gatillo. Conocía perfectamente cómo obrar.
Cerró los ojos tratando de no pensar.
Apretó del gatillo y el silencio nocturno se partió unos instantes.
Ulrich O’Reigh se quitó la vida de un solo disparo el 25 de diciembre a medianoche, un día después de haber enterrado a su hermano mayor.
Una luz intensa le daba en la cara, parecido a cuando corrían las cortinas para despertarle.
Abrió los ojos con dificultad debido a la intensidad y se cubrió con una mano para evitar que le deslumbrase.
Miró alrededor.
Estaba tumbado en el suelo de un espacio totalmente negro, a excepción de esa fuente de luz.
«¿Dónde se supone que estoy?». Trató de enderezarse pero no consiguió dar ni un paso sin tropezar y caer de nuevo.
—Te imaginaba más… hábil —opinó una voz.
Alguien le observaba con curiosidad.
Su aspecto le resultó peculiar, se veía como uno de esos clientes importantes que hacían encargos en Iriolis. Al levantar la mirada se sorprendió al ver que esa persona poseía los ojos de distinto color: el derecho más oscuro que la boca de un lobo y el izquierdo parecía el ojo de una estatua, blanco como el mármol.
A simple vista supuso que tendrían una edad similar, rondando los veinte años.
—¿Esperabas que esto fuese más emocionante? —le preguntó inexpresivamente—. Oh, ya veo. Tú esperabas a alguien —intuyó con su expresión facial—. Espera, siéntate. Es raro tener que hablar mientras tú estás en el suelo. —Un sillón apareció, el cual le obligó a sentarse sobre él—. Definitivamente mucho mejor.
Ulrich reflejaba incredulidad y un poco de miedo con su lenguaje corporal aunque no fuese consciente de ello.
—¿Y esa cara de asombro?
Habló dudando. No sabía si confiarle sus pensamientos fuese una buena idea:
—Pensaba que yo me encontraría con alguien.
El otro miró alrededor.
—Solo estamos nosotros, da igual cuánto quieras buscar. No sé a quién esperarías en un sitio como éste.
Sus palabras querían sonar tranquilas aunque al escucharlas le transmitieron todo lo contrario.
—¿Te apetece algo para beber? Te puedo ofrecer diferentes tipos de té…
Una taza de porcelana clara, acompañada de la tetera a juego, comenzó a flotar delante de los dos. Se trataba de un juego que poseían en la mansión, su madre solía pedirlo al recibir visitas. Ulrich rozó las piezas de porcelana y éstas se tambalearon en el aire.
La tetera vertió un poco de su contenido y las tazas volaron hasta estar enfrente de ambos. El aroma afrutado del té hizo recordar a Ulrich aquellas tardes invernales que pasó en la mansión en su niñez mientras escuchaba las historias que los sirvientes le contaban para entretenerle. Eso le extrañó, solo su familia y algunas personas muy allegadas sabían ese dato.
—¿De qué me conoces? —preguntó intentando establecer contacto visual entre los dos. El otro bebió antes de hacer algo más.
A modo de respuesta, la réplica del reloj familiar emergió de la nada entre la distancia que los separaba.
—A saber cómo es que habéis conseguido que caiga en vuestras manos —murmuró antes de agarrarlo—. Se creó para mí y otra persona hace mucho tiempo.
—Es una reliquia familiar, ha estado con nosotros desde hace mucho tiempo. Pero, por favor, contéstame.
—No te impacientes. Estoy seguro de que a Contad no le gustaría eso…
El cuerpo de Ulrich se tensó al escuchar ese nombre.
—¿Quién eres tú? —Ya no era mera coincidencia que supiera tantos rasgos de su vida.
—Quiero ofrecerte un trato —anunció—. Por favor, escúchame antes de quejarte.
Finalmente procedió.
—Es ley universal nacer para terminar muriendo. Da igual lo que hagas en el medio. Unos deciden enamorarse, otros tienen grandes ideas, pero todo conduce a ese inevitable final. Tu hermano se marchó muy pronto, ¿no crees? Dime, tú que te quitaste la vida porque querías estar a su lado, ¿qué harías con tal de revivirle?
—Es imposible—señaló. Se levantó del sillón con un gesto brusco—. Como tú has dicho, nacemos para morir. La muerte es lo único que no se puede remediar. No puedo hacer ese tipo de cosas, soy solo una persona normal.
—¿Normal?
El desconocido dejó estar sentado y con paso firme se acercó a él.
—Tu padre y tu hermano llegaron a ser los dueños de una de las firmas de ropa más importantes a nivel internacional, por no hablar de que vuestras exportaciones de tela están muy bien valoradas, algunos aristócratas las compran para que las costureras que trabajan con ellos les fabricasen la ropa…
—Sigue sin cambiar el hecho de que cambiar el orden natural de las cosas está fuera de mi alcance.
—Sin embargo, del mío no. Verás, quiero encontrar unos determinados objetos de gran valor para mí, y tú darías todo por volver a tener a Conrad contigo.
—¿Por qué emprender una búsqueda?
—Tú tienes tus motivos. Yo los míos. Así de simple.
Le extendió la mano y sus ojos se posaron en Ulrich.
—Dime… ¿Aceptas?
Él vaciló.
—¿Cómo sé que esto no es producto de mi mente?
—Confía en mí.
El apretón se cerró tras un suspiro profundo.
De inmediato aquel espacio empezó a resquebrajarse. Una intensa luz emanaba de las grietas con la fuerza de mil soles, impidiéndole percibir cualquier cambio. Un gran cúmulo de voces gritando se filtró a través de las grietas como el agua entre las rocas. Berreaban como si agonizaran y todo aquel ruido penetraba en su interior sin que él pudiera remediarlo.
Trató de aislarse de ese descontrol como pudiera sin éxito. Tapó los oídos con las manos y cerró aún más los párpados, rogando que se detuviera todo.
Todo el caos se agravaba sin freno. Y, entonces, tras lo que se sintió como una eternidad, llegó el silencio.
Volvió a estar solo, sin embargo, no se atrevió a moverse ni un ápice. Por un instante alguien le agarró con suavidad del hombro. Y entonces le susurró:
“Ulrich, despierta”
Abruptamente tomó una bocanada de aire como si hubiera estado a punto de ahogarse.
La lámpara de araña fue lo primero que distinguió en su habitación a pesar de la penumbra. A juzgar por la cantidad de iluminación creyó que serían alrededor de las diez de la mañana.
Con cuidado se incorporó en la cama. Empezaba a recibir
Corrió las cortinas y miró al jardín trasero, allí unos criados estaban podando los matorrales y conversaban mientras realizaban su tarea. Abrió la ventana. La brisa matutina se coló entre sus prendas de dormir, erizándole la piel.
—Estoy vivo… —musitó.
Confiaba en su instinto.
Si debía buscarle en un lugar de la mansión a esa hora sin duda debía mirar en primer lugar en la cocina. Salió corriendo sin importar el cansancio sobre su cuerpo. Esa sala tenía una modesta puerta de pino con una lámina de cristal traslúcido. A través de ella distinguió varias siluetas. Las voces llegaban silenciadas. Parecía una charla trivial entre quienes se hablaban adentro.
Le temblaba la mano cuando tocó el pomo. Lo giró y entró. Sin embargo, en el interior no se encontraba Conrad, sino el extraño con el que cerró un contrato.
Todos los presentes le miraron cuando apareció.
—Buenos días, señor O’Reigh. ¿Qué le apetece desayunar?
Ulrich se fijó en el desconocido, quien tomaba una taza de té con unas galletas con total tranquilidad.
—Una tostada con mermelada y un poco de leche.
Tomó asiento a su lado y con cautela observó todos sus movimientos. Se percató del parche sobre el ojo izquierdo y de que no le había mirado ni una sola vez. Tenía demasiadas preguntas que hacer y tener que esperar para hacerlas le estaba matando.
Cuando los dos terminaron, la voz de esa persona fue la primera en oirse:
—Muchas gracias.
—¿Todo estuvo a su gusto, señor Gabriel?
—En efecto. Ahora, si se nos permite, me gustaría hablar con mi primo a solas.
El cocinero no había llegado aún, así que no hubo problema. Los otros criados se retiraron y les dejaron sin poner ninguna pega. Antes de que Ulrich articulase palabra le colocaron un simple anillo oscuro delante de él. Lo tomó con cuidado. A simple vista parecía ser un accesorio común.
—Ahora, sí. Habla.
—Tengo muchas dudas a decir verdad…
—Comienza pues.
—Mis padres eran hijos únicos y mis abuelos maternos se desentendieron de mi familia hace mucho tiempo por una disputa que ocurrió mucho antes de que yo naciera…
—Ya entiendo qué quieres saber —le interrumpió—. Pero, sin entrar en muchos detalles, te diré que en convencer a la mayoría de personas se tarda poco si solo eres un poco insistente.
—Creo que no es tan fácil como eso.
—Tampoco sería fácil de explicar cómo es que estás vivo tras suicidarte —añadió con brusquedad.
El ahora invitado se detuvo. Resopló y retomó la conversación con un tono más tranquilo.
—Será mejor que dejemos de lado las convicciones de lo que es posible y de lo que no y nos centremos en lo que nos interesa: la búsqueda.
Ulrich miró a la mesa, aún inseguro sobre su decisión. Dudaba aunque tratase de ocultarlo, se le notaba en el restro.
—Podemos cancelarla si no te convence ahora la idea…
—¡No! No es eso en lo absoluto. Solo que… ¿cómo es posible que esos objetos hagan que mi hermano reviva?
—Todo a su debido tiempo, pero de momento te diré que tras encontrarlos yo te devolveré a Conrad.
—Una última pregunta… —Había cerrado un trato con él y había decidido que le ayudaría con la búsqueda de los objetos que quería; sin embargo, desconocía cómo debía dirigirse a él—. ¿Cómo he de llamarte?
—C. —respondió tajante—, con solo eso te sirve.





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