El mundo capicúa

All Rights Reserved ©

Summary

Si decides entrar al mundo capicúa, luego de algunas páginas, te darás cuenta que ambos hemos quedado encarcelados en esta historia. ¿Por qué? ¿quién nos ha encerrado en esta historia? ¿Cómo escapar? Esas son todas mis preguntas, y solo tú puedes conseguir las respuestas. Aun así ¿estarías dispuesto a abrir las puertas del mundo capicúa?

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Todas mis preguntas

Tus ojos han de ver

la miseria humana,

la soledad del alma.

Tu corazón ha de fundirse

como el barro en el agua.

Y tus pasos vagarán errantes

como el maldito caminante.

Porque yo soy Dios,

y te condeno.

Porque tú eres Dios,

y no lo sabes.

Porque nosotros somos dioses

En el Olimpo de los hombres.

Esas eran las líneas del poema más extraño de mi vida, y que, aun en ese tiempo, seguía sin tener sentido. Al menos para mí.

Coincidentemente, encontré este poema en casa cuando aún era un adolescente. Y resultó tan irónico encontrarlo en ese mismo lugar donde había encontrado todas aquellas otras cosas que aún seguían sin tener sentido en mi vida. Esas cosas que yo aún seguía sin entender. Como las tarjetas que se envían en navidad a esos parientes que se podría ir a visitar en persona; sin embargo, prefieres enviar esos trozos de cartón con extensos mensajes en donde dices lo mucho que los extrañas y cómo lamentas no tener tiempo para visitarlos. O como ese anillo de bodas que simbolizaba la unión entre dos personas que se aman, pero que termina siendo la cadena entre dos personas que se odian.

Todas esas cosas sin sentido las encontré en casa de mis padres y me las llevé conmigo cuando me mudé; más que por apego, fue para conservar cosas que me recuerden lo poco que entendía de la vida.

Así que solo por cargar cosas que no entendía, me llevé conmigo ese extraño poema, escrito del puño y letra de mi padre en un papel que envejecía como yo, que iba perdiendo ese blanco solemne para perderse en el amarillento color de los años, al igual que yo.

Sin embargo, sucede que en algún momento de la vida empiezas a entender las cosas con tal claridad que todo cobra sentido. Todo tiene un porqué.

Usualmente, este momento llega cuando ya has muerto y entiendes el sentido de la propia vida incluyendo todo lo demás.

En mi caso, ese regalo llegó mucho antes de mi muerte.

Nada me hubiera hecho imaginar que esa tarde lluviosa sería el momento en que el poema más extraño de mi vida se convertiría en la explicación de la propia vida.

Esa tarde llovía a cántaros, como ya era usual desde la explosión de la central nuclear de Gravelinas. Aunque esto ya se había vuelto lo habitual, sigo pensando cómo diablos una explosión en Europa puede afectar tanto el clima en Sudamérica.

Ignorando mis pensamientos, llovía tanto que pareciera que el cielo quisiera convertir en lago esta ciudad, que de por sí ya era apacible y silenciosa como el lago más discreto. Tan así que estoy seguro de que ninguno de sus habitantes hubiese hecho el más mínimo ruido mientras morían ahogados.

Así llovía esa tarde, y mientras la ciudad se dejaba inundar, tocaron a mi puerta. Traté de recordar si esperaba a alguien. De ser así, estaba decidido a no abrir. Suficiente compañía tenía conmigo. Pero no, no esperaba a nadie. Nunca esperé a nadie.

Quizás eran esas sectas religiosas queriendo hablar de Dios, porque Dios no quiere escuchar de ellos. Era probable, y esa sola probabilidad me irritaba.

En mi cabeza, surgían miles de especulaciones y cada una era más absurda que la anterior. A pesar de ello, simplemente, seguí especulando; deseaba que el tiempo pase y silencie a la puerta. Esto me hubiese hecho sentir menos culpable que haberla dejado sonando sin ninguna excusa.

Lamentablemente, en algún momento se me acabaron las ideas. Ya no existía motivo que me excuse. Tenía que ir a abrir la puerta, y eso hice. Me levanté del sillón y caminé hacia la puerta tan lento como pude.

Cuando la abrí, vi a un joven de mediana edad, o al menos se veía mucho más joven que yo.

No podía ver su rostro por completo. Su cabello totalmente mojado lo cubría hasta sus ojos, y la lluvia lo empapaba ferozmente.

Al inicio, pensé que se trataba de algún refugiado francés, de esos que habían llegado como enjambre luego de la explosión en Gravelinas. Pero el joven se quitó el cabello que cubría sus ojos y, en un perfecto español, me preguntó:

—¿Se encuentra Balto Haller?

En ese momento, lo reconocí. Se trataba de un joven que había llegado a la ciudad hacia solo unas cuantas semanas después de la explosión en Gravelinas. Desde su llegada, trabajaba en el hotel de turistas junto con la anciana dueña.

Lo miré sorprendido, hacía mucho tiempo que nadie preguntaba por mi padre.

—Está en el mismo lugar desde hace muchos años. Salvo que los muertos resuciten —respondí.

El joven sonrió tímidamente y movió la cabeza como quien está acostumbrado a ese humor negro que solo maquilla mi hostilidad.

Inmediatamente, como si ese hubiese sido el saludo secreto esperado, lo invité a pasar. Desde mi casa hasta el hotel de turistas, había poco más de veinte minutos a pie. Así que era mejor que esperara dentro hasta que la lluvia cesara o la dueña del hotel de turistas no habría hecho más que recriminarme por haber dejado a ese tipo bajo la lluvia. Y con lo que me irritaba la voz de esa anciana, hasta le habría regalado mi casa a este joven solo por no escucharla.

Cuando el joven cruzó el umbral de la puerta, caminó con la mirada fija en el rumbo que yo le indicaba, sin mirar a los lados para reconocer el lugar. Como si no sintiese curiosidad por nada o como si ya lo conociese todo.

Lo llevé hasta la sala en donde antes estuve leyendo a solas. Lo hubiese invitado a sentarse, pero en mi obsesión por el orden y la limpieza, solo podía imaginar mis muebles mojados y ensuciados por las ropas de aquel joven.

Le indiqué que me esperara de pie mientras yo le traía algo de ropa seca y limpia. Esta era la segunda obra de caridad que realizaba en la semana y para alguien como yo, eso ya era demasiado.

Subí hasta mi habitación y regresé tan rápido como pude, no quería que ensucie nada. Pero era muy tarde. Él ya había caminado unos pasos hasta un pequeño estante en donde se encontraba una vieja foto. Para ser más exacto, la única foto que yo tenía con mi padre.

—¿Falleció hace mucho? —preguntó mirando la foto que había tomado entre sus manos.

—Sí. Ya casi no recuerdo cuando fue —respondí, extendiendo el brazo para alcanzarle la ropa que le había traído.

—Era un buen hombre —me dijo, como si él no fuese demasiado joven para haber conocido a mi padre.

—Eso dicen de todos los muertos, ¿no? —contesté y sonreí levemente.

—Él, en verdad, era un buen hombre —me replicó.

—Si lo hubieras conocido, no dirías lo mismo —dije un tanto fastidiado.

—Fuimos muy buenos amigos —me respondió, mientras me miraba fijamente a los ojos.

Luego de su respuesta, yo no podía disimular el asombro en mi rostro. Mi mente intentaba procesar si se trataba de una broma sin gracia o una manera elegante de decirme que éramos hermanos.

Lo primero que pude pensar y lo que más lógica tenía fue lo segundo. Así que empecé a mirarlo detalladamente, intentando disimular.

Pero, antes que terminara de observarlo por completo, sostuvo su mirada sobre la mía y dijo sonriendo:

—No somos hermanos.

Yo, que aún no había logrado encontrar una respuesta lógica a esta situación, me quedé de pie inmóvil, mientras él pasaba hacia el baño y cerraba la puerta. Continué con la mirada clavada en el suelo por largo rato, invadido por el desconcierto de saber quién era ese extraño sujeto al que había recibido en mi casa.

Si no éramos hermanos, era muy probable que se tratara del hijo de alguna amante de mi padre. Mi madre y yo solíamos sospechar que mi padre tenía otra familia. Siempre se encontraba en viajes largos que tardaban hasta un año entero, y, luego de un par de meses en casa, tenía que irse nuevamente.

Incluso, para un profesor universitario de Historia, que se ganaba la vida grabando documentales para la televisión, ese ritmo de vida era más que sospechoso.

Además, luego de una catástrofe como la de Gravelinas, resultaba coherente que algún cazafortunas viniera desde Europa a reclamar algo de terreno aquí. Con lo mal que estaba la situación en Europa, esto era más que posible.

Caminé lentamente de regreso al sofá hasta que escuché su voz gritándome desde el baño:

—Pensé que eras más parecido a Balto.

Yo no respondí, estaba absorto en mis pensamientos. Él salió del baño con la ropa que le entregué y se sentó frente a mí.

Sobre la mesa de centro que se encontraba frente a él, podía verse la parte superior de la hoja amarillenta que contenía el poema de mi padre. La misma que yo había estado leyendo antes que él llegara.

Un diario de hacía semanas tapaba casi todo el poema. Pero podían leerse las primeras líneas.

—«Porque nosotros somos dioses en el Olimpo de los hombres» —recitó el joven de memoria—. Esas últimas líneas siempre me causaron curiosidad, ¿a ti no?

Luego de sus palabras, quedé aún más desconcertado. El diario tapaba casi todo el poema, incluso los versos que este joven acababa de recitarme de memoria. Y, hasta ese momento, yo creía haber sido la única persona que conocía este poema. El cual asumía que era de la autoría de mi padre.

—¿Cómo conoces el poema completo? —pregunté esperando recibir una respuesta coherente.

—Lo escribió tu padre, ¿cierto? Esa es su letra —me repreguntó el joven mientras tomaba un lápiz y dibujaba suaves líneas sobre una hoja en blanco—. Conocí a tu padre, por eso conozco el poema.

Bajé la mirada hacia el papel que ese joven había estado garabateando y lo reconocí de inmediato. Esas líneas confusas en el papel eran una parte del cubo de Metatrón.

En mi mente, todo esto parecía sonar totalmente absurdo e irracional. Yo tenía cuarenta y seis años; y este muchacho, con la mitad de mi edad, fácilmente podría ser mi hijo. Entonces, cómo pudo haber conocido a mi padre si él había fallecido hacía casi treinta años, probablemente cuando este joven ni siquiera había nacido.

Intenté atar cabos, pero caí en cuenta que lo único que sabía de ese joven era que estaba en la ciudad desde hacía unas semanas después de la explosión de Gravelinas y, desde entonces, ayudaba a la anciana dueña del hotel de turistas frente a la plaza. Pero, ahora, eso parecía indicarme que en verdad no sabía nada de ese joven al que le abrí la puerta de mi casa sin temor.

—¿Quién eres? —pregunté tajantemente y sin nada de educación, haciendo notar mi ansiedad.

—Esa pregunta es muy complicada... Empecemos por algunas preguntas más sencillas, si no te molesta —me respondió aquel joven.

Yo estaba cada vez más confundido. Pero, a la vez, me sentía intrigado por lo que este joven pudiese saber de mi padre. Ese hombre del que yo conocía tan poco.

—¿Cómo conociste a mi padre? —pregunté ansioso.

—Sería mejor empezar este interrogatorio de manera ordenada, ¿no crees…? Empezar por el inicio —respondió él, inclinando su cuerpo hacia delante y apoyando sus codos sobre sus rodillas, tal vez para verme más de cerca—. ¿Alguna vez te has enamorado?

—¿Y qué diablos importa eso? —repliqué a punto de perder la paciencia.

—Mucho… Antes de cualquier inicio, existió un fin, y puedo asegurar que el fin de todo es el amor —respondió y se quedó en silencio mirando el piso.

Si hubiera sabido lo que vendría después, tal vez no habría abierto la puerta. Porque existen puertas que deben permanecer cerradas y preguntas que deben quedar sin respuestas. Pero, ahora, ya es muy tarde para retroceder. Ya no nos queda tiempo para arrepentirnos, ni siquiera a ti.

Aunque hubiese sido mejor dejar sin respuestas todas mis preguntas, ese joven conocía muy bien todas las respuestas e, incluso, conocía perfectamente las únicas dos cosas a las que mi padre les dedicó la vida entera. Esas mismas dos cosas que tanto tiempo después aún siguen dejándome preguntas sin respuestas.

La primera de ellas era ese extraño poema que hablaba de seres que yo no comprendía.

Un poema extraño que yo no entendía, pero que conservaba en un intento por tener algo de mi padre, aunque solo sean sus preguntas, ya que él mismo escribía este poema en diferentes hojas, en diferentes idiomas, que descomponía en sílabas, y hasta en números que luego terminaban convirtiéndose en complejas ecuaciones sobre la pizarra de su estudio.

La segunda de estas cosas que atormentó a mi padre fue el cubo de Metatrón. Un viejo símbolo que estudió desde que tengo uso de razón y hasta que murió, descomponiéndolo en diferentes figuras que a su vez terminaban difuminándose en suaves y simples líneas a las que asignaba un valor para formar otra ecuación igual de compleja que la del poema.

Y, como si por separado no hubiesen atormentado lo suficiente a mi padre, el poema y el cubo de Metatrón se fusionaban a través de sus ecuaciones en una tercera y última ecuación: la ecuación final como le decía mi padre, más compleja y extensa que sus antecesoras. Una ecuación en la que mi padre buscaba con desesperación respuestas a preguntas que yo no conocía, pero que ahora conozco tan bien que la desesperación con la que busco resolver esa ecuación es tan intensa que no tengo otro propósito más que ese.

Sin embargo, a pesar de todo el misterio que rodeaba el trabajo de mi padre, el cubo de Metatrón, el poema e incluso la ecuación final, este joven parecía conocerlos muy bien. Y esto me inquietaba. La posibilidad de conocer algo más de mi padre, aunque solo fuera a través de sus miedos y sus preguntas, aunque solo fuera a través de su trabajo inconcluso.

Entonces, con la promesa implícita de conocer a mi padre, ese joven que dijo llamarse Ziex logró convencerme de escucharlo. Lo que hice con mucha más atención de la que le prestaba a cualquier otra cosa en mi vida.

En ese tiempo, solo deseaba conocer un poco más sobre mi padre, con cualquier detalle hubiese sido suficiente, por más minúsculo que fuese. Sin embargo, ahora los tiempos han cambiado. Yo no soy el mismo y, después de esto, quizás tú tampoco lo seas.

En este nuevo tiempo, me propongo metas más ambiciosas, como resolver la ecuación final, esa que mi padre dejó inconclusa. Y es que, eso es lo único que podemos hacer ahora. Quizás no lo notes aún, pero te he arrastrado al mismo laberinto de donde yo intento salir. Aunque sería más preciso decir que siempre estuvimos en la misma celda y que este encuentro no es casualidad. En mi mundo nada sucede por casualidad; tú y yo teníamos que encontrarnos.

Ahora nuestro laberinto es la historia de Ziex. Esa ha sido mi celda durante muchísimo tiempo, y si no prestamos atención a los detalles, también será tu celda y tu tumba. Porque cuando tú ya no estes, yo seguiré aquí esperando al próximo tú.

Así que recorreremos este laberinto como me lo contó Ziex.

Esta historia, en la que él nos encerró, empieza por el final.