El craneo
“La tumba del comediante Arturo, el chiquito, Calzada fue profanada hace una noche. La policía pudo encontrar el resto de sus huesos es una esquina, a una cuadra del cementerio. Un perro los estaba mordiendo. Pero el cráneo sigue sin aparecer. La viuda del cómico, que hizo reír a los peruanos durante los 90, ofrece una... zzzzzz”
La radio perdió la señal. La estática reemplazó las palabras del reportero. Le di un golpe con mi pata. La radio se estrelló contra el suelo, rompiéndose.
—¿Nos queda otra radio?
—No, esa era la última.
Maldije. Nos quedamos sin entretenimiento. Mis ojos se enfocaron en el cráneo. Lo acaricié y le di unas cabezaditas. Me puse a ronronear a su lado.
—Usted, señor va a hacer una última cosa antes de descansar en paz. Usted me va a ayudar a destruir la salud mental de un monstruo, y si tenemos suerte hacer que se pegue un tiro - dije entre risas y golpeando al cráneo con mi pata.
—Eres la criatura más retorcida que he conocido. Y eso que he vivido en una alcantarilla casi toda mi vida — dijo Pascal.
—Muchas gracias— le respondí con una soberbia fingida.
En realidad, no sabía cómo reaccionar al respecto. Durante casi toda mi vida me llamaron: “Cariño”, “ternura”, “Angel de pelo suave”, pero nunca “retorcida”. Supongo que esa era la reacción más adecuada, ¿Verdad?
Dejé de pensar en eso y cambié de tema.
—¿Terminaste la nota?
—Si, ¿Quieres leerla?
Me moví por el sótano a oscuras, la única luz que nos iluminaba provenía de la luna. Mis bigotes me guiaron por la oscuridad. Pascal soltó el lapicero (que milagrosamente pintaba) y bajó sus patas cansadas. Se alejó de la hoja de papel, que era más grande que él. Es bueno tener a un amigo que sepa escribir. Yo con las justas sé leer.
—Es perfecta— Eso bastó para que el ratón se pusiera de pie y aplaudiera—. Salvo por un pequeño detalle.
Eso la hizo volver a sentarse y mover los bigotes en señal de molestia. Todos son críticos.
—Creo que la palabra “MAFIA” lleva una “S”.
—¿Estás segura?
—Por supuesto— respondí confiada—. Adelante, ponle un par de “eses”
—¿Cuántas?
—Unas cinco bastarán... que sean seis.
Con la nota lista salimos del sótano abandonado de la casa abandonada. El jardín estaba conformado por plantas amarillentas y descuidadas, envenenadas por la orina. Culpable. También había basura por doquier. El vivir en esta casa me hizo tomar la frase: “La basura de una persona es el tesoro de otra” como una filosofía de vida.
El jardín de la casa de al lado estaba más cuidado. Lo mismo se puede decir de la casa. Era blanca y elegante. No importa por cuanto tiempo la mire, sigue teniendo ese aire de ser nueva. Todas las ventanas estaban adornadas con pequeñas cortinas rosadas.
Gruñí con odio ante la presencia de la casa. Caminaba con el cráneo en mi cabeza. Parecía un demonio deforme de dos cabezas. Me cansé de parecerlo y solté el cráneo, era demasiado pesado para mi cuello.
—Necesito ayuda.
—Ni lo menciones— dijo Pascal, que estaba a mi lado.
Bastó con un pequeño silbido para que los ratones salieran de la casa abandonada, entre todos levantaron el cráneo como si fuera una especie de caballo de Troya en miniatura. Nos dirigimos a la puerta y pusimos el cráneo en el centro de la alfombra, con la nota a su lado. Grave error. Un vendaval se la llevó volando.
Corrí para atraparla. Esta vez pusimos la nota debajo del cráneo.
—¿Estás segura que quieres hacerlo? — noté el nerviosismo en la voz de Pascal. Los gatos somos muy intuitivos.
—Por supuesto. Me costó mucho conseguir este cráneo.
Y vaya que me costó.
—¿Estás segura que quieres hacerlo? — Pascal estaba nervioso. Definitivamente el juntarse conmigo va a elevar sus niveles de estrés. Bueno, tampoco es que tenga otra opción.
—Es la única forma— respondí enigmática.
Pascal me ayudó a ponerme una olla oxidada en la cabeza, uno de los muchos tesoros que tenemos en la casa abandonada. Entré por la puerta para perros de la casa. Apenas lo hice mi casco se cayó de mi cabeza.
—Tres, dos, uno... — dijo Pascal mientras miraba un reloj invisible.
El interior de la casa se llenó de unos ladridos feroces. Pascal se escondió dentro de la olla, estaba congelado de miedo. Si él estaba congelado de miedo, yo estaba sentada en un iceberg. Una bestia estaba parada frente a mí. Era un perro negro con manchas marrones apenas visibles. Era alto. Debía medir el doble de mi tamaño. Sus patas eran pilares delgados pero firmes. Sus garras eran casi tan negras como su pelaje.
Sus dientes, afilados, no podían pertenecer a un animal doméstico. Varias manchas de baba ensuciaban el suelo. Sus ojos eran dos puntos negros, de los cuales podía ver un reflejo acuoso, a una criatura asustada. Yo. Sus orejas estaban levantadas haciéndolas lucir como un par de triángulos puntiagudos.
—Intruso— dijo el perro—. Mis amos se fueron de viaje y me dejaron al cuidado de la casa. Mi trabajo es alejar a los intrusos— dio un paso al frente—. Pero no sabía que los intrusos pudieran verse tan apetitosos.
No sé cómo alguien pueda considerarme apetitosa. Estoy tan flaca.
Con un paso bastó para que se erizaran todos los pelos de mi cola. Estiré mis patas y levanté mi cola con la intención de hacerme ver más grande. Obviamente no funcionó.
—Yo quiero mucho a mis amos, en especial al pequeño Jorge. Pero ellos tienen un defecto enorme. Se olvidaron de darme las suficientes provisiones para sobrevivir todo el fin de semana.
De reojo pude ver su plato. Estaba vacío.
—Estaba a punto de irme de cacería — más baba cayó. Era espesa y desagradable. Comenzó a reírse de forma macabra, de la misma forma que se reiría un monstruo de alguna película de serie B. Ese perro era una criatura sádica y hambrienta. Una mala combinación para una gatita flaca como yo—. Ya no es necesario, ¿O sí? La presa acaba de llegar a casa.
Tragué saliva haciendo un “glup” sonoro que llegó a los oídos desarrollados del can, haciendo que se riera más fuerte.
—Tendrá que ser en el patio trasero de la casa. Lo último que mis amos quieren ver después de unas merecidas vacaciones son tripas en la alfombra.
Más risas.
Mis reflejos no parecían funcionar en su máxima capacidad. En un segundo estaba en el suelo, con los dientes del perro mordiendo mi espalda. Sentí tanto dolor que podría desmayarme en cualquier momento. No debía hacerlo. Si lo hacía se acabó.
—Sé que tienes hambre, pero si me comes no podré hacerte una proposición que acabará con tu hambre por unos días.
El perro aumentó la presión de sus colmillos haciéndome gritar. Sentí como la sangre empapaba mis pelos.
—¿Te gustan los huesos? Estoy segura que te gustan los huesos. A todos nos gustan los huesos. A mí me gustan los huesos. Si me sueltas te prometo que te daré todos los huesos necesarios para que puedas subsistir todo el fin de semana. Puede que más tiempo. Por favor.
Estaba tan desesperada que no sabía de qué estaba hablando. Las palabras solo salían de mi boca sin pasar por el filtro de mi cerebro.
—Me gustan los huesos. Me gusta la carne, pero adoro los huesos.
Me soltó. Apenas recuperé mi libertad la volví a perder. Puso su pata encima de mi cuello obligándome a echarme, la mera presencia de una brisa causaba un ardor doloroso en mi espalda. Estaba en carne viva.
El perro tenía el hocico manchado de sangre, se recostó y me miró fijamente a los ojos. No podía escapar de su mirada, todo mi campo visual estaba conformado por la misma.
—Te escucho.
El perro, que se llamaba Gerald, Pascal y yo nos dirigimos al cementerio que estaba a unas cuadras de su casa. Caminamos en silencio. Pascal estaba encima de mi cabeza y yo, frente al perro. A veces el perro me daba empujones con su hocico para que avanzara más rápido. Volteaba molesta, y este solo se limitaba a reírse. Sin ocultar que había sido él. Era el más grande de los tres así que podía hacer lo que quisiera. Deseaba que Pascal fuera un poco más grande, lo suficiente como para plantarle cara a ese perro.
Pascal casi se cae dos veces de mi cabeza.
El cementerio estaba cubierto por una fuerte neblina, cosa normal en invierno. Yo pude entrar entre dos barrotes, había suficiente espacio para mi cuerpo flacucho. Pascal también la tuvo fácil, mucho más fácil que yo. Gerald tuvo que cavar un pequeño agujero debajo de los barrotes. Lo hizo con rapidez y eficiencia. Estando adentro nos movimos por una zona en la que no podíamos ver nada.
Nuevamente confié en mis bigotes.
—Descuiden muchachos, yo los guiaré.
Me habré golpeado con todas las lápidas del cementerio. Cada paso que daba era un golpe nuevo en la cabeza. Pascal y Gerald compartieron unas risas. Vimos las lápidas sin culpa. No teníamos nada en contra de ninguno de esos humanos. Salvo por Gerald.
—Hey, conozco a este tipo— dijo Gerald—. Trabajaba en la perrera cuando yo estaba recluido. Miren, murió luego de que un perro le mordiera el cuello jajaja. Se lo merece.
—¿Te lo quieres llevar? — le pregunté.
—No, por nada del mundo me comería la carne de un humano tan despreciable como él — había mucho resentimiento en su voz. Este es uno de esos días en los que prefiero ser una callejera a estar en una perrera.
Yo también busqué alguna tumba. Señalé una al azar y el perro se puso patas a la obra. Era la tumba de Arturo, el chiquito, Calzada. Como dije antes: no tengo nada en contra de estos fiambres. A este lo conozco. Recuerdo vagamente haber visto algunas de sus rutinas humorísticas con mi ama en la televisión.
Arturo era un humorista de un metro que se juntaba con un sujeto que medía casi dos metros. Ambos eran ladrones de poca monta. El enano era el inteligente, se encargaba de los planes; mientras que el alto era el tonto que siempre los arruinaba. Cada vez que eso pasaba el enano hacía un salto con voltereta hacia la altura de la cabeza del alto y le daba una buena bofetada.
El alto confesó en una entrevista, en un reportaje que los homenajeaba, que Arturo era tan mal actor que los golpes que le propinaban eran reales.
Arturo murió en pleno rodaje. Mientras saltaba (elevado por cables) para darle su merecida bofetada al alto sufrió de un aneurisma cerebral que lo dejó colgado ahí, con la mano ligeramente levantada. El alto vio al enano colgado y dijo:
—¡¡¡Miren todos!!! Se convirtió en una piñata.
El alto tomó un bate de Baseball que nadie supo de dónde sacó y les probó a todo el equipo técnico que tampoco era un buen actor.
—¿Qué diablos es eso? — me reclamó el perro furioso—. Es un maldito enano. No me voy a llenar con esto.
Pascal dio un paso al frente hasta estar cerca de mis ojos. Ahora mi vista se enfocaba en su microscópico miembro. Prefiero la cara bestial del perro.
—¡Oye! Un trato es un trato. Si no te gusta. Lárgate.
—Pascal, cállate— dije asustada. Mis patas no dejaban de temblar. El perro era tan grande que podría tragarse a Pascal sin siquiera masticarlo.
Pascal se mantuvo firme, mirando al perro con sus ojitos rojos y desafiantes.
—Está bien. Un perro siempre cumple sus promesas. Pero somos mejores mascotas que los gatos, que son traicioneros y egoístas.
—¿Estás hablando de mí? — pregunté demandante. Mi pequeño cuerpo se había llenado de un repentino valor. No me importaba si me comía. No iba a permitir que me hablara de esa forma.
—Si... hablaba de ti. ¿Acaso hay algún gato asqueroso por aquí? — el perro miró a todos lados. No había—. Tenemos un trato.
El perro se metió dentro de la tumba y me arrojó el cráneo. Este rebotó en mi cabeza mareándome un poco. Dejamos a Gerald y nos fuimos con el cráneo.
Vi la puerta de la casa, como si de la puerta del infierno se tratase. La puerta del infierno era de madera fina, recién barnizada y con algunos stickers de florecitas. Golpeé mis patas contra la alfombra.
—Muy bien. Háganlo.
Varios ratones se pararon una encima de la otra hasta formar una columna tambaleante. El que estaba en la punta presionó el timbre.
Ding dong.
Apenas sonó el timbre la columna se deshizo y todos los ratones se dispersaron por varios puntos. Pascal y yo nos escondimos detrás de unos arbustos, expectantes de la situación. La puerta se abrió revelando a un hombre de estatura media que vestía unos pantalones militares, una playera tan ajustada que resaltaba sus músculos y un mandil que decía: “Amo cocinar” (Nosotros podíamos sentir un ligero aroma a carne asada viniendo dentro de la casa). Su cabello era corto y mantenía una expresión acechadora que podría poner nervioso a cualquiera.
En especial a mí.
Odiaba a ese sujeto más que nada en este mundo, pero cuando lo miraba más que odio sentía miedo. Me asustaba a sobremanera. Si lo veía por más de cinco minutos me causaba náuseas.
En una mano sostenía una máscara blanca que se me hacía muy familiar. El hombre de los pantalones militares notó el cráneo, vio hacia ambos lados de la calle. No vio a nadie a quien pudiera culpar.
Tomó el cráneo y sonrió. No me esperaba eso. Regresó a su casa y cerró la puerta.
—Vamos— le dije a Pascal. No esperé una advertencia suya. Fui a la ventana para ver que se traía entre manos.
La ansiedad se negaba a irse de mi cuerpo. Instaló una casa de seis pisos dentro de mi estómago. Varios pelos negros se cayeron de mi cuerpo formando un camino delgado, casi invisible y oscuro. Sonreí pensando en mi plan. Si este seguía su curso el sujeto estaría asustado, bañado en sudor, pensando en qué hacer al respecto.
Quería ver eso.
Una de las ventanas tenía las cortinas casi abiertas. Lo que significaba que había un espacio para mí. Asomé la cabeza para mirar. Pascal me alcanzó y se paró a mi lado. Ninguno de los dos, en nuestra limitada imaginación animal, se esperó ver lo que teníamos al frente.
El hombre de los pantalones militares (ahora sin pantalones) tenía la boca del cráneo chupando su miembro (“chupando” no sería la palabra adecuada porque no tenía labios... “Mordiendo suavemente”. Eso es), como si fuera la ropa interior más tétrica de la historia. Tenía las manos agarradas en la parte trasera de la cabeza haciendo presión en el cráneo. Miraba al cielo con la boca abierta, aullando como un lobo al que le estaban haciendo una mamada.
—¡Momento! — exclamó. Nos escondimos para que no nos viera—. Las noticias.
Encendió el televisor. Se desilusionó de inmediato. No soy de meterme en la mente de los humanos. Pero creo que puedo inducir algunas cosas desde aquí. El hombre sin los pantalones militares quería ver alguna noticia triste: Asesinatos, secuestros, un tour por algún país muerto de hambre, animales de rostros alterados por químicos en nombre de la belleza humana, hogares destruidos por algún desastre natural, etc.
Desgracias, desgracias y más desgracias.
Eso lo debe poner cachondo. Suspiré. Los humanos y sus fetiches raros. Nosotros solo buscamos a alguien de sexo opuesto y cogemos hasta quedarnos secos. Somos especies de necesidades muy simples.
Acompáñenme a escuchar esta triste historia: En lugar de una noticia espantosa, el hombre sin los pantalones militares se encontró con la historia de un próspero empresario prometiendo construir una casa a una familia conformada por 16 personas, todas en sillas de ruedas.
El hombre alejó las manos del cráneo. Este se sostenía solo en su miembro.
—Tendré que conformarme con una snuff— nos informó en voz alta.
Antes de apagar el televisor apareció un nuevo reportaje. Un nuevo reportaje que le devolvería la esperanza en el periodismo televisivo.
Era el reportaje de la desaparición del cadáver de Arturo, el chiquito, Calzada . Noticia vieja. Nada del otro mundo. Sin embargo, hubo unas palabras que consiguieron captar su atención: “Se dará una recompensa a cualquiera que tenga una información sobre el cráneo”, dijo la viuda entre lágrimas. El cráneo se movió. El hombre sin los pantalones verdes estaba teniendo una erección... y uno de los orgasmos más raros que he visto en mi vida.
Tampoco es que haya visto muchos.
El hombre sin los pantalones verdes retiró el cráneo de su miembro, era demasiado valioso para esas porquerías. Mientras lo limpiaba se le resbaló. Al caer al suelo se rompió en la parte trasera del mismo. El hombre sin los pantalones verdes se pasó la mano por el cuello de su playera ajustada hasta estirarla un poquito.
—Un poquito de pegamento lo solucionará todo.
Al día siguiente el hombre de los pantalones verdes, cuyo nombre real era David López Montana, recibió una recompensa de 500 soles en efectivo por la devolución del cráneo. Aseguró que la persona que le había enviado el cráneo tenía una deficiencia mental (no se podía decir “Retrasado” en la televisión). Eso se podía probar con la nota.
“Nozotrhso zavemosn dondsg viseven. Noxdotros laso acecinaremosd kuasndo noz plasdcan. Nosctros zosmos uañs msssasssfia”
La policía comenzó con su investigación visitando las escuelas para niños especiales más cercanas. Iban a buscar por cielo y tierra hasta encontrar al degenerado, con un IQ equivalente a su propia edad, que hizo esto.
Yo miraba, escondida detrás de un arbusto.
—¡Hey! — exclamé claramente ofendida —. Yo soy más inteligente que cualquier retrasado de esta ciudad.
—Eso no es cierto y lo sabes.
Pascal estaba echado en el suelo, con las patas levantadas. Parecía ratón envenenado. Se estaba riendo a carcajadas.
—Tú tienes toda la culpa. ¿No me dijiste que sabías escribir? ¿Cómo demonios puedes mandar una nota con tantos errores?
Entre risas Pascal me respondió.
—Permíteme recordarte que fuiste tú la que supervisó y aprobó la nota.
Me quedé callada. Se me acabaron los argumentos. Era cierto. Ese desgraciado siempre lleva un paso delante de mí.
Pascal dejó de reírse, se limpió las diminutas lágrimas de sus ojitos con sus patitas. Me preguntó con una mezcla entre burla y curiosidad:
—¿Esto formaba parte del plan? — preguntó Pascal — ¿Hacer 500 soles más rico al sujeto que mató a tu ama?
Estaba tan furiosa como para homenajear esas preguntas con respuestas. Solo me limité a decir:
—Esto no ha terminado.