đœ—à§Ž ‘Like Animals (ê”­ëŻŒ) by Cherime. at Inkitt
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đœ—à§Ž ‘like animals (ê”­ëŻŒ)

Summary

...Jeongguk es el Ășltimo alfa de su especie, y sin nadie con quien reproducirse, los gatos escarlata estĂĄn destinados a extinguirse. Hasta que... encuentran a un omega ♡ ♱ one shot ♱ smut ♱ boypussy mimi ♱ koo (top!) × mimi (bottom!) ♱ 4774 palabras ♱ dacrifilia, pene con espinas, sangre, watersports, consentimiento muy dudoso ♱ basado en ideas de seguidores

Genre
Erotica
Author
Cherime.
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

capĂ­tulo♡Ășnico

Prionailurus rubriscus, gato escarlata. Un pequeño felino ya extinto.

Sin prueba alguna de su existencia mås allå de una piel recolectada en 1989. Presentaba pelaje rojizo oscuro con manchas difusas, ojos dorados y orejas redondeadas. Su morfología sugiere håbitos semiacuåticos y una dieta basada en peces y pequeños vertebrados. Debido a la ausencia de registros adicionales, la especie es considerada probablemente extinta en estado silvestre. La mayor parte de su biología, incluyendo su distribución histórica, comportamiento reproductivo y tamaño poblacional, permanece desconocida.

Ahora, ¿el híbrido homo × prionailurus rubriscus? Ese estaba casi extinto.

Presenta rasgos humanoides combinados con caracterĂ­sticas del felino. Descrito a partir de un Ășnico ejemplar capturado en un manglar de un archipiĂ©lago del sudeste asiĂĄtico a principios del siglo XXI.

A pesar de exhaustivos intentos, no se ha logrado localizar ningĂșn otro hĂ­brido de gato escarlata.

Solo uno.

Ese uno era Jeongguk.

El Ășltimo de su especie.



El ‘manglar’ era patĂ©tico.

Porque no era un manglar, era un corral que estaba hecho para parecer un manglar.

Árboles jóvenes plantados en círculos ordenados. Las raíces emergían del agua artificial como dedos retorcidos, pero el barro bajo ellas no tenía el olor profundo del agua salada. Un canal poco profundo atravesaba el centro del recinto. El agua llegaba desde una tubería escondida entre rocas falsas y corría siempre igual, sin el ritmo de las mareas. Tres veces al día, para sus comidas, soltaban peces para que él los cazara. Peces de criadero, torpes, que no sabían esconderse. Había rocas para descansar, troncos para trepar, sombra suficiente durante el día.

No tenĂ­a permitido salir de ahĂ­, jamĂĄs.

Mås allå del manglar falso se levantaba una pared de cristal reforzado y rejas eléctricas. Detrås, un camino de grava por donde pasaban los cuidadores. A ciertas horas se detenían frente al vidrio, observåndolo como si esperaran que hiciera algo interesante.

Jeongguk odiaba el sonido del crujido de la grava.

Al otro lado del cercado, dos cuidadores hablaban en voz baja.

Uno de ellos lo señaló, cuchicheando:

—Hoy está de mal humor otra vez


Jeongguk enseñó los dientes y gruñó bajo, un sonido åspero que vibró en su pecho.

Un pez saltó, rompiendo la superficie del estanque. El sonido le atravesó el cuerpo a Jeongguk como un reflejo. Sus dedos se tensaron contra la roca, las uñas asomando apenas. Agarró el pez antes de que volviera a sumergirse, clavando sus garras en él hasta que dejó de moverse. Soltó el pescado, su cadåver cayendo en el estanque, salpicando agua rojiza.

Hoy estaba de mal humor, otra vez.

No deberĂ­a estarlo, al menos segĂșn sus cuidadores, pues su corral tenĂ­a todo lo que podĂ­a desear: ĂĄrboles, agua, comida, rocas.

Todo excepto compañía.

Él era un alfa. Se suponĂ­a que tuviera una manada, familia, otros de los que cuidar, un lindo omega que pudiera proteger, mimar, y, mĂĄs que nada, preñar una y otra vez hasta llenarse de gatitos.

Pero no. Solo estaban él, los peces y los humanos detrås del cristal.



El corral estaba en silencio.

La marea del canal mecånico había cambiado hacía rato, pero el agua seguía moviéndose con la misma calma artificial de siempre. Nada en aquel lugar cambiaba de verdad.

Jeongguk lo odiaba.

Estaba sentado en la roca grande del centro del recinto, con las piernas colgando sobre el agua poco profunda. Su cola golpeaba la piedra cada pocos segundos.

Tap.

Tap.

Tap.

Estaba de mal humor.

Primero venĂ­a la inquietud: la sensaciĂłn de que debĂ­a moverse, correr, buscar algo– alguien que no estaba ahĂ­. DespuĂ©s el calor bajo la piel, la tensiĂłn constante en los mĂșsculos..

Jeongguk se levantĂł de la roca y empezĂł a caminar por el borde del recinto.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Sus uñas raspaban la tierra hĂșmeda cada vez que giraba.

Del otro lado del cristal reforzado, uno de los cuidadores levantĂł la mirada.

—Otra vez empezó —dijo en voz baja.

El segundo suspirĂł.

—Sí


Jeongguk los oyó perfectamente. Gruñó. Se detuvo frente al agua. Un pez nadaba cerca de la superficie, lento, descuidado. Saltó sin pensar. El agua le llegó hasta la cintura y en un segundo el pez estaba entre sus manos.

Lo sacĂł, lo sostuvo, lo mirĂł. El pez se retorcĂ­a. Jeongguk lo lanzĂł de nuevo al agua.

No tenĂ­a hambre. HabĂ­a dejado de tener hambre hacĂ­a dĂ­as.

Los cuidadores intercambiaron miradas.

—No está comiendo otra vez.

—Lo sĂ©.

Jeongguk saliĂł del canal y volviĂł a la roca grande.

Se sentĂł.

Su cola volviĂł a golpear la piedra.

Tap.

Tap.

Tap.

—Otra vez
 —murmuró.

Su celo.

Otra vez, como cada año. Jeongguk ya sabía exactamente cómo terminaría. Solo. Otra vez solo.

Hace años los humanos habían dejado de fingir optimismo. Al principio hablaban de expediciones, de cåmaras trampa, de islas remotas donde quizå todavía quedara otro gato escarlata.

Después dejaron de hablar de eso.

Ahora solo lo observaban, lo alimentaban, lo estudiaban.

Jeongguk dejĂł caer la cabeza hacia atrĂĄs y mirĂł el cielo gris del santuario.

—Genial —murmuró—. Otra vez esta mierda.

Su cuerpo seguĂ­a tensĂĄndose, cada mĂșsculo, cada nervio. El calor aumentaba debajo de su piel. Como si algo dentro de Ă©l gritara que buscara a alguien. Que reclamara territorio, que encontrara a un omega, que continuara su especie. Pero no habĂ­a nadie, nunca habĂ­a nadie.

Jeongguk soltĂł una risa seca.

—¿Saben quĂ©? —dijo en voz alta, aunque nadie le habĂ­a preguntado—. Si voy a quedarme solo otra vez, prefiero morir.

Los cuidadores se miraron alarmados.

Jeongguk cerrĂł los ojos.

—Morirme suena mejor que seguir siendo miserable aquí.

Silencio.

Los cuidadores se alejaron del cristal, hablando en voz baja.

—No podemos dejar que siga deprimido


—No está comiendo. Y si pierde más peso vamos a tener un problema serio.

Se quedaron en silencio, preocupados.

—¿Y si
? —dudó en continuar, desconfiado de su propia idea.

—¿Si quĂ©?

—Podríamos intentar con otro felino.

—¿QuĂ©?

—Buscamos un omega compatible, lo más cercano.

—Es imposible —negó—. Hicieron pruebas hace años, no es compatible con ningĂșn otro, por eso no se ha reproducido.

—No importa que no haya crías, podría ayudar con la agresividad hormonal.

Jeongguk abrió los ojos lentamente. Gruñó.

Los hombres se quedaron en silencio.

Jeongguk se puso de pie y aminĂł hasta el cristal. Sus ojos dorados brillaban de rabia.

—Ni se les ocurra.

El cientĂ­fico parpadeĂł.

—Jeongguk


—Ni se les ocurra traerme algĂșn omega cualquiera.

Su cola se agitó violentamente detrås de él.

—No soy un experimento para cruzar con lo que encuentren.

Silencio.

Su voz saliĂł mĂĄs baja esta vez, mĂĄs amarga:

—Lo que necesito
 —Se detuvo. Apretó los dientes— es un omega de mi especie.

Sus garras salieron lentamente fuera de sus dedos. Las apoyó en el vidrio, deslizandolas poco a poco, dejando marcas de arañazos.

—Uno que sí pueda tener mis crías.

El cientĂ­fico tragĂł saliva.

—Jeongguk


Jeongguk se apartĂł del cristal. VolviĂł a la roca y se sentĂł. MirĂł el agua artificial.

—AsĂ­ que mejor dĂ©jenme morirme en paz.

El manglar falso volviĂł a quedarse en silencio.

Tap.

Tap.

Tap.

La cola rojiza continuĂł golpeando la piedra.



La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las copas del manglar.

Cuando Jimin abrió los ojos, lo primero que vio fue el cielo azul entre las hojas. Había dormido en lo alto de un årbol inclinado sobre el agua, acurrucado entre dos ramas gruesas que formaban un pequeño nido natural.

Se estirĂł despacio. Los mĂșsculos de su espalda se tensaron con un movimiento largo y perezoso, como el de un gato que despierta despuĂ©s de una buena noche de sueño. Su cola rojiza cayĂł desde la rama y se balanceĂł suavemente en el aire.

Abajo, la marea comenzaba a subir, el agua entrando entre las raĂ­ces oscuras del manglar, un sonido suave y sin prisa.

Jimin descendiĂł del ĂĄrbol con facilidad, apoyando los pies descalzos en la corteza hĂșmeda, sus dedos aferrĂĄndose a las grietas de la madera.

CaminĂł por la orilla del canal, dejando huellas ligeras en el barro oscuro. Un grupo de cangrejos saliĂł corriendo apenas lo vio acercarse.

Jimin los observó alejarse, sus pequeñas patitas apresuradas.

—Cobardes
 —murmuró, más enternecido que molesto.

El viento agitó las hojas sobre su cabeza. Algo pequeño y rosado cayó desde una rama alta y aterrizó sobre el barro.

Una flor.

Jimin se agachó, la recogió, dåndole la vuelta, examinando sus pétalos desde todos los ångulos. Sonrió. Con un gesto cuidadoso, apartó un mechón de su cabello y colocó la flor.

MirĂł su reflejo en el agua, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado. El reflejo temblĂł con el movimiento de la marea.

ContinuĂł caminando entre los ĂĄrboles.

La isla despertaba alrededor de Ă©l. Lagartijas pequeñas corriendo entre las ramas, el crujido de hojas secas bajo las patas de algĂșn animal escondido, el rumor constante del mar, las aves cantando en lo alto de los ĂĄrboles.

Jimin trepó a un årbol bajo donde crecían pequeñas frutas rojizas. Se sostuvo con una mano mientras alcanzaba una con la otra. Se comió una, eran åcidas, un sabor fuerte al que hacía años se había acostumbrado. Tomó un puño de frutitas y se sentó en una rama mås abajo, balanceando las piernas mientras comía, observando el agua moverse lentamente entre las raíces.

Desde allĂ­ vio el destello plateado de un pez.

Sus orejas giraron y sus ojos se afilaron.

La fruta quedĂł olvidada sobre la rama.

Jimin saltĂł. El agua frĂ­a le llegĂł hasta la cadera cuando aterrizĂł en el canal, salpicĂĄndole hasta el rostro. Sus manos se movieron con rapidez, atrapando el pez antes de que pudiera esconderse. Cuando saliĂł del agua, el pez todavĂ­a se agitaba entre sus dedos, hasta que ya no lo hizo.

Jimin trepĂł a una roca cercana y se sentĂł allĂ­ para comer. El sol ya habĂ­a subido lo suficiente como para calentar la piedra bajo su cuerpo.

Mås allå del manglar, el océano brillaba con un color azul profundo que parecía extenderse para siempre.

Jimin terminĂł su desayuno y se lamiĂł los dedos con calma.

El viento soplĂł desde el mar abierto, trayendo olor a sal, algas y arena hĂșmeda. Era un olor familiar, seguro, todo lo que alguna vez habĂ­a conocido.

Después de un rato, caminó hasta una raíz grande que sobresalía del barro y se sentó allí. Sus pies colgaban sobre el agua. La marea seguía subiendo, lenta y paciente.

Jimin observĂł el movimiento de la superficie durante un largo rato. A veces hacĂ­a eso, simplemente sentarse y mirar.

La isla estaba llena de sonidos: el batir de alas de las aves, el murmullo del viento entre las hojas, el roce del agua contra las raĂ­ces.

Pero ninguno de esos sonidos era como el suyo.

Jimin inclinĂł la cabeza ligeramente, escuchando, como si esperara algo mĂĄs.

A veces se preguntaba si era el Ășnico como Ă©l. No recordaba a nadie que se pareciera a Ă©l. Solo habĂ­a
 fragmentos. La sensaciĂłn de calor a su lado alguna vez, un olor parecido al suyo, suave y familiar, un sonido grave, profundo, vibrando cerca de su pecho. Pero esos recuerdos eran difusos, sueños que se desvanecen al despertar. QuizĂĄ nunca habĂ­an sido reales.

Jimin arrancó una hoja del manglar y la dejó caer al agua. La corriente la tomó de inmediato y comenzó a llevarla hacia el mar. Sus ojos siguieron el movimiento hasta que la hoja desapareció, mås allå del manglar, donde el océano se extendía hasta el horizonte.

A veces, Jimin pensaba en lo que había mås allå, en otras islas, en otros lugares donde quizå alguien mås fuera como él.

Jimin inhalĂł lentamente. Su pecho se tensĂł por un instante, como si esperara encontrar algo mĂĄs en el aire. Pero no habĂ­a nada.

Solo agua salada.

Jimin bajĂł la mirada hacia el canal.

Tal vez no habĂ­a nada mĂĄs allĂĄ del horizonte. Tal vez el mundo era asĂ­ de grande. Tal vez Ă©l era el Ășnico.

Pero
 tal vez, más allá de esa línea donde el mar tocaba el cielo
 podría haber alguien más.



El laboratorio estaba casi vacĂ­o a esa hora.

Las luces blancas iluminaban filas de monitores donde se revisaban semanas de grabaciones de cåmaras trampa instaladas en pequeñas islas del archipiélago.

El doctor Kim llevaba tres horas mirando manglares. Aves, cangrejos, monos, peces, reptiles; de todo menos gatos escarlata.

SuspirĂł y avanzĂł otro fragmento del video.

—Otra isla sin nada —murmuró.

El estudiante a su lado, Hoseok, se inclinĂł sobre la pantalla.

—¿En cuál vamos ya?

Seokjin suspirĂł otra vez.

—En la treinta y cinco.

En la pantalla solo se veía agua oscura moviéndose lentamente entre raíces. Un cangrejo cruzó el barro, un påjaro bajó, picoteó algo y volvió a volar. Kim ya ni siquiera le estaba prestando atención, todo era lo mismo.

Seokjin iba a adelantar otra vez cuando Hoseok levantĂł la mano.

—Espere.

—¿QuĂ©?

—DevuĂ©lvalo un segundo.

Seokjin frunciĂł el ceño, pero retrocediĂł unos segundos en la grabaciĂłn. El canal apareciĂł otra vez. El agua y las raĂ­ces, peces nadando. Entonces
 algo cayĂł desde arriba.

La cĂĄmara no lo captĂł, su ĂĄngulo limitado, solo capturĂł la salpicada del agua y el alboroto de los peces.

—¿ViĂł eso? —susurrĂł el estudiante, señalando justo el borde de la pantalla—. En el borde.

Seokjin rebobinĂł. Otra vez, el agua salpicĂł, los peces huyeron. Esta vez, pausĂł el video.

En la pantalla congelada se distinguĂ­a una silueta. No era un animal completo, solo su cola. Larga, rojiza, con un patrĂłn manchado.

El corazĂłn de Seokjin empezĂł a latir mĂĄs rĂĄpido.

—¿Crees que sea
?

Seokjin acercó el rostro a la pantalla, incrédulo.

Los dos se quedaron completamente en silencio.

—Creo
 —dijo Hoseok, con la voz apenas audible—. Creo que es el gato que buscamos. No hay ningĂșn otro felino en todo el archipiĂ©lago con ese color.

Seokjin no respondiĂł.

Su mente corría demasiado råpido. Repasando los años de expediciones, de cåmaras, de trampas; años sin encontrar absolutamente nada.

Y ahora esto.

Reprodujo el video otra vez. El agua salpicaba, los peces se alborotaban, la cola aparecía y se desvanecía apenas dos segundos después.

Seokjin se levantĂł tan rĂĄpido que la silla rodĂł hacia atrĂĄs.

—Llama al equipo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Hoseok seguĂ­a mirando la pantalla.

—¿Esto significa que..?

No terminĂł la frase, no hacĂ­a falta.

Los dos pensaron en lo mismo: en el santuario, en el recinto de manglar artificial, en el híbrido solitario que llevaba años caminando en círculos detrås del cristal.

Kim volviĂł a mirar la imagen congelada del animal: la cola larga, el pelaje rojizo, las manchas.

—Si ese de verdad es un gato escarlata


El estudiante terminó la frase por él:

—Jeongguk no está solo.



El mediodĂ­a caĂ­a tibio sobre la isla.

Jimin estaba acostado sobre una raĂ­z ancha del manglar, medio dormido, con la cola moviĂ©ndose lentamente sobre el barro hĂșmedo. La marea estaba alta y el agua rodeaba las raĂ­ces como un espejo oscuro.

Nada lo molestaba.

Las aves gritaban en lo alto de los årboles. El viento traía olor a sal y algas. Muy lejos, el océano respiraba contra la arena.

Jimin abrió un ojo. Escuchó algo. No era un sonido fuerte, no exactamente. Solo era
 diferente. Sus orejas giraron, escuchó otra vez. El viento volvió a moverse entre las hojas. Pero debajo de ese sonido había otro; bajo, grave, rítmico.

Jimin se sentĂł lentamente.

Eran pasos. Demasiado pesados para ser de cualquier animal que conociera.

Caminó hasta el borde del manglar y miró entre los årboles. El olor le llegó un segundo después: humano.

Jimin frunciĂł ligeramente la nariz. HabĂ­an pasado años desde la Ășltima vez que oliĂł uno.

Entonces los vió. Eran demasiados, mås de los que alguna vez habían venido. Uno de ellos lo señaló. Jimin dio un paso atrås, su cola se erizó.

Los hombres no se movieron. Solo uno lo hizo, apuntĂĄndole con un objeto largo y metĂĄlico. Un chasquido seco rompiĂł el aire.

Jimin apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Sintió el impacto en el hombro, algo pequeño se había clavado en su piel. Frunció el ceño.

Primero, fue un mareo, su mundo se inclinó, el suelo moviéndose bajo sus pies. Jimin dio dos pasos torpes, intentando mantener su equilibrio, extendiendo su cola. Las raíces del manglar se deformaban ante sus ojos, como si el agua hubiera subido de repente.

Desde la distancia, alguien gritĂł:

—¡Le dimos!

Jimin pensĂł en correr. Sus piernas no respondieron. CayĂł de rodillas en el barro.

El manglar giraba lentamente alrededor de Ă©l. Las hojas se volvĂ­an borrosas, el mar desaparecĂ­a. Lo Ășltimo que alcanzĂł a ver fue el cielo entre las ramas.

Luego, todo se volviĂł negro.



El despertar llegĂł lentamente.

Primero fue el olor: barro hĂșmedo, agua salada, raĂ­ces de manglar. Pero algo estaba mal.

Jimin frunciĂł el ceño antes incluso de abrir los ojos. El olor era parecido al de su isla
 y al mismo tiempo no lo era.

Cuando intentĂł moverse, el mundo girĂł. Un mareo pesado le atravesĂł la cabeza.

Sus uñas se hundieron en tierra hĂșmeda. No era arena como la de la orilla de su isla, sino barro espeso. AbriĂł lentamente los ojos.

El cielo era gris.

Jimin se incorporó lentamente, su cabeza todavía daba vueltas. Había árboles, raíces, agua. Un manglar. Pero
 no era su manglar. Los árboles estaban demasiado ordenados. Demasiado separados. El canal de agua corría en línea recta, sin curvas naturales. Había silencio, y eso no podía significar nada bueno.

—¿Dónde
?

El recuerdo llegĂł en fragmentos: el ruido de los pasos, los humanos, el pinchazo.

Jimin se llevĂł la mano al hombro. AĂșn dolĂ­a un poco.

Su nariz se moviĂł levemente mientras inhalaba. HabĂ­a un olor. No era un humano, no era algĂșn animal que conociera, no era una planta de manglar.

Jimin se quedĂł completamente inmĂłvil.

El olor era
 profundo, cálido, familiar.

Felino.

Otro gato escarlata.

Su corazĂłn dio un salto en el pecho.

Durante un momento largo, Jimin simplemente respirĂł el aire, como si no pudiera creerlo. El aroma estaba en todas partes: en el agua, en las raĂ­ces, en la tierra.

Era intenso, demasiado intenso.

Había algo mås mezclado en él. Algo mås fuerte, mås denso. Un calor instintivo que le recorría la piel aunque no lo entendiera del todo. El otro gato estaba
 alterado. El olor de su celo era tan fuerte que estaba abrumando a Jimin.

Jimin tragĂł saliva. Era un alfa, debĂ­a ser un alfa. No recordaba haber olido nunca algo asĂ­.

Una rama crujiĂł.

Jimin levantĂł la cabeza de golpe. El sonido vino desde el otro lado del canal. Primero no vio nada, luego algo se moviĂł entre las raĂ­ces. Una figura apareciĂł lentamente entre los ĂĄrboles.

Era alto. Mås grande que él. Su piel estaba mojada y manchada de barro, y su cola larga se movía lentamente detrås de su cuerpo, el pelaje mås oscuro que el suyo.

Sus ojos dorados estaban clavados directamente en Jimin.

El silencio se volviĂł pesado.

Hasta que el alfa dio un paso hacia adelante. Luego otro. Jimin se tensó instintivamente. El otro gato no le apartaba la mirada, su nariz se movía levemente mientras aspiraba el aire, como si también estuviera tratando de entender lo que estaba viendo.

El olor entre ellos se volviĂł aĂșn mĂĄs fuerte.

El alfa dejĂł escapar un gruñido bajo, profundo, que vibrĂł en su pecho. No era exactamente una amenaza, pero tampoco era amigable, era algo mĂĄs
 primitivo.

Algo territorial, algo intensamente interesado.

Jimin retrocedió sin darse cuenta. El movimiento fue pequeño, pero el otro lo vio.

Sus orejas se inclinaron hacia adelante, su cola se erizĂł ligeramente. Luego sonriĂł, no una sonrisa amable, una sonrisa llena de dientes.

—AsĂ­ que
 —murmurĂł con la voz ĂĄspera, todavĂ­a ronca— no soy el Ășnico.

Jimin no respondiĂł.

No podía apartar los ojos de él.

El alfa dio un paso mĂĄs cerca, entrando al canal. El agua se moviĂł alrededor de sus pasos. Sus ojos seguĂ­an recorriendo a Jimin de arriba abajo con una intensidad primitiva.

El olor del celo se volviĂł sofocante en el aire.

El gruñido en su pecho volvió, mås bajo esta vez, no agresivo, solo imponente.

—Otro gato escarlata
 —dijo despacio.

Sus pupilas se estrecharon.

Y dio otro paso hacia él.

—
y eres un omega.

Jimin sintiĂł que el aire se volvĂ­a aĂșn mĂĄs pesado entre los dos, lleno de feromonas.

El alfa estaba demasiado cerca ahora, demasiado interesado, demasiado atento.

El agua del canal se movió lentamente cuando avanzó otro paso. Y el gruñido en su pecho se volvió un poco mås profundo.

El gruñido que salió del pecho de Jeongguk fue bajo, gutural, mås animal que voz. El olor del omega lo golpeó. Sus pupilas se tragaron el dorado de los ojos hasta que solo quedaron dos rendijas negras. No pensó, solo actuó.

Se lanzĂł.

El cuerpo de Jimin chocĂł contra el barro con un golpe hĂșmedo. El alfa cayĂł encima de Ă©l con todo su peso, aplastĂĄndolo, pecho contra pecho, caderas encajadas entre las piernas abiertas del omega.

Jimin soltó un jadeo ahogado, aterrado. Se dejó llevar por un instinto que le hacía ladear la cabeza, exponer el cuello. Su coño se estremeció, queriendo complacer al alfa, mojåndose para él.

El pene del alfa ya estaba erecto, grueso, rojo oscuro, venoso, la punta goteando y las espinas erizadas a lo largo del tronco como pequeñas agujas. Lo frotó con rudeza contra el muslo interno de Jimin, resbalando en la humedad que ya empezaba a empapar la piel del omega. Jimin pudo sentir las espinas rasgando contra su piel, dejando arañazos rojizos.

Lo tomó de las caderas, y lo forzó a darse la vuelta. El movimiento fue tosco, golpeando el aire fuera de Jimin cuando su pecho chocó contra el piso. Quedó justo como el alra quería: cara abajo, culo arriba. Acomodó la mejilla en el barro y levantó la cola por instinto, exponiéndose.

Jeongguk hundiĂł su nariz en el cuello del omega, inhalando tan fuerte que Jimin sintiĂł el aire caliente contra su piel. Le chupĂł el cuello, su lengua ĂĄspera raspando la piel sensible. SuccionĂł, lamiĂł, mordiĂł. Chupetones oscuros surgieron al instante. ClavĂł sus dientes con fuerza y no soltĂł; Jimin arqueĂł la espalda, conflictuado entre el dolor y el placer.

—Mío.

Un ronroneĂł vibrĂł en el pecho de Jimin. Suyo. Le pertenecĂ­a al alfa, era completamente suyo.

Comenzó a empujar contra los labios hinchados de su vagina hasta que la cabeza de su polla se hundió apenas un centímetro. Jimin se tensó, las uñas clavadas en el barro, orejas pegadas a la cabeza, cola inquieta. Gimió, una extraña mezcla entre un chillido y un sollozo, su cuerpo tensåndose alrededor de la intrusión a la que apenas se estaba acostumbrando.

Jeongguk no le dio tiempo. Con un empujón de sus caderas enterró la mitad de su polla de golpe. Jimin chilló, su coño soltando mås lubricante. Jeongguk gruñó de puro placer animal y empujó mås profundo, hasta el fondo, hasta que sus bolas pesadas chocaron contra el culo del omega.

Jimin clavĂł sus garras en el barro, tomando fuerza para intentar alejarse, aliviar la presiĂłn en su interior tan solo un poco. Se arrastrĂł, pero apenas lo hizo, las espinas rasgaron contra sus paredes apretadas y sensibles, rasgando, tirando. Jimin gritĂł, un sonido agudo y roto.

Jeongguk reafirmĂł su agarre en sus caderas y sacĂł casi todo, las espinas raspando y sacando sangre, y volviĂł a clavarse con fuerza brutal. Una y otra vez. El sonido era obsceno: el choque de su piel hĂșmeda mezclĂĄndose con los gruñidos constantes y roncos del alfa. Jimin lloriqueaba contra el barro, su coño apretĂĄndose alrededor de la intrusiĂłn, las paredes contrayĂ©ndose por instinto alrededor de cada espina que lo abrĂ­a.

Jeongguk lo follaba como el animal en celo que era: rĂĄpido, profundo, salvaje. Sus garras se hundĂ­an en las caderas del omega para mantenerlo en su sitio. Cada embestida empujaba su polla mĂĄs adentro, estirando a Jimin hasta el lĂ­mite, las espinas rasgĂĄndolo hasta sacar sangre. El omega sentĂ­a su vientre hincharse ya con cada chorro del lĂ­quido pre-seminal que le metĂ­an.

Cuando el orgasmo lo atravesĂł, Jeongguk rugiĂł. Chorros espesos y calientes de semen inundaron el Ăștero de Jimin, llenĂĄndolo hasta que su vientre bajo se abultĂł visiblemente. El lĂ­quido blanco y rojo salĂ­a de Ă©l, goteando por sus muslos.

Pero Jeongguk no parĂł. SiguiĂł moviĂ©ndose dentro de Ă©l, ordeñando su propio orgasmo, empujando mĂĄs semen hacia el fondo, contra su Ăștero, asegurĂĄndose de preñarlo.

Jeongguk se retirĂł con un tirĂłn cruel. Las espinas salieron raspando una Ășltima vez, dejando el coño de Jimin abierto, rojo, palpitando, semen espeso saliendo a borbotones.

El alfa se levantĂł sobre sus rodillas, jadeando, la polla aĂșn dura y goteando. MirĂł al omega debajo de Ă©l, destrozado, temblando, cubierto de barro, sangre y su semen.

Se colocó encima otra vez, una pierna a cada lado del cuerpo de Jimin. Agarró su cabeza con una mano y presionó su mejilla contra el barro. Tomó su polla con la otra, y comenzó a orinar sobre él. El chorro salió caliente, fuerte, primero sobre la espalda, recorriéndole la columna, empapando el pelaje de su cola. Después apuntó mås abajo. Directo a su coño abierto, su orina golpeó dentro, quemando en las paredes heridas, empujando el semen y la sangre hacia afuera en un desastre caliente y humillante.

Jimin sollozó, el cuerpo estremeciéndose.

El chorro lo golpeó en el mentón, salpicando hasta sus labios. Jimin frunció el ceño y quiso alejarse, pero el agarre de Jeongguk en su cabeza se lo impidió, lo mantuvo en su lugar, obligåndolo a aceptar el chorro de orina en su cara. El olor era fuerte, indiscutiblemente alfa, Jimin estaba seguro de que sería difícil sacårselo de la piel.

—MĂ­o —repitiĂł, apenas mĂĄs que un gruñido.

Jimin no estaba seguro si iba a querer sacarse su aroma. Después de todo, solo era otra manera de reclamarlo, de llamarlo mío.

Jimin cerrĂł sus ojos, aguantĂĄndose la respiraciĂłn y manteniendo su boca firmemente cerrada, dejando que Jeongguk hiciera pis por toda su cara.

Cuando terminó, Jeongguk se dejó caer encima de él, pecho contra espalda, hundiendo sus dientes en su cuello otra vez, mås suave ahora, pero igualmente reclamåndolo.

Sus dientes soltaron su cuello, pero sus labios subieron hasta su oĂ­do, rozando la piel al trazar su camino.

—Omega
 —murmuró—. Voy a llenarte tanto que tu vientre va a hincharse con mis gatitos. Y vas a parir mis camadas, una tras otra, hasta que ya no puedas más.

Gruñó, un sonido gutural que vibró contra la piel de Jimin. Agarró las caderas del omega, sus garras arañåndole la piel. Su polla, otra vez dura, se apoyó entre los pliegues de su coño.

Jeongguk comenzó a mover sus caderas, similar a cuando se frotó contra su pierna, solo que ahora lo hacía en su coño. Completamente empapado por la mezcla de fluidos corporales, el desliz sencillo, las espinas raspando y lastimando.

Jimin arqueó la espalda con un gemido roto. Dolía, su coño estaba sensible, hinchado y abusado, pero su cuerpo traicionero seguía mojåndose como si pidiera mås.

La punta se atorĂł en su agujero, y Jeongguk embistiĂł de golpe, hundiĂ©ndose hasta el fondo, sin piedad. Lo follĂł, fuerte, como un animal. Sin ritmo fijo, solo golpes brutales y profundos que hacĂ­an chocar sus bolas pesadas contra el culo del omega. Cada embestida empujaba el semen mĂĄs adentro, contra su Ăștero, obligĂĄndolo a aceptarlo todo.

Jeongguk se corriĂł otra vez, chorros calientes y espesos que se derramaban dentro de Jimin.

Su vientre se hinchĂł visiblemente, abultĂĄndose, batallando por ser un buen omega y tomar el semen de su alfa.

Jeongguk se enderezó, quitåndole su peso de encima y tirando un poco hacia atrås, las espinas arrancando mås sangre fresca. Jimin sollozó contra el barro, las piernas temblando. El alfa lo tomó de las caderas, forzåndolo a levantarlas otra vez, y lo montó, clavåndose hasta el fondo de su coño con un gruñido ronco.

Otra vez. Jeongguk no se quedaba sin energĂ­a. Lo follaba fuerte y profundo, salvaje, pensando en una sola cosa: hacer mĂĄs gatitos, que los gatos escarlata jamĂĄs volvieran a pensarse como extintos.

Una vez mås. El vientre de Jimin ya estaba redondo, como si llevara semanas preñado, la piel tensa, por culpa de todo el semen en su interior.

Preñar, llenar, reclamar. Jeongguk debĂ­a hacer que ese omega, el Ășnico omega, el Ășltimo omega, cargara sus gatitos. Que su vientre creciera pesado de crĂ­as, cientos de ellas. Que oliera a Ă©l, por dentro y por fuera, para siempre. Hasta que no supiera hacer otra cosa que tomar su semen y parir sus bebĂ©s.

—Dios
 —Hoseok jadeó desde el otro lado del cristal—. Están copulando como animales.

Seokjin lo miró incrédulo, levantando una ceja.

—Son animales, Hoseok.



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un momento? acaso es esta la idea que una usuaria y yo dimos??? PORQUE ESTA FANTÁSTICA, te amo usuaria que dio más lore a la idea y a ti por hacerlo realidad 🙏🙏😭😭😭

4 months
2
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por favor as otra segunda parte đŸ™đŸ»đŸ™đŸ»đŸ™đŸ»đŸ™đŸ»đŸ™đŸ»đŸ„șđŸ˜­đŸ™đŸ»đŸ˜­

4 months
2
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necesito mås plis donde jm este preñado

4 months
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