capĂtuloâĄĂșnico
Prionailurus rubriscus, gato escarlata. Un pequeño felino ya extinto.
Sin prueba alguna de su existencia mĂĄs allĂĄ de una piel recolectada en 1989. Presentaba pelaje rojizo oscuro con manchas difusas, ojos dorados y orejas redondeadas. Su morfologĂa sugiere hĂĄbitos semiacuĂĄticos y una dieta basada en peces y pequeños vertebrados. Debido a la ausencia de registros adicionales, la especie es considerada probablemente extinta en estado silvestre. La mayor parte de su biologĂa, incluyendo su distribuciĂłn histĂłrica, comportamiento reproductivo y tamaño poblacional, permanece desconocida.
Ahora, Âżel hĂbrido homo Ă prionailurus rubriscus? Ese estaba casi extinto.
Presenta rasgos humanoides combinados con caracterĂsticas del felino. Descrito a partir de un Ășnico ejemplar capturado en un manglar de un archipiĂ©lago del sudeste asiĂĄtico a principios del siglo XXI.
A pesar de exhaustivos intentos, no se ha logrado localizar ningĂșn otro hĂbrido de gato escarlata.
Solo uno.
Ese uno era Jeongguk.
El Ășltimo de su especie.
El âmanglarâ era patĂ©tico.
Porque no era un manglar, era un corral que estaba hecho para parecer un manglar.
Ărboles jĂłvenes plantados en cĂrculos ordenados. Las raĂces emergĂan del agua artificial como dedos retorcidos, pero el barro bajo ellas no tenĂa el olor profundo del agua salada. Un canal poco profundo atravesaba el centro del recinto. El agua llegaba desde una tuberĂa escondida entre rocas falsas y corrĂa siempre igual, sin el ritmo de las mareas. Tres veces al dĂa, para sus comidas, soltaban peces para que Ă©l los cazara. Peces de criadero, torpes, que no sabĂan esconderse. HabĂa rocas para descansar, troncos para trepar, sombra suficiente durante el dĂa.
No tenĂa permitido salir de ahĂ, jamĂĄs.
MĂĄs allĂĄ del manglar falso se levantaba una pared de cristal reforzado y rejas elĂ©ctricas. DetrĂĄs, un camino de grava por donde pasaban los cuidadores. A ciertas horas se detenĂan frente al vidrio, observĂĄndolo como si esperaran que hiciera algo interesante.
Jeongguk odiaba el sonido del crujido de la grava.
Al otro lado del cercado, dos cuidadores hablaban en voz baja.
Uno de ellos lo señaló, cuchicheando:
âHoy estĂĄ de mal humor otra vezâŠ
Jeongguk enseñó los dientes y gruñó bajo, un sonido åspero que vibró en su pecho.
Un pez saltó, rompiendo la superficie del estanque. El sonido le atravesó el cuerpo a Jeongguk como un reflejo. Sus dedos se tensaron contra la roca, las uñas asomando apenas. Agarró el pez antes de que volviera a sumergirse, clavando sus garras en él hasta que dejó de moverse. Soltó el pescado, su cadåver cayendo en el estanque, salpicando agua rojiza.
Hoy estaba de mal humor, otra vez.
No deberĂa estarlo, al menos segĂșn sus cuidadores, pues su corral tenĂa todo lo que podĂa desear: ĂĄrboles, agua, comida, rocas.
Todo excepto compañĂa.
Ăl era un alfa. Se suponĂa que tuviera una manada, familia, otros de los que cuidar, un lindo omega que pudiera proteger, mimar, y, mĂĄs que nada, preñar una y otra vez hasta llenarse de gatitos.
Pero no. Solo estaban él, los peces y los humanos detrås del cristal.
El corral estaba en silencio.
La marea del canal mecĂĄnico habĂa cambiado hacĂa rato, pero el agua seguĂa moviĂ©ndose con la misma calma artificial de siempre. Nada en aquel lugar cambiaba de verdad.
Jeongguk lo odiaba.
Estaba sentado en la roca grande del centro del recinto, con las piernas colgando sobre el agua poco profunda. Su cola golpeaba la piedra cada pocos segundos.
Tap.
Tap.
Tap.
Estaba de mal humor.
Primero venĂa la inquietud: la sensaciĂłn de que debĂa moverse, correr, buscar algoâ alguien que no estaba ahĂ. DespuĂ©s el calor bajo la piel, la tensiĂłn constante en los mĂșsculos..
Jeongguk se levantĂł de la roca y empezĂł a caminar por el borde del recinto.
Una vuelta.
Dos.
Tres.
Sus uñas raspaban la tierra hĂșmeda cada vez que giraba.
Del otro lado del cristal reforzado, uno de los cuidadores levantĂł la mirada.
âOtra vez empezĂł âdijo en voz baja.
El segundo suspirĂł.
âSĂâŠ
Jeongguk los oyó perfectamente. Gruñó. Se detuvo frente al agua. Un pez nadaba cerca de la superficie, lento, descuidado. Saltó sin pensar. El agua le llegó hasta la cintura y en un segundo el pez estaba entre sus manos.
Lo sacĂł, lo sostuvo, lo mirĂł. El pez se retorcĂa. Jeongguk lo lanzĂł de nuevo al agua.
No tenĂa hambre. HabĂa dejado de tener hambre hacĂa dĂas.
Los cuidadores intercambiaron miradas.
âNo estĂĄ comiendo otra vez.
âLo sĂ©.
Jeongguk saliĂł del canal y volviĂł a la roca grande.
Se sentĂł.
Su cola volviĂł a golpear la piedra.
Tap.
Tap.
Tap.
âOtra vez⊠âmurmurĂł.
Su celo.
Otra vez, como cada año. Jeongguk ya sabĂa exactamente cĂłmo terminarĂa. Solo. Otra vez solo.
Hace años los humanos habĂan dejado de fingir optimismo. Al principio hablaban de expediciones, de cĂĄmaras trampa, de islas remotas donde quizĂĄ todavĂa quedara otro gato escarlata.
Después dejaron de hablar de eso.
Ahora solo lo observaban, lo alimentaban, lo estudiaban.
Jeongguk dejĂł caer la cabeza hacia atrĂĄs y mirĂł el cielo gris del santuario.
âGenial âmurmurĂłâ. Otra vez esta mierda.
Su cuerpo seguĂa tensĂĄndose, cada mĂșsculo, cada nervio. El calor aumentaba debajo de su piel. Como si algo dentro de Ă©l gritara que buscara a alguien. Que reclamara territorio, que encontrara a un omega, que continuara su especie. Pero no habĂa nadie, nunca habĂa nadie.
Jeongguk soltĂł una risa seca.
âÂżSaben quĂ©? âdijo en voz alta, aunque nadie le habĂa preguntadoâ. Si voy a quedarme solo otra vez, prefiero morir.
Los cuidadores se miraron alarmados.
Jeongguk cerrĂł los ojos.
âMorirme suena mejor que seguir siendo miserable aquĂ.
Silencio.
Los cuidadores se alejaron del cristal, hablando en voz baja.
âNo podemos dejar que siga deprimidoâŠ
âNo estĂĄ comiendo. Y si pierde mĂĄs peso vamos a tener un problema serio.
Se quedaron en silencio, preocupados.
âÂżY siâŠ? âdudĂł en continuar, desconfiado de su propia idea.
âÂżSi quĂ©?
âPodrĂamos intentar con otro felino.
âÂżQuĂ©?
âBuscamos un omega compatible, lo mĂĄs cercano.
âEs imposible ânegĂłâ. Hicieron pruebas hace años, no es compatible con ningĂșn otro, por eso no se ha reproducido.
âNo importa que no haya crĂas, podrĂa ayudar con la agresividad hormonal.
Jeongguk abrió los ojos lentamente. Gruñó.
Los hombres se quedaron en silencio.
Jeongguk se puso de pie y aminĂł hasta el cristal. Sus ojos dorados brillaban de rabia.
âNi se les ocurra.
El cientĂfico parpadeĂł.
âJeonggukâŠ
âNi se les ocurra traerme algĂșn omega cualquiera.
Su cola se agitó violentamente detrås de él.
âNo soy un experimento para cruzar con lo que encuentren.
Silencio.
Su voz saliĂł mĂĄs baja esta vez, mĂĄs amarga:
âLo que necesito⊠âSe detuvo. ApretĂł los dientesâ es un omega de mi especie.
Sus garras salieron lentamente fuera de sus dedos. Las apoyó en el vidrio, deslizandolas poco a poco, dejando marcas de arañazos.
âUno que sĂ pueda tener mis crĂas.
El cientĂfico tragĂł saliva.
âJeonggukâŠ
Jeongguk se apartĂł del cristal. VolviĂł a la roca y se sentĂł. MirĂł el agua artificial.
âAsĂ que mejor dĂ©jenme morirme en paz.
El manglar falso volviĂł a quedarse en silencio.
Tap.
Tap.
Tap.
La cola rojiza continuĂł golpeando la piedra.
La mañana llegó con una luz suave que se filtraba entre las copas del manglar.
Cuando Jimin abriĂł los ojos, lo primero que vio fue el cielo azul entre las hojas. HabĂa dormido en lo alto de un ĂĄrbol inclinado sobre el agua, acurrucado entre dos ramas gruesas que formaban un pequeño nido natural.
Se estirĂł despacio. Los mĂșsculos de su espalda se tensaron con un movimiento largo y perezoso, como el de un gato que despierta despuĂ©s de una buena noche de sueño. Su cola rojiza cayĂł desde la rama y se balanceĂł suavemente en el aire.
Abajo, la marea comenzaba a subir, el agua entrando entre las raĂces oscuras del manglar, un sonido suave y sin prisa.
Jimin descendiĂł del ĂĄrbol con facilidad, apoyando los pies descalzos en la corteza hĂșmeda, sus dedos aferrĂĄndose a las grietas de la madera.
CaminĂł por la orilla del canal, dejando huellas ligeras en el barro oscuro. Un grupo de cangrejos saliĂł corriendo apenas lo vio acercarse.
Jimin los observó alejarse, sus pequeñas patitas apresuradas.
âCobardes⊠âmurmurĂł, mĂĄs enternecido que molesto.
El viento agitó las hojas sobre su cabeza. Algo pequeño y rosado cayó desde una rama alta y aterrizó sobre el barro.
Una flor.
Jimin se agachó, la recogió, dåndole la vuelta, examinando sus pétalos desde todos los ångulos. Sonrió. Con un gesto cuidadoso, apartó un mechón de su cabello y colocó la flor.
MirĂł su reflejo en el agua, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado. El reflejo temblĂł con el movimiento de la marea.
ContinuĂł caminando entre los ĂĄrboles.
La isla despertaba alrededor de Ă©l. Lagartijas pequeñas corriendo entre las ramas, el crujido de hojas secas bajo las patas de algĂșn animal escondido, el rumor constante del mar, las aves cantando en lo alto de los ĂĄrboles.
Jimin trepĂł a un ĂĄrbol bajo donde crecĂan pequeñas frutas rojizas. Se sostuvo con una mano mientras alcanzaba una con la otra. Se comiĂł una, eran ĂĄcidas, un sabor fuerte al que hacĂa años se habĂa acostumbrado. TomĂł un puño de frutitas y se sentĂł en una rama mĂĄs abajo, balanceando las piernas mientras comĂa, observando el agua moverse lentamente entre las raĂces.
Desde allĂ vio el destello plateado de un pez.
Sus orejas giraron y sus ojos se afilaron.
La fruta quedĂł olvidada sobre la rama.
Jimin saltĂł. El agua frĂa le llegĂł hasta la cadera cuando aterrizĂł en el canal, salpicĂĄndole hasta el rostro. Sus manos se movieron con rapidez, atrapando el pez antes de que pudiera esconderse. Cuando saliĂł del agua, el pez todavĂa se agitaba entre sus dedos, hasta que ya no lo hizo.
Jimin trepĂł a una roca cercana y se sentĂł allĂ para comer. El sol ya habĂa subido lo suficiente como para calentar la piedra bajo su cuerpo.
MĂĄs allĂĄ del manglar, el ocĂ©ano brillaba con un color azul profundo que parecĂa extenderse para siempre.
Jimin terminĂł su desayuno y se lamiĂł los dedos con calma.
El viento soplĂł desde el mar abierto, trayendo olor a sal, algas y arena hĂșmeda. Era un olor familiar, seguro, todo lo que alguna vez habĂa conocido.
DespuĂ©s de un rato, caminĂł hasta una raĂz grande que sobresalĂa del barro y se sentĂł allĂ. Sus pies colgaban sobre el agua. La marea seguĂa subiendo, lenta y paciente.
Jimin observĂł el movimiento de la superficie durante un largo rato. A veces hacĂa eso, simplemente sentarse y mirar.
La isla estaba llena de sonidos: el batir de alas de las aves, el murmullo del viento entre las hojas, el roce del agua contra las raĂces.
Pero ninguno de esos sonidos era como el suyo.
Jimin inclinĂł la cabeza ligeramente, escuchando, como si esperara algo mĂĄs.
A veces se preguntaba si era el Ășnico como Ă©l. No recordaba a nadie que se pareciera a Ă©l. Solo habĂa⊠fragmentos. La sensaciĂłn de calor a su lado alguna vez, un olor parecido al suyo, suave y familiar, un sonido grave, profundo, vibrando cerca de su pecho. Pero esos recuerdos eran difusos, sueños que se desvanecen al despertar. QuizĂĄ nunca habĂan sido reales.
Jimin arrancĂł una hoja del manglar y la dejĂł caer al agua. La corriente la tomĂł de inmediato y comenzĂł a llevarla hacia el mar. Sus ojos siguieron el movimiento hasta que la hoja desapareciĂł, mĂĄs allĂĄ del manglar, donde el ocĂ©ano se extendĂa hasta el horizonte.
A veces, Jimin pensaba en lo que habĂa mĂĄs allĂĄ, en otras islas, en otros lugares donde quizĂĄ alguien mĂĄs fuera como Ă©l.
Jimin inhalĂł lentamente. Su pecho se tensĂł por un instante, como si esperara encontrar algo mĂĄs en el aire. Pero no habĂa nada.
Solo agua salada.
Jimin bajĂł la mirada hacia el canal.
Tal vez no habĂa nada mĂĄs allĂĄ del horizonte. Tal vez el mundo era asĂ de grande. Tal vez Ă©l era el Ășnico.
Pero⊠tal vez, mĂĄs allĂĄ de esa lĂnea donde el mar tocaba el cielo⊠podrĂa haber alguien mĂĄs.
El laboratorio estaba casi vacĂo a esa hora.
Las luces blancas iluminaban filas de monitores donde se revisaban semanas de grabaciones de cåmaras trampa instaladas en pequeñas islas del archipiélago.
El doctor Kim llevaba tres horas mirando manglares. Aves, cangrejos, monos, peces, reptiles; de todo menos gatos escarlata.
SuspirĂł y avanzĂł otro fragmento del video.
âOtra isla sin nada âmurmurĂł.
El estudiante a su lado, Hoseok, se inclinĂł sobre la pantalla.
âÂżEn cuĂĄl vamos ya?
Seokjin suspirĂł otra vez.
âEn la treinta y cinco.
En la pantalla solo se veĂa agua oscura moviĂ©ndose lentamente entre raĂces. Un cangrejo cruzĂł el barro, un pĂĄjaro bajĂł, picoteĂł algo y volviĂł a volar. Kim ya ni siquiera le estaba prestando atenciĂłn, todo era lo mismo.
Seokjin iba a adelantar otra vez cuando Hoseok levantĂł la mano.
âEspere.
âÂżQuĂ©?
âDevuĂ©lvalo un segundo.
Seokjin frunciĂł el ceño, pero retrocediĂł unos segundos en la grabaciĂłn. El canal apareciĂł otra vez. El agua y las raĂces, peces nadando. Entonces⊠algo cayĂł desde arriba.
La cĂĄmara no lo captĂł, su ĂĄngulo limitado, solo capturĂł la salpicada del agua y el alboroto de los peces.
âÂżViĂł eso? âsusurrĂł el estudiante, señalando justo el borde de la pantallaâ. En el borde.
Seokjin rebobinĂł. Otra vez, el agua salpicĂł, los peces huyeron. Esta vez, pausĂł el video.
En la pantalla congelada se distinguĂa una silueta. No era un animal completo, solo su cola. Larga, rojiza, con un patrĂłn manchado.
El corazĂłn de Seokjin empezĂł a latir mĂĄs rĂĄpido.
âÂżCrees que seaâŠ?
Seokjin acercó el rostro a la pantalla, incrédulo.
Los dos se quedaron completamente en silencio.
âCreo⊠âdijo Hoseok, con la voz apenas audibleâ. Creo que es el gato que buscamos. No hay ningĂșn otro felino en todo el archipiĂ©lago con ese color.
Seokjin no respondiĂł.
Su mente corrĂa demasiado rĂĄpido. Repasando los años de expediciones, de cĂĄmaras, de trampas; años sin encontrar absolutamente nada.
Y ahora esto.
Reprodujo el video otra vez. El agua salpicaba, los peces se alborotaban, la cola aparecĂa y se desvanecĂa apenas dos segundos despuĂ©s.
Seokjin se levantĂł tan rĂĄpido que la silla rodĂł hacia atrĂĄs.
âLlama al equipo.
âÂżAhora?
âAhora.
Hoseok seguĂa mirando la pantalla.
âÂżEsto significa que..?
No terminĂł la frase, no hacĂa falta.
Los dos pensaron en lo mismo: en el santuario, en el recinto de manglar artificial, en el hĂbrido solitario que llevaba años caminando en cĂrculos detrĂĄs del cristal.
Kim volviĂł a mirar la imagen congelada del animal: la cola larga, el pelaje rojizo, las manchas.
âSi ese de verdad es un gato escarlataâŠ
El estudiante terminó la frase por él:
âJeongguk no estĂĄ solo.
El mediodĂa caĂa tibio sobre la isla.
Jimin estaba acostado sobre una raĂz ancha del manglar, medio dormido, con la cola moviĂ©ndose lentamente sobre el barro hĂșmedo. La marea estaba alta y el agua rodeaba las raĂces como un espejo oscuro.
Nada lo molestaba.
Las aves gritaban en lo alto de los ĂĄrboles. El viento traĂa olor a sal y algas. Muy lejos, el ocĂ©ano respiraba contra la arena.
Jimin abriĂł un ojo. EscuchĂł algo. No era un sonido fuerte, no exactamente. Solo era⊠diferente. Sus orejas giraron, escuchĂł otra vez. El viento volviĂł a moverse entre las hojas. Pero debajo de ese sonido habĂa otro; bajo, grave, rĂtmico.
Jimin se sentĂł lentamente.
Eran pasos. Demasiado pesados para ser de cualquier animal que conociera.
Caminó hasta el borde del manglar y miró entre los årboles. El olor le llegó un segundo después: humano.
Jimin frunciĂł ligeramente la nariz. HabĂan pasado años desde la Ășltima vez que oliĂł uno.
Entonces los viĂł. Eran demasiados, mĂĄs de los que alguna vez habĂan venido. Uno de ellos lo señalĂł. Jimin dio un paso atrĂĄs, su cola se erizĂł.
Los hombres no se movieron. Solo uno lo hizo, apuntĂĄndole con un objeto largo y metĂĄlico. Un chasquido seco rompiĂł el aire.
Jimin apenas tuvo tiempo de reaccionar.
SintiĂł el impacto en el hombro, algo pequeño se habĂa clavado en su piel. FrunciĂł el ceño.
Primero, fue un mareo, su mundo se inclinĂł, el suelo moviĂ©ndose bajo sus pies. Jimin dio dos pasos torpes, intentando mantener su equilibrio, extendiendo su cola. Las raĂces del manglar se deformaban ante sus ojos, como si el agua hubiera subido de repente.
Desde la distancia, alguien gritĂł:
âÂĄLe dimos!
Jimin pensĂł en correr. Sus piernas no respondieron. CayĂł de rodillas en el barro.
El manglar giraba lentamente alrededor de Ă©l. Las hojas se volvĂan borrosas, el mar desaparecĂa. Lo Ășltimo que alcanzĂł a ver fue el cielo entre las ramas.
Luego, todo se volviĂł negro.
El despertar llegĂł lentamente.
Primero fue el olor: barro hĂșmedo, agua salada, raĂces de manglar. Pero algo estaba mal.
Jimin frunció el ceño antes incluso de abrir los ojos. El olor era parecido al de su isla⊠y al mismo tiempo no lo era.
Cuando intentĂł moverse, el mundo girĂł. Un mareo pesado le atravesĂł la cabeza.
Sus uñas se hundieron en tierra hĂșmeda. No era arena como la de la orilla de su isla, sino barro espeso. AbriĂł lentamente los ojos.
El cielo era gris.
Jimin se incorporĂł lentamente, su cabeza todavĂa daba vueltas. HabĂa ĂĄrboles, raĂces, agua. Un manglar. Pero⊠no era su manglar. Los ĂĄrboles estaban demasiado ordenados. Demasiado separados. El canal de agua corrĂa en lĂnea recta, sin curvas naturales. HabĂa silencio, y eso no podĂa significar nada bueno.
âÂżDĂłndeâŠ?
El recuerdo llegĂł en fragmentos: el ruido de los pasos, los humanos, el pinchazo.
Jimin se llevĂł la mano al hombro. AĂșn dolĂa un poco.
Su nariz se moviĂł levemente mientras inhalaba. HabĂa un olor. No era un humano, no era algĂșn animal que conociera, no era una planta de manglar.
Jimin se quedĂł completamente inmĂłvil.
El olor era⊠profundo, cålido, familiar.
Felino.
Otro gato escarlata.
Su corazĂłn dio un salto en el pecho.
Durante un momento largo, Jimin simplemente respirĂł el aire, como si no pudiera creerlo. El aroma estaba en todas partes: en el agua, en las raĂces, en la tierra.
Era intenso, demasiado intenso.
HabĂa algo mĂĄs mezclado en Ă©l. Algo mĂĄs fuerte, mĂĄs denso. Un calor instintivo que le recorrĂa la piel aunque no lo entendiera del todo. El otro gato estaba⊠alterado. El olor de su celo era tan fuerte que estaba abrumando a Jimin.
Jimin tragĂł saliva. Era un alfa, debĂa ser un alfa. No recordaba haber olido nunca algo asĂ.
Una rama crujiĂł.
Jimin levantĂł la cabeza de golpe. El sonido vino desde el otro lado del canal. Primero no vio nada, luego algo se moviĂł entre las raĂces. Una figura apareciĂł lentamente entre los ĂĄrboles.
Era alto. MĂĄs grande que Ă©l. Su piel estaba mojada y manchada de barro, y su cola larga se movĂa lentamente detrĂĄs de su cuerpo, el pelaje mĂĄs oscuro que el suyo.
Sus ojos dorados estaban clavados directamente en Jimin.
El silencio se volviĂł pesado.
Hasta que el alfa dio un paso hacia adelante. Luego otro. Jimin se tensĂł instintivamente. El otro gato no le apartaba la mirada, su nariz se movĂa levemente mientras aspiraba el aire, como si tambiĂ©n estuviera tratando de entender lo que estaba viendo.
El olor entre ellos se volviĂł aĂșn mĂĄs fuerte.
El alfa dejó escapar un gruñido bajo, profundo, que vibró en su pecho. No era exactamente una amenaza, pero tampoco era amigable, era algo mås⊠primitivo.
Algo territorial, algo intensamente interesado.
Jimin retrocedió sin darse cuenta. El movimiento fue pequeño, pero el otro lo vio.
Sus orejas se inclinaron hacia adelante, su cola se erizĂł ligeramente. Luego sonriĂł, no una sonrisa amable, una sonrisa llena de dientes.
âAsĂ que⊠âmurmurĂł con la voz ĂĄspera, todavĂa roncaâ no soy el Ășnico.
Jimin no respondiĂł.
No podĂa apartar los ojos de Ă©l.
El alfa dio un paso mĂĄs cerca, entrando al canal. El agua se moviĂł alrededor de sus pasos. Sus ojos seguĂan recorriendo a Jimin de arriba abajo con una intensidad primitiva.
El olor del celo se volviĂł sofocante en el aire.
El gruñido en su pecho volvió, mås bajo esta vez, no agresivo, solo imponente.
âOtro gato escarlata⊠âdijo despacio.
Sus pupilas se estrecharon.
Y dio otro paso hacia él.
ââŠy eres un omega.
Jimin sintiĂł que el aire se volvĂa aĂșn mĂĄs pesado entre los dos, lleno de feromonas.
El alfa estaba demasiado cerca ahora, demasiado interesado, demasiado atento.
El agua del canal se movió lentamente cuando avanzó otro paso. Y el gruñido en su pecho se volvió un poco mås profundo.
El gruñido que salió del pecho de Jeongguk fue bajo, gutural, mås animal que voz. El olor del omega lo golpeó. Sus pupilas se tragaron el dorado de los ojos hasta que solo quedaron dos rendijas negras. No pensó, solo actuó.
Se lanzĂł.
El cuerpo de Jimin chocĂł contra el barro con un golpe hĂșmedo. El alfa cayĂł encima de Ă©l con todo su peso, aplastĂĄndolo, pecho contra pecho, caderas encajadas entre las piernas abiertas del omega.
Jimin soltĂł un jadeo ahogado, aterrado. Se dejĂł llevar por un instinto que le hacĂa ladear la cabeza, exponer el cuello. Su coño se estremeciĂł, queriendo complacer al alfa, mojĂĄndose para Ă©l.
El pene del alfa ya estaba erecto, grueso, rojo oscuro, venoso, la punta goteando y las espinas erizadas a lo largo del tronco como pequeñas agujas. Lo frotó con rudeza contra el muslo interno de Jimin, resbalando en la humedad que ya empezaba a empapar la piel del omega. Jimin pudo sentir las espinas rasgando contra su piel, dejando arañazos rojizos.
Lo tomĂł de las caderas, y lo forzĂł a darse la vuelta. El movimiento fue tosco, golpeando el aire fuera de Jimin cuando su pecho chocĂł contra el piso. QuedĂł justo como el alra querĂa: cara abajo, culo arriba. AcomodĂł la mejilla en el barro y levantĂł la cola por instinto, exponiĂ©ndose.
Jeongguk hundiĂł su nariz en el cuello del omega, inhalando tan fuerte que Jimin sintiĂł el aire caliente contra su piel. Le chupĂł el cuello, su lengua ĂĄspera raspando la piel sensible. SuccionĂł, lamiĂł, mordiĂł. Chupetones oscuros surgieron al instante. ClavĂł sus dientes con fuerza y no soltĂł; Jimin arqueĂł la espalda, conflictuado entre el dolor y el placer.
âMĂo.
Un ronroneĂł vibrĂł en el pecho de Jimin. Suyo. Le pertenecĂa al alfa, era completamente suyo.
ComenzĂł a empujar contra los labios hinchados de su vagina hasta que la cabeza de su polla se hundiĂł apenas un centĂmetro. Jimin se tensĂł, las uñas clavadas en el barro, orejas pegadas a la cabeza, cola inquieta. GimiĂł, una extraña mezcla entre un chillido y un sollozo, su cuerpo tensĂĄndose alrededor de la intrusiĂłn a la que apenas se estaba acostumbrando.
Jeongguk no le dio tiempo. Con un empujón de sus caderas enterró la mitad de su polla de golpe. Jimin chilló, su coño soltando mås lubricante. Jeongguk gruñó de puro placer animal y empujó mås profundo, hasta el fondo, hasta que sus bolas pesadas chocaron contra el culo del omega.
Jimin clavĂł sus garras en el barro, tomando fuerza para intentar alejarse, aliviar la presiĂłn en su interior tan solo un poco. Se arrastrĂł, pero apenas lo hizo, las espinas rasgaron contra sus paredes apretadas y sensibles, rasgando, tirando. Jimin gritĂł, un sonido agudo y roto.
Jeongguk reafirmĂł su agarre en sus caderas y sacĂł casi todo, las espinas raspando y sacando sangre, y volviĂł a clavarse con fuerza brutal. Una y otra vez. El sonido era obsceno: el choque de su piel hĂșmeda mezclĂĄndose con los gruñidos constantes y roncos del alfa. Jimin lloriqueaba contra el barro, su coño apretĂĄndose alrededor de la intrusiĂłn, las paredes contrayĂ©ndose por instinto alrededor de cada espina que lo abrĂa.
Jeongguk lo follaba como el animal en celo que era: rĂĄpido, profundo, salvaje. Sus garras se hundĂan en las caderas del omega para mantenerlo en su sitio. Cada embestida empujaba su polla mĂĄs adentro, estirando a Jimin hasta el lĂmite, las espinas rasgĂĄndolo hasta sacar sangre. El omega sentĂa su vientre hincharse ya con cada chorro del lĂquido pre-seminal que le metĂan.
Cuando el orgasmo lo atravesĂł, Jeongguk rugiĂł. Chorros espesos y calientes de semen inundaron el Ăștero de Jimin, llenĂĄndolo hasta que su vientre bajo se abultĂł visiblemente. El lĂquido blanco y rojo salĂa de Ă©l, goteando por sus muslos.
Pero Jeongguk no parĂł. SiguiĂł moviĂ©ndose dentro de Ă©l, ordeñando su propio orgasmo, empujando mĂĄs semen hacia el fondo, contra su Ăștero, asegurĂĄndose de preñarlo.
Jeongguk se retirĂł con un tirĂłn cruel. Las espinas salieron raspando una Ășltima vez, dejando el coño de Jimin abierto, rojo, palpitando, semen espeso saliendo a borbotones.
El alfa se levantĂł sobre sus rodillas, jadeando, la polla aĂșn dura y goteando. MirĂł al omega debajo de Ă©l, destrozado, temblando, cubierto de barro, sangre y su semen.
Se colocó encima otra vez, una pierna a cada lado del cuerpo de Jimin. Agarró su cabeza con una mano y presionó su mejilla contra el barro. Tomó su polla con la otra, y comenzó a orinar sobre él. El chorro salió caliente, fuerte, primero sobre la espalda, recorriéndole la columna, empapando el pelaje de su cola. Después apuntó mås abajo. Directo a su coño abierto, su orina golpeó dentro, quemando en las paredes heridas, empujando el semen y la sangre hacia afuera en un desastre caliente y humillante.
Jimin sollozó, el cuerpo estremeciéndose.
El chorro lo golpeĂł en el mentĂłn, salpicando hasta sus labios. Jimin frunciĂł el ceño y quiso alejarse, pero el agarre de Jeongguk en su cabeza se lo impidiĂł, lo mantuvo en su lugar, obligĂĄndolo a aceptar el chorro de orina en su cara. El olor era fuerte, indiscutiblemente alfa, Jimin estaba seguro de que serĂa difĂcil sacĂĄrselo de la piel.
âMĂo ârepitiĂł, apenas mĂĄs que un gruñido.
Jimin no estaba seguro si iba a querer sacarse su aroma. DespuĂ©s de todo, solo era otra manera de reclamarlo, de llamarlo mĂo.
Jimin cerrĂł sus ojos, aguantĂĄndose la respiraciĂłn y manteniendo su boca firmemente cerrada, dejando que Jeongguk hiciera pis por toda su cara.
Cuando terminó, Jeongguk se dejó caer encima de él, pecho contra espalda, hundiendo sus dientes en su cuello otra vez, mås suave ahora, pero igualmente reclamåndolo.
Sus dientes soltaron su cuello, pero sus labios subieron hasta su oĂdo, rozando la piel al trazar su camino.
âOmega⊠âmurmurĂłâ. Voy a llenarte tanto que tu vientre va a hincharse con mis gatitos. Y vas a parir mis camadas, una tras otra, hasta que ya no puedas mĂĄs.
Gruñó, un sonido gutural que vibró contra la piel de Jimin. Agarró las caderas del omega, sus garras arañåndole la piel. Su polla, otra vez dura, se apoyó entre los pliegues de su coño.
Jeongguk comenzĂł a mover sus caderas, similar a cuando se frotĂł contra su pierna, solo que ahora lo hacĂa en su coño. Completamente empapado por la mezcla de fluidos corporales, el desliz sencillo, las espinas raspando y lastimando.
Jimin arqueĂł la espalda con un gemido roto. DolĂa, su coño estaba sensible, hinchado y abusado, pero su cuerpo traicionero seguĂa mojĂĄndose como si pidiera mĂĄs.
La punta se atorĂł en su agujero, y Jeongguk embistiĂł de golpe, hundiĂ©ndose hasta el fondo, sin piedad. Lo follĂł, fuerte, como un animal. Sin ritmo fijo, solo golpes brutales y profundos que hacĂan chocar sus bolas pesadas contra el culo del omega. Cada embestida empujaba el semen mĂĄs adentro, contra su Ăștero, obligĂĄndolo a aceptarlo todo.
Jeongguk se corriĂł otra vez, chorros calientes y espesos que se derramaban dentro de Jimin.
Su vientre se hinchĂł visiblemente, abultĂĄndose, batallando por ser un buen omega y tomar el semen de su alfa.
Jeongguk se enderezó, quitåndole su peso de encima y tirando un poco hacia atrås, las espinas arrancando mås sangre fresca. Jimin sollozó contra el barro, las piernas temblando. El alfa lo tomó de las caderas, forzåndolo a levantarlas otra vez, y lo montó, clavåndose hasta el fondo de su coño con un gruñido ronco.
Otra vez. Jeongguk no se quedaba sin energĂa. Lo follaba fuerte y profundo, salvaje, pensando en una sola cosa: hacer mĂĄs gatitos, que los gatos escarlata jamĂĄs volvieran a pensarse como extintos.
Una vez mås. El vientre de Jimin ya estaba redondo, como si llevara semanas preñado, la piel tensa, por culpa de todo el semen en su interior.
Preñar, llenar, reclamar. Jeongguk debĂa hacer que ese omega, el Ășnico omega, el Ășltimo omega, cargara sus gatitos. Que su vientre creciera pesado de crĂas, cientos de ellas. Que oliera a Ă©l, por dentro y por fuera, para siempre. Hasta que no supiera hacer otra cosa que tomar su semen y parir sus bebĂ©s.
âDios⊠âHoseok jadeĂł desde el otro lado del cristalâ. EstĂĄn copulando como animales.
Seokjin lo miró incrédulo, levantando una ceja.
âSon animales, Hoseok.









un momento? acaso es esta la idea que una usuaria y yo dimos??? PORQUE ESTA FANTĂSTICA, te amo usuaria que dio mĂĄs lore a la idea y a ti por hacerlo realidad đđđđđ
por favor as otra segunda parte đđ»đđ»đđ»đđ»đđ»đ„șđđđ»đ
necesito mås plis donde jm este preñado