El Lápiz y Otros Cuentos

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Summary

Un sencillo conjunto de cuentos cortos que complacen al espíritu. Más que tener un clímax y una resolución, son una disposición temática de impresiones e ideas. Cada cuento podrá leerse en una sentada.

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5
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16+

Óleo sobre tela

Óleo sobre tela

No había necesidad de pedirlo: Hortensia sabía que el café iba con dos de azúcar, el pan se tostaba a punto medio y la mermelada se servía en plato, no en frasco. Finalmente, ella había acompañado al Ingeniero Leobardo Jiménez durante los últimos treinta y tres años. <<Toda una vida>> coincidían los dos a veces.

I

Llegó jovencita de su pueblo en autobús, a la Terminal Norte; venía cargando un par de cajas de cartón amarradas con mecate. En ellas transportaba su ropa, artículos para el aseo personal y una imagen de la Virgen de Ocotlán montada en madera, a la que le pedía socorro cuando tenía una necesidad apremiante o se encontraba con peligro.

De entre la multitud que caminaba en todas direcciones apareció su prima Obdulia, quien le había aconsejado que dejara su pueblo y se viniera a la ciudad, donde ya le tenía un buen trabajo. Las dos tenían una sonrisa propia, y así apuraron el paso, esquivando gente y acortando la distancia hasta unirse en un abrazo.

‘¡Cómo has crecido Horte!’ le dijo su prima sujetándole ambas manos.

Hortensia sonrió y se soltó de una mano para empujar el hombro de su prima suavemente, porque sabía que era broma, que ella era de poca altura. Exaltadas por el encuentro, continuaron hablando hasta la salida de la Terminal, donde buscarían el transporte que las llevaría a su nuevo trabajo.

Cuando llegaron a casa del Ingeniero Jiménez, Obdulia tocó el timbre y él mismo abrió la puerta.

‘Hola señor, aquí le traigo a mi prima, ¿se acuerda? Hablamos hace una semana’ dijo Obdulia mientras dejaba una de las cajas en el piso.

‘Sí claro, pasen pasen’.

Entonces las dos entraron y mientras seguían al Ingeniero, Hortensia observaba la amplia casa donde iba a vivir. Del lado derecho pudo ver un jardín bordeado con piedra volcánica, donde brotaban nochebuenas y algunos árboles frutales. Del lado izquierdo, un garaje para varios autos que resguardaba uno solo cuatro puertas de color azul.

Después de hablar unos minutos en el antecomedor, explicando las reglas básicas de la casa, el Ingeniero dejó que Hortensia acompañara a su prima para despedirla.

‘Está bien bonita la casa’ dijo Hortensia mientras caminaban ‘Bien grande’.

‘Te dije Horte, y el señor se ve buena persona. Te vas a hallar rápido, ya verás’.

Llegaron a la puerta, se abrazaron y quedaron de verse pronto. Hortensia cerró la puerta con más miedo que emoción, y al caminar hacia dentro de la casa notó que el Ingeniero tenía plantado un níspero. Luego vio que tenía fruto y se contentó.

‘Ya estoy aquí señor, usted diga’ dijo Hortensia apenas entró al antecomedor.

‘Primero, déjame llevarte a tu cuarto para que te acomodes, ya mañana empiezas a trabajar propiamente’ dijo el Ingeniero agachándose y tomando una de las cajas para ayudarla.

‘No se preocupe, yo la llevo’ dijo Hortensia jalando el mecate. ‘Que no, yo te ayudo’ dijo el Ingeniero jalando más fuerte.

Así cada uno con su caja caminaron hacia el cuarto: Después de atravesar un pasillo corto llegaron a la cocina; al salir de la cocina por la puerta trasera, encontraron un patio enmarcado de helechos y con placas rectangulares de concreto; cruzaron ese patio y llegaron al cuarto de Servicio. Un cuarto pequeño pero bien acondicionado: cama individual, mesa de madera con lámpara, y unas cortinas blancas con franja horizontal en la parte de arriba y flores en la parte de abajo, todas rojas.

II

Aunque el Ingeniero prácticamente había dejado su fábrica en manos de su hijo Carlos, le gustaba ir de vez en cuando y revisar asuntos que le hacían sentirse indispensable de algo que él había comenzado hacía treinta y siete años. Por la tarde, al regresar de la fábrica, se quitaba el saco, se ponía algo más cómodo y se sentaba en su sala de estar a leer el periódico y a esperar visitas. Llegaba de todo: contadores, amigos, asesores... Un día llegó un galerista amigo suyo, vestido con pantalón gris de casimir, blazer y gazné. Le ofreció asiento y algo de tomar:

‘¿Un café, un té...?’

‘Un café sí se lo acepto’ dijo el galerista cruzando la pierna.

El Ingeniero tomó un aparato con el que llamaba a Hortensia. Un aparato nuevo que su hijo Carlos le había regalado: una parte la tenía el Ingeniero y la otra se quedaba en la cocina; aunque el timbre sonara allá claramente, el Ingeniero seguía acompañándolo con un grito de ¡Hortensia!

Ella llegó inmediatamente.

‘Dígame señor, ¿qué se le ofrece?’

‘¿Le puedes traer un café al señor por favor?’ le dijo a Hortensia y enseguida le preguntó al galerista ‘¿Con azúcar?’

‘Si me la puede traer aparte, se lo agradecería’ pidió el hombre.

‘¿Algo para usted señor?’ preguntó ella al Ingeniero.

‘Yo nada, gracias’.

Hortensia se retiró a preparar el café y ellos continuaron hablando diverso hasta que al galerista se le ocurrió preguntar:

‘¿Y cómo va de sus manos?’ frotándose las suyas y levantando ligeramente la barbilla.

‘Bien ahí defendiéndome…’ mintió el Ingeniero, pues la inflamación persistía y el cartílago de las articulaciones continuaba destruyéndose en silencio. Desabotonarse la pijama, por ejemplo, era un acto que requería cada día más esfuerzo y eso le enfadaba. Luego quiso continuar:

‘El otro día fui al doctor. Me recetó algo para el dolor… una medicina que me ha salido muy buena por cierto…’ y volteando al techo empezó a hacer un esfuerzo por acordarse. En ese momento entró Hortensia con una charola plateada y sobre ella una taza de café y una azucarera.

‘¡Plaquenol!’ exclamó de repente el Ingeniero.

‘¿Perdón?’ dijo el galerista confundido con la mirada en otra parte.

‘Aquí se lo pongo’ aviso Hortensia dejando el café y el azúcar en una mesa lateral.

‘Ese es el nombre de la medicina... Plaquenol’.

‘Perdone’ interrumpió el invitado, ‘¿ese es un Bringas?’ y señaló un cuadro de un paisaje: un volcán rodeado de nubes bajas y violentas, y en el fondo un valle de tonos verdes ocre con cielo azul como al atardecer.

Hortensia empezó a retirarse cuando el Ingeniero contestó ‘Sí sí es un Bringas’.

Hortensia acababa de perderse de vista cuando el galerista dijo ‘¡Pues ese cuadro ahora debe de andar en unos 400,000 dólares!’

Hortensia alcanzó a oír eso y se paralizó. Se quedó unos segundos con la charola en la mano y la mirada en un punto fijo. Jamás había oído una cantidad así. Contuvo la respiración y continuó sigilosamente hacia la cocina. No pudo quitarse de la cabeza ni la cantidad ni el cuadro; un cuadro con el que había compartido techo muchísimos años. Un cuadro que el Ingeniero le había pedido no tocara ni limpiara nunca, como todos los de la casa. A ella le parecía bonito sí pero no más que la Virgen de Ocotlán que colgaba en su cuarto.

Al día siguiente al hacer la limpieza, cuidando de que nadie la viera, se detuvo en el cuadro: vio el volcán rodeado de nubes y en el fondo un valle con cielo como al atardecer. Un paisaje familiar de su tierra que ahora recorría con admiración. ‘400,000 dólares… es un montón.’ pensó. Levantó la mano y la pasó lentamente por encima del cuadro sin tocarlo... ‘¿Hay alguien que pague eso por este cuadro?’ se dijo bajito. De pronto oyó que se abría una puerta del pasillo y rápido tomó su paño para lustrar un marco de la repisa. Un marco de plata que resguardaba la foto en blanco y negro de María del Pilar Orzueta de Jiménez, única esposa del Ingeniero, quien esbozaba una sonrisa.

‘Buenos días señor’ dijo mientras regresaba el marco a su lugar.

‘Buenos días Hortensia’.

‘¿Le preparo su desayuno?’

‘Sí, un huevo pasado por agua con jamón, y pan de ese integral por favor’.

‘Cómo no señor, ahora se lo preparo’.

Se fue a la cocina a pasitos rápidos.

El resto del día hizo el quehacer distraída y con la mente turbia, pensando en el valor del cuadro y en lo que eso podría significar para su vida, que aunque ya pasaba los cincuenta años todavía le quedaba camino por delante. Se fue a dormir a la hora de costumbre.

Al día siguiente, se levantó con la decisión de, aprovechando la salida al pan, pararse en un teléfono público y hablar con Obdulia. Así lo hizo.

‘Hola Obdulia’

’Hola Horte, ¿qué pasó?

‘Nada… te tengo que decir algo… sé que vas a decir que estoy loca, pero creo que tenemos chance de conseguir mucho dinero... o sea de hacernos ricas’.

’¿Qué dices? ¿cómo? No te entiendo nada háblame claro.

‘Sí, el señor tiene un cuadro que vale 400,000 dólares...’

’¡¿Qué?! ¿Estás segura de que son dólares, no serán pesos?

‘No, son dólares. Yo clarito oí que el galerista dijo 400,000 dólares’.

’¿Y qué estás pensando...? ¿robarlo?

‘Pues... sí’.

‘Ay no, estás loca... el señor es buena gente contigo, además llevas un chorro con él’.

‘Sí llevo mucho pero no ha sido tan buena gente como dices. A veces no me deja ir a mi pueblo y no me ha aumentado en años. Además ¡son 400 mil dólares!’

Se hizo un silencio del otro lado de la bocina y Hortensia dijo ‘Obdulia, Obdulia, ¿sigues ahí?’

‘Sí sí aquí sigo’ y después de otra pausa, continuó ‘Bueno, está bien. Sólo déjame ver cómo le haríamos, a ver si Erasto conoce a alguien’.

‘Gracias Obdulia, verás que nos va a ir bien. Sólo no lo andes diciendo por ahí y dile a Erasto que tenga mucho mucho cuidado por favor’.

‘No te preocupes, no voy a decir nada’.

Después de otro par de llamadas el plan empezó a tomar forma: Erasto, el novio de Obdulia, conocía a un ayudante en una galería grande dijo. Hortensia mediría el cuadro y estaría pendiente de cualquier viaje del Ingeniero. Aprovecharían ese viaje para llevarse el cuadro. ¿Y el transporte? El mismo conocido de Erasto podía usar una van del trabajo suficientemente amplia para que cupieran todos, y lo mejor: no había necesidad de cortar el lienzo, ¡se lo podían llevar con todo y marco!

La rutina de la casa continuó, pero Hortensia se veía cada día más intranquila. Una mezcla de sentimientos invadía su cuerpo y no sabía cómo domarlos. En las noches, ya en su cama, con la luz apagada subía a las habitaciones en su cabeza y abría todos los cajones para sacar de ellos cualquier cosa que hiciera del Ingeniero Leobardo Jiménez una mala persona: encontró por ejemplo, una Nochebuena en que la regañó frente a los invitados cuando tropezó con un tapete persa e hizo volar el pavo hasta caer y cubrirlo todo de salsa. Fue humillante, pensó, y realmente no lo merecía.

Otro día por la mañana servía el desayuno. Apenas salió de la cocina con el platón de fruta, se detuvo y vio al Ingeniero de espaldas sentado, ligeramente jorobado con los hombros caídos y arropado con una bata de franela que le quedaba grande. Su pelo blanco y escaso. A Hortensia le vino de pronto mucha lástima y se acercó a servir la fruta con los ojos llorosos.

El Ingeniero movió su cuerpo para dejar que ella sirviera y la miró de reojo.

’¿Te pasa algo Hortensia?

‘No señor, nada’.

¿Estás llorando...?’

‘No no... es que acabo de picar cebolla’.

El Ingeniero levantó una ceja ligeramente y con sus dos manos sobre la mesa, que ya mostraban nodos en las articulaciones, continuó mirándola y pensando que esa era una explicación infantil.

No se dijo más y ella regresó a la cocina donde las lágrimas bajaron libremente por sus mejillas.

Cuando las jornadas terminaban, Hortensia se retiraba a su cuarto a hacer cuentas. Cerraba las cortinas y tomaba un lápiz al que le sacaba punta sobre el basurero; mientras la viruta caía, ella miraba la Virgen de Ocotlán en la pared y se imaginaba en una vida diferente. Una vida en una casa con patio central rodeado de árboles Donde no tenía que hacer ningún esfuerzo mas que el que ella quisiera Ni levantarse temprano para servir a nadie mas que a su esposo Cuando le viniera en gana.

Un día lluvioso a principios de septiembre, el Ingeniero hacía sus ejercicios sentado en una silla: levantaba los brazos hacia el techo y los regresaba a su posición original sobre las rodillas. A la mitad de la serie de diez, Hortensia pasó cargando una aspiradora. Él detuvo la cuenta y le dijo:

’Hortensia, el puente del 16 me voy a Malinalco a casa de Carlos, sólo para que sepas’.

‘Sí señor, no se preocupe, yo le preparo sus cosas’ dijo Hortensia abriendo los ojos y delineando una sonrisa. Siguió caminando emocionada como pensando <<Ya estuvo>> mientras a sus espaldas oía cómo el Ingeniero retomaba la cuenta ‘...seis, siete, ocho…’.

La fecha estaba muy cerca; Hortensia salió por última vez a la panadería donde vería a Obdulia para afinar los detalles.

Cuando llegó, su prima ya estaba ahí. Se saludaron y Hortensia inmediatamente le dijo: ‘Vamos a cruzarnos al parque, ahí nadie nos oye’. Cruzaron la calle y continuaron caminando.

‘Ya tienes todo listo, ¿verdad?’ preguntó Hortensia. ‘El Ingeniero se va el próximo jueves’.

‘Ya sé, me lo has dicho como veinte veces... Erasto ya tiene la van lista. Nos vemos el viernes a las once de la mañana en punto, estate pendiente del timbre’.

‘Pues claro, tú qué crees’.

Siguieron caminando, tranquilizándose una a la otra hasta que Hortensia dijo ‘Ya me voy, no vaya a empezar a sospechar el señor, además, todavía tengo que comprar el pinche pan’.

III

Hortensia le tenía la maleta lista. Ella siempre le sacaba la ropa, la ponía sobre la cama y él escogía lo que quería llevar, además de una que otra cosa de último momento.

En la calle se oyó un claxon que tocó tres veces: era el aviso habitual de su hijo cuando llegaba por él. El Ingeniero se tornó apurado, Hortensia cargó la maleta y los dos caminaron hacia la puerta.

‘Cualquier cosa que se ofrezca, ya tienes el teléfono de Carlos’.

‘Sí señor, no se apure. Váyase tranquilo’.

Abrieron la puerta, Hortensia le entregó la maleta a Carlos, y después de meterla en la cajuela, arrancaron despidiéndose con la mano.

Ya sola en la casa, Hortensia terminó de empacar sus cosas personales, se preparó de cenar y después volvió a su cuarto. Ahí se hincó para pedirle una especie de perdón a la imagen de la Virgen.

A la mañana siguiente descolgó el cuadro de Bringas, lo envolvió en una colcha con mucho cuidado y lo recargó sobre la pared. Ya tenía todo listo, así que fue a la cocina, se sentó y miró con detenimiento todo lo que en esta estaba; cosa por cosa, como queriendo llevarse un registro de ese espacio, de ese espacio en su vida.

Cuando el inspector llegó, encontró al Ingeniero Leobardo Jiménez visiblemente triste y confundido: había perdido su cuadro y también a Hortensia. En seguida prosiguió con las preguntas básicas para entender cómo había sido el robo, qué día, a qué hora, en qué condiciones.

‘¿El nombre de la señora?’

‘Hortensia’.

‘Nombre completo por favor’.

‘Hortensia María Ramírez’.

’¿Sabe de dónde es ella?

‘De un pueblo cerca de Tlaxcala’.

’¿De qué pueblo?

‘No lo sé’ dijo el Ingeniero bajando la cabeza ‘No me acuerdo’.