La muralla de cristal

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Él no quería estar a salvo de los horrores si eso significaba aceptarlos como su realidad. Prefería mantenerse tras la muralla de cristal, donde solo estaba a una inyección de ser feliz.

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La muralla de cristal

Vedran se inclinó sobre aquella sucia mesa de madera, levantó una gastada jeringa y contempló su contenido, incapaz de reprimir una sonrisa que mostraba sus dientes agrietados. Tensó el brazo izquierdo para ayudarse a encontrar las venas, y con la mayor precisión que pudo, procedió a inyectarse.

Sus pupilas se dilataron casi de inmediato, los latidos de su corazón aumentaron el ritmo, y una sensación de euforia se apoderó de él. No deseaba que aquel efecto se fuera jamás. No deseaba regresar a la horripilante realidad que lo rodeaba.

Caminó, casi corriendo, hasta la sala y posó desnudo frente al vidrio resquebrajado de su espejo. Se observó a sí mismo, tan admirado por su propia belleza que el pulso se le aceleró aún más. Allí no veía aquella piel pálida cubierta de llagas y piquetes, tampoco las crecientes ojeras que adornaban su rostro, su extrema delgadez ni su dentadura incompleta. Por el contrario, lucía mejor que nunca. Radiante, enérgico, lleno de vida.

De repente, una silueta femenina se dibujó en su campo de visión y le fue imposible no reconocerla, al mismo tiempo que ira y culpa reemplazaban la felicidad que hacía unos instantes lo desbordaba.

—¿Por qué te haces esto, mi niño? —susurró la dulce voz de su madre—. Ya casi no queda nada de ti.

—Déjame en paz, sé que no eres real —contestó el hombre, apartando la mirada.

—Lo soy, mírame —la escuchó posicionarse a sus espaldas—. Estoy aquí contigo.

—No, moriste hace semanas, y cuando cuente tres te habrás ido —gruñó él—. Uno, dos, tres —volvió a ver el cristal y comprobó que, en efecto, estaba solo; aunque ahora su reflejo enseñaba la imagen demacrada que Vedran se negaba a aceptar.

Furioso, abandonó la estancia y regresó a la cocina, consciente de que necesitaría otra inyección para recuperar la sensación de euforia que acababa de desvanecerse. No sabía cuántas se había administrado ni cuántos días llevaba despierto, y si de algo estaba seguro, era de que no iba a averiguarlo.

Apoyó los codos sobre la mesa, espantando a las cucarachas que la recorrían, rellenó la jeringa nuevamente y se preparó para repetir el ritual. Sin embargo, el eco de varios pasos en el pasillo de afuera lo sacó del trance, y temiendo que en esta ocasión sí se tratara de algo real, soltó la aguja y se escondió debajo del mueble.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —preguntó alguien. Primero golpeó la puerta, luego trató de girar el pomo, pero este se encontraba cerrado por dentro—. ¿Hola?

—Déjalo, Jakov, es hora de reagruparnos e ir de vuelta al refugio —contestó su compañero.

—Espera, estoy seguro de que escuché algo dentro de ese lugar.

—Recuerda lo que dijo el capitán: no ingresar a ningún área sin antes cerciorarnos de que no hay riesgo de derrumbe. Si tiramos la puerta, el techo puede colapsar sobre nosotros y el edificio se vendrá abajo. Todo por un pobre diablo que posiblemente murió encerrado en su propia casa.

—Tienes razón, quizá lo imaginé —dicho esto, los pasos se alejaron gradualmente en dirección a las escaleras.

Al cabo de unos cuantos minutos, Vedran salió de su escondite mientras que sudor frío le bajaba por el cuerpo y un picor insoportable atacaba sus antebrazos. Seguía sin comprender cómo aquellos insectos habían llegado a meterse bajo su piel, y lo único que podía hacer al respecto era rascarse con las uñas, en un intento desesperado por aliviarse. Le daba exactamente igual que las llagas nunca cicatrizaran y que terminara por arrancarse las costras, cualquier cosa era mejor que soportar a esos malditos bichos.

Fue entonces cuando su estómago, que no recordaba haber oído en un buen tiempo, rugió exigiendo comida; a lo que el hombre escrutó los alrededores con la mirada en busca de algo que pudiera silenciarlo.

Sus ojos se posaron en una manzana carcomida en la superficie por cucarachas, y sin ninguna otra opción a la vista, fue por ella. La inspeccionó y no vio partes en descomposición, lo que bastaba para que pudiera ser consumida. Le dio el primer mordisco, y en seguida, escuchó un crujido proveniente de su boca.

Escupió el bocado en la palma de su mano y frunció el ceño al hallar un fragmento de su muela entre lo poco que había alcanzado a masticar.

Jebati —maldijo el hombre, lanzando la fruta contra el piso. Ya no le importaba si tenía o no hambre, eso acababa de pasar a un plano secundario. Buscó la aguja con la mirada sin recordar dónde la había dejado, y en ese instante, un estruendo llegó a sus oídos. Definitivamente venía del exterior, y a pesar de que poco o nada le importaba lo que sucediera más allá de esas cuatro paredes, la intensidad había sido tal que no pudo ignorarlo.

Abandonó momentáneamente la búsqueda y se dirigió hacia la ventana de la sala. Corrió la cortina con cuidado y se asomó entre los tablones de madera que la bloqueaban, de manera que nadie pudiera verlo desde afuera.

Le echó un vistazo a los alrededores, procurando el origen del ruido, y no tardó en dar con él. Uno de los edificios que se erigía frente al suyo acababa de desplomarse, y varios sujetos vestidos de camuflaje y portando máscaras de oxígeno huían en dirección contraria, temiendo que las contrucciones vecinas fueran las siguientes.

Aquel panorama caótico era lo único de lo que Vedran podía tener certeza que no era una alucinación. Los escombros, las nubes de ceniza que cubrían el cielo eternamente grisáceo, la vegetación marchita, un aire casi irrespirable y un silencio absoluto eran lo que quedaba de la ciudad que lo vio crecer. Desde que impactó la primera bomba, los grupos militares se dedicaban a patrullar la zona para encontrar sobrevivientes, aunque eso sucedía cada vez con menos frecuencia.

Con un nudo en la garganta, el hombre cerró la cortina y se dio media vuelta. Sabía que si salía de su apartamento y lograba alcanzar al equipo de rescate, lo llevarían consigo a un lugar seguro, pero eso era irrelevante para él. Él no quería estar a salvo de los horrores si eso significaba aceptarlos como su realidad. Prefería mantenerse tras la muralla de cristal, donde solo estaba a una inyección de ser feliz.