Ciclos Arcanos - En los Templos del Caos

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Summary

Ari quiere ser inventor en un mundo en donde los inventos no están permitidos, Sotus quiere que sea guerrero, pero la guerra hace 100 años que terminó. Los dos se embarcarán en un viaje psicológico por toda la tierra de Geraia, para salvar a la humanidad del Caos. Pero, es posible, que el remedio, sea peor que la enfermedad.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Adagio Inicial

Kentria - Año 14 A.N.E.

Cada tarde el niño recorría los linderos de la aldea hasta llegar a una colina. En la cima, se sentaba a observar a los buitres dando vueltas en círculos por toda la extensión de un bosque que parecía no tener fin. Su mirada se perdía entre el follaje que danzaba junto a ellos con el adagio del viento, al tiempo, que se llenaba de fantasías en las que encontraba, debajo de aquellas aves carroñeras, tendido en el suelo y con la boca abierta, a su padre.

—Nos encontramos de nuevo —dijo Aldred en voz alta mientras el niño bajaba por la ladera de la colina.

—Señor Aldred. No lo esperaba volver a ver tan pronto.—Parece que el bosque se pudre — El niño no comprendió a lo que se refería hasta que el viajero apuntó con el dedo al cielo—. Buitres. Desde que llegué al borde sur no he parado de verlos. Parecen moscas revoloteando alrededor de algo podrido. Cuando vuelan de esa forma, es porque debajo de ellos hay algo muerto, ¿lo sabías?

—Sí lo sabía —respondió el niño con voz sombría—. Cada vez parece haber más.

Aldred, a quien por todo el borde sur llamaban “El mercader”, pasaba unas dos o tres veces al año por el pequeño pueblo de casas de madera de abeto y pintorescos tejados de pizarra, esparcidas sobre colinas llenas de caminos serpenteantes. El pueblo era tan pequeño que cruzarlo a galope le tomaba poco más de un minuto, sin embargo, se quedaba a descansar por algunos días antes de continuar con su largo viaje hacia las tierras del borde norte. Los años le enseñaron a no preocuparse demasiado por las cosas y disfrutar de la compañía de la gente. Había entablado amistad con el panadero, el herrero y la dueña de la posada de la colina. Pero le guardaba especial afecto al hijo de la curandera y el leñador. Tal vez, porque en sus ojos, veía reflejada una historia igual a la suya y a la de tantos otros niños en ese mundo.

—Hay muchas criaturas muriendo en el bosque y nadie sabe por qué. —continuó Aldred

—¿Desde hace más de dos años, verdad?

—Así es.

—Me siento triste por los animales. Me gustaría entrar y averiguar lo que sucede.

—¡Ni de broma! Es muy peligroso, hasta para los cazadores más experimentados. Serías carroña en un santiamén.

—Lo sé, pero aún así.

—¡Ni hablar, te lo prohibo!

—¡Usted no es mi padre para prohibirme nada!

—Gracias a los dioses que no lo soy. Hace un año tres niños y una niña de las aldeas del borde norte se perdieron dentro. Yo conocía a la madre de una de las criaturas. Fue en busca de su hijo sin pensarlo dos veces para solo encontrar una horrible muerte. ¿Crees que tu madre se quedaría de brazos cruzados si te llegaras a perder? Sé más considerado niño.

El viento era pesado, se abalanzaba desde un cielo colmado de nubes de tormenta para derramarse sobre la copa de los árboles y las colinas con fuerza. El niño apartó la mirada. Había algo en los ojos de Aldred que le inquietaba.

—¿Por qué ha regresado tan pronto? —el niño sintió que la indiscreción de la pregunta era mejor que otro segundo más de silencio—. Hace menos de tres meses que estuvo aquí.

—Tengo grandes amigos en este pueblo, ¿acaso no puedo visitarlos más seguido? —Aldred tiró de las riendas de su caballo y avanzó por el sendero a peso lento—¿Vino a ver a la hija de la posadera, cierto?—¡Me atrapaste! Ahora, si me disculpas, iré a saludar a la gente de la posada y beber una buena jarra de cerveza negra. Nos vemos luego, niño —terminó Aldred, para luego desaparecer al doblar por la ladera. La posada no quedaba lejos, desde donde se encontraba, Aldred alcanzaba a verla, era una construcción de piedra negra con una torre adosada de grandes ventanales, construida sobre la colina más alta del pueblo. Al llegar, hizo llamar de inmediato a la posadera, quien, a los pocos segundos, entró con una bandeja llena de jarras de cerveza vacía, que traía desde la construcción de los nuevos cuartos que se llevaba a cabo en la parte trasera.

—¡Por los dioses! Nuestro mejor cliente nos visita por segunda vez en menos de dos meses. —dijo la señora Tud con sonrisa burlona, mientras se acercaba a la mesa donde se encontraba Aldred—. La última vez te dije que no queríamos volver a verte, seguimos muy enojadas contigo. —gruñó en voz baja.

—Trae dos jarras de cerveza. Supongo que luego de nuestra conversación querrás beber un poco —dijo Aldred. La señora nunca lo había visto tan serio. Así que llamó a una de sus empleadas para que le trajeran cerveza y se sentó a la mesa, frente a él.

—Traigo noticias del sur

—¿Tiene algo que ver con el bosque?

—No se trata de eso.

—Hace meses que en estas tierras no hay carne fresca. Las aldeas cercanas han optado por arrebatarle las presas a coyotes y buitres a sabiendas que están malditas. Como resultado, la cacería se ha extendido cada vez más al norte y dicen que dentro de poco ni siquiera allá habrá algo para comer. A ver, señor mercader. Que noticia podría ser peor que lo que está pasando con ese maldito Bosque.

—La guerra está por comenzar.