Capítulo 1
Oscuridad, frío, miedo, soledad… Son algunas de las palabras que se repiten por mi cabeza a diario. No hace mucho o tal vez sí, no lo recuerdo bien, el tiempo
que he permanecido atrapado aquí; entre cuatro paredes grandes y oscuras que día a día se roban mi respiración como si quisieran engullirme o terminar con mi vida.
No tengo intenciones de seguir luchando contra la fuerza inhumana que me mantiene atado, tampoco es como si en el pasado lo hubiera intentado realmente, sé que en la actualidad solo existo, esperando hasta el día que mi vida termine con mi sufrimiento o que la oscuridad me consuma hasta el grado de que me olvide más a mí mismo, como una memoria antigua que divaga en el sendero de los sueños. La única cosa que me ha mantenido a flote es la escritura.
Día con día suelo tomar una vieja libreta que permanece al lado mío y sacar la pluma que se encuentra dentro para escribir mis pensamientos, como si esta, de una forma u otra lograra extraer mis penas para vaciarme y seguir sobreviviendo sin desbordarme, pero últimamente este método ha dejado de funcionar y tal vez se deba a que no me queda mucho tiempo.
Hace unos días una pizca dentro de mi alma mandó una carta a un remitente aleatorio, no esperó respuesta alguna, sin embargo, si alguien respondiera ¿Sería capaz de continuar? Esa pregunta revoloteo por mi mente por horas o tal vez días no lo sé, el tiempo pasa de forma diferente aquí. Una noche fría y oscura, un fugaz destello me deslumbró.
-- Hola, soy Lucía. Leí tu carta. – No esperaba que alguien se diera el tiempo de leer mis lamentos y mucho menos que alguien regresara la carta a un completo desconocido, aun así, seguí leyendo. 1 Me parece fascinante la forma en la que redactas y ves la vida, aunque sigo creyendo que es algo desesperanzador, sin embargo, me intrigas, así que seguiré respondiendo tus cartas en busca de un nuevo amigo. Por el momento y en espera de que me respondas solo diré, mucho gusto Alan, anhelo por conocerte. Con cariño, tu nueva conocida, Lucía.
Fue completamente increíble que alguien me respondiera, jamás habría imaginado que una persona le siguiera el juego a un pobre diablo como lo era yo, más las palabras “amiga” y “conocida” me resultaban ajenas, sin embargo, era mi turno de responder.
Hola Lucía. Tu respuesta fue una grata sorpresa, no me la esperaba. ¿Qué te puedo decir sobre mí? Nací hace 18 míseros años, mi familia me considera “raro”, decidí apartarme de ellos un tiempo y ahora no se bien hacia donde ir. ¿Qué hay de ti? Alan.
Hace mucho que no le contaba a alguien absolutamente nada de mi familia, pero estaba bien, Lucía era una completa desconocida, solo era cuestión de tiempo para dejar de hablar. Tal vez era el morbo de platicar con alguien nuevo, cuando este pasara y se diera cuenta que no valgo la pena me deje a la deriva. Pasaron unos días sin respuesta y pensé que tal vez mi carta le habría aburrido, sin embargo, nuevamente un destello deslumbrante iluminó la habitación y dejó caer la carta de Lucía.
Lamento haber tardado tanto, estuve ocupada con mi familia y escuela. Leí tu carta, siento mucho que no veas a tu familia, pero ¿raro?, oye, ¿sabes que significa raro? “poco común o frecuente” para mi punto de vista es un halago así que no te desanimes y porta tu rareza con orgullo. Con cariño, tu nueva amiga, Lucía.
Poco común… Nunca lo había visto de esa forma y era bueno cambiar perspectiva de vez en cuando. Las palabras de Lucía divagaron por mi mente una y otra vez, en una de ellas sonreí al notar que por primera vez me sentía un poco incluido. Las cartas con Lucía siguieron, cada día tenía algo nuevo que contarme.
Lucía era una de esas personas que contaban todo, cada pequeño detalle de su día venía explicado tanto que sentía como si estuviera viviendo con ella esos momentos, por si sola brillaba muchísimo tanto que cada vez con la llegada de sus cartas mi oscura habitación se iluminaba, llenándola no solo de luz sino de cierta calidez que embriagaba mi alma y me hacía sentir un poco más cercano a ella. Pasó un año y no hubo un día en el que no habláramos, empecé a acostumbrarme a su luz y calidez, sus cartas, su presencia impregnada en ellas me hicieron ridículamente feliz.
Hoy por hoy podría describir a Lucía como una persona mágica, una persona que llego sin previo aviso y de la nada se ganó mi entera confianza. Llegó un día para empezar a hablarme sobre todo y nada, de sus alegrías, heridas, experiencias y penas, ahora me veo desconcertado al no poder recordar cómo era mi vida antes de su llegada, solo sé que mi existencia se siente más liviana y que la oscura habitación que tanto me abrumaba comenzó a tener color, comenzó a ser cada vez más cálida y mi vida empezó a recobrar el sentido. Todo marchaba a la perfección, pero un día sin previo aviso Lucía dejó de responder mis cartas. Escribí como loco día con día esperando, anhelando una respuesta, pero esta nunca llegó. Los meses siguientes fueron difíciles, pero inusualmente la habitación no se oscureció, tampoco desapareció la calidez y pese a que estaba triste un brillo extraño se pegó a mí de por vida, era como si Lucía hubiera dejado su brillo por toda la habitación, tan impregnado que ni el más poderoso disolvente podría quitarlo. Los días se hicieron semanas, las semanas, meses y los meses años, nunca volví a saber de Lucía, pero su recuerdo se quedó tatuado en mi memoria. Finalmente crecí, abandoné la habitación y le di una nueva oportunidad a la vida con un pequeño deseo; encontrarla.
Conforme avanzaba la vida conocí a muchísimas personas, hice amigos, me enamoré y rompieron mi corazón, viví cada experiencia como si fuera la última.
Un día hace ya un par de años fui a la dirección a la cual mandaba las cartas, pero nada, ella ya no vivía ahí, me empecé a cuestionar cómo era posible que una persona a la que nunca conocí físicamente había penetrado tanto en mi vida. Busqué por todas partes darle una explicación, almas gemelas, dijeron algunos, no lo entiendo, solo sé, que lo que sentí y lo que siento por Lucía jamás desapareció.
Han pasado diez años, ya no he vuelto a buscar a Lucía, entendí que lo que me dio fue el regalo perfecto y no debía desperdiciarlo, ella fue un arcoíris de colores vibrantes que había llegado a mi vida para hacerla mucho mejor y no se trata de si yo hubiera logrado llegar a este punto sin ella sino del impulso que me dio.
Por mi trabajo he de viajar a distintas ciudades y hoy me encuentro en una de ellas a la espera de una joven con la que debo platicar para firmar un trato. No pasó mucho tiempo hasta que llegó la chica; una mujer alta, morena, de cabello largo y ondulado, con una pequeña abertura en los dientes centrales superiores.
- Hola, mucho gusto, mi nombre es Camila – Estreche la mano de Camila y comenzamos a charlar sobre el trabajo y el trato que debíamos de aclarar, al terminar, divagamos un poco en algunas cosas banales y algunas otras más personales de la vida y me resulto extraño sentir la misma energía que me trasmitía Lucía.
- Esto te va a sonar un poco loco, pero ¿alguna vez intercambiaste cartas con un desconocido? – Mi pregunta era más que estúpida, no se llamaban igual, pero por un minuto dude de si Lucía me había dado su nombre real, pero de no hacerlo tal vez era ella.
- No, eso nunca fue lo mío, pero mi hermana menor lo hacía, le gustaba conocer gente nueva y platicar –
- Eso suena interesante, ¿ya no lo hace? – mis manos comenzaban a transpirar, mi respiración sentía que se precipitaba y mi corazón latía tan rápido que creía que se saldría, pero tal vez la había encontrado.
- No, ya no puede hacerlo. Lamentablemente mi hermana menor, Lucía murió en un accidente automovilístico hace ya trece años.
Algo dentro de mí se quebró al escucharla pronunciar su nombre y muerte en la misma oración, el nudo en mi garganta se expandía y sentía que estaba por sofocarme, no podía creer que se había ido y que nunca tuve la oportunidad de decirle que la amaba, de contarle todo lo que había revolucionado en mí. Camila al mirarme tan decaído me pregunto qué sucedía, le expliqué a detalle lo que había pasado y lo que viví con su hermana. Me tomo en brazos y me dijo que Lucía llego a contarle de mí solo que jamás pudo darme las malas noticias y que sinceramente nunca imagino que tan profunda o real era nuestra relación. Me entrego la dirección del lugar donde se encontraban sus restos y posterior a eso me retiré agradeciendo a Camila por su amabilidad.
El camino hacia el panteón donde se encontraban sus restos fue largo y el silencio era sofocante, pero debía llegar. Hola Lucía, sé que esto no es una carta, pero me gustaría pasar a papel las siguientes líneas.
Querida Lucía, te he buscado por años y odio no poder decirte todo esto de frente. Me he enterado de que te has ido lejos, pero muy lejos a un lugar al que me temo no podré alcanzarte pronto. Desde el último día que hablamos tu presencia sigue intacta en mi memoria, tu forma de ver la vida, tu brillo, calidez y tus ganas de seguir adelante han sido parte de mí, nunca podré igualar tu energía, pero al menos lo intento. Debo decir que abandoné la habitación, cambié la soledad y el frío por la calidez y el amor y es la mejor lección que me dejaste.
Amargas y enormes lagrimas surcaban mi rostro, no podía seguir hablando, pero era mi deber seguir, Lucía merecía saber todo lo que mi boca había callado por años.
Debo confesar que la vida sin ti fue algo dura al inicio, pero poco a poco comenzó a tomar tonalidades distintas que me encantaron, también debo aceptar que me enamoré de ti tanto que llegué a imaginar en los días en los que no estuviste como sería el momento cuando al fin pudiera tomarte en un fuerte abrazo, cuando al fin pudiera sentir la calidez de tu mano y cuando al fin mi boca pudiera decir lo que mi mano al escribir calló.
Tomé un respiro profundo antes de proseguir, no podía parar de llorar, así no se supone que debía ser, yo era quien esperaba a la muerte y paradójicamente paso por ella primero.
Lo único que puedo decir es gracias, gracias por enseñarme todo lo que sabías, gracias por salvar mi vida y sacarme de ese agujero y te prometo que no fue en esta vida, pero en la próxima si es que se puede te buscaré… Con cariño, tu amigo, Alan.








