Capítulo I. Virus
Meses antes del apocalipsis
Fecha: 10 de Marzo de 2427
Lugar: Sector 1-A, Distrito: 1-A01
Laboratorio General de Ciencias: LGC.
Lugar donde los mejores científicos del continente se reúnen con prisa en el piso 4.
Lugar donde se lleva a cabo el experimento "Cc-95" cura contra el cáncer... intento número 95.
¿Irónico no? Noventa y cuatro fracasos.
Noventa y cuatro maneras de recordarle a la humanidad que la naturaleza nunca pudo ser controlada...
Tantos intentos... y aun así no se detienen. Como si la insistencia pudiera doblar lo imposible.
Las incubadoras han fallado. No pueden crear más fetos artificiales. El cáncer lo contaminó todo... demasiado tarde para corregirlo.
Y, sin embargo, no hay espacio para el duelo.
Porque la han encontrado.
Y esta vez no es una teoría más.
Es una fórmula.
La alarma de la computadora comenzó a sonar antes de que nadie pudiera procesarlo.
Rebotaba por los altavoces del piso cuatro, insistente, casi agresiva, como si el edificio entero hubiera entrado en alerta.
-Es la señal -dijo alguien.
Y entonces todos corrieron.
El científico novato, en su segunda semana, fué el primero en llegar a la consola del laboratorio de pruebas digitales.
Sus manos dudaron apenas un segundo antes de deslizar el dedo sobre la interfaz holográfica. Todo brillaba demasiado, limpio, perfecto... demasiado perfecto para algo que supuestamente iba a cambiarlo todo.
"97% de probabilidad de éxito."
Se quedó mirando el número.
Noventa y siete. Solo un tres por ciento de margen de error.
Debería haber sido suficiente para tranquilizarlo. Y lo hizo... Por un instante... Sintió algo parecido a alivio.
Y ahí fue donde el sistema ya había ganado.
En la esquina superior de la pantalla apareció una advertencia. No la leyó con atención.
La deslizó a un lado como si estorbara.
"Recargar núcleo de batería", alcanzó a interpretar.
O eso creyó.
Desde hacía semanas no se habían recargado los núcleos con energía solar, pero en ese momento no pareció importante.
No lo era... todavía.
Error número uno.
El novato confirmó la aprobación con un clic.
El sistema ya mostraba el resultado final del algoritmo. Según él, no hacían falta más pruebas. La fórmula había tenido éxito.
¿Para qué esperar más?
Error número dos.
En cuestión de segundos, el resto de los científicos -junto con el encargado del laboratorio- entraron al área.
La interfaz holográfica se expandió hasta llenar el salón entero, iluminando los rostros con una luz fría.
Y entonces lo vieron.
"97% de probabilidad de éxito."
Un grito de júbilo rompió el silencio. Al revisar la pantalla y confirmar que no había ninguna advertencia activa, la conclusión fue inmediata: estaba aprobado.
Sin más revisiones. Sin más dudas.
Salieron hacia el laboratorio principal. Ahí pondrían en marcha la fórmula.
Un virus...
Supuestamente diseñado para atacar directamente las células dañinas del cáncer.
Dentro de él se habían incorporado células madre encargadas de reparar el tejido afectado, así como glóbulos blancos modificados que reemplazarían a los ya dañados en el cuerpo.
Incluso había un mecanismo de defensa: estas células actuarían como escudo para evitar que el virus fuera destruido por las células malignas... o rechazado por el sistema inmunológico.
En teoría, el cuerpo no tendría forma de resistirse.
En teoría.
No hacía más de cincuenta años que mujeres, donceles y niños habían comenzado a contraer cáncer a una velocidad alarmante.
Los estudios apuntaban a lo mismo una y otra vez: radiación residual de la última guerra. Aunque aquella había terminado hacía cuatro siglos, sus efectos parecían no haberlo hecho. O peor aún... apenas estaban comenzando.
En contraste, los hombres no presentaban el mismo nivel de afectación. Nadie sabía por qué. Pero el problema real no era ese.
Las mujeres y los donceles eran quienes traían la vida al mundo. La descendencia dependía de ellos. Y los niños... eran el futuro que ya empezaba a desaparecer.
No quedaba mucho margen.
Y cuando no queda margen, la humanidad deja de preguntarse si es correcto. Solo intenta sobrevivir.
Por eso habían llegado a su último recurso.
Un virus.
Error número tres.
Con el paso de los días, obtuvieron el permiso del encargado del laboratorio junto con el gobierno del sector 1-A.
En cuanto lo tuvieron, los científicos se dividieron en grupos y salieron hacia distintos hospitales en busca de voluntarios.
No había tiempo para más filtros.
Cuando finalmente se reunieron de nuevo, solo contaban con cinco pacientes... y sus familias, que no aceptaban separarse de ellos.
Se presentó un contrato.
Frío. Directo. Sin espacio para interpretación.
Cualquier error... liberaba a la empresa de toda responsabilidad.
Todos firmaron. Todos, excepto los padres del paciente cinco.
Un niño de nueve años.
Ellos no firmaron.
No aún.
Su condición fue simple: aceptarían solo cuando vieran pruebas de que la "cura" realmente funcionaba.
Después de dejar a los cinco pacientes en sus respectivas habitaciones, los científicos regresaron con la fórmula.
La llevaban dentro de una jeringa.
Nada más.
La primera en recibirla fue una mujer de aproximadamente treinta y cuatro años.
Tenía un nudo en la garganta cuando asintió.
Nadie dijo nada.
La inyección entró directo a una vena del brazo derecho. Se evitó cualquier otro procedimiento: no podía mezclarse con el suero, no podía haber margen de error.
No esta vez.
Después vino la espera.
Treinta minutos de observación.
Treinta minutos en los que nadie se atrevió a hablar demasiado fuerte.
Los signos vitales se mantuvieron estables.
Ninguna reacción adversa. El cuerpo... parecía aceptar al intruso.
Y entonces hicieron algo que nadie se atrevía a nombrar en voz alta: retiraron el tratamiento anterior contra el cáncer.
Solo quedaba esperar.
Al día siguiente, la mujer seguía estable.
Y estaba mejor.
No era una ilusión. Su estado físico había mejorado lo suficiente como para que los científicos intercambiaran miradas rápidas, conteniendo algo entre alivio y miedo.
Sin celebrar todavía.
Fueron por los otros tres pacientes. Dos donceles y una mujer más.
El mismo procedimiento.
Treinta minutos.
Signos estables. Otra vez.
Y entonces llegó el turno del único niño del edificio.
El silencio en el pasillo fue distinto.
Más pesado.
Los científicos explicaron lo mismo que antes a los padres: no había efectos negativos en los otros pacientes. En el peor de los casos, el cuerpo simplemente rechazaría la "vacuna" y regresarían al tratamiento anterior.
Palabras seguras. Palabras aprendidas.
Los revisaron una vez más. Signos estables.
Luego se retiraron.
Los padres tardaron minutos en decidir.
No fue una decisión rápida. No fue limpia.
Fue una derrota lenta. Finalmente accedieron.
Horas después, el niño fue inyectado.
Cuando los científicos regresaron a la habitación del primer paciente, los signos seguían mejorando.
El pulso era más fuerte.
El ritmo cardíaco... estable.
Demasiado estable para algo que todavía debería estar luchando.
Lo llevaron a resonancia magnética.
Y ahí lo vieron.
En las pantallas holográficas, el tumor había disminuido de forma considerable.
El laboratorio se quedó en silencio.
Por un segundo.
Luego otro.
Y entonces alguien lo dijo, casi sin voz:
Lo habían logrado.
Lo habían... malditamente logrado.
Fecha: 31 de Marzo de 2427
Después de cuatro días, los pacientes estaban libres de células cancerígenas.
No había rastros del tumor.
Ni secuelas visibles.
En papel, era un éxito absoluto.
Pero nadie se sentía en paz.
El científico con más experiencia volvió al laboratorio de pruebas digital.
Necesitaba verlo otra vez.
Necesitaba confirmar que no era un error.
Reejecutó el algoritmo.
El mismo que habían probado semanas atrás.
El que había dado 97%.
El que ahora... no se comportaba igual.
En la pantalla, el procedimiento comenzó a parpadear.
"Logro."
"Fallo."
"Logro."
"Fallo."
No era estable. No era consistente.
Era... incorrecto.
El pecho del científico se tensó sin que pudiera evitarlo.
Una hora completa observando variaciones imposibles.
Hasta que todo se detuvo.
Silencio.
Y luego, la caída.
"Fallo en el algoritmo."
"47% de probabilidad de éxito."
El número no tenía sentido.
Había bajado.
Casi a la mitad.
El aire en la sala se sintió más pesado de golpe.
Revisó la fórmula.
Una, dos, tres veces.
Todo estaba igual.
Exactamente igual que antes.
Y aun así... el sistema decía otra cosa.
Su mirada cayó entonces sobre la bandeja de notificaciones.
No quería abrirla.
Pero lo hizo.
La sangre se le fue del cuerpo.
El mensaje no era reciente.
Era antiguo.
Demasiado antiguo.
REGISTRO DE SEGURIDAD BIOLÓGICA - NIVEL 5
FECHA: 10 / MAR / 427
ESTADO DEL PROYECTO: 99.7% DE PROBABILIDAD DE ÉXITO
ADVERTENCIA CRÍTICA ⚠
ANOMALÍA DETECTADA EN SECUENCIA GENÉTICA DE LA FÓRMULA
CLASIFICACIÓN: VIRUS AUTÓNOMO NO CONTENIDO
COMPORTAMIENTO POST-OBJETIVO: INDETERMINADO
RIESGO ESTIMADO: ALTO
NOTA DEL SISTEMA:
El agente viral podría, tras completar su función inicial, reconfigurar su objetivo biológico hacia nuevos organismos huéspedes.
Posible progresión: desintegración celular total y/o control del tejido vivo.
PROBABILIDAD DE FALLA SISTÉMICA DEL ORGANISMO: 70%
El científico dio un paso atrás.
Luego otro.
La silla chocó contra algo al caer, pero el sonido llegó tarde, como si su cerebro ya no lo registrara correctamente.
Salió del laboratorio sin cerrar la puerta.
Corriendo.
Sin aire.
Sin pensar.
Solo con una idea martillándole la cabeza: Esto no era una cura.
Era algo que nunca dejó de crecer.
Alguien tenía que saberlo.
Alguien tenía que detenerlo.
Porque un error... uno solo... ya no era un fallo técnico.
Era una sentencia.
Y aún no habían visto lo peor.
...
El novato caminaba por el pasillo del laboratorio de pruebas digital.
Tenía hambre.
La máquina dispensadora al fondo parecía una idea razonable en ese momento.
Un sándwich rápido.
Nada más.
Pero se detuvo.
La puerta del laboratorio estaba abierta.
Demasiado abierta.
Asomó la cabeza.
Silencio.
Entró.
La pantalla holográfica seguía activa.
El porcentaje... estaba mal.
Demasiado bajo.
Su respiración cambió sin que lo notara.
Vio la computadora.
Las notificaciones seguían abiertas.
Una de ellas estaba resaltada.
Fecha antigua.
Su estómago se hundió.
El error no era reciente.
Era suyo.
El pánico le subió por el cuerpo como fiebre.
¿Cómo reacciona un virus cuando ya no tiene a quién atacar?
No esperó respuesta.
Salió del laboratorio.
Corriendo.
En el laboratorio principal de experimentación, tomó una jeringa.
Luego otra. Sin dudar.
Extrajo una muestra de su propia sangre. La colocó en un cristal.
Después tomó una dosis de la fórmula.
Solo una gota. Una sola. La mezcló.
Colocó otro cristal encima.
Ajustó el microscopio. Acercó el ojo. Y miró.
El novato observaba la muestra a través del microscopio.
Todo parecía estable... por un instante. Demasiado estable.
El cristal mostraba cómo la fórmula interactuaba con su sangre de una forma que no debería ser posible. Era como si algo dentro de ella estuviera reorganizándose, adaptándose, aprendiendo.
Entonces un sonido lo sobresaltó.
No alcanzó a identificarlo.
Solo reaccionó.
Se movió de golpe.
Y el cristal se rompió contra su mano.
El corte fue pequeño pero inmediato.
Al principio no sintió nada.
Solo el alivio tonto de que no había sido grave.
Esa tranquilidad duró poco. Muy poco.
El ardor llegó primero, leve, casi ignorado.
Luego el dolor se extendió como una línea de fuego bajo la piel.
Y después... la sangre cambió.
No solo en color. En textura. En comportamiento.
Las venas comenzaron a oscurecerse, como si algo dentro de su cuerpo las estuviera apagando una por una.
El novato se llevó la mano al brazo, respirando más rápido.
El miedo llegó antes que la comprensión.
Intentó moverse hacia la mesa, buscar algo, cualquier cosa que pudiera ayudarlo... pero su cuerpo empezó a fallar.
Las piernas le temblaron, el equilibrio se perdió y cayó de rodillas.
El dolor no bajaba, solo crecía.
Como si algo lo estuviera reconstruyendo desde adentro mientras lo destruía al mismo tiempo.
Quiso gritar, pero la voz ya no salía igual.
Y aun así, su mente seguía consciente, viendo todo, sintiendo todo, sin poder detener nada.
En otro punto del laboratorio, el caos ya había comenzado.
El científico experimentado apenas logró reaccionar cuando la criatura se le lanzó encima.
No fue una emboscada perfecta, fué desesperada, descontrolada.
La mordida fue brutal, arrancando carne del brazo con una fuerza imposible de ignorar.
El grito del hombre llenó el pasillo. El encargado lo vio todo.
Y entendió en ese mismo instante que ya no había control posible.
Corrió.
Intentó activar los cierres del laboratorio. Intentó bloquear accesos.
Pero los sistemas no respondían como deberían.
O respondían tarde... Demasiado tarde.
Las puertas fallaban.
El edificio ya no estaba bajo su mando.
...
En la habitación del niño, el ambiente era distinto. Más silencioso, más pesado.
Al principio, solo fueron pequeños espasmos. Luego el cuerpo empezó a reaccionar con violencia como si algo dentro de él intentara romperlo desde adentro.
-¡Sujétalo! -gritó la madre, con la voz quebrada.
El niño se retorcía entre sus brazos.
Sus movimientos eran caóticos, doloroso, incontrolables.
Sus sonidos ya no eran claros, a veces parecía un llanto, a veces un grito.
A veces algo que no pertenecía a nada humano.
-¡Aguanta, por favor! -decía la madre, llorando mientras lo sostenía con fuerza.
El padre intentaba ayudar, pero no sabía cómo.
La enfermera gritaba pidiendo apoyo.
Nadie llegaba a tiempo.
El cuerpo del niño finalmente se detuvo.
Un segundo de silencio.
Solo uno.
Y después volvió a moverse.
Pero ya no era él.
Sus ojos se abrieron. Vacíos.
Y el sonido que salió de su garganta no fue del todo un gruñido.
Era una mezcla rota.
Dolor... Llanto.
Algo pidiendo ayuda sin poder expresarlo.
La madre lo llamó por su nombre una y otra vez.
Pero el niño ya no respondía.
Solo se retorcía, como si su propio cuerpo fuera una prisión.
Y cada movimiento le dolía.
Aun así... seguía ahí.
Pronto, la primera mordida fue hecha en la pierna de quien fue su madre. El terror se desató en la pequeña habitación y una doctora se acercó para contener la herida hecha y dos enfermeros para neutralizar al niño.
Pero era tarde.
La madre solo gritaba, una quemazón le recorría las venas.
El niño. Mordió a un enfermero.
Mismos gritos y entonces. La madre tenía una mirada vacía pero sus ojos gritaban control y agonía.
El laboratorio ya no era un lugar de investigación.
Era un error vivo.
Y nadie dentro de él tenía ya forma de detenerlo.
...
Un simple error que le costó la vida a millones...
Lissett.