¡Fuego, Fuego!

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Summary

Un grupo de almas cansadas, ajeno a lo que se avecinaba, se apretujaba dentro de un colectivo que, en apariencia, seguía su ruta con normalidad. Sin embargo, algo estaba terriblemente mal. Santiago, un hombre con una mirada inquieta, comenzó a notar algo extraño en aquel viaje aparentemente rutinario. En un cruce de semáforo, el conductor, con un gesto inexplicable, giró bruscamente, alejándose del camino conocido. El murmullo nervioso se apoderó de los pasajeros mientras el colectivo se adentraba en un territorio desconocido, donde las calles se volvían estrechas y siniestras. La oscuridad fuera del vehículo se tornó aún más espesa, y el terror comenzó a impregnar el aire. Los corazones latían con una intensidad que parecía resonar en el eco del eterno camino al que se dirigían. Sin previo aviso, el colectivo frenó con una violencia que hizo que todos los pasajeros se estremecieran en sus asientos. Atrapados en medio de la nada, los pasajeros se dieron cuenta de que algo sobrenatural, algo mucho más oscuro de lo que jamás habían imaginado, les acechaba en ese lugar inhóspito y misterioso. Sus vidas se habían cruzado con un destino siniestro, y ahora debían desvelar el enigma que se ocultaba en la oscuridad antes de que fuera demasiado tarde.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

“Roto y Mal Parado” Sonaba en mis auriculares durante el trayecto que lleva desde el colegio hasta mi hogar. El rostro del colectivero denotaba fácilmente que tenía tanto odio por su trabajo que sería capaz de matar a su propio jefe. El recorrido iba bien hasta el momento, sin embargo, por alguna razón, cuando llegamos a un semáforo, el colectivero decidió tomar otro camino. Puso el freno de golpe y dobló hacia la derecha, arrastrándonos a mí y los demás pasajeros por un camino no muy conveniente. Antes de doblar, pude ver por la ventana de enfrente que había varios oficiales deteniendo vehículos, algo que me resultó sospechoso, “pero no le di importancia”, como diría el meme.

El vehículo seguía un nuevo trayecto, me quedé atento viendo por la ventana las casas que parecían bastante destrozadas y mal cuidadas. El camino, se hacía eterno, hasta que finalmente algo extraño sucedió.

Normalmente un colectivo no suele frenar a menos que el conductor lo desee, sin embargo, esta vez sí.

El transporte quedó inmóvil en medio de viejas casas que parecían estar abandonadas, el chofer, decidido a investigar que rayos pasaba con su vehículo, separó su trasero del asiento, dio unos pasos e intentó abrir la puerta manualmente con el fin de salir. Lastimosamente, la entrada misma fue quien se rehusó a hacer su trabajo, por suerte.

En todo esto, yo me encontraba al lado de una vieja, ocupando el segundo asiento más cercano a la entrada. La anciana no podía evitar narrar sus típicas historias sobre sus nietos, algo que no me molestaba. Yo estaba junto a la ventana, no me costó mucho batallar por este lugar; de hecho, la anciana cuenta-cuentos me dejó sentarme ahí, la única petición de ella era escuchar todas sus historias. No me resistí y me mostré interesado. Con la ventana a mi favor, no se me dificultaba la vista hacia el exterior.

Por lo que entiendo, estamos en medio de un barrio que no es precisamente seguro. Corren los rumores sobre que aquí es tan sencillo perder la vida como un diente de leche. Tarde o temprano, un día te toca, y tal vez hoy no sea una excepción, no, no lo creo.

Pero ciertamente, nadie está seguro si las muertes son ocasionadas por otras personas. La única certeza es que las personas quienes dejan el mundo aquí, llevan marcado una llama de fuego.

El colectivo está abarrotado de rostros desconocidos, algunos pasajeros habían optado por romper las ventanas para encontrar la libertad, llevamos un par de minutos aquí dentro. Realmente creo que esto es la mejor opción, pero hace un rato el colectivero interrumpió a un hombre que intentó destrozar la ventana con un martillo.

Y así llegó la potente voz del colectivero: “Tranquilos todos...” Anunció con firmeza. Era un hombre de altura considerable, con su camisa azul, unos pantalones un poco gastados y sus resaltantes botas color negro las cuales a la hora de pisar hacían un fuerte ruido. Por supuesto, no podría ser descripto con una figura delgada. Sin embargo, no estamos para apariencias.

El chofer, desplazó su mano guardándola sobre el bolsillo derecho de su pantalón, para luego sacar su celular. “Pediré ayuda” Exclamó con un sutil tono de seriedad y preocupación.

Actualmente me encuentro con la vieja, ella optó por darme un caramelo. “Esto calmara la ansiedad, joven” procedió. “Gracias señora” contesté.

A pesar de los llamados del chofer, nos comentó que no había señal. Pareciera que estábamos envueltos por una catástrofe. No tardamos en intentar romper las ventanas nuevamente, pero tristemente no sirvió.

Estábamos atrapados, nuestra única opción es esperar a que alguien pasara por acá con el fin de ayudarnos desde afuera. Pero no era una posibilidad tan sencilla. Él único colectivo que pasa por aquí es este, difícilmente se podía ver un rostro por este temido barrio.

En el momento en que subí al colectivo eran las cuatro de la tarde, ahora son casi las cinco. Sigo en mi asiento, la vieja se durmió. De vez en cuando suelo interrumpir mi vista hacia el exterior de la ventana para ver a los demás pasajeros, no está de más decir que están todos bastante asustados.

Desde donde estoy, el chofer parece totalmente desconcertado, conoce tan bien este colectivo como si fuera él mismo, o eso parece.

Dejo mi asiento, sin despertar a la anciana, camino esquivando sus piernas que interrumpen el paso. Me dirijo hacia la parte frontal del vehículo y me acerco al chofer.

- ¿Qué está pasando? - pregunté con duda en la mente.

- Bueno, joven, estamos varados en este peligroso barrio, aunque creo que ya lo notaste - contestó el señor mientras miraba por la ventana.

- ¡Chofer! ¡Chofer! - resonó desde el asiento del fondo a la derecha. Giro mi cabeza hacia la voz, una mujer con una cara a punto de largar una fuerte tormenta de lagrimas hace que mi vista se pose en ella.

Sin pensarlo dos veces, me encamino hasta los asientos traseros, mientras voy caminando observo la situación de los demás pasajeros. Algunos intentan llamar a su familia, otros siguen intentando romper o abrir las ventanas, el trayecto desde la entrada hasta el fondo del colectivo realmente parece infinito, y más cuando de vez en cuando posas tu mirada en los demás, que con su más enojado rostro llenando el ambiente, parecen saber bien la situación en la que nos encontramos.

Finalmente, llego hasta la chica que con su rostro casi lloroso, me dice:

- Agua... Por favor, agua... Necesitamos beber algo, siento que voy a desmayarme, por favor. - Me dijo entre tonos de desesperación, la sed es evidente en ese rostro.

Rápidamente, voy hasta mi asiento, esta vez ignorando los tantos rostros anónimos. Una vez llego a este, estiro mi brazo teniendo en cuenta no despertar a la anciana que todavía seguía en su mundo de sueños, su sonrisa denotaba que no estaba teniendo una pesadilla. Tomo mi mochila, donde tengo el agua que normalmente llevo a la escuela y me dirijo nuevamente hacia la joven con el fin de ayudarla.

- Muchas gracias, en verdad se lo agradezco. No tomo algo desde que salí del trabajo y realmente me sentía sedienta. - agradece con una sonrisa que me sube el ánimo.

- Tranquila, todo va a estar bien. Estoy seguro de que alguien vendrá a ayudarnos pronto. - respondo calmando un poco la situación.

La chica me devuelve la botella de agua, parece que no era mentira su situación, la botella está a casi la mitad de lo que la había cargado anteriormente en mi casa.

- ¿Cuál es tu nombre? - Preguntó ella.

- Me llamo Santiago, ¿Usted? - Contesté y pregunté.

- Mi nombre es Lucía, muchas gracias de nuevo, Santiago - Terminó de decirme la mujer.

Miro por la ventana trasera, observando mi reflejo con detenimiento. Llevo mi uniforme escolar, ese verde desgastado por los años, la corbata anudada de manera apresurada, y el cabello, un marrón oscuro que ayuda a resaltar mis amarillos ojos. Sin embargo, eso no es lo que me desconcierta, sino lo que está más allá del cristal. Ahí logro ver algo más que mi propia imagen, hay algo que no tiene que estar ahí.

Un escalofrío recorre mi espalda al verlo por primera vez, mi cuerpo se hela al instante, y una sensación de inquietante terror se apodera de mí. No hay duda: hay alguien afuera. Pero lo que se alza ante mis ojos no tiene precedentes. Un hombre (si es así que se lo puede llamar) con un aspecto extraño emerge de la oscuridad, como si se tratara de un retorcido cosplay de un ciervo, todo en un ominoso negro profundo. Sus astas se alzan en el aire, grotescas y retorcidas, y sus ojos amarillos parecen arder con una malevolencia incomprensible. Viene hacia el colectivo caminando con sus dos piernas. Cada vez más cerca, cerca, cerca, ¡está ahí!, frenó, lo veo. Una lagrima se desliza de mi ojo derecho.

- ¡Señor, ayúdenos! - Grito desde dentro del colectivo, atrayendo varias miradas de quienes me acompañan en este viaje.

- ¿A quién le hablas? - Me dijo el chofer estando detrás de mí mientras toma fuertemente mi hombro.

Su voz hace que aparte la mirada del cristal para responderle y señalar que hay alguien fuera. Sin embargo, cuando vuelvo a ver dónde señalo, solo logro ver mi reflejo y el del chofer, que parece ocupar gran parte de la ventana.