Gatita y lobito III: El merecer

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Yo merezco esto o aquello, seguro que alguna ocasión hemos pensado estas palabras. Merezco una mejor vida; un mejor trabajo; un mejor amor. La gatita y el lobito llegan a esta reflexión. Esta es su historia.

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Complete
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1
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n/a
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16+

Gatita y lobito III: El merecer.

Soplaba el viento muy fuerte, tanto, que logró cambiar la claridad de un hermoso día a una gris tarde de esponjosas nubes celestiales. Los autos y la gente circulaban por la calle. Maldiciéndose entre ellos, ya sea porque alguien se detenía y no avanzaba o porque alguna persona se atravesaba en el camino, no parecía haber mucha diferencia entre el comportamiento de un conductor o el de un peatón.

El caos y la frustración; la desesperación y la ansiedad eran sentimientos que inundaban no solo la ciudad, sino cada espacio de la existencia misma. El lobito lo percibía, tanto, que comenzó a sentir como lo reprimía; como lo ahogaba. La gatita al mirarlo, y conociéndolo muy bien, le preguntó: “¿qué pasa, mi lobito?, dime, ¿qué piensas?” El lobito, al escucharla, le contestó en un tono de reflexión: “gatita linda. Al ver esta ciudad, puedo notar como la rapidez y el tiempo, parecen ser los amos de todos y cada uno de los que la habitan. ¿Será que estamos destinados a servirles por lo que nos resta de vida?“. Ella se quedó contemplándolo.

Ambos se encontraban en lo más alto de una montaña, observando a la ciudad. A lo lejos, parecían dos pájaros a punto de emprender el vuelo. El lobito continuo, “sabes gatita linda, siempre me he preguntado, ¿Esto es lo que merecemos?; ¿vagar por el mundo, deseando, anhelando cosas? ¿Buscar ser los primeros, ser los mejores, ser los más amados, ser los que merecen más? Veo a esa personas en autos o caminando, haciendo lo posible por merecer ser los primeros y cuando no lo logran o no se les da, maldicen, odian y se molestan”.

“Yo merezco esto o aquello, oigo que dicen siempre todas las personas, desde aquí, en lo alto de la montaña”, le dijo el lobito. “Dime, ¿qué piensas tú, gatita linda?“, continuo. La gatita lo miraba con cierta ternura en los ojos. “Yo creo que si nos enfocamos en merecer, mi lobito, no daríamos nada. Y si todos pensamos igual, nadie merecería ni daría nada”, le dijo al lobito mientras le daba un beso.

“En vez de pensar en merecer, todos los días pienso en darte un beso, mi lobito. Pienso en darte un abrazo. Pienso en amarte más todos los días, más, mucho más”, le dijo la gatita, con una sonrisa tierna; muy luminosa.

“¿Y sabes que más pienso?“, continuo. “¿Qué?“, le pregunto el lobito, muy intrigado. “En qué ya debemos irnos, porque esas nubes son de lluvia, y ya me cayó la primera. ¡Así que corre!“, le dijo la gatita, riendo y tomando al lobito de la patita.

Completamente gris, el cielo se había tornado. El caos y la frustración; la desesperación y la ansiedad aumentaban en los conductores; en las calles; en la respiración de cada uno de los habitantes de la ciudad. Sin embargo, a lo lejos, podían verse dos figuras, una de un lobito y una gatita, que corrían, huían y reían, de lo que al parecer sería un tormentón.

Alberto Pascual