─⊱⋅🌙Sukuna R: Experimento de laboratorio. ⚠️⋅⊰─
Llevaba meses yendo a aquel laboratorio, donde cada vez que entraba había una serie de reglamentos y requerimientos que seguir.
Siendo la única hechicera con un poder sorprendente y nuevo para el mundo jujutsu, ser la única que puede controlar maldiciones de alto grado.
Esto incluía a Sukuna Ryomen, el rey de las maldiciones.
Había logrado separar al estudiante Yuji de aquella maldición por medio de mis técnicas malditas, quedándose con el cuerpo casi igual al del estudiante, claro, con sus marcas.
Casi siempre los encargados de él—dirigidos por los altos mandos— hacían algún que otro experimento ligero, intentando saber más de él, más sobre todas sus técnicas.
Al principio, Sukuna se negaba a darles información, por lo que me llamaron para convencerlo.
Conversaba con él la mayoría del tiempo, por lo que con el paso de los días, el contrario preguntaba cosas más de mi vida personal, no me negué y respondía teniendo cuidado a lo que hablaba, a cambio de obtener información interesante, entre ellas mezclaba las preguntas sobre su vida pasada.
Usualmente hablábamos a través de una barrera anti técnicas, yo por fuera y Sukuna dentro de un lugar amplio donde casi vivía, tenía su cama, baño y una mesa con una silla para cuando quisiera comer.
Me regalaba sonrisas así como yo también a él, cada vez teniendo más confianza entre nosotros.
Manteníamos nuestros límites, claro estaba.Aun así, había algo.
Un día, llegué como siempre, llené la hoja donde me registraba y me puse una bata blanca, entré a la sala de reuniones pues me habían llamado urgentemente.
Tomé asiento cuando miré aquellos hombres de igual manera vestidos como yo y algunos con lentes de contacto.
—_______, gracias por venir lo más pronto posible.— dijo uno, colocando la tabla de registros en la mesa.
—¿A qué se debe mi presencia?— pregunté con mi ceño fruncido. Éste aclaró su garganta.
—Hoy, daremos inicio a un nuevo experimento— contestó.
Miré a todos, a cada uno de ellos, estaban serios con sus bocas cerradas. Me sentí incómoda que me removí de mi lugar.
—¿Cuál es? ¿Me podrían mostrar la metodología? ¿En qué consiste?
—Esa información no se te puede ser proporcionada.— negó.
—¿Por qué? Si soy la única que puede controlarlo.— declaré con confusión ante tales palabras absurdas.
—Órdenes de los altos mandos.
Negué rotundamente mientras me levantaba de mi lugar. Coloqué ambas manos en el escritorio, inclinándome ligeramente hacia adelante, dándole una mirada seria.
—No harán nada hasta saber qué sucederá con él.
Otro hombre de cabellos oscuros decidió hablar.
—Señorita ______, lo único que podemos decirle es que han optado por desmembrarlo.
—¿Desmembrarlo? ¿Están dementes? Así mucho menos querrá darles información.— expresé molesta.
—Es donde usted entra, convénzalo o contrólelo si decide hacer algo.— declaró de nuevo el hombre del inicio.
—No.— pronuncié con firmeza. Estaban locos si creían que iba a aceptar semejante cosa. —Va a ser un total caos, será una maldición, pero también tiene secuelas del cuerpo de Yuji, está más que claro le dolerá si lo desmembran. ¡Volverá a sufrir!
—Eso no es de nuestra incumbencia.— intervino otro hombre, entrelazando sus manos, recargando sus codos en la mesa.
—¡Claro que lo es!— exclamé. —Las personas que sufren y mueren, maldicen a las que aún se quedan vivas, convirtiéndose en maldiciones y dependiendo el grado del rencor, furia o energía en la que se lo dicen.—expliqué a cortos rasgos. —Si Sukuna muere en el proceso, lo más probable es que aumente dos veces su fuerza.
—Lo sentimos señorita ______, o nos ayuda en el experimento por las buenas o por las malas, usted decide.— aclaró el mismo hombre.
Si me negaba, lo más seguro es que me dejasen fuera de aquí y ya no volvería a ver a Sukuna. Habíamos estado teniendo una buena comunicación, por lo que si le fallaba, lo más probable es que me maldiga.
Pero si aceptaba, sería casi lo mismo pues me vería apoyar las locuras de los altos mandos.
No tenía otra opción.
Tuve que pensar en segundos, apreté mis labios y ojos a la par, negando.
—Está bien, los ayudaré.— dije, sacando el aire reprimido en mis pulmones.
Asintió y me entregaron la tabla para firmar de que había aceptado ser parte de su experimento. Sin embargo, no contaban en que lostraicionaría.
No iba a dejar que sucediera una masacre, una catástrofe o cualquier cosa que seguramente ni todos los hechiceros reunidos pudiésemos controlar.
Cada vez entendía más a Satoru, esos ancianos están dementes y hace falta quitarlos de aquellos asientos donde les dan todo el poder para mandar.
Salí de la sala, fui a mi área de trabajo para terminar con algunos papeleos, al cabo de unas horas, otro hombre entró a mi oficina jadeando, parecía que estuvo corriendo por los pasillos.
—______, te necesitamos.— dijo. Detuve lo que hacía para verlo extrañada.
—¿Y ahora qué?
—Es Sukuna, quiere verte.
Me levanté de mi lugar y ambos caminamos en dirección a la habitación de Sukuna.
Cuando llegamos, miré a través de la barrera cristalina que golpeaba y tiraba todo a su paso dentro de su habitación, parecía bastante molesto.
No nos podía ver, puesto que dicha barrera no se veía hacia afuera si no lo permitían.
—¿Por qué está furioso?— pregunté.
—Le dieron las indicaciones para el nuevo experimento y no se lo tomó nada bien.— explicó la situación.
—¡Claro que no se lo tomaría bien! ¿Estarías feliz de que te desmembrarían sin anestesia? ¿Vivo?— le pregunté. Él negó, nervioso.
—¿¡Dónde está ______!?— gritó Sukuna al otro lado.
Lanzó la silla a la barrera de cristal, luego golpeó de ella con su puño. No tenía su camiseta de tirantes blanca, solamente su pantalón, por lo que sus marcas en el pecho, espalda, brazos y muñecas se veían, incluyendo las de su rostro.
Mi respiración se agitó un poco al verlo así, nunca lo miré en ese estado. Toqué el botón que haría que ambos nos viésemos.
—Aquí estoy.— mencioné, mostrándome calmada. Sus ojos se abrieron un poco, pero después se entrecerraron.
—Tú...— gruñó. —Maldita perra, confié en ti.
—Sukuna, necesito que te tranquilices.— indiqué, en ese momento no podría decirle mis intenciones si no bajaba sus niveles de furia.
—¿Tranquilizarme?— se rio con ingenuidad. —Aceptaste desmembrarme. ¿Cómo quieres que me tranquilice, idiota?
Negué, llevándome una mano a la frente para ocultar mis ojos ante la vergüenza de la situación.
—Si gustas, puedes retirarte, esto durará mucho tiempo para tranquilizarlo y convencerlo.— me dirigí al hombre que me acompañaba a un lado.
—Sí, esta mujer hablará mucho, ahórrate el aburrimiento y haz algo más interesante, como masturbarte mientras ves a una maldición con cabello largo.— Sukuna escupió con desprecio aquellas palabras.
El hombre hace una mueca y luego, una reverencia.
—Nos vemos más tarde, señorita ______— dijo y se retiró. Bufé y miré a mi alrededor.
—¿Qué? ¿Ahora irás tras él? No es tan apuesto, es medio raro. ¿Quién se masturba...
—Cállate.— articulé sin verlo, interrumpiéndolo.
Aún mantenía mis ojos a los pasillos, no había guardias ni tantas personas merodeando.
—No eres nadie para callarme...
—Sukuna, te sacaré de aquí.
Iba a objetar algo, pero se quedó en silencio, procesando la situación.
—Acepté para poder encontrar una oportunidad de hacerte salir de este lugar, no voy a permitir que te desmembren.— lo miré. El de cabello rosado sonrió.
—¿Y qué tienes pensado, muñeca?— cuestionó.
—Ahora sí soy muñeca, cuando hace un momento no dejabas de insultarme.— fruncí mi ceño de molestia.
—No sabía que ibas a intervenir.— justificó alzando ligeramente sus hombros.
—Puedo abrir la puerta, más no sé cómo podríamos salir de aquí.
—Ábrela.— ordenó con serenidad.
—¿Huh?— alcé una ceja.
—Tú sólo hazlo.
Asentí y volví a mirar alrededor, acercándome poco a poco a la puerta donde tenía un pequeño cuadro con números, sabía el código en caso de alguna emergencia, pero nunca lo usé.
Tecleé rápidamente y el sonido de que abrió además de una pequeña luz verde dio permiso y aceptando que el código era correcto.
Me alejé un poco y Sukuna salió, mirándome con una pequeña sonrisa.
Era la primera vez que nos veíamos sin una barrera de cristal, que nos veíamos frente a frente directamente.
El hombre de marcas se acercó a mí, pasó su brazo por mi cintura y me pegó a su cuerpo de costado, estiró su otra mano y abrió un portal donde en un abrir y cerrar de ojos ya nos encontrábamos fuera del laboratorio, en la acera de la calle.
Las personas pasaban caminando como si nada hubiese pasado, siendo de noche.
—Pensé que....
—¿Mataría a todos allá adentro?— me interrumpió. Asentí un poco intimidada pues aún me mantenía junto a su cuerpo. Escuché su risa corta. —No pienso desperdiciar mi tiempo.
De repente, pasó un niño caminando, Sukuna lo vio y me soltó, yendo en su dirección.
Recordé que antes asesinaba a mujeres y pequeños, por lo que caminé rápidamente a él y me interpuse, empujándolo desde su hombro.
—Déjalo, no lo toques.— le apunté en forma de advertencia.
Las sirenas del laboratorio sonaron en alto, habían activado la alarma.
Guardias empezaron a salir del lugar y cuando nos ubicaron, fueron hacia nosotros. Sukuna aún iba en dirección al niño, ignorando mis palabras.
Gruñí de enojo, miré a los guardias y lancé un golpe desde lejos, chocando con ellos y tumbándolos al suelo.
Tuve algunos segundos, regresando mi vista al de cabellos rosados, percatándome que estaba a punto de comerse al niño.
—¡Sukuna!— grité, corrí a él y lo jalé del brazo para quitarlo de encima —¡Te dije que no le hicieras nada!
Me encontré con todo lo contrario que inclusive me quedé callada al notar que el niño estaba bien, sólo un poco asustado por haber visto las grandes garras de Sukuna. El hombre de cabellos rubios se rio y el pequeño salió corriendo con timidez, sin darme oportunidad de ayudarlo.
—Vámonos, vienen más guardias, no podemos estar aquí.
Sukuna me siguió, pero en cuestión de segundos tomó mi mano, entrelazándolas. Mis mejillas se sintieron un poco calientes, ignoré aquello pues estaba más concentrada en buscar un lugar donde hospedarnos, ya que no podía regresar a mi casa debido a que sería el primer lugar donde me buscarían y el contrario no tenía donde vivir.
Después de caminar un largo periodo de tiempo y mezclándonos entre las personas —tuve que tirar mi bata a la basura y a Sukuna comprarle una camiseta en algún establecimiento— encontramos un hotel algo retirado, se miraba decente, por lo que entramos, al final tuve que pagar una habitación con cama matrimonial, era lo más accesible para mí.
Cada uno tomó una ducha aparte, Sukuna solamente quedó en bóxer y por mi parte con ropa interior, ya que es más cómodo.
Las luces fueron apagadas y cada uno estuvo acostado en las orillas, cubriéndose con el extremo de la manta. En algunos momentos durante la noche Sukuna se movía mucho de su lugar, parecía incómodo.
—A la mierda con esto.— susurró, como si todo aquel lapso de tiempo estuviese conteniéndose de algo internamente.
Sentí la cama moverse y después su brazo rodear mi cintura, pegándome a su cuerpo.
Abrí mis ojos y me incliné un poco atrás para poder verlo.
—Shh... Sigue durmiendo.— susurró en mi oído.
Hubo un silencio, nos mirábamos a los ojos mutuamente, sus orbes rojos intensos brillaban a pesar de no estar iluminada la habitación.
Llevó una mano a mi mejilla y con su pulgar acaricio de ella, durante el proceso, poco a poco se fue acercando a mis labios, deteniéndose encima de ellos para luego rozarlos con los suyos.
Su respiración se mezclaba con la mía, y sin más, unió de ellos.
Un beso que hizo latir mi corazón con fuerza.
La saliva chasqueaba y era escuchado por nuestros oídos.
Me robaba los suspiros.
Su mano bajó hasta llegar a mi abdomen, ejerciendo un poco de fuerza hacia atrás, logrando sentir su erección.
Gemí en sus labios.
Mi espalda se arqueó en automático, daba pequeñas caricias de forma circular, causándome un cosquilleo que mandaba corrientes eléctricas por todo mi cuerpo.
Caí en su juego.
Subió aquella mano lentamente, su áspero tacto me sedujo y dejé que se metiera debajo de mi sostén, acariciando mi pecho con suavidad.
Nos separamos por falta de aire. Llevó de nuevo sus labios a mi oído.
—He esperado tanto este momento...— murmuró. —Lo he ansiado desde que te vi...
Me acosté para verle directamente, dándole una mirada lasciva, pero también llena de amor.
Porque había desarrollado ese sentimiento cada vez que hablábamos.
Sabía muchas cosas y algunas de ellas cuando las contaba, me hacía reír, sacándome de aquella burbuja de estrés.
Me entendía, a pesar de saber todo lo que había hecho en su pasado, aún así, lo quería.
Podría haber sido la persona más horrible con los demás, pero conmigo no. Nunca me había lastimado.
También, era consciente de que Sukuna no me diría que me amaba, sino con sus actos lo diría y dejaría más que claro.
El de ojos rojos se posicionó entre mis piernas, quedando encima mío pero sin dejar caer todo su peso, sino recargándose en sus antebrazos.
Con una mano debajo de mi espalda desabrochó mi sostén, lanzando de la prenda al suelo, mis pechos al aire y ante su vista fueron un gran banquete.
Relamió sus labios y sin dejar de verme, llevó uno a su boca, su lengua de movía de formas espectaculares que me erizaban la piel, masajeaba de la otra a la par que restregaba su miembro aún cubierto por su bóxer en mi feminidad, excitándome más.
—Ahh...— gemí.
Daba lengüetazos en la parte de la piel, succionó dejando hematomas. Luego atendió de la misma forma la contraria.
Mis manos fueron a su nuca, acariciando los cabellos cortos y oscuros, gimiendo con mi ceño fruncido de placer.
Sukuna jadeaba, se irguió quedándose de rodillas y sonrió ladinamente, enganchando mi braga en sus dedos, deslizando de él por mis piernas, cuando me lo quitó también lo lanzó al suelo.
Tomó mis pantorrillas con cada una de sus manos y abrió de ellas, viéndome directamente.
—Te ves jodidamente exquisita.— musitó.
Mordía mi labio inferior, mis mejillas sonrojadas de pena porque me viese de esa manera fueron causados por él.
Miré su miembro, estaba erecto y marcado por su prenda oscura.
Llevó dos dedos a su boca, el índice y medio, llevándolos de saliva por completo, volvió a inclinarse y recargarse en un antebrazo, mirándome a los ojos más de cerca.
Aquellos dos dedos, se deslizaron en mi intimidad lentamente, gimiendo en el proceso. Sukuna miraba mis labios y después ojos.
—Ahh.. Sukuna.— gemí con ojos entrecerrados.
Abrí más mis piernas y éste comenzó a bombear, mi cuerpo se movía cada vez que entraban y salían sus dedos.
Una de mis manos fueron a la sábana de la cama, apretándola en forma de puño ante el placer.
El de cabellos rosados atacó mi cuello, besándolo de manera lenta, dejando besos con pequeñas cantidades de saliva.
—Mis dedos se deslizan fácilmente, puedo sentirlo.— murmuró con seducción cerca mío. Arqueé mi espalda en forma de respuesta. —Hueles tan bien.— respira y luego exhala, chocando en mi piel, después deja un pequeño beso en mi clavícula.
Sus dedos empezaron a ponerse en forma de gancho, por lo que cada que entraba chocaba contra aquella zona sensible.
Le miré a los ojos en forma de suplica, a lo que él me besó. Su lengua entró buscando al mía, succionó de ella y mordió mi labio inferior antes de separarse.
Sacó sus dedos, masajeando mi clítoris por algunos segundos, pasaba sus dedos por mis pliegues, llenándolos de mis fluidos.
—¿Lista?
—¿P..para qué?
Él sonrió, deslizando su bóxer hasta retirárselos.
—Para esto.— dijo.
Bajó una mano y pude sentir el glande de su polla pasar por mis pliegues, sintiendo lo viscoso de su presemen.
—Ahh..— gemí de nuevo. Su miembro se sentía caliente que movía mi cadera en busca de más placer.
—¿Lo quieres?— cuestionó cerca de mis labios, por lo que asentí.
No hubo más palabras, lo alineó y entró con cuidado de no lastimarme, hasta llegar al tope.
Mis ojos lagrimearon de placer como también gemí en su oído, Sukuna escondió su rostro en mi cuello, exhalando el aire mientras jadeaba.
Sentí cómo apretó las sábanas a mis costados, mis brazos fueron a sus hombros, pasándolos por detrás de su cuello para que no se separase de mí.
Comenzó a penetrarme, ambos jadeábamos y gemíamos, Sukuna llevó una mano a mi glúteo y lo apretó; nuestras pieles chocaban y la cama tenía un ligero rechinido que por lo menos no era tan alto como para que alguien se percatase de ello.
Mis pies se juntaron en su espalda baja, enlazándolas para darle más espacio de moverse, los fluidos chapoteaban debido a que no había alguna protección.
El de cabello rosado besó mi hombro, alzó su rostro y llevó de nuevo sus labios a los míos, fundiéndonos en uno.
Mis manos se colocaron en sus mejillas, acariciando su rostro. Regalándole caricias al alma.
Aumentó sus vaivenes, gemimos en los labios del contrario y nos separamos por falta de oxígeno, mirándonos mutuamente a los ojos.
Oscuro contra rojo, una perfecta mezcla.
—Sukuna... Ahh... sí, así— gemí.
—Mierda...— gruñó —Se siente tan bien.— gimió ronco.
Se colocó rápidamente de rodillas, sin salir de mí, tomó mi cadera con cada mano y yo puse mis piernas en su pecho, apretando la piel en dicha área para después arremeter con fuerza y rapidez.
Evidentemente sonó más fuerte aquel ruido obsceno por parte de ambos.
Mis pechos rebotaban cada vez que él golpeaba su pelvis contra mi feminidad.
Era un desastre, gemía sin parar, mis manos apretando las sábanas y con lágrimas en los ojos a la par que lloriqueaba.
Nuestros cuerpos estaban sudando.
—S...Sukuna, m...me voy a...— apenas pronuncié.
—Hazlo.— ordenó para después darme un azoto con su mano entre mi glúteo y muslo, volviendo a donde estaba para seguir apretando de la piel.
—Ahhh...— gemí al escuchar aquello.
Una fuerte sensación se concentró en mi vientre, el de ojos rojos continuó sin parar hasta que luego de algunas penetraciones, lo dejé fluir y salir. Mi cuerpo tembló y mis piernas por igual, mis paredes lo apretaban; noté su ceño fruncido y labios presionados.
Se inclinó hacia mí, colocó una mano en el respaldo de la cama, me azotó con tan sólo penetraciones hasta que después fueron irregulares, sintiendo las palpitaciones de su miembro por dentro, causándome espasmos de placer.
Jadeábamos e intentábamos recuperar el aliento, abrió mis piernas para poder colocarlas a sus costados y recargarse en mi pecho, de nuevo escondiendo su rostro entre mi cuello y hombro.
Pasando algunos minutos, cuando logré asimilar todo, abrí mis ojos perplejos.
—Sukuna, ¿Te viniste dentro?— pregunté.
—¿Mmhh? Sí.— respondió, descansando mientras acariciaba mis pechos suavemente.
“Mierda, tendré que ir a una farmacia”. Pensé, pero pareció como si hubiese leído mi mente.
—Luego te tomas la pastilla.— mencionó. Asentí con un ruido proveniente de mi garganta, mirando al techo.
Ambos habíamos sido irresponsables en esa cuestión. No obstante, no tenía ningún problema con tomármela.
Luego de aquella noche, nos encontrábamos en un barrio donde había una larga calle, pequeños puestos vendían todo tipo de cosas, comida, objetos hechos a mano, ropa, joyería, accesorios, muebles, etc.
Caminábamos viendo cada uno, Sukuna tenia entrelazada su mano con la mía, calmado e incluso hasta feliz, sonreía cada que le hablaba.
—¿Quieres comer?— señaló a un puesto de comida.
—Estoy bien.— sonreí. —De hecho, ya que estamos aquí, necesitamos ir a comprar la pastilla.
—¿Comprar? Pero si ya han pasado semanas de eso.— frunció su ceño extrañado.
—¿¡Qué!? ¿En serio?— me asombré.
—Sí.— respondió mientras seguíamos caminando.
—¿Entonces no me la tomé?
—No, lo olvidaste al parecer y me incluyo en eso.
Dijo aquello refiriéndose a que hasta en ese momento lo había recordado, por lo que nos miramos a los ojos.
Ambos sabíamos en ese preciso momento que estaba embarazada y con ello, Sukuna se puso más protector conmigo.
Confirmando el embarazo con una prueba y también él colocó una mano en mi vientre para concentrar un poco de energía maldita, brilló a través de mi piel una pequeña esfera de color dorado, sonrió dejando un beso en dicho lugar.
Pasaron más semanas, casi meses, por lo que apenas era notorio mi embarazo, teniendo un ligero bulto en mi barriga.
A Sukuna se le ocurrió la idea de salir a caminar, ya que es bueno para las mujeres embarazadas, cuidándome pero también entreteniéndome, optó por ver una actuación casi igual a las obras de teatro, eran situaciones más actualizadas y de magia.
Cuando entramos, habían muchas personas, se molestó con los demás al ver que nomás quedó un asiento, él se sentó y estiró su mano en mi dirección, indicándome que me sentase en su regazo.
Hice lo que me indicó, mirando al frente, recargué mi espalda en su pecho y su brazo descansaba alrededor de mi cintura.
—Malditos idiotas. ¿Cómo no van a dejarle un asiento a una mujer embarazada?— dijo mientras miraba a los demás con desprecio, luego gruñó.
—Ignóralos, hay que disfrutar del espectáculo.— sonreí. Su molestia desapareció cuando me vió, dejando un beso en mi hombro.
Los telones fueron abiertos, mostrando a una mujer rubia con labial oscuro y vestimenta formal, se quitó el sombrero y sacó una vara de adentro, la gente se sorprendió aplaudiendo. Hubo muchos tipos de trucos de magia, hasta que en una de ellas cuando me emocioné miré a Sukuna, tenía sus ojos entrecerrados, mirándola con determinación.
—¿Qué pasa?
—Ella.— hizo una pausa. —A ella la mandaron a buscarnos.
Habían pasado quizá un par de meses desde que Sukuna escapó del laboratorio.
Para vivir tranquilamente, me ayudó a sacar cosas primordiales de mi antigua casa a través del portal, luego nos mudamos a un pequeño pueblo cerca de otra ciudad, donde Sukuna trabajaba en el campo.
No podía tener un trabajo donde se debía registrar su nombre o algo de su persona, de igual manera yo, y como supo que estaba embarazada, prefirió que me quedase en casa.
Así habíamos permanecido ocultos por todo ese tiempo.
—Entonces vayámonos.— verbalicé e intenté levantarme, pero me lo impidió.
—No, tenemos que quedarnos, si no, van a sospechar más y no voy a dejar que te hagan daño a ti y al bebé.— colocó su otro brazo en mi cintura, cubriendo con sus antebrazos mi vientre.
Asentí y no dije más, fingiendo ver la actuación, la mujer rubia no dejaba de observarnos a cada rato, incluso me sentía incómoda que ya quería irme.
Tenía miedo.
Finalizó la actuación, las personas empezaron a levantarse y retirarse, fue cuando entendí lo que me dijo él.
Así nos mezclaríamos entre las personas y la perderíamos de nuestras vistas.
Cuando salimos, caminamos de manera rápida.
—¡Hey!— gritó la de cabellos rubios.
Sukuna miró atrás y tomó mi mano, jalándome para correr.
No podía seguirle el paso, era más alto que yo y más ágil, lo notó por mi respiración agitada, paró unos segundos y me cargó, abrazándolo desde el cuello.
Entró a un callejón, miré atrás y la chica empujaba a las personas. Cuando de repente, sentí que Sukuna se detuvo. Fue cuando giré mi vista al frente y miré a más hombres.
Nos habían rodeado.
Él me bajó de sus brazos, veíamos hacia enfrente y atrás donde se encontraban guardias con lentes oscuros y trajes; la mujer de cabellos rubios sonrió de victoria cuando apareció entre ellos.
Sukuna me tomó de los hombros para que lo mirara a él.
—_______, vete tú. Escapa y déjame aquí.
Fruncí mi ceño cuando lo escuché, lo decía muy decidido.
—¿Qué?— un hilo de voz salió de mi garganta. Negué repetidas veces. —No haré eso.
—Me están buscando a mí, no a ti.
Seguí negando, mis ojos empezaron a cristalizarse debido a mis lágrimas que anunciaban su llegada.
—Vete, hazlo por nuestro hijo.— mencionó en susurro. Acarició mi mejilla y yo cerré mis orbes sintiendo la calidez que probablemente, sería la última vez que recibiría. —Cuídalo.— me dio una sonrisa cálida.
Asentí y corrí, entrando a un local donde habían abierto la puerta trasera. Antes de desaparecer de la vista de Sukuna, miré por la orilla de aquella puerta, que se le fueron encima, atrapándolo.
No forcejeó para poder darme tiempo a mí de escapar, de que no me siguieran más.
Derramé pequeñas lágrimas saladas que conforme seguía corriendo, más caían al aire. Cuando logré salir de aquel establecimiento, miré la acera de la calle, optando por continuar hasta doblar en una esquina donde por el rabillo de mi ojo me percaté que la rubia aún me seguía.
A lo lejos divisé un hotel gigantesco, un lugar perfecto para esconderse.
Eso lo había aprendido de Sukuna en el tiempo libre que teníamos, cuando acariciaba mi vientre sentada en su regazo fuera de nuestra casa, mirando el atardecer para después observar las estrellas por la noche.
Entré empujando la puerta, subí unas escaleras y me escondí detrás de unos muebles.
La rubia se detuvo en el inicio de las escaleras una vez subió.
Miró alrededor, por lo que seguí corriendo hacia otro pasillo y ella pareció notarlo, seguía insistiendo en atraparme. Subí a un elevador a punto de cerrarse, se quedó del otro lado cuando ya me encontraba bajando.
Lloré un poco, quitándome las lágrimas con el dorso de mi mano. Sukuna ya no estaría conmigo.
Habían pasado minutos y la desesperación de no saber de él me carcomía. Ya extrañaba abrazarlo y que me calmara, porque él siempre lo hacía.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, salí del hotel en dirección al estacionamiento, hasta que la escuché.
—¡No puedes escapar de mí! Tienes a un hijo de Sukuna contigo, ya eres parte de esto.
Detuve mi caminado, apreté mis manos y me giré para verle de frente.
“—No dejaré que te hagan daño a ti y al bebé.”
“—Vete, hazlo por nuestro hijo.”
”—Cuídalo.”
Tampoco iba a permitir que me llevaran, que usaran a nuestro hijo como o para un experimento, que lo torturasen, le hiciesen daño, lo encerrasen como a su padre, quien sufrió ahí de no ser porque una pequeña parte agradecía haber estado ahí, pues me conoció por ello.
Sukuna siempre me decía por las noches una frase particular.
“—Me importas mucho y no sólo porque estás embarazada de mí, realmente eres lo mejor que me ha pasado en esta despreciada y larga vida”.
Todos esos recuerdos pasaron por mi mente en cuestión de segundos.
Grité con todas mis fuerzas, dejando salir la furia acumulada por parte de ellos, a su paso, una halo se esparció alrededor de mí, empujando a la rubia lejos hasta chocar contra la pared, donde se quebró el concreto por la fuerza, noqueándola.
No dejaría que destruyan mi vida.
Miré a un hombre que iba a subir a su auto, corrí a él y le quité las llaves, empujándolo para después subir y salír del hotel en dirección a nuestra pequeña casa.
Mis ojos eran un mar de lágrimas, cada vez era peor que no podía ver la carretera, los quitaba de manera rápida con el dorso de mi mano, mi corazón y pecho dolían, se sentía una presión.
No sabría cuándo volvería a ver a Sukuna.
Aquellas personas del laboratorio y los altos mandos, habían destruído nuestra pequeña familia, nuestras vidas.
Separando a dos personas que se amaban incondicionalmente.
Sukuna jamás me dijo que me amaba, pero yo lo supe desde aquel día en que salió de esa puerta del laboratorio. No me lastimó, me cuidó y protegió.
Me lo dijo indirectamente con sus acciones.
—Sukuna, te amo.— mencioné entre sus brazos, sintiendo las ráfagas de aire mover mis mechones de cabello. Sus manos brindaban esa calidez en el vientre que calmaba mi ansiedad.
—¿Mucho?— pronunció bajamente.
—Sí.— respondí con certeza. Él besó mi mejilla y luego sonrió.
Había escapado con éxito, por esa vez porque seguramente seguirían buscándome.
Llevaba un hijo de Sukuna en el vientre, un heredero de su trono y su fuerza abismal.
Un príncipe o princesa de las maldiciones.