Primera parte.
Rodando descuidadamente entre sus blanca sábanas, un joven de cabellos oscuros se meneaba incómodamente de un lado a otro por toda su cama. Visiblemente podría decirse que no se encontraba mal, ya que no parecía tener alguna herida o hematoma en su torso. Por otro lado, su estado interno podría ser la principal razón de su molestia. Algo que era bastante extraño, puesto que en la mañana estaba excelente e incluso se había tomado la molestia de bañarse y desayunar con su felino amigo, Grimm, aunque, tan pronto trató de salir del dormitorio, aquellos misteriosos síntomas lo golpearon cual saco de boxeo.
Al principio creyó que sus dolencias habían sido causadas por su desayuno, empero, al comprender que los malestares no desaparecían con las pastillas que había tomado, entendió que esto sobrepasaba a cualquier simple enfermedad. Por otra parte, a pesar de que se sentía profundamente abatido, el líder simplemente les restó importancia a los dolores y le dijo a Grimm con una falsa sonrisa que fuera a clases sin él, ya que a fin de cuentas los primeros dos módulos de clases consistían en magia, y sinceramente daba igual si iba o no.
Inicialmente el felino parecía seriamente agobiado por la salud del chico, debido a que nunca lo había visto en ese estado tan inusual, pero al ver la expresión despreocupada de Yuu y escucharlo susurrar algo como “cosas de humanos”, provocó que el gato se sintiera un poco más relajado y decidiera irse a clases sin él.
—¿Qué me está pasando? —se cuestionó el adolescente adolorido mientras se sobaba el vientre con pequeños círculos.
Su cuerpo entero ardía, se sentía mareado y con un intenso vacío en el estómago, mas no tenía fiebre, de eso se había asegurado de comprobar miles de veces con el termómetro que descansaba a un lado de él, junto con un par de pastillas para el malestar y una taza semivacía de ahora agua tibia.
Respirando entrecortadamente, el chico trataba vanamente de mantener el suficiente oxígeno en sus pulmones para que sus malestares no se agravaran, sin embargo, aún con todos sus esfuerzos por mantener el dolor de su figura al mínimo, el fervor de su sangre no disminuía y cada vez se sentía más acalorado, produciendo que el pobre muchacho se volviera a retorcer en la cama en busca de alguna salvación.
Con una lentitud insufrible, Yuu se levantó de la cama para poder quedar a la orilla de ésta, puesto que no importaba cuanto se removiera en la cama, él no podía lograr perecer sus padecimientos. Así que con lo poco que le quedaba de juicio decidió ir al baño.
Tambaleándose en el proceso, el encogido humano salió de su habitación manteniendo los brazos alrededor de su abdomen, con los ojos llorosos y arrastrando los pies. Aunque, tan pronto llegó a la mitad de su recorrido, un fuerte mareo seguido por unas desastrosas nauseas, obligaron a Yuu salir corriendo hacia el sanitario.
Dos zancadas y un golpe fue lo único que necesitó el joven para lograr entrar a la blanca habitación. Con una rapidez sobrehumana abrió la tapa del inodoro y se tiró de cuclillas al suelo. Alejó su palma de su cavidad bucal para pasar a abrirla y esperó con los párpados cerrados a que una ola de jugos gástricos saliera disparada hacia el escusado.
Tosió, escupió, e intentó regurgitar una y otra vez con forme las arcadas llegaban, pero por más que se quedara viendo la taza del inodoro, solo podía escupir su propia baba.
—Asqueroso —susurró con una mueca a la vez que fruncía el ceño y se limpiaba la saliva de sus comisuras.
Levemente nauseabundo, Yuu se dejó caer en la fría porcelana del inodoro, para pasar a desear con todo su corazón que la taza estuviera limpia, ya que a pesar de que se sentía asqueado por recostarse en un lugar tan poco higiénico, él no podía levantarse, visto que ya no tenía las fuerzas necesarias para realizar la acción.
Inflando el pecho en un penoso suspiro, Yuu cerró sus ojos en busca de paz o en una solución a su misteriosa condición. Por desgracia esa agradable tranquilidad no duró mucho, ya que, sin previo aviso, un pequeño cosquilleo salió de su zona baja alertándolo.
Conteniendo la respiración y esperando que solo fuera su imaginación, abrió los párpados y miró hacia abajo.
—Esto no puede estar pasando —dijo el chico avergonzado al ver un pequeño bulto sobresalir de sus pantalones.
Apretando los dientes y con los globos oculares desorbitados, el pelinegro se llevó las manos a la entrepierna en un rápido movimiento. No obstante, apenas su miembro rozó la prenda, un espasmo, seguido de un gemido, originó a que se retorciera levemente de placer y vergüenza en su sitio.
Rojo y fuera de sí, el muchacho se tragó las malas palabras que amenazaban por salir de su garganta. Se hallaba totalmente avergonzado de su cuerpo, por el hecho de que no podía creer que ahora mismo su zona baja ansiara ser atendida.
Lleno de pudor se quitó su vestimenta manteniendo sumo cuidado al momento de desprenderse del ropaje inferior, por la razón de que no quería repetir aquel estremecimiento tan vulgar. Aunque claro, ciertamente él no era completamente un santo, en efecto, él era un adolescente que de vez en cuando se masturbaba, como cualquiera de su edad, y la verdad es que no le incomodaba tanto tener una erección, no, lo que le perturbaba era que la tuviera justo cuando sufría de una enfermedad misteriosa. Le parecía inquietante.
Abriendo la ducha y modulándola a una temperatura adecuada, Yuu entró a esta en busca de mitigar el calor de su interior. Una vez el agua comenzó a tocar su torso, él instantáneamente se crispó y trató de alejarse de la sensación, cosa que no logró a tiempo, ya que una nueva ola de mareos y calurosos espasmos provocaron a que el de ojos grises cayera al suelo en un sonido sordo.
Jadeando por las excitantes sensaciones, el adolescente se mantuvo tembloroso debajo de la regadera abrumado por el excesivo calor que desprendía su piel. Entrecerrando la mirada y observando su duro miembro con leve pudor, pronto comenzó a percibir como sus deseos carnales tomaban fuerza en sus acciones.
—¡Guh! —reprimió un nuevo gemido al volver a experimentar esa corriente placentera tan adictiva.
Se inclinó hacia adelante con una expresión desconcertada esperó a que la electricidad abandonara su zona baja. Tragó fuerte y buscó entre sus memorias algún recuerdo en donde él hubiera tenido una experiencia tan placentera, sin embargo, sin importar cuanto buscara, no existía tal memoria.
Vacilante y harto de sufrir por su acalorado cuerpo, metió el dedo índice y el de en medio a sus fauces con la intención de lubricarlos. Tan pronto sus falanges comenzaron a moverse en su interior, una sombra masculina remplazó sus dedos por los de él. Al principio a pesar de que se mostraba visiblemente sorprendido por aquel extraño ser, el chico decidió no alejar su boca del espectro... al contrario, como si fuera una señal, el joven pelinegro, comenzó a lamer y a succionar con cierta desesperación.
Cerrando nuevamente los luceros, Yuu succionó, jugueteo y saboreo los dátiles que importunaban la paz de su zona bucal, puesto que, con cada nueva chupada, él notaba como su pene se ponía más ansioso, cosa que le agradaba de sobremanera. Quería más, deseaba más, su cuerpo anhelaba ser tocado por aquellas fantasmales manos.
Abrió los párpados con lentitud deseando que aquella enigmática sombra se acercara a él con motivos de calmar su palpitante falo, pero por desgracia para el chico, al recobrar su sentido de la vista, se percató que la silueta con la que jugaba ya no estaba ahí, en cambio, su mano derecha era la que se encontraba entre sus labios. Abochornado y decepcionado de que todo haya sido una simple ilusión, sacó sus extremidades increíblemente empapadas para proceder a tocar su necesitado miembro. Reprimiendo un nuevo gemido, comenzó a bombear de abajo hacia arriba, intentando encontrar su propio ritmo. Jadeando en el proceso y sintiendo el éxtasis nublar sus acciones, pronto empezó a sentirse en el cielo.
—¡Mmnn! —gruñó con los ojos empapados en placer antes de liberar su semilla en la pileta de la ducha.
Recuperando el aliento y temblando ligeramente entre espasmos, Yuu se dejó llevar por el alivio y levantó el rostro hacia las gotas de la regadera, tratando así de consolar su ser. En el momento en que subía y bajaba su pecho, poco a poco comenzó a recobrar la cordura al percatarse del estado tan antinatural por el que había pasado. Era todo tan extraño para él.
—Que vergonzoso —murmuró el chico tapándose la cara al recordar la silueta ennegrecida.
¡Por supuesto que era embarazosa la situación! ¿Cómo era posible que hubiera imaginado a un hombre complaciéndolo? Para él era simplemente una locura, ya que nunca había tenido ese tipo de “experiencia” anteriormente. No, sencillamente podría explicarse como un ¿error?... si, eso debía ser, era solo un pequeño error producido por el calor del momento.
Levantándose de su lugar con las piernas hormigueándole y con la respiración ya más calmada, tomó el jabón de la bañera para posteriormente quitarse lo que quedaba de su esencia de sus muslos.
Moviendo la cabeza de un lado a otro, sin querer volvió a pensar en la extraña figura masculina, por el hecho de que a pesar de que lo había descartado como un simple desliz, nunca había sentido una atracción hacia los hombres que causara este tipo de situaciones. Él hasta incluso podría jurar en nombre de todas las relaciones que tuvo, que nunca se le pasó por la cabeza este tipo de fantasías.
—Supongo que siempre hay una primera vez para todo —rio a lo bajo mientras cerraba las llaves y salía de la ducha.
Envolviendo la toalla en su cintura y recogiendo su ropa, se dirigió a su habitación levemente apresurado por la hora, puesto que en cualquier momento podría regresar Grimm. Agarrando sus pertenencias con una felicidad jamás ante vista, Yuu, sacó cada una de las prendas que necesitaba para completar su uniforme, para seguidamente ponérselos con cuidado de no arrugarlos. Irónicamente a pesar de haber pasado la peor mañana posible, ahora mismo se encontraba visiblemente alegre, por la razón de que los anteriores malestares ya no atormentaban al de cabellos oscuros.
Con el regocijo cegándolo del tiempo, sonrió alegremente hacia el espejo para acto seguido amarrarse la corbata y por último ponerse su blazer. Una pequeña risilla se deslizó entre sus dientes, ocasionando que se tapara la boca de forma involuntaria. “¿Qué le hacía tanta gracia?” Pensó esto último mortificado a la vez que se desvanecían las cosquillas que se habían incrustado en sus mejillas.
Despegando su mano desconcertado de las comisuras de su zona bucal, se quedó observando escéptico su palma. Algo muy extraño le sucedía. Tal vez iría después de clases a la enfermería... por cualquier cosa.
—¡Yuu! ¡Vamos a clases! —se escuchó la enérgica voz de Ace revolotear por los pasillos.
Asustado por el repentino ruido, el adolescente velozmente tomó su maletín negro y bajó las escaleras hasta llegar a la entrada, en donde lo esperaban Grimm, Ace y Deuce.
—Lamento la tardanza —explicó apenado y se pasaba la correa del maletín por el pecho.
—No te preocupes por eso, Grimm nos dijo que te sentías mal esta mañana —mencionó Deuce con una mirada compasiva.
—¿Ya te sientes mejor? —intervino Ace seriamente—. Si quieres podemos simplemente no ir a clases —dijo esto último con una sonrisa juguetona.
—¿“Podemos”? —repitió Yuu con una ceja levantada—. Suena como una excusa para no ir a clases.
—¡Ciertamente! —levantó molesto la voz Deuce—. Ace esta es una situación seria, no podemos tomarnos a broma la salud de Yuu y mucho menos utilizarla como excusa para no ir a clases, además de que...
Y así el de picas, sin mayor dilación comenzó a sermonear al muchacho de corazones. Por otro lado, el enfermizo joven solo se limitó a observar entre sonrisas como ambos estudiantes de Heartslabyul comenzaban una nueva disputa. Rápidamente se dio cuenta de que el felino no había dicho ni una sola palabra desde que había llegado. Desprendiendo su atención de los chicos, el prefecto se acercó al de flamas azules. Parecía perdido.
—¿Te encuentras bien? —preguntó el líder del dormitorio Ramshackle— ¿Hay algo que te moleste?
Grimm al encontrarse con la mirada del joven, velozmente desvió los ojos, ya que se sentía un poco avergonzado de que el humano sin magia pudiera inquietarlo hasta tal punto que perdiera el apetito.
—No es nada... solo no estoy de buen humor —susurró esto último con tristeza.
—Estabas preocupado ¿no es así?
—Qu- ¡Por supuesto que no! —gritó entre molesto y avergonzado. Se volteó y le devolvió la mirada a Yuu—. ¡Hump! Yo simplemente estaba molesto de que no hubiera alguien que me cargara, ¿sabes?
—Oh, ya veo —se tomó el mentón pensativo—, pero entonces, ¿por qué no le pediste a Deuce o a Ace que te cargaran?
—No es lo mismo —respondió secamente.
—¿Por qué? —paulatinamente se acercó al felino y lo tomó entre brazos.
—Porque no son tú —murmuró levemente avergonzado.
Sonriendo calmadamente comenzó a frotar sutilmente el pelaje del gato, ya que se encontraba enormemente vigorizado al pensar que su pequeño amigo hubiera estado mortificado por él. Se sentía increíblemente dichoso por la enorme suerte de tener tan buenos amigos que pensaran en él. Los quería tanto, al igual que les agradecía.
—Gracias por pensar en mi —comentó Yuu en un murmuro antes de depositar a Grimm en su hombro derecho—, ya me siento mejor —ronroneó el cuadrúpedo mientras comenzaba a frotarse sobre el cuello de éste— ¿Grimm?
Incomodado por las repentinas acciones del minino, el joven prefecto comenzó a llamar al de flamas azules cada vez más fuerte, pretendiendo así que despertara de tan extraño trance.
Estático y sin poder hacer mucho, terminó por llamar al de picas y corazones, quienes apenas escucharon la urgencia en la voz del pelinegro, detuvieron su pelea para después aproximarse al nervioso muchacho. Una vez llegados, observaron aturdidos la escena, pues nunca habían visto actuar al autoproclamado mejor hechicero del mundo, reaccionar tan ¿amorosamente? Era simplemente inaudito.
—¿Eh? ¿Qué le pasa a Grimm? —dijo Ace saliendo de su conmoción.
—¿Por qué actúa de esa manera? —preguntó Deuce apuntando hacia el gato.
—Yo... —pronunció dubitativo tratando de buscar las palabras adecuadas, sin embargo, tan pronto pudo reorganizar sus pensamientos y comenzar a hablar, cerró abruptamente la boca, al percibir como la lengua rasposa y húmeda del gatuno se movía deleitante por todo su lechoso cuello.
Reprimiendo un grito de sorpresa, el prefecto apretó los dientes hasta formar una mueca de horror. Definitivamente esto ya no era divertido ni normal. No, por supuesto que no, Grimm nunca había actuado como un gato, mucho menos como uno cariñoso... entonces ¿por qué ahora sí? ¡No tenía sentido!
Dirigiéndoles una mirada suplicante a su par de amigos, pronto se dio cuenta que no era el único que se mostraba impactado, puesto que ambos estudiantes tenían la boca abierta y los ojos desorbitados. Volviendo en sí los jóvenes de Heartslabyul, se acercaron apresuradamente hacia Grimm con el fin de separarlo.
—¡Oye Grimm, vamos, suéltalo! —proclamó Ace al tomar por la cintura al minino con el afán de apartarlo. Pese a ello, apenas sintió las manos del estudiante, el de ojos azules terminó por enterrar las garras en el hombro de Yuu, logrando así que este se quejara por el dolor— ¡Hey! Eso es caer bajo. Deuce ayúdame con este loco —exclamó hastiado el pelirrojo.
—S- ¡Si! —exclamó mientras salía de sus pensamientos en un pequeño salto.
Retorciendo las manos de un lado a otro en un gesto de dolor, el chico trató vagamente de sacarse las despiadadas zarpas del minino. Apretando la mandíbula y de vez en cuando chillando, pronto el prefecto empezó a lagrimear por el agudo dolor que se acentuaba en su cuerpo. No obstante, abruptamente todo quedó en un ensordecedor silencio al escuchar el estridente alarido que había escupido el líder de Ramshackle, ya que un nuevo sentimiento parecido a la agonía se había instalado en su cuello al sentir como unas finas agujas se clavaban en su suave piel. Siseando por el desastroso estremecimiento, volteó con lágrimas cristalinas a punto de desbordarse, en el momento en que sintió la indeseada corriente eléctrica, solo para encontrarse al félido tomando firmemente entre sus dientes su irritada carne.
—¡¿Qué crees que haces!? —gritó visiblemente enojado Ace mientras al mismo tiempo sacaba su varita y ponía a dormir a Grimm en un conjuro. Una vez caído en un profundo sueño, lentamente comenzó a dejar libre a duras penas la garganta de un lloroso pelinegro.
—¡Prefecto! ¿¡Te encuentras bien!? —con la mirada desorbitada Deuce se acercó y tomó por los hombros al susodicho mientras trataba de remover su uniforme en busca de una posible herida.
Manteniendo la mandíbula apretada, el adolorido muchacho terminó por ayudar al otro en quitarse la ropa. Deslizando el ropaje, pronto se dieron cuenta ambos magos que en efecto existía tal lesión, la cual rápidamente era opacada por los pequeños puntos de sangre que salían a borbotones.
—¿Tan mal está? —dijo el afectado sonriendo de lado, tratando de romper el incómodo silencio que se había formado tras mostrar su palpitante hombro.
Intercambiando miradas nerviosas y con las manos temblorosas, el par de jóvenes suspiraron esperando que de alguna manera sus inquietudes se fueran. Estaban increíblemente desconcertados y hasta cierto punto temerosos de lo que había ocurrido, ya que a fin de cuentas era la primera vez que Grimm actuaba de manera tan animal hacia ellos.
Frunciendo el ceño sutilmente, Deuce comenzó a deslizar de mejor manera la ropa para que esta no se manchara de la sangre que empezaba a desparramarse cerca de la clavícula y el inicio de la espalda.
—En realidad no esta tan mal, es profunda, sí, pero también es pequeña —explicó mientras sacaba un pañuelo y lo presionaba en la mordedura, provocando en el proceso un siseo por parte del líder—. Volvamos adentro y limpiemos la herida.
—Me pregunto si Grimm tendrá rabia —susurró Ace viendo detenidamente al minino quien dormía entre sus brazos. Yuu rió ante su comentario.
—Espero no —rió Yuu ante su comentario a la vez que desviaba la mirada y apartaba la mano del peliazul para colocar la suya en la telilla—. Bueno, vamos a mi habitación, debo de tener algún botiquín por ahí —dijo esto último antes de reincorporarse y caminar sin prisa hacia su morada siendo seguido por los otros dos estudiantes.
Una vez adentro del aposento, el primero en moverse fue el dueño del pedazo de tela, dado que, al tener experiencia como exdelincuente, contenía bastos conocimientos sobre cómo tratar las heridas. Después de haber sido lavada y desinfectada la dentellada, Spade procedió a engazarla, no sin antes echarle un último vistazo por cualquier enrojecimiento anormal.
—¿Te duele o arde? —preguntó el sanador observando fijamente a su paciente a los ojos en caso de que hiciera una mueca de molestia.
—No, estoy bien —habló secamente despegando su vista del contrario.
—¿De verdad? —cuestionó serio el pelirrojo, quien hasta ahora se había mantenido en un antinatural silencio.
—Si —suspiró el más bajo antes de comenzar a abotonarse la camisa y acomodarse el cuello de esta— ¿No creen que están haciendo mucho escándalo por una simple mordedura?
—¿Y si no es una simple mordedura? —se acercó Ace tomándolo por el brazo para evitar que se siguiera arreglando— ¿Y si hay algo más? —sus manos repentinamente empezaron a sudar, se sentía increíblemente perturbado por su amigo por alguna misteriosa razón—. Mira, sé que esto va a sonar extraño, pero algo muy raro está sucediendo. No sé, es como un presentimiento.
—Concuerdo con Ace esta vez, ¿has notado algo inusual recientemente además del comportamiento de Grimm? —indagó Spade al aparecerse repentinamente al lado del joven Trappola. Ambos chicos parecían inquietos por el bienestar de su compañero.
Desconcertado, el chico de ojos oscuros dejó caer su brazo libre a su costado y pensó seriamente en contarle sobre su intrigante enfermedad de esta mañana, puesto que después de que comenzara a sentirse así, misteriosos sucesos iniciaron. Debatiendo mentalmente si decirles o no, pronto un pensamiento bastante bochornoso se le vino a la mente, dando así hincapié al rechazo de contarle lo sucedido esta mañana, por la razón de que no quería comentarles como él había terminado masturbándose en la bañera mientras pensaba en algún espectro masculino.
—No, nada fuera de lo normal —dijo intentando sonar lo más calmado posible, al mismo tiempo que tomaba la mano de Ace y lo apartaba de su persona —. Tal vez Grimm se sentía raro y actuó de esa forma —y con aquello dicho, acomodó su corbata y se puso el chaleco.
Con la mano en el aire y frunciendo el ceño, el de corazones volteó la mirada hacia el de picas, el cual permanecía igual de insatisfecho por la respuesta del otro. Apretando los puños y esperando a que estos dejaran de temblar por la ansiedad, el joven de ojos rojizos trató de relajarse, ya que a pesar de que nada malo le sucedió chico, algo muy en el fondo le decía que corría peligro el prefecto. Suspiró cansado.
—Bueno, si eso dices, confiaremos en tu palabra —murmuró derrotado Ace.
—Ace... —se volteó abruptamente Deuce impresionado de que no coaccionara más al líder.
— Gra-
—Aun así, no creemos que sea buena idea que vayas a clases —cruzó los brazos el impasible Trappola.
—Oye, no hay que llegar a ese extremo, ya les dije, estoy bien —una nueva punzada cruzó por su clavícula—, bueno, casi bien.
—No te estoy preguntando —su semblante se oscureció de un momento a otro.
—Y yo no te pedí permiso —le observó fríamente mientras se enderezaba retador hacia el otro.
—¡¿Qué no te das cuenta de que esto es muy extraño y que tú eres el centro de todo esto?! —exclamó Ace desesperado por la ignorancia de su amigo.
—¿Qué quieres decir con que soy el centro de esto? —frunció el ceño confundido y con una mueca entre tristeza y molestia —¿Crees que yo fui el causante de las acciones de Grimm?
—Tal vez —desvío la mirada.
—Eso no tiene sentido —dio un paso atrás desorientado por la repentina acusación— ¿Cómo pude haberlo hecho?
—Grimm mencionó esta mañana que te encontrabas mal ¿no es así? —un horroroso silencio estalló en la habitación—¿No será que de verdad estas enfermo y lo has contagiado sin querer?
—Eso es una estupidez
—Pero no una locura —cerró los ojos y suspiró hastiado—. Mejor sólo... quédate en lo que le informamos al director sobre esto. Es por el bien de todos.
—¿Estás diciendo que soy un peligro? —miró hacia las puntas de sus zapatos y trató de contener lo mejor que pudo las lágrimas que ansiaban por desbordarse.
—Si, eres un posible peligro para la escuela en este momento.
—¡Ace! —gritó enfadado Deuce por la enorme falta de tacto en sus palabras.
Sus ojos ardían y su sangre también, estaba enfadado y muy ofendido. Nunca había percibido este tipo de humillación en su vida, pero ¿en realidad había sido abochornado? No, por supuesto que no, no lo estaba denigrando, sólo le declaraba lo que creía que era verdad, no obstante, ¿por qué se sentía tan mal ante su comentario? ¿por qué su sangre ardía más de lo normal? ¿por qué lo había afectado tanto?
—Mira, entiendo que estés molesto, pero ésta es la mejor solución... para todos —caminó el acusador hacia el de mirada oscura e intentó depositar su mano en el hombro sano de este, sin embargo, nunca llegó a rozarlo, puesto que, en un movimiento ágil, Yuu se movió hacia atrás.
—No me toques —respondió con la vista gacha —. Váyanse —movió los pies hacia la puerta y la abrió casi azotándola en el proceso—. Los dos, ahora.
—¡Prefecto, espera! Ace no lo está diciendo en serio, ¿verdad, Ace? —alterado por el hostil ambiente, Deuce intervino al ponerse en medio de los adolescentes.
—Vámonos —una burlesca sonrisa surcó por sus labios antes de formular sus siguientes palabras—. O si no seremos contagiados.
—¡Ace, para!
—¡Váyanse! —escupió con profundo rencor mientras les dedicaba una mirada de odio— ¡AHORA!
—Yuu... —objetó afligido el peliazul, empero, al notar la agresiva mirada de su compañero, prefirió callarse y dirigirse a la salida del dormitorio —. No intentes nada peligroso, por favor— y con aquello dicho, salió de la habitación junto con el pelirrojo.
Caminando con la mirada entristecida, el joven Spade, bajó las escaleras con mil pensamientos negativos. Se encontraba enfadado, pero sobre todo decepcionado de su camarada de ojos rojos por la actitud tan despectiva que había mostrado ante el humano, era sencillamente brutales sus comentarios, tales, que hasta él hubiera explotado por tan exageradas insolencias. Seguro le habría partido la cara si hubiera sido él en vez de Yuu, pues al ser una persona que se deja llevar fácilmente por los sentimientos, para él era pan comido iniciar una pelea a puños. No como Yuu, quien, a pesar de verse en buena forma, él prefería las palabras antes que los golpes, cosa que admiraba de sobremanera el ojiazul.
—¿Lo notaste? —dijo el de corazones abruptamente a penas se alejaron de los alrededores del dormitorio Ramshackle.
—¿Qué cosa? —preguntó desconcertado por el repentino cambio de actitud.
—La manera como actuó... fue muy hostil —paró su andar y se giró hacia el de picas al tomarle del hombro para que el también cesara su caminata.
—¿No crees que cualquiera habría respondido de esa forma? ¡Fuiste muy grosero con él! —movió los brazos desesperado, como si tratara de hacerle entender a su acompañante lo obvia que era la reacción—. Si yo hubiera sido él, yo ya te habría sacado de la mansión a patadas.
—¡Pero porque tú eres tú y él es él! —le tomó de ambos hombros y lo sacudió brevemente—. El prefecto jamás actuaría de manera explosiva. Él es centrado y de mente fría.
—Si, bueno, eso es cierto, pero ¿no crees que esta vez fuiste demasiado lejos?
—Tal vez para otra persona sí, pero en el caso de él no. —se separó de Deuce pensativo y con el rostro deformado por la angustia—. En todo el año que llevo conociéndolo nunca lo había visto actuar de esa manera.
—Quizás fue el estrés de la situación quien lo orilló a responder de esa manera —defendió una vez más mientras desviaba la mirada, inseguro de sus propias palabras.
—Él ha estado en situaciones mucho más estresantes que esta y jamás lo había visto tan exaltado como hace rato — se tomó el mentón y suspiró—. Creo que deberíamos ir a ver al director e informarle sobre lo que pasó.
—¿Por la enfermedad?
—No idiota, no existe tal enfermedad. Sólo lo dije para ver como reaccionaba —gruñó Ace ante la falta de atención que mostraba el otro.
—Entonces, todo eso que dijiste ¿nunca fue verdad? —abrió los oculares sorprendido.
—Por supuesto que no —se tapó el rostro cansado de tener que explicar todo lo que había hecho—. Sabes, mejor hablemos de esto más tarde y vayamos a ver al director.
Retomando su caminata sin esperar a su amistad, el de afilada mirada esperó y deseó que todas sus suposiciones fueran solo eso... suposiciones, a pesar de que, no importaba cuánto suprimiera sus inquietudes, pues el nerviosismo y el mal sabor de boca seguía instalado en lo profundo de sus entrañas, como si quisieran advertirlo de que algo muy malo iba a ocurrir. Su corazón le gritaba.
Mientras se alejaban el par de adolescentes, no muy lejos en donde habían estado los miembros de Heartslabyul, se encontraba el joven originario de sus angustias, quien a pesar de que se situaba en una posición relativamente cerca de los chicos, él por suerte no se había percatado de la presencia de ambos magos, por la razón de que estaba tan sumido en sus pensamientos que ni siquiera se había dado cuenta que ya residía lejos del territorio Ramshackle.
Sus manos entrelazadas tiritaban con nerviosismo cargado con desesperación. Estaba lleno de arrepentimiento, ya que en el momento en el que salieron sus amigos de su casa provisional, se dio cuenta de lo terriblemente irracional que había actuado. Claro, si le dolió que lo trataran como una toxina, pero esa no era una razón para ser tan tosco, no, al contrario, él debió haber sido inteligente y racional, para después buscar una solución a su problema. No obstante, él terminó por sacar al único par de personas que podrían estar dispuestos a ayudarlo.
Sofocado en su propia frustración, el líder de Ramshackle, se llevó las manos hacia el cuero cabelludo para proceder a jalarlos y así percibir un poco de dolor que creía merecer. Sintiendo los pies doler por la larga caminata, se dejó caer en el húmedo césped, presenciando como su espalda se empapaba con el rocío del atardecer. Se encontraba destrozado emocionalmente, pues a pesar de que ciertamente el pelirrojo había sido rudo a la hora de expresarse, a fin de cuentas, había actuado en su derecho y expresado sus preocupaciones de una manera... poco convencional. Entonces, aun sabiendo todo esto ¿Por qué había actuado tan irracional? ¿Ansiedad? No, había pasado por situaciones peores y jamás había perdido la compostura.
Llevando sus dedos a su entrecejo y apretándolo levemente, cerró los ojos con fuerza, mientras sentía como el estrés lentamente comenzaba a acumularse en su sistema. Por primera vez desde que había llegado, se sentía acorralado. Acabado, se extendió por todo el césped y mantuvo los párpados cerrados. Quería un momento de tranquilidad. Necesitaba ese momento de paz.
—Tranquilízate, todo tiene una respuesta y solución en esta vida —murmuró su típica frase cuando se hallaba al borde del colapso—. Es cuestión de mantener la cabeza fría.
Y ciertamente lo era, ya que esa estrategia le había servido un millón de veces en toda su vida. La tranquilidad y seguridad que irradiaba su personalidad había sido de mucha ayuda para casi todas las situaciones caóticas, al igual que había servido para mantener la esperanza en sus compañeros. Era como una fría almohada en un día caluroso; fresco y reconfortante.
En un inicio pensaba mantener oculta aquella habilidad, pues a pesar de que era excelente en situaciones críticas, también era una que se codiciaba en un ambiente problemático y con ello atraía a gente igual de problemática. Lastimosamente esta lección la había aprendido a las malas, cuando se dio cuenta que era rápidamente buscado por sus compañeros de grupo, como si fuera alguna clase de salvador. Mas, apenas llegó a este mundo, también se percató que esta habilidad maldita era la única que podría mantenerlo cuerdo en este torcido mundo.
Día a día, con un aprendizaje forzoso, pronto perfeccionó su estrategia. Parecía impenetrable y aprueba de fallos. Estaba bastante orgulloso por lo que había logrado, sobre todo en el día en que lo llevó en práctica por primera vez; el día en que Riddle había perdido los estribos. Por supuesto, no salió como él hubiese querido, aunque todo termino bastante bien, considerando lo complicado y caótico que había sido al principio.
¿Entonces por qué ahora colapsaba todo lo que había construido con tanto esfuerzo? Era como si nunca hubiera hecho un avance, pero eso era imposible ¿no? Él se había esforzado mucho en mejorar, había dado su corazón y sentimientos a cambio de su serenidad. Duce y Ace eran testigos de los memorables esfuerzos que daba.
Abriendo los ojos repentinamente asustado, un recuerdo agrio tomó fuerza al pensar en sus amigos. Una memoria lo suficientemente dolorosa para hacerlo callar; la mirada de rechazo y decepción de Ace y Deuce al salir de su morada.
Su garganta se secó de un momento a otro.
Respirando entrecortadamente y sudando a cántaros, apretó su uniforme en donde se ubicaba su corazón. Se sentía tan desdichado que sin esperar a que la primera lágrima saliera, su pecho comenzó a doler. El sentimiento de impotencia pronto estalló en su garganta, dando así hincapié al típico nudo en sus cuerdas vocales. Tenía miedo. Había sido rechazado. Sus mejores amigos lo habían rechazado y aislado.
Sentándose al ser incapaz de respirar, se llevó ambas muñecas a la corbata intentando deshacerla en desesperados movimientos. No podía respirar adecuadamente y pronto su mirada empezó a empañarse. Necesitaba ayuda. Necesitaba a Ace y Deuce. Su cuerpo los llamaba.
Levantándose agitadamente del césped corrió por el basto paisaje con la sola idea de encontrar a sus compatriotas. Tropezando por los pasillos comenzó a buscarlos desesperadamente con un fin ambiguo, pues muy en el fondo entendía que su cuerpo se movía por cuenta propia.
Con los músculos y pulmones gritando por piedad, se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Cerró los párpados por un segundo, apreciando brevemente como la adrenalina tomaba el control de sus globos oculares y los hacía lagrimear. No podía parar ahora por estupideces, tenía que encontrarlos sin importar que, y si eso era sacrificar su cuerpo, con gusto estaba dispuesto a entregarlo.
Girando y zigzagueando entre los estudiantes, dobló la esquina que lo llevaba hacia el salón de los espejos. Todo se detuvo de un momento a otro al chocar con un cuerpo voluminoso, ocasionando así la caída de ambos seres.
—Ha... yo —abrió la boca desesperado intentando disculparse, aunque lastimosamente lo único que podía hacer era formular jadeos.
Tosiendo frenéticamente y con la mirada aún hacia abajo, pronto entendió que su cuerpo estaba al límite, éste era el fin. Debía de parar, darse por vencido, entender que sus extremidades ya estaban lo suficientemente lastimadas, al igual que cansadas para siquiera mover los dedos. Le urgía detenerse y lo comprendía, o bueno, eso quería pretender, pues su corazón no era capaz de tirar la toalla; quería seguir.
Apartando sus manos del estudiante, se abrazó entre temblores, para proceder a morderse el interior de su mejilla con el único propósito de volver en sí, por el hecho de que ahora estaba completamente fuera de control sobre su ser. Estaba avergonzado, con los ojos acuosos y desorbitados, respiraba pesadamente y el cuerpo le ardía intensamente. Ya no lo soportaba. Quería gritar, llorar, romper, vomitar, pero sobre todo huir, huir de esta situación tan embarazosa.
Sintiendo como el calor y el vacío tan familiar de su estómago comenzaba a resurgir, chilló asustado al saber lo que posiblemente se venía. Lágrimas cristalinas se deslizaban sin control por sus rojas mejillas, apretó los belfos y se encogió más en su lugar lleno de furia. La vida era tan injusta con él.
¿¡Por qué ahora!? ¿¡Por qué aquí!? ¡No podía ser esto real!
—Muévete —una voz increíblemente intimidante lo sacó de sus pensamientos en un doloroso gimoteo. Él hombre con el que había chocado habló con fastidio.
—E-eh, yo —su cuerpo repentinamente dejó de temblar y un nuevo sentimiento parecido a la desesperación lo obligó a encogerse aún más en su lugar. Había olvidado por completo al otro estudiante—. Per-perdón —habló con la voz temblándole.
“¡Huye, levántate y corre!” Se recriminaba internamente al observar cómo su cuerpo se había detenido abruptamente por una sola palabra del varón. Era su oportunidad de oro, su cuerpo por fin estaba quieto, solo tenía que pararse y ya, no era tan difícil, entonces ¿por qué ahora estaba hiperventilando? ¿a qué le tenía miedo?
—A-ayuda —¡No! ¡No quería su ayuda! ¡Cállate, no hables más!
—¿Mmm? —murmuró el otro sin entender bien que era lo que balbuceaba el pequeño herbívoro delante de él.
—¡Ayúdame! —se aferró al ropaje del contrario levantando la mirada por primera vez y gritó con sus últimas fuerzas. Unas hermosas esmeraldas fue lo primero que notó al observarlo a los ojos —. Leona...