Un faro en la oscuridad

Summary

Desde aquel accidente, Sanji no ha vuelto a ser el mismo. Ya no sonríe, apenas sale de casa y ya no habla con ella. Pero aún así, ahí sigue, sentado en el sofá como todas las noches, porque es incapaz de alejarse de ella.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Roto

Nada más abrir la puerta, sintió sus ojos clavarse en ella aunque no dijera nada. Una vez más, sentado en el sofá, se limitó a observarla en silencio mientras que ella cerraba la puerta con llave y dejaba las llaves encima del aparador del pasillo. Tampoco dijo nada cuando se quitó la chaqueta para colgarla en el perchero ni cuando dejó el bolso encima de la mesa. Tan solo se llevó el cigarro a los labios y dio una nueva calada dejando que el denso humo inundase sus pulmones.

Cuando exhaló de nuevo, sus ojos se cerraron.

Pese a que ya era noche cerrada las luces de la calle se filtraban tentativamente a través de las cortinas, creando sombras incorpóreas en la penumbra. La unica fuente de luz del salón era aquel fuego titilante que quemaba por igual papel y tabaco. Una pequeña mota intermitente similar a la luz de un faro, siempre alumbrando en medio de la oscuridad para mostrar el camino a casa. Pero él ya no era su faro.

Renna suspiró al ver que seguía en la misma postura que cuando se había marchado. Sentía los ojos pesados y las lágrimas formándose de nuevo. Él abrió los ojos y durante unos instantes sus miradas conectaron. Sin embargo no se molestó en saludarle, ya que sabía de antemano que su única respuesta sería alguna especie de gruñido desganado. Ya no existía aquel lugar al que llamar casa ni rastro alguno de aquel hombre de cabellos dorados al que tanto amaba.

Desde el accidente todo había cambiado. Su relación, otrora llena de sonrisas, besos y promesas enamoradas, se había visto reducida a ser poco más que desconocidos compartiendo piso que lo único que compartían eran las zonas comunes y que vagamente reconocían la presencia del contrario.

Sentía ganas de gritarle. De exigir una explicación y reclamar a su novio de vuelta. De lanzarle un libro, un zapato, o el bolso, con tal de que reaccionara. Estaba harta de esa carcasa vacía que no era más que la sombra de un ser querido. Quería a Sanji. A su Sanji. No lo que fuera que fuese aquella «cosa» que ocupaba el sofá día y noche, mirando a la nada y fumando de continuo como si no hubiese un mañana.

Si tan solo se dignase a mirarla, mirarla de verdad, estaba segura de que el viejo Sanji volvería. Él nunca habría querido verla así, con los ojos hinchados de tanto llorar y el corazón destrozado. Él, tan cariñoso y tan atento como era, jamás permitiría que ese impostor que ahora ocupaba su lugar la hiciese sufrir de aquella manera.

«Háblame» rogó internamente, viendo cómo Sanji inhalaba de nuevo aquel humo blanco y cancerígeno «; Mírame».

Ya ni siquiera recordaba la última vez que habían hablado como los dos adultos que se suponía que eran. Lo único que podía recordar eran aquellos gritos enfurecidos y tan impropios de él, pidiéndole que se olvidara de todo y que le dejase solo de una maldita vez.

Nunca se había considerado una mujer insistente. Siempre había sido la primera en afirmar que no le gustaba estar allí donde no se la quería y que era preferible estar sola antes que mal acompañada. Pero ahí seguía. Justificándose en que a pesar de las palabras hirientes y el trato frío y distante de Sanji, él nunca había negado que la quisiera. Nunca había sido capaz de mirarla a los ojos y romper directamente con ella.

«Si de verdad quieres que salga de tu vida, dime que has dejado de quererme» le había exigido en una ocasión, provocando que una pequeña chispa de arrepentimiento brotase en aquellos ojos color cielo al notar su voz temblorosa. Aquella noche Sanji se había quedado callado, ligeramente más pálido y visiblemente acongojado, y en vez de contestar, había cogido su bastón y la había dejado sola, llorando una vez más en aquel salón lleno de recuerdos que cada vez se le antojaban más extraños.

¿Quién era aquella mujer de las fotos que sonreía a Sanji usando su rostro? Vestía las mismas ropas, el mismo maquillaje y el mismo corte de pelo que ella, pero a la vez, sentía que era alguien totalmente ajeno. Había imágenes en distintos lugares y épocas del año que, aunque me resultaban vagamente familiares, era incapaz de recordar.

¿Quién las había hecho?

¿Cuánto tiempo había pasado ya?

Todavía en silencio y resignada, Renna caminó hasta la cocina y cogió un yogur de la nevera que se obligó a comer. No tenía hambre; últimamente nunca la tenía.

La primera lágrima no tardó en caer, mojando la cuchara de plata con la que apenas había conseguido comerse un tercio del yogur; quizá incluso menos. Sabía que debía alimentarse correctamente y que aquella falta de apetito no era más que otro síntoma de aquel pozo sin fondo en el que se había hundido al intentar ayudar a Sanji y fallar estrepitosamente.

¿Cómo ayudar a alguien que ya ha perdido la esperanza? ¿Cómo ayudar a alguien que ya se ha rendido?

Inevitablemente sus ojos volvieron a inundarse y tuvo que cerrarlos con fuerza para tratar de contener el llanto.

Mientras tanto, en el salón, hundido y derrotado, Sanji juntó las manos sobre su regazo y enterró la cabeza en ellas, tratando de no volverse loco. Los sollozos ahogados de Renna parecían resonar por toda la casa clavándose como espinas en su piel y haciendo que se sintiese aún peor al saberse el culpable de su dolor.

Cada lágrima y cada noche de insomnio, eran culpa suya.

El labio de Sanji comenzó a temblar. Ella no merecía seguir atada a un inútil como él. Un hombre incapaz de caminar sin ayuda de un bastón y largos descansos cada diez minutos.

Era un egoísta y lo sabía de sobra. Era un egoísta por mantenerla a su lado; por negarse a dejarla marchar para que pudiese encontrar a alguien mejor que él y rehacer su vida. Era un egoísta por no atreverse a hablar con ella y decirle que todo había terminado. Solo tenía que forzarse a decir cuatro palabras que harían que ella se rindiese y pudiese alejarse de él.

«Ya no te quiero».

Tan solo cuatro palabras y la mayor mentira que había dicho jamás. Un precio nimio por liberar a la mujer que amaba de aquel infierno al que él mismo la había arrastrado. Tan solo cuatro palabras que era incapaz de pronunciar porque no las sentía.

Ya no le quedaba nada. Lo había perdido todo. Por culpa de aquel accidente de tráfico había tenido que dejar su trabajo y su restaurante en otras manos. ¿Qué iba a hacer si no? Ni siquiera podía mantenerse en pie sin que aquel dolor lacerante le hiciera postrarse de dolor al cabo de un rato.

Y aún así, ella seguía a su lado.

El único consuelo tras cada operación había sido el saber que ella estaba allí con él. Siempre dispuesta a ayudar; siempre con una sonrisa preparada y ganas de luchar por salir adelante. Pero después de siete meses sin ningún avance, él simplemente dejó de intentarlo.

Era inútil.

Desde el accidente, cada vez que salían a pasear tenían que planificar la ruta para que hubiese bancos en el camino en los que poder sentarse a descansar ya que si se sentaba en el suelo a veces era incapaz de levantarse. La pierna le temblaba y fallaba y en más de una ocasión se habría caído de bruces contra el suelo si Renna no hubiese estado a su lado para evitarlo.

Según los médicos todavía había esperanza, pero él sabía que no era tan sencillo. Conocía su propio cuerpo mejor que nadie y notaba que sus músculos ya no respondían del mismo modo. Se habían atrofiado por la falta de ejercio.

Cuando la puerta de la cocina se abrió bruscamente y unos pasos apresurados recorrieron el pasillo hasta llegar al baño, Sanji se obligó a permanecer sentado y fingir que no le importaba.

Era consciente de que, llegados a ese punto, lo mejor para ambos era terminar con aquella relación de la que ya sólo quedaban pedazos.

Tal vez si conseguía que ella le odiase o le dejara…

Era un cobarde y se odiaba por ello, pero era incapaz de renunciar a ella.

Mientras tanto, en el baño, Renna experimentó una nueva arcada.


El despertador sonó, proclamando el comienzo de un nuevo día y Renna abrió los ojos de inmediato. Para su sorpresa, la puerta de la habitación estaba abierta aunque estaba segura de haberla dejado cerrada. Hacía ya varios meses que dormía sola por lo que era raro que Sanji entrara.

Todavía con el cuerpo entumecido por el cansancio, la mujer de ojos grises rodó en la cama y estiró el brazo para alcanzar el teléfono y poner fin a aquella molesta melodía.

Las tres de la mañana.

Al ver la hora Renna frunció el ceño. Se había equivocado al poner la alarma.

Al principio trató de dormirse otra vez, pero sentía la garganta seca y su cuerpo exigía agua de modo que se incorporó y, envuelta con la manta, se dirigió a la cocina. El suelo estaba tan frío que se arrepintió enseguida de no haberse puesto unos zapatos.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al encender la luz. Ya no estaban ni el yogur a medio comer ni la cuchara abandonada y en su lugar había un vaso de agua.

Quiso llorar de alegría por aquel pequeño detalle.

Incluso en aquel estado lamentable, Sanji —«su» Sanji— seguía limpiando detrás de ella. Siempre se esperaba a que ella ya no estuviese cerca, pero ¿quién iba a ser sino él?

En el apartamento solo vivían ellos.

Sintiéndose revitalizada, sonrió y se bebió el agua. En el fondo, el hombre el hombre del que ella estaba enamorada seguía ahí, escondido en algún rincón debajo de aquel cuerpo apático y desganado.

Seguro que a él también le vendría bien hidratarse. Con tanto tabaco, no sería raro que tuviese la garganta inflamada así que llenó la jarra y un nuevo vaso.

Sanji se había quedado dormido en el sofá, con el bastón en la mano y la cabeza reclinada sobre el respaldo. Haciendo cuidado para no despertarle, Renna dejó el vaso en la mesa frente a él y sintió su pecho encogerse al notar la botella de whisky de malta abierta y un vaso a su lado, en cuyo fondo todavía quedaba algo de líquido color ámbar.

—¿Sanji? —llamó preocupada. No solía beber a menos que quisiese olvidar algo.

Con manos temblorosas, Renna se acercó al sofá y estiró el brazo para apartarle el flequillo y poder verle la cara. Así, dormido y con el semblante tranquilo, parecía el mismo de siempre aunque con ojeras más pronunciadas y la barba un tanto descuidada. Su pecho subía y bajaba de forma rítmica y pausada.

Sus manos se movieron solas. Acarició su mejilla y sus dedos tantearon el camino que iba desde aquel hueco detrás de la oreja hasta el cuello, trazando una fina y marcada línea. A esa distancia podía oler perfectamente el toque ahumado y afrutado del whisky entremezclado con el humo del tabaco y, si se acercaba un poco más, podía notar también aquellas notas de cacao, tan propias de Sanji como del té negro que tanto amaba.

Como si estuviera en trance, sus yemas esbozaron aquellos rasgos tan familiares y desconocidos al mismo tiempo, hasta llegar a esos labios que tanto echaba de menos. Y cuando se quiso dar cuenta, ya había acortado la distancia entre ambos y le había robado un beso.

—Te extraño —confesó en un susurro. Una lágrima furtiva se deslizó por su mentón—. Quiero que vuelvas a casa Sanji. Vuelve conmigo— pidió.

Él siguió dormido.