Espectáculo de Noche Buena

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Summary

Un artista perdido por su amada decide emprender un rocambolesco viaje por las calles de París junto con su amigo, en noche buena.

Genre
Humor/Adventure
Author
Nora
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Capítulo Único

Pretendiendo retener aquella tentación tan grande que alberga en su corazón desde hacía ya unos meses, al final terminó por sucumbir al pecado más doloroso que pudo haber imaginado.


Viviendo en un ático en el centro de París, nuestro joven artista ansiaba poder casarse con aquella mujer tan bella que le había acompañado en los últimos cinco años de su carrera. Él, que no encontraba el momento adecuado para confesarle su amor, se dirigió al caballete para poder retratar aquel poderoso sentimiento que estaba engendrando en su interior.


No fue una casualidad. Pues los colores escogidos para aquel majestuoso cuadro fueron precisamente los tonos claros de aquella aristocrática muchacha. Con paleta en mano y toda una gama de tonos pastel y carnes cogió el pincel y lo arrastró por uno de los tonos más suaves que pudo haber formado con aquellas cuidadosamente seleccionadas tonalidades.


Miró aquel blanco lienzo que reposaba en el caballete y pensó: Ya podremos vestirte correctamente, y así hizo. La mano deslizaba el pincel de arriba a abajo, en diagonal o de un modo curvilíneo con una habilidosa técnica de pluma.


Intentando recordar el rostro y cuerpo de su amada sin que esto requiriera mucho esfuerzo, la retrato del modo más hermoso que pudo haber deseado.


No conforme con eso, pensó que no iba a ser regalo suficiente. Se vistió con los cuatro trapos baratos que le quedaban y se dispuso a salir a la calle para comprar algún obsequio que podría otorgarle una mayor satisfacción.


Tras bajar unos pocos escalones recordó que a pesar de su adinerada familia. Él no disponía de un solo franco. Pues se los debía haber gastado en material para sus estudios de arte. Aun creyendo, iluso él, que podría recuperarlo vendiendo sus obras. La realidad le demostró que iba a ser más difícil que simplemente poner a la venta aquellos trastos indeseados para la sociedad.


Decepcionado por la simple ocurrencia que había tenido y sometido al recorte de presupuesto por la negativa de su padre para dedicarse a la pintura en lugar de una profesión destacada. Provocó el regreso a aquel mugriento ático del que hacía tan solo unos instantes había salido.


Cabizbajo, abatido por su compleja situación, trató de abrir aquella puerta de oxidadas bisagras sin demasiado éxito.


Revisó sus bolsillos ipso facto y se percató de que no disponía del larguirucho objeto que le permitía la entrada al sórdido local. Alzó la vista y nuevamente revisó su pantalón e intentó abrir la puerta nuevamente.


«Definitivamente hoy no es mi día» pensó. Ya con el alma en los pies se dirigió de nuevo hacia las escaleras para bajar a las transitadas calles de París.


Una vez allí sacó su tabaquera. Dió unos golpecitos dejando caer el polvo español en cima de su palma derecha y aspiró el poco polvo rapé que le quedaba. Observó como a su alrededor la gente iba acelerada de una lado para otro. Los cocheros esperaban a que la anciana cruzara con calma al otro extremo de la vía. Y a los jóvenes y a las familias casi ni se les veía. Eran un raro espécimen a aquellas horas de la mañana.


Por suerte la luz todavía brillaba por aquellas oscuras calles y el sol aparecía ya por el este. Veía como comenzaban a crearse aquellos tonos rosados en el cielo nocturno.


Miró su reloj que parecía no haberse movido desde la pasada noche. Vio que debido a la poca luminosidad de aquella transcurrida vía no podía saber exactamente la hora.


Sin siquiera acordarse del porqué estaba ahí, empezó a sentir un frío helador que recorría todo su cuerpo y que le impedía moverse con normalidad. Sin esperar mucho más se puso a caminar por el asfalto. Lentamente y con el paso torpe consiguió llegar a un bar en donde curiosamente trabajaba su tan preciado amigo.


-Fabrice, ponme un chupito y rápido que me muero -Su amigo y confidente se acercó a él con una sonrisa que no parecía que fuera a irsele.

-¿Sabes acaso la hora que es? ¿Ni siquiera eres capaz de dejar la bebida aunque sea por unas pocas horas? -Dominique se acercó a él y transmitiendo con todo el teatro y dramatismo que le era posible de hacer intentó exagerar su ya triste sentimiento.


-¡Llevo sobrio una semana y tú me vienes a hacer reproche hoy! ¿Cómo es posible que con un amigo así no puedas pedir una copa? Una misera copa. Lo único que te he pedido es que me sirvas algo, lo que sea. Que ahogue mi pena en bebida y aproxime más la hora de mi muerte.

-Dominique, no seas dramático ni que te hubieran echado por décima vez.

-¡No! Mucho peor el apartamento me ha echado a mí -Fabrice lo miró extrañado y con ojos de curiosidad. Además de querer reírse por aquella insólita situación.

-¿Cómo que el apartamento te ha echado?

-Pues lo que oyes amigo mio, estaba en las escaleras pensando en mi amada cuando me di cuenta de que no tengo ni un duro, entonces, volví y cuando quise abrir. ¡La puerta estaba cerrada! -Al borde del llanto siguió escuchando a su amigo -No solo eso, revise mis bolsillos y no había nada más de dos miseros francos y el poco polvo que le había robado a mi padre de casa.

-Qué le has tenido que hacer a ese pobre piso -Dijo Fabrice estando al borde del colapso pero sufriendo por tener que mantener la compostura

-Y yo que sé. No soy yo quien se plantea porque su domicilio no lo ama después de tantos años. ¿Entiendes ahora porque necesito una copa?

-¿Cómo narices te voy a servir una copa si no tienes ni un duro?

-Qué importa eso, pagalo con tu sueldo que para algo trabajas.

-Ponte a mover cosas en lugar de esnifar pintura y robarle medicinas a tu padre y así podrás pagar tus gastos.

-¡Qué gastos necesito pagar yo si todo me viene dado! No necesito más que Alcohol y tabaco como comida y bebida -Fabrice sin poder negociar ya con aquel individuo al que nombraba como amigo cogió dos vasos y colocó Bénédictine en ellos.

-Gracias a Dios que tengo amigos como tú -Su amigo lo miró con cara de culpa por haber sucumbido a la mundana y recreativa petición de su amigo.


Su remordimiento desapareció con rapidez. Debido al día que era, Fabrice decidió cerrar el local por día festivo, aunque más bien fuera Dominique quien le había convencido de ello.


Los dos amigos cada uno con sus propias penas aprovecharon la fría y solitaria mañana en el bar para que fueran cayendo las copas dos a dos.


Quizás pasaron las diez rondas cuando uno de los dos decidió que se debian parar.

-Venga que es hora de mover el cuerpo, que un poco de frío viene bien para limpiar el hígado.

-Anda vete tu con tu frío que yo me quedo aquí. No vaya a ser que empiece a llover y termine muriendo en la calle.

-Exagerado gruñón, ven aquí. No te preocupes que no nos iremos muy allá, serán solo unos metros y luego volveremos a la tumba.

-Pues esa tumba es de la que no quiero salir, ya muchas desgracias me viene dando la vida como para querer buscarme una nueva.

-Pero si te va a gustar.

-Preferiría cien latigazos a tus ideas de bombero -Ambos se miraron al instante y sonrieron.


Fabrice y Dominique no perdieron ni un solo segundo y se dirigieron a la plaza de la revolución lo antes posible. Una de las baldosas, que cubrían el asfalto, estaba algo salida e hizo tropezar a Dominique que terminó cayendo al suelo. Fabrice que hacía un par de copas había perdido el norte de la cordura empezó a reírse.


-No te rías cabrón, no es culpa mía que el día me esté dando largas.

-Largas es decir poco.

-Anda deja de divertirte tanto y ayúdame a levantarme de una vez. Que con los pies y las manos de témpano es imposible -Frabrice le cedió la mano y cogiéndole de las axilas lo levantó como pudo porque Dominique no hacia ni el más mínimo esfuerzo en colocar los pies como correspondida para poder dejar al maniquí en correcta posición.

-Estaría bien que tú también colaboraras.

-Para qué voy a colaborar si el diablo me lleva volando.

-Porque este demonio no puede más y te va a dejar caer de nuevo -tal como anunció sus brazos llegaron al colapso y cayó de nuevo al asfalto.


Fabrice, nervioso por lo que acababa de pasar se agachó para comprobar el resultado de su amigo.

-Dominique…. Dominique…. ¡Dominique!

-Es que uno no puede dormir tranquilo en esta ciudad.

-¡Qué susto me has dado!

-Cómo que qué susto te he dado, si has sido tú quien me ha tirado al suelo.

-¡YO! Será mi culpa el intentar levantarte para caminar y el no poder soportar tu cadáver.

-¡Mi cadáver! Si yo ponía todo el empeño en rezar para no morir congelado, tú sabes lo duro que es eso. Requiere mucha energía desear que haga calor en diciembre.


Después de aquella ardiente disputa los dos amigos siguieron como si nada por los fríos pasajes de aquella ciudad denominada París.


Les costó algo más de una hora el llegar a la plaza de la revolución. No porque estuviera lejos, todo lo contrario. Sino más bien por el vaivén de Dominique y Fabrice. Además de las constantes quejas de ambos lo que hizo que aquel corto trayecto resultara una eternidad.


Una vez ahí Dominique recordó a su amada.

-Hay que bella que es Francia verdad.

-Y que lo digas amigo mío.

-Hay que ver las hermosas mujeres que hay.

-Y que lo digas amigo mío.

-Hay que ver lo hermosa que es mi amada.

-No me cabe la menor duda.

-¿Qué debería hacer Fabrice?

-Y yo que sé.

-No sé porqué te pregunto. ¿Tú qué sabrás de amor? Estás soltero y ni siquiera has tenido pareja.

-Y qué sabrás tú de eso.

-Lo sé amigo, lo sé. Esto son cosas que se huelen a distancia.

-Ya te digo yo que esto no lo hueles -Aprovechando una de las mesas en las que vendían tartas. Fabrice compró una nada más llegar mientras su amigo estaba perdido en sus pensamientos o alucinaciones.


Dominique sin predecirlo recibió la tarta en el rostro lo que provocó que todo el caramelo se le quedará pegado en el vello facial además de en su piel. Fabrice satisfecho con el resultado. Cogió una navaja que llevaba encima y utilizando una de las mesas se cortó un pedazo de la tarta de ruibarbo que le había lanzado a Dominique unos segundos antes.


El dulce amargor de aquella tarta le hacía trasladarse a su infancia cuando todavía vivía con su abuela.


Dominique frustrado por la mala decisión de su amigo no le quedó otro remedio que proseguir su camino en solitario. Miraba hacía atrás creyendo que este le seguiría pero la fascinación de Fabrice por aquella deliciosa tarta que le había tirado era superior a su amistad.


Caminando ya por aquellas calles ennegrecidas por el crepúsculo, pudo darse cuenta como los colores del amanecer y del atardecer eran los mismos, lo que podría hacer pensar a alguien que no conociera donde se situaba el norte que estaba amaneciendo de nuevo.


Con un suspiro de añoranza próximo a su tristeza de artista. Dominique miró al cielo. «¿Por qué tuve yo que conseguirlo? Tan artista soy y tan bueno debo ser para que mi arte no sea deseado como los grandes artistas que mueren de hambre y tras la tumba la riqueza les aparece.»


Confuso por aquel curioso pero animante pensamiento, se tambaleó hacía el otro lado de la vía cruzando sin mirar como un caballo amaestrado cubriéndose los ojos con una anteojera.


-¡Pero qué hace usted caminando por ahí sin mirar es que no se da cuenta que esto es una carretera!

-Cochero, ¿qué ocurre?

-Nada grave señora. Solo un borracho caminando por donde no debía

-A quien llama borracho. Es que no se da cuenta de la sobriedad que llevo encima. De mi lucidez a la hora hablar.

-Señor…

-Señorito.

-Señorito, le ruego que salga inmediatamente de la carretera. La señora tiene que asistir a un evento y no vamos muy bien de tiempo.

-Pues píseme.

-¡Qué! Está usted loco -gritó la señora asustada.

-Si quiere pasar. Hágalo. Por encima de mí.

-No puedo hacer eso.

-Espere le facilitaré el trabajo - Dominique se agacho para tumbarse en medio de la carretera - ¡Pase!


Al oír aquel grito Fabrice corrió al rescate.

-No se preocupe señor, ya me encargo yo de él.

-¡Qué te vas a encargar de mí si sabes bien que las cosas son al revés!


Fabrice sonrió al cochero y salió de aquella carretera.


El cochero casi al borde de la desesperación le dio las gracias con el sombrero y agachando ligeramente la cabeza a Fabrice y continuó su marcha a un paso más rápido del que venía.


-Mira que no dejarme morir…

-¿Es que acaso pensabas hacerlo sin mí?

-Pues claro. Me niego a ser enterrado contigo y menos aún de tener que soportarte incluso en mi muerte.


Fabrice sin saber qué más decir le propuso a su amigo un plan que le sería casi imposible negarse. Aquel plan que les había hecho salir del bar pero que a la hora de la ejecución había tenido algunas dificultades que no habían planteado en su momento.


-Sabes de lo que no te vas a arrepentir.

-Eso lo dirás por tí. Porque sabes que mi amada no me lo permitiría.

-Pero si os vais a casar que más te da. Además yo dudo de que esa amada tuya ni siquiera sea real.

-¡Cómo te atreves! Que tú no la hayas visto no significa que no exista -se quedaron en silencio durante unos instantes hasta que uno de ellos decidió romperlo.

-Tengo una idea mejor volvamos al bar que necesito una copa.

-¡Qué copa ni que copa vas a necesitar! Venga, es noche buena. Vámonos de putas un rato y luego te vuelves con tu amada al apartamento al que no puedes ni entrar.

-¡Qué desgracia la mía!


Fabrice sin que su amigo se diera cuenta lo iba paseando hasta aquel lugar que tanto le apetecía a su lujuria.


-Mira que decir que no te apetecía pero al final nos has conducido hasta él, ¿será que acaso lo querías?

-¡Cómo! No tengo ni la más pajolera idea de como narices hemos terminado aquí.

-Pues si tú no lo sabes yo menos. Era yo quien te seguía a tí.

-No, no, no. Eras tú quien guiaba. Tú y tus deseos nos han traído a este lugar.

-Guapos queréis que os ayude -les saludó una vieja pechugona, que hacía ya un rato que los estaba observando. Ellos se miraron atónitos. Sin saber que acababa de pasar exactamente.

-Pues vera….

-¡No! No la necesitamos.

-¡Cómo que no! Necesitas aliviar toda esa tensión y rabia acumulada.

-No tendria tanta rabia acumilada si no me hubieras sacado de la carretera

-¡Encima te quejas!

-Pues claro que me quejo. Me has quitado una oportunidad para sacarme el dolor

-Yo te puedo ayudar con eso si quieres -dijo la vieja pechugona con un tono de voz que pretendía ser seductor.

-Zazua, ¿alguno de estos hombres te está molestando? -una voz profunda y seductora pronunció esas palabras desde las sombras. Cuando apareció la mujer esta era alta y de piel oscura. Unas caderas anchas y cintura estrecha. Su cabello negro le llegaba a media espada. Sus pechos casi al descubierto eran voluminosos y su cuerpo no muy delgado.


Fabrice sin poder sacar la mirada de encima. Se le caía la baba y sus ojos no podían pensar en otra cosa.


-¡Pero qué íbamos a estar molestandola cuando es ella quien lo hace! -dijo Dominique.

-No te preocupes -dijo la vieja pechugona mirando a la imponente dama claramente molesta por la peculiaridad de aquellos dos hombres que estaban lejos de parecerle amigables o de una mínima de confianza. Que desde hacía un largo periodo llevaban un gran subidón mezclado con pensame.


Fabrice, todavía envuelto sobre las rosas de aquel suave mantel. Regaba todavía con más ímpetu el suelo mientras desgastaba a la mujer de sus sueños con la mirada. Dominique, se paró un momento. Se puso serio y miró a la muchacha. Entrecerró un poco los ojos intentando averiguar dónde se escondía la jugada sucia de su amigo. Inclinandose un poco hacia delante y presionando sus labios con fuerza observo a la llamativa dama.


Giró la cabeza para mirar a su embobado amigo con la misma expresión y luego volvió a mirar a la señorita. Repitió este proceso al menos cuatro o cinco veces antes de volver a hablar.


-¡Eureka! -gritó Dominique.


Fabrice de un salto se despertó del sueño y miró lo con ojos de plato.


-Hay que ver lo pillín que eres, por qué no te animas y dejas que me vaya a por una copa.

-No sé de qué hablas.

-Lo sabes, lo sé, lo saben. Si es que no se me puede escapar una.

-No será por tu intelecto claro está.

-Un gran artista siempre observa amigo mío, por algo pinté a mi amada igual de bella, aunque eso es casi imposible.

-Sí, el mejor pintor de Francia y de toda la historia de Europa.

-¡Claro! Como pintor que soy debo sufrir las consecuencias de la excelencia -las dos mujeres que hacía rato que habían perdido el hilo de la conversación decidieron aprovecharse del negocio emergente.


-Así que eres pintor…

-El mejor que hayas podido ver.

-Creo que un buen artista también se debe relajar -dijo la vieja pechugona moviendo su cuerpo con intención de seducir al joven

-Tenemos algo de whisky por si queréis…

-Anda pues no se hable más.


Fabrice atónito por la respuesta fue arrastrado al local. Este tenía un aire tenebroso y de poca confianza. Las escaleras que estaban pobremente iluminadas no mejoraba la situación.


Una vez debajo se veía una enorme barra. Dominique corrió, ya desesperado por la sobriedad. Mientras que Fabrice seguía sin saber que era realmente lo que debía hacer. Sus posibilidades eran dos: hablar con aquella bella muchacha o unirse a su amigo a la bebida. Miraba a su alrededor y todo lo que podía ver eran paredes de duda resistencia pintadas con un color marrón rojizo.


Se acercó a Dominique para comentarle un aspecto que el considero importante pero él se adelantó.


-Amigo mío por fin noto como la pena se me va. Casi ni recuerdo el amor que me tiene mi casa -metió la mano en el bolsillo para poder buscar la llave no encontro. Preso del pánico empezó a cachearse. Tocando todos los lugares habidos y por haber.


-¡Fabrice! ¡Fabrice! ¡Me han robado!

-¿Qué te van a robar si eres un muerto de hambre?

-¡Qué me han robado! ¡El cochero me ha robado!

-¡Cómo narices te va a robar el cochero!

-Eso me pregunto yo, pero me ha robado. Seguro que era un brujo disfrazado de cochero.

-Pero qué dices si los brujos no existen.

-Eso es lo que ellos quieren que pienses para poder robarte con más facilidad.

-¿Entonces porque a mí no me han robado?

-Lo has comprobado -En aquel momento Fabrice dudó de si realmente aquel hombre le había robado. Pero no tardó en recordar que no llevaba ni un solo duro.

-Pues claro que no me han robado. Aquí el único ser que me roba eres tú con tus penurias.

-Pero que te voy a robar yo si soy el que te sostiene el negocio.

-¿Como narices me lo vas a sostener si siempre te invito yo?

-Pues eso, si no fuese yo a gastar mis únicos francos y hacer actos de mi buena presencia como pintor que soy, nadie vendría.

-Será por lo famoso que eres.

-Acaso lo dudas.

-Tengo mis sospechas.

-Pues dejame decirte que mi amada si me demanda cuadros suyos todas las semanas y yo con gusto la pinto como mi musa.

-¡Qué musa ni qué musa!

-Y yo que le iba a pedir la mano y va y el piso me deja fuera, luego tengo que venir a ti y soportarte… ¡Pobre de mí! -Fabrice ya harto de las quejas de su amigo y con una par de bebidas en el cuerpo se fue con la Jovenzuela que tanto admiraba a una puerta que había en aquel lugar de dudosa seguridad.


Dominique, se quedó por un momento observando a la vieja pechugona.


-Amada mía eres tú.

-Pues claro.

-Amada perdoname por mi falta de deseo por tí.

-Vamos ven ahora y deseame de verdad.


Con esas palabras Dominique confundió a la vieja pechugona con su amada.


-¡Pero qué he hecho! ¿Cómo he podido? Todo lo el honor y la honra de mi amada se ha ido. Podrido. Destruido. Derruido. Todo por lo que habíamos construido. No puedo esperar ni un segundo mas debo ir a verla y decirle lo mucho que la amo.


Dominique se levantó de un salto y casi corriendo se puso los pantalones lo que provocó que comenzara a dar saltitos y finalmente caer al suelo. La vieja pechugona mientras su bocado se marchaba casi en forma de elefante seguía reposando calidante en aquella cama de paja y madera con sábanas de seda. Era algo de esperar pues el ansia de nuestro protagonista no podía esperar a colocarse correctamente aquellas simples pero peligrosas prendas con las que llevaba luchando desde hacía un rato.


Una vez ya habiendo salido al exterior miro al cielo y este se encontraba negro. Pensó que podría darle tiempo a ir a su tan querido apartamento para coger un regalo a su querida y hermosa dama.


Caminaba tranquilamente por aquellas calles vacías de París, cuando comenzaron a oírse aquellos rugidos de la naturaleza. Al poco se pudo percibir una pequeña luz cerca del horizonte.


<<Si tan solo pudiera esperar, haría que mi mente nunca te esperara amada mía. ¿Cómo he podido faltar a tu honra, a tu bondad con tal pecado mortal?>>


Fundido en sus pensamientos, Dominique no se dio cuenta de que había caminado bajo la lluvia. Fue nada más llegar al piso que la casera le hizo caer en tal cuestión.


-¡Dominique! ¿Qué van a pensar tus padres cuando te vean así? Con esas ropas y ese andar. ¡Pareces su vagabundo!

-¡Pero qué dice! Esto es ropa de artista.

-¡Qué va a ser de artista! Con la ropa así de mojada y vagando por las calles como lo haces sólo conseguirás enfermarte.

-Enfermarme sólo es el menor de mis problemas Monique.

-¡Cómo va a ser ese el menor de tus problemas! A este paso no llegarás ni a los 25.

-¿Sabe que tengo preocupaciones mayores ahora mismo? Debo arreglar unos de los peores pecados de mi vida.

-La bebida

-¡NO! Uno aún peor. Mi amiga y yo tenemos una cita importante. Debo disculparme con mi amada

-¡Tienes un amante! Cuando se entere tu padre de tal atrocidad se le va a caer el alma. ¿Que pensara tu madre de esto? La pobre no merece más disgustos de los que ya tiene -Al terminar la casera apoyo una la mano sobre la pared y la otra en su vientre intentando procesar lo que le acababa de contar el joven.


Dominique sin demorarse ni un segundo más que creyó haber perdido conversando con la casera subió de dos en dos las escaleras hasta llegar a la buhardilla. Las lágrimas empezaron a apoderarse de su temperamento.


<<¿Qué será de mí ahora?>>


Cuando fue a meter la llave vio que la puerta estaba entreabierta y deslizó aquel chirrido con el mayor de los cuidados. Ciego por las lágrimas asomo la cabeza para tener algo de visión aunque eso fuera un acto inutil.


Paró en seco y al no escuchar ningún sonido procedente de los pájaros. Se frotó los ojos y entró. Su estudio de artista, estaba exactamente igual que como lo había dejado hace tan solo diez horas. Relajado ya por la puerta está de cerro en seco tras una fuerte rafaga de aire procedente de la ventana agrietada y causado por la tormenta.


Dominique decidido más que nunca cogió uno de los retratos y una carta y puso rumbo a la Conciergerie. En aquel palacio era donde residían los reyes ahora denominados ciudadanos . Custodiado por unos guardas.


Dominique intentó colarse pero sin ningún éxito por su parte.


-¡Déjenme pasar es importante!

-Lo sentimos monsieur pero no puede pasar. Esto zona restringida según ha dictado la Asamblea Nacional.

-Me da igual lo que haya o haya dejado de dictar La Asamblea. Soy artista y como buen artista si no el mejor, debo retratar la verdad y la realidad además de aquello que considero bello -Los guardias lo miraron perplejo. Sin saber realmente qué estaba pasando.

-Lo sentimos pero esta restringido también para artistas sin excepciones


Dominique dio media vuelta y miró por los alrededores si había alguna entrada que no estuviera custodiada.


Y así era. En un momento de cambio de turno Dominique se las ingenio para llegar a entrar dentro de aquel palacio en la ciudad.


Una vez dentro tardó lo que tardaría un ratón en hacer un laberinto para poder encontrar a su amada. Una vez encontrada no tuvo otra opción que comunicarle lo ocurrido.


-¡Amada mia! Por fin te encuentro qué alegría me da que estes bien. He venido a aquí porque te debo una disculpa y aunque mis palabras no valgan de mucho por el horror cometido espero que esto pueda compensarlo un poco.

-¿Perdone nos conocemos?

-No seas tan discreta, estamos solo -María Antonieta mira con desagrado las ofensivas palabras de aquel hombre que había entrado dios sabía cómo.


-Siento decirle que se equivoca rotundamente de persona. Yo soy una mujer casada con Luis XVI de Francia.

-¡La duda me daña, amada mia! Cómo eres capaz de tratarme de esa manera.


Desconcertado dejó el cuadro y la carta. Salió al borde de la desesperación y regresó a su apartamento.


Una vez ahí se estiró en el suelo y mirando al techo dijo:


-Menos mal que todo se queda en nochebuena.


Y sin ningún remordimiento ni culpa cerró los ojos y durmió hasta que comenzó a sonar el bullicio de las calles el día después llamado Navidad.