Prólogo
Jeju, Corea
Philip sabía que iba a morir, esa era la única cosa de la que estaba seguro mientras lo arrastraban sobre el barro hacia el interior del bosque, bajo un cielo repleto de estrellas. Sería una muerte cruel, lenta y dolorosa, ya que no estaba dispuesto a darles lo que habían venido a buscar. La llave jamás caería en manos de La Unión, esa sombra oscura que acechaba a su linaje desde hacía siglos y que, finalmente, había dado con él.
Lo que nunca habría imaginado era quién estaba tras el robo del grimorio oculto durante más de trescientos años en los archivos secretos de la Santa Sede, solo unos días después de ese extraño incidente en Daegu, cuando centenares de cuervos habían tomado la ciudad bajo una luna llena teñida de sangre. La misma luna ensangrentada que coronaba el cielo la noche que nació su hijo.
También el.
Los augurios volvían a repetirse cuatrocientos años después, pero en esta ocasión anunciaban vida y no muerte. Había ocurrido y no sabía cómo. Sin embargo, en alguna parte, ese niño estaba vivo y él no había podido cumplir con su deber. Ahora, la responsabilidad de proteger la llave y evitar que el grimorio fuese abierto recaía en su hijo. El nuevo Guardián.
Philip cerró los ojos con un doloroso nudo en la garganta. Apenas había tenido tiempo de poner a salvo al niño junto a su madre. A ella le había entregado el diario y una carta manuscrita; también el cuchillo y el péndulo. Emi era el amor de su vida, y una mujer fuerte, que se ocuparía de que el chico supiera la verdad y asumiera su legado cuando llegara el momento. Por esa razón, no temía la muerte. Además, La Comunidad los protegería y cuidaría de ellos.
Aun así, la idea de abandonarlos se le hacía insoportable.
Philip apretó los párpados e hizo una mueca. Los pies se le hundían en el barro, casi no podía avanzar al ritmo que sus captores le imponían. Uno de ellos lo empujó y un gemido ahogado escapó de su garganta. Debía de tener alguna costilla rota, porque el dolor y la presión que sentía en el pecho amenazaban con hacerle perder el sentido. Se lamió el labio inferior y el sabor de la sangre inundó su boca. Escupió al suelo, mientras taladraba con la mirada la espalda de Jay, que abría la marcha con paso seguro y la cabeza alta bajo la capucha de su capa. ¡Maldito traidor!
Otro empujón lo hizo tambalearse y adentrarse a trompicones en un pequeño claro, cubierto de hierba húmeda y hojas marchitas. Miró a su alrededor. La oscuridad lo engullía todo. Una mano en su hombro lo obligó a detenerse. Inspiró hondo y se enderezó mientras sus captores se alejaban unos pasos. Los estudió, preguntándose qué posibilidades tenía de escapar de allí. Quizá, si no estuviera tan débil, podría enfrentarse a ellos y lograrlo. Tragó saliva y su corazón se aceleró ansioso. Rendirse no era una opción. Debía intentarlo.
De pronto, un círculo de fuego rodeó a Philip sin que le diera tiempo a mover un dedo. Las llamas sobrenaturales se alzaron hasta su cintura y notó su calor en la piel, a través de la ropa mojada.
Jay se dio la vuelta y se plantó frente a él con una mueca en los labios.
—Lo intentaré una vez más —dijo en tono amenazador—. Dame la llave y dime dónde se esconde el brujo.
Philip lo miró de abajo arriba y sus ojos se detuvieron en el colgante que pendía de su cuello: una estrella de cinco puntas con un ojo en su interior. El sello de La Unión.
—No tengo esa llave, y aunque la tuviera, no serviría de nada. Si es cierto que conoces hasta el último detalle de esa historia, sabrás que nadie puede leer el libro. Solo un descendiente de la bruja puede hacerlo, y ese linaje ya no existe. No hay brujo, Jay. Pierdes el tiempo.
—Existe, lo sé. Rastreé su sangre.
—Mientes. Para eso habrías necesitado…
—¿La sangre de Haisa? —replicó Jay. Entornó los párpados y una sonrisa astuta se dibujó en su boca—. ¿Sabías que en esa iglesia donde la quemaron guardaron sus ropas como trofeo? Sí, lo hicieron. En una cripta bajo el altar. Fue sencillo conseguirlas, aunque en aquel momento no encontré nada. Supuse que tu familia había conseguido borrar ese linaje de la faz de la tierra, pero lo acontecido en Daegu me dio que pensar. Así que volví a intentarlo y… ¡los cristales estallaron! Se convirtieron en polvo. ¿Te haces una idea del poder de esa criatura? Si no supiera que es imposible, creería que es ella que ha regresado de entre los muertos.
—Envidio tu imaginación. ¿Todo esto por un eclipse lunar y unos cuantos cuervos? —se burló Philip.
Jay chasqueó la lengua.
—Ni con un pie en la tumba puedes dejar a un lado esa arrogancia,
¿verdad? Con tu ayuda o sin ella, voy a encontrarlo.
Philip resopló exasperado.
—No podrás, ¡porque no existe! —aseveró.
Una tensa sonrisa apareció en los labios de Jay.
—¿Sabes, Philip? Algo dentro de mí siempre te envidió: la devoción que mis hermanos sienten por ti, el respeto que todos te demuestran, tu poder…, psss. Durante años te he observado en secreto, intentando descubrir qué es eso que te hace tan especial, y he aprendido a conocerte. Por esa razón, sé cuando mientes. —Inclinó la cabeza hacia un lado y silbó—. ¡Aunque ha sido toda una sorpresa descubrir que eres el Guardián; eso no lo esperaba! —La irritación recorrió su cuerpo y un gruñido iracundo salió de su garganta, al tiempo que las llamas cobraban virulencia—. Entrégame la llave y dime dónde está el niño.
—No me dan miedo tus trucos, y tampoco morir.
Jay desvió la mirada hacia los árboles que rodeaban el claro.
—Puede que, si ves morir a otros, cambies de opinión.
Levantó los brazos con las palmas de las manos hacia arriba y del círculo surgieron líneas de fuego que, poco a poco, dibujaron una estrella de cinco puntas. Cada uno de aquellos vértices terminaba a los pies de un árbol. Entonces, Philip vio algo que detuvo su corazón durante un instante. Un cuerpo atado al tronco en cada punto, amordazado.
—¡Maldita sea, Jay, libéralos! —rugió al reconocer a sus amigos.
—¿Con lo que me ha costado decidir a quiénes invitaba? ¡No!
—Has perdido el juicio.
—Dame lo que quiero y serán libres.
—No puedo darte lo que no poseo.
—Bien, no me dejas opción —masculló mientras chasqueaba los dedos.
—¡No…! —gritó Philip al ver cómo las llamas rodeaban a Hong Chen y comenzaba a arder.
—Habla, o le seguirán los demás.
—¡Juro que te mataré, Jay!
—¿Eso es un no?
Jay chasqueó de nuevo sus dedos y el siguiente en morir fue Kim Hangsu; tras él, su esposa Aiko sufrió la misma suerte.
—¿Y bien? —insistió Jay.
Philip dejó caer la cabeza hacia delante y negó.
—No puedo —gimió con lágrimas en los ojos.
Un segundo después, los gritos ahogados de Moon Keiko se elevaron con las llamas. Philip contempló los restos calcinados de sus amigos. Todos estaban muertos por su culpa y jamás podría perdonarse por haberlo provocado. Sus ojos se posaron en la última persona que quedaba aún con vida.
—¿Ese grimorio es más importante que Jackson? ¿Vas a asesinar a tu hermano por él, Jay?
Durante un segundo, la fría expresión de Jay cambió y lanzó una mirada fugaz al hombre atado al árbol. De inmediato se recompuso. Frío y calculador. Insensible.
—Si te soy sincero, primero había pensado en Jin, es tu mejor amigo; pero no tengo ni idea de dónde está. Cada vez que aparece una pista sobre esa mujercita suya, sale corriendo.
—Eres un monstruo —exclamó Philip y se le quebró la voz cuando añadió—: Y un iluso que ha perdido la razón por un poder que no te pertenece, que te supera más de lo que puedes imaginar. ¡No eres digno de él!
Esas palabras hicieron mella en el ego de Jay. Perdió la paciencia.
—Habla o te juro que acabarás suplicándome que te mate —gritó.
Durante un instante, la barrera de fuego se debilitó. Philip lo notó y aprovechó ese segundo para saltar por encima de las llamas. Sin detenerse, se abalanzó sobre Jay. Lo golpeó en el pecho y la fuerza que brotó de su mano lo lanzó por los aires. Después corrió hacia Jackson, mientras los hombres que acompañaban a Jay se deshacían de sus capas y comenzaban a lanzarle hechizos. Sus manos se iluminaban con potentes ráfagas de luz que a duras penas él pudo esquivar.
Llegó hasta Jackson y le quitó la mordaza.
—No puedo moverme. Las cuerdas… Las cuerdas contienen hierro —dijo Jackson.
Philip cerró los ojos y tomó aliento. Rozó la soga con las puntas de los dedos y esta se deshizo como ceniza. Jackson quedó libre.
—Vamos —lo urgió.
Jackson asintió con la cabeza.
—Si salimos de esta, espero que me cuentes quién demonios eres.
Philip apartó la mirada y una luz dorada apareció a lo largo de sus antebrazos. Los brujos los habían rodeado. No pintaba bien.
Jay se abrió paso entre ellos y se colocó al frente.
—¿Qué estás haciendo, hermano? —le preguntó Jackson.
—Cierra el pico.
—Cuando Jin descubra…
Jay abrió su mano y una luz azulada golpeó a Jackson en el pecho. Este se quedó paralizado, mientras una escarcha roja brotaba de su piel, congelando su cuerpo de dentro hacia fuera. Philip se lanzó contra Jay y lo alejó de un empujón, pero ya era demasiado tarde. Jackson cayó al suelo y se descompuso como una figura de cristal.
Philip parpadeó varias veces, sin dar crédito a lo que acababa de suceder. Jackson estaba muerto y no había podido evitarlo. La rabia se apoderó de él. Le dio fuerzas y actuó sin pensar. Corrió hacia Jay y lo embistió con todo su cuerpo. Ambos rodaron por el suelo en una maraña de brazos y piernas.
—¡Arderás en el infierno por sus muertes! —bramó. Agarró a Jay por el cuello y lo alzó del suelo. Luego lo aplastó contra un árbol. Comenzó a estrangularlo—. Me dejaría arrancar la piel a tiras antes que permitir que alguien como tú ponga sus manos en esa llave.
Respiró profunda y repetidamente, decidido a no perder la conciencia. De pronto, notó un golpe seco en el costado y cómo algo húmedo se deslizaba por su cadera empapando su ropa. Movió la mano y atrapó la muñeca de Jay. Se la retorció hasta que este soltó la empuñadura del cuchillo con el que acababa de apuñalarlo.
—Me parece que lo que tú harías o no… ya no importa. Espero que tu hijo sea un poco más inteligente —se rio Jay con la voz entrecortada por el agarre. Una sonrisita siniestra se dibujó en sus labios—. Soy paciente, esperaré a que crezca y herede tu legado; mientras, encontraré al niño.
—Si yo muero, mi hijo nunca sabrá nada. Me llevaré el secreto a la tumba.
—Vamos, seguro que tienes un plan b. Jamás dejarías que la llave cayera en el olvido.
Philip le sostuvo la mirada iracundo. Sentía cómo la sangre brotaba de la herida en su costado y resbalaba por su pierna hasta el pie, acumulándose dentro de su bota. El miedo y la rabia le dieron fuerzas. Un destello iluminó su mano hasta convertirla en pura luz. Con la otra le arrancó el colgante del cuello.
—¡Nos vemos en el infierno! —gruñó mientras golpeaba a Jay en el pecho con la mano incandescente.
Después, ambos se desplomaron contra el suelo.
Philip abrió los ojos preguntándose cuánto tiempo habría pasado inconsciente, y se encontró con un rostro borroso sobre él. Trató de enfocar la vista y, poco a poco, distinguió las facciones de Park SeokJin, arrodillado a su lado.
—¿Y Jay?
—Muerto, como todos los demás —respondió Jin horrorizado—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Ha sido culpa mía —declaró sin aliento. Abrió la mano y el colgante quedó a la vista. Jin miró la joya y parpadeó confundido. Después recorrió con la vista el entorno y una mueca de espanto transformó su semblante—. Yo dejé que les hicieran eso.
Una sensación de vértigo se apoderó de Philip, iba a perder la conciencia de nuevo, quizá para siempre. Vio la expresión de su amigo, cómo miraba el medallón en su mano y luego a él. Se dio cuenta de que estaba malinterpretando los hechos. Jin intentó alejarse con el rostro desencajado, pero Philip consiguió mover una mano y sujetarlo por la chaqueta. No tenía tiempo de explicarle nada, y si las cosas iban a quedar así, antes necesitaba pedirle algo.
—Quiero sentencia y castigo —balbuceó. Sentía un frío glacial en los huesos. Jin negó con la cabeza—. Me estoy muriendo. Si no recibo mi castigo, lo hará mi familia. Ellos no saben nada. —Apretó los dientes, pensando en su hijo y en el destino—. Conoces nuestras leyes… ¡Por favor!
—¿Por qué, Philip? Creí que te conocía.
—Me conoces. Por favor, sentencia y castigo —suplicó. Ya no veía ni sentía nada, solo un frío insoportable.
Jin inspiró hondo y asintió con determinación.
—Por el poder que me concedieron los Antiguos, te acuso de las muertes de Hong Chen, Moon Keiko, Kim Hangsu, Kim Aiko, Jay…
—Tragó el nudo que tenía en la garganta y repitió—: Jay… Park y Jackson Park. Tu castigo es la muerte.
—Que así sea.









Que buen comienzo.
Como que tienes una nueva historia y no lo sabia !? 🤧
Amo tus historias y la eleccion de éstas siempre es genial ...desde ya se que la boy a amar !
Gracias ! ❤️