Silencio.
Podría comenzar a contar desde el día en que nací, pero todos sabemos que nadie es capaz de recordar eso. Según mi madre, nunca fui un bebé llorón. Fui tranquila y paciente en cada etapa de mi infancia, pero podemos comenzar por el día en el que empecé a sentir que caía en un vacío emocional, aunque posiblemente sea un borroso recuerdo que mi mente nubla para no repetir sin cesar en mi imaginación. Tendría unos 8 años cuando creía que todo lo que sucedía a mi alrededor era mi culpa.
Digamos que había personas que me hacían sentir incompetente e irrazonable, aunque a mi edad no sabía lo que eso significaba. Podía sentir esa furia que me pegaba un latido de escape en mi corazón.
Solo era una niña que tal vez era diferente y no podía expresarse como debía hacerlo. No sabía lo que era sentir distancia, pero tú me lo demostrabas con tus palabras. Fue aquel día en el que me enseñaste tu verdadera cara.
Fue una mañana normal como todos los días. Una niña con una imaginación extraña que soñaba con cosas infantiles y jugaba inofensivamente en el jardín de lo que llamaba su hogar.
— Lía, ven aquí un momento — me dijo mientras esperabas que corriera hacia ti. Mi ilusión en ese momento era que me dirías algo bueno y agradable que hiciera sentir segura.
— Ya voy, estoy guardando mis muñecos. ¿En qué te puedo ayudar? — dije ilusionada, con mis ojos brillantes y mi cara alegre, como siempre fue.
— Podrías ir a cerrar esa puerta. Toma este candado, ciérrala bien — dijo con poca confianza y desprecio al mismo tiempo. Podía verlo, pero no sabía que era tan intenso.
Fui jugando y cantando a cerrar aquella puerta. No podía hacerlo, pero temía decepcionar a esa persona que depositó la confianza en mi capacidad de hacer las cosas. Lo veía de esta manera, pues era una niña inofensiva que solo vivía en su mundo de fantasía. Yo era amable, amigable, siempre tenía una sonrisa y era risueña. En ese momento me esforcé por cumplir mi objetivo, traté y traté, pero el candado se rompió.
Tal vez creerías que no pasó nada, que no me culparon, que solo fue un incidente y que la fuerza de una niña ejercida no podría romper tal cosa, pero no lo vieron así.
—Lia, por Dios, solo te mandé a hacer una sola cosa, una insignificante cosa. ¿Y no pudiste solo cerrar el candado y ya? ¿Tuve que romperlo o acaso no sabes cerrarlo? — dijo con indiferencia, mientras me mirabas con ojos de decepción y furia.
—Ni siquiera sé para qué la enviaste a hacer eso. Era obvio que no podía hacerlo. Ahora debemos comprar otro candado para la puerta, por su culpa — decía la otra persona en la habitación, apoyando las hirientes palabras que decían.
Esto no era la primera vez que vivía con desprecio. Vivía en esta casa con mi madre y su padre, pero mis hermanos solo eran hijos de mi padre. No eran hijos de mi madre. Nunca aceptaron la relación que tenía mi padre con mi madre y mucho menos me aceptaban como su hermana menor. Pues la casa era de la difunta madre de mis hermanos y era como si mi padre ahí no tuviera ningún derecho. Mi madre apenas podía decir algo.
Me quedé escuchando todas las cosas que me decían, solo escuchaba las palabras que resonaban en mi cabeza: “es tu culpa”. Estas nueve letras resonaban en mi mente. “Es tu culpa”. Mi corazón se apretó, mi respiración se agitó y mis ojos alegres empezaron a perder chispas de color. Mi cara se tornó más apagada y mi mente se grabó estas palabras en mi conciencia. En mi garganta se hizo un nudo tan grande que me costaba tragarme la saliva, a pesar de que solo era una niña. Empecé a sentir lo que era la ansiedad de no hacer una simple cosa bien y no conseguía entender cómo sucedió.
—Mi culpa — dije entre dientes, con voz baja y quebradiza, como si no pudiera contener las ganas de llorar. Me forcé a respirar y me disculpé de manera gentil, luego corrí a encerrarme en mi habitación.
Con la tristeza que cargaba, me sentía sola en este mundo cruel y sin piedad. Podías observarme desde la ventana que estaba a la izquierda, mirando a los pájaros volar y ser acompañados por sus parejas, al aterrizar en los nidos. Podías observar cómo mi mirada se llenaba de melancolía y desesperación. Tal vez su destino era permanecer encerrada o tal vez solo vagar por el mundo sin ningún lugar al que llegar. ¿Cómo era posible que una niña de esta edad pudiera pensar semejantes cosas?
Solo por una discusión con su hermana, pero era más que eso. Las peleas eran constantes. Me recordaban que no era nada más que algo inútil. Era como si me hicieran sentir menos.
Solo tenía 8 años cuando mi mundo dio un giro inesperado. Solo era una niña que debería estar jugando con muñecas y tal vez viendo Barbie en la televisión, pero no. Constantemente me recordaban lo inútil que era. No podía concentrarme en la escuela, no tenía amigas o amigos, pues todos me ignoraban con desprecio. Me preguntaba a mí misma qué había hecho mal, sentada en el fondo de mi habitación. Solo podía llorar y tragarme los nudos formados en mi garganta. Tal vez en el futuro todo podía cambiar.
Desde luego, los problemas en casa no pararon y tal vez empecé a sentirme incómoda conmigo misma, hasta el punto de comer por ansiedad y no poder dormir por la depresión. Soñaba con que tal vez al encontrar el amor cuando sea mayor, esa persona me aceptaría tal cual como soy. Pero si no, ¿qué sería de mí? Sola en este mundo, sin nada más que mi madre, sin ni siquiera un perro que me ladre.
En la escuela trataba de ser la mejor estudiante, pero en vez de traer mejoras, traía desgracia. Nadie quería ser amiga de una sabelotodo y menos de una nerd. Toda esta presión solo encerraba más mis emociones, me hacían sentir en un bucle sin fin, como si todo a mi alrededor estuviera en mi contra. Pero algo me encerró más al recordar una tarea que habían dejado en la clases de ciencias.
—Buenos días, niños — dijo el profesor mientras iba entrando al salón y dejaba sus cosas sobre el escritorio.
—Espero que todos hayan hecho su tarea para el día de hoy — dijo de manera seria mientras borraba lo que había en el pizarrón.
Fui la primera en entregar la tarea, como niña educada e inteligente que era. Pues, al menos, aunque no decían que era buena, nunca descuidaría mis estudios. Eso era lo único que podía tener educación y ser alguien en el mundo.
— Al parecer, solo tú, Lia, hiciste la tarea — dijo el profesor mientras miraba a toda la clase con decepción.
Todos me miraron, como si me culparan de algo malo, como si hubiera cometido un asesinato a manos armadas. Podía sentir esa presión en mi espalda, esa tensión junto con el desprecio, la angustia mientras apretaba mis manos y otra vez este nudo en mi garganta. Otra vez, soy culpable. Solo pasaban estos pensamientos por mi cabeza. Mi mente daba vueltas, mi corazón cada vez se iba cerrando y agotando. Cada vez dejaba de ser una niña que era conocida como risueña y amable. Todo me estaba consumiendo.
Solo rogaba porque algo me salvara, solo pedía que alguien me hiciera brillar como el sol, sin apagarme, sin que la luna me opacara. Creí que todo cambiaría aquel día.








