Always Believed In You, OS Larry Stylinson🎵

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Summary

Dos chicos con un pasado triste, un presente que se ve oscuro y sin un futuro. Encontrarán en el otro, la luz y la calma, en medio de sus desgracias. Un OS corto, soft, sin smut, con vibras LT/HB.

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Chapters
1
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n/a
Age Rating
16+

Florecer en medio del dolor


Intentaba no hacer ruido, moverse ligero, sobre todo en ese diminuto espacio donde estaba la cama, la vieja y usada cama que compartía con el amor de su vida, con su pareja hace un año, a quien ama de una manera gigantesca, de una forma que no existe en este mundo.

Se conocieron trabajando en un local de hamburguesas. Apenas lo vio sintió algo especial, pero luchó contra esa sensación, no podía malgastar su tiempo. Después supo que Harry pensó lo mismo, pero tenían mucha necesidad de dinero. Harry, además, estaba estudiando nutrición en la universidad de Londres, le quedaba solo un semestre antes de titularse, por lo que su escasas horas libres debía trabajar sin parar. Él no pudo optar a estudiar, hubiese amado poder dedicarse a la música de manera profesional, pero su familia no lo apoyó, incluso lo desterraron, sin volver a hablarle cuando supieron que era gay. Suena ridículo, pero su abuela, quien era la cabeza de la familia, tenía los mismos pensamientos de hace 80 años atrás, y aseguraba que la homosexualidad era un delito y el más grande de los pecados. Apenas lo dejaron sacar un poco de ropa y su vieja e inigualable guitarra, y salió una mañana sin destino, sin un techo, sin un amigo.

Llegó a Londres pidiendo a quien pudiera, que lo acercara, en auto, camioneta o camión, cruzando los dedos para que el viaje fuera tranquilo y terminara de buena manera, porque estaba muerto de miedo, de pena, de soledad. El único lugar que podía darle trabajo era este local de comida rápida, porque no necesitaba experiencia, y le pagaban semanalmente. Esa primera semana la durmió en la calle, llorando hasta dormirse, tiritando hasta que lograba cerrar los ojos. Hacía turnos dobles y gracias a eso, al final de la primera semana pudo alquilar una pieza, donde apenas tenía un baño húmedo, un sofá a punto de caerse y una mesa que estaba en pie de milagro. Pero era mejor que estar en la intemperie, a merced de los ladrones, de los cambios de temperatura y de, incluso, los animales.

Al terminar el primer mes conoció a Harry, que tenía el turno de la tarde incluso los fines de semana. Fue inevitable sentirse atraídos, sus historias eran muy parecidas. Harry también fue exiliado de su familia, cuando lo encontraron con un chico en su habitación, solo conversando, pero fue suficiente para su padre, religioso en extremo y que ya le había pegado en incontables ocasiones. Gracias a sus buenas notas, pudo pedir una beca en la universidad, y fue aceptado, recibiendo una pequeña mensualidad para materiales, y tickets para almorzar. Tuvo la fortuna de que la señora que hacía el aseo, le ofreció dormir en su sillón durante un mes, y le daba de comer en la noche. Pudo ahorrar un poco, mientras andaba de trabajo en trabajo, tratando de que su tiempo alcanzara. Había estado limpiando vidrios, vendiendo caramelos a la salida del metro, barriendo plazas, haciendo mandados. Cualquier empleo era digno se decía, para no sentir como puñaladas, las humillaciones que tuvo que pasar.

La primera vez que pudieron hablar, fue a la salida de un turno excesivamente largo por ser domingo, y caminaban hacia la estación de buses. Ahí supieron y entendieron el sufrimiento del otro, y, sin embargo, no dejaban de sonreír, esperaban que, en algún momento, la vida fuera más amable. Tenían hambre de cariño, de aceptación, de ilusión, de confianza, y sus ojos no mentían al mirarse. Que el afecto comenzara a crecer fue fácil, apenas pasó un mes de conocerse cuando Harry fue acorralado en una pared oscura por Louis, y se besaron por primera vez. Fue un beso fuerte, intenso, brusco, no como en las películas en que los protagonistas vuelan envueltos en nubes rosas. No, era un beso que les dolía, que les quemaba, que les ardía con furia. Las primeras caricias ansiosas, casi grotescas, urgentes, que tuvieron que detener al sentir que no podrían parar.

Se convirtió en un ritual cada noche, hasta que un tímido Louis, le entregó una hamburguesa que había robado de la cocina, y con ese gesto, le pidió ser novios. La fuerza de ese detalle, caló en los huesos y la sangre de Harry, el único que sabía el valor de ese regalo. Entre pequeñas lágrimas, apenas fue capaz de besarlo, dando el sí más importante de su vida, el que los uniría en sus miserias y también en sus pequeñas victorias. La compartieron sentados en una banca de la plaza que estaba detrás del local, muy juntos, intentando no tiritar del frío. Y así, bajo un cielo nublado y envueltos en una capa de hielo, Harry le propuso, ahora que eran novios, vivir juntos.

Parecía demasiado rápido, pero no lo era en sus condiciones y para Louis fue simplemente, hacer realidad una ilusión que imaginó desde el primer beso.

Harry había hecho algunas cuentas, y aunque no iban a mejorar su calidad de vida, podrían pagar una pieza un poco mejor, donde apenas podrían poner una cama y tendrían un espacio para la cocina, un ínfimo baño, pero con ducha y tal vez, un par de sillas. Pero lo más importante, es que se tendrían a ellos, alguien que acompañara sus días y noches, que tal vez hiciera salir la soledad por la puerta. La mudanza nunca fue más fácil, prácticamente una mochila cada uno, más la guitarra de Louis. Ordenaron sus pocas pertenencias y aprovecharon esa hora libre antes de volver a trabajar, perdidos en el cuerpo del otro, marcando a fuego sus pieles ávidas de ternura, memorizando sus susurros, conociendo un mundo nuevo, desconocido, lejano, pero que conquistaron a través de caricias intensas y profundas. Pese a todo, al lugar, a esas paredes descoloridas, al hambre que sentían, fue una de sus experiencias más bonitas, no dejaron de tocarse ni besarse, hasta que no tuvieron más remedio que salir a cumplir con sus obligaciones.

Una semana después, su rutina comenzó a cambiar. Harry estudiaba en las mañanas y luego iba a trabajar hasta las diez de la noche, en otra sucursal de comida rápida. Louis trabajaba desde las diez de la mañana, hasta las ocho de la tarde, y después, de nueve a dos de la madrugada encontró trabajo en un bar, sirviendo tragos, y donde de vez en cuando le permitían cantar, que era su mayor sueño y el que lo mantenía con vida. Todo lo que iban recibiendo de dinero, lo dejaban en un plato plástico debajo de la cama. Al llegar fin de mes, sacaban lo del arriendo y lo demás, lo usaban para lo más básico. Desodorante, jabón, shampoo, cepillos de dientes y a veces, ropa interior. Los dos intentaban comer en sus trabajos, y usaban los tickets de Harry para la modesta despensa, que era básicamente pan, fideos, arroz, sal y azúcar. Cuidaban su ropa lo más que podían, apenas llegaban a su pieza se cambiaban a pijama, evitando así cualquier accidente que los obligara a lavarla.

Los momentos para verse habían disminuido drásticamente, apenas un beso cuando Harry lo sentía acostarse a su lado, o una caricia cuando Louis dormía y Harry se iba a estudiar. Alguien podría pensar que eso había enfriado su relación, pero, al contrario, cada día se enamoraban más, cuando veían el esfuerzo del otro, cuando existían los pequeños detalles que para ellos era la vida misma. Una nota, un sándwich, un pedacito de pastel, alguna galleta que le daban a Harry en la universidad, por alguna festividad o media hamburguesa que llevaba Louis para el desayuno. Todo en ellos era fortuna, todo era agradecimiento, era amor real, de ese que se ve en los peores momentos, pero no te asusta, porque has vivido en la miseria y ahora es bella porque la compartes.

Muchas veces Louis estuvo a punto de dejar su sueño para buscar un trabajo más estable, pero ahí aparecían las cálidas palabras de Harry, empujándolo, impulsándolo, dándole un respiro, calma, tranquilidad y sosiego. Apoyándolo cada segundo, pidiéndole que no abandone, que de alguna manera seguirían adelante, que algún día la vida les daría un poquito más de holgura, de estabilidad.

Llegar cada madrugada le dolía a Louis, ver a Harry durmiendo, la mayoría de las veces acurrucado sobre sí mismo, de tanto frío que sentía. Le dolía ver su taza y su pan esperándolos, porque sabía que su novio muchas veces no comía por dejarle a él. Le dolía no poder llevarlo por un helado, o comprarle las zapatillas que vio en una tienda, porque las que usaba se estaban gastando de tanto caminar. Le dolía recibirlo en sus brazos y no poder amarlo como lo soñaba, ni acariciarlo o tener una conversación rutinaria sobre sus clases o de algún cliente que quería la hamburguesa de modo extraño.

Fue difícil acostumbrarse a llegar sigiloso, en medio de una oscuridad cruel para poder abrazar a Harry y darle calor. Si tenía suerte, su novio podría despertar por cinco minutos para dejarle un beso suave, una sonrisa que no veía, pero que sentía, y su pregunta de cómo le había ido. Si no, tenía la fortuna de acostarse y de manera automática, Harry se acurrucaba en su pecho y dormía en calma. Esperaba, alguna vez, componer esa canción perfecta que le abriría la puerta a un mundo diferente, uno que transitaría con Harry de la mano.

Seis meses pasaron así, hasta que Harry pudo titularse y empezar a buscar un trabajo de nutricionista, que no encontró fácilmente. Pero mientras pasaba eso, empezó a ayudar a uno de sus profesores con su agenda y las fichas de los pacientes, y comenzó a tener una nueva entrada de dinero, que le llegaba en el mejor momento. Quería darle una sorpresa a su novio, su amado novio, su hermoso novio que era su fuerza, sus ganas de seguir, su esperanza y sus anhelos. Se le destrozaba un poco el corazón cuando lo veía dormir, y no poder perderse en sus ojos tan bonitos, ni besarlo con vehemencia en sus delgados, pero tan acogedores labios, ni escuchar su risa tan estridente, menos aún, poder compartir un desayuno o una merienda.

Tenía cinco meses para ahorrar hasta la última libra, y poder darle una bonita celebración de cumpleaños a Louis. Sabía que la noche de navidad y el día siguiente, lo tendrían libre, ya que el bar cerraba, al igual que para el año nuevo, dándoles unos días para recargarse como pareja. Había visto un juego de cuerdas nuevas para la guitarra, y una vecina tejía bufandas, guantes y gorros a buen precio. Había pensado también en un pastel, pero era demasiado caro. Una porción era muy poco, pero las donas costaban lo mismo y venían cuatro. Estaba indeciso entre comprar pollo o pescado, porque era un lujo para ellos, pero finalmente encontró a otra vecina que se ofreció a hacer dos cenas completas por unas cuantas libras. Pensar en diciembre le ayudaba a no caer rendido de cansancio y le daba el empuje que necesitaba.

Sin embargo, y a pesar de verse muy poco, también existían pequeños desencuentros, que tenían más que ver con su agotamiento y las frustraciones que los acompañaban, pero hubo una pelea que casi los separa por culpa de los celos. Todo partió una madrugada, en que Louis llegó, como nunca, pasado de copas y oliendo a un perfume que claramente él no usaba, no les alcanzaba para eso. Hizo ruido, habló fuerte, y casi rompe la cama al tirarse tan brusco sobre ella, aplastando a Harry, que despertó asustado, hasta que se dio cuenta de lo que pasaba.

—Lou, ¿tomaste de más? —No tuvo respuesta, solo los ronquidos de su novio. Como pudo le quitó las zapatillas y se volvió a dormir.

A la mañana siguiente, cuando se levantó y se acercó a dejarle un beso, sintió ese aroma que era ajeno. Olió la ropa y sí, no estaba equivocado. Esa mañana Louis no encontró una nota en la cocina, y lo entendió. Sabía que había actuado mal, y se sintió triste de saber que pudo causarle malestar a Harry. No lo vería hasta la madrugada, y no era mucho lo que podía hacer, pero por lo menos, le dejaría una carta. Con su dolor de cabeza golpeando cual martillo, escribió en su cuaderno, ese que lo acompañaba a todos lados, porque en él intentaba componer:

“Lo siento, no quise portarme así, pero todo tiene una explicación. Me gustaría poder decirte esto a la cara, pero no quiero dejar pasar el tiempo. Anoche, fueron algunos productores a escuchar y ver a quienes cantamos, se supone que buscando nuevos talentos. Cuando terminé, se acercaron y me felicitaron, hicieron un brindis tras otro, y yo, iluso, pensé que era lo que debía hacer, seguirlos. Cuando me di cuenta, ya había tomado de más, y fue cuando uno de estos tipos intentó abrazarme, a pesar de mi negativa, y se restregó contra mí. Después de eso, volví a tomar, me sentí sucio... Te juro que no fue mi intención, que jamás te haría daño ni defraudaría tu confianza, por favor, créeme”

Sin embargo, pasaron dos días en que no hubo comunicación. Fueron noches terribles para Harry, porque su dolor era tan grande, que llegó a pensar en irse. Entendía lo que había pasado, pero imaginar la escena de ese idiota intentando sobrepasarse con su novio, le revolvía el estómago. ¿Y si volvía a pasar? ¿Y si la próxima vez, Louis no sabía poner límites? Tenía miedo, miedo de esa industria tan tóxica, donde se pierde la intimidad en pos de los números. Jamás había sentido ese terror, no quería sentirlo, por eso se había acurrucado en el borde de la cama, aguantando las ganas de abrazar a su novio, y también las lágrimas.

Y Louis no estaba mejor. Tuvo que buscar rápidamente un nuevo local para trabajar, porque lo echaron de donde estaba, debido a lo que había sucedido con los supuestos productores. En el nuevo bar, supo que eran estafadores, bastante particulares, que emborrachaban a sus víctimas para obtener sexo fácil en medio de las nubes de confusión que entregaba el alcohol y la noche. Por suerte, había encontrado este nuevo trabajo, con mayores propinas, pero ni eso logró calmar su adolorido corazón. Necesitaba arreglar las cosas con Harry, pero recién en cuatro días podría hacerlo.

Todo empeoró, cuando una de esas mañanas, encontró una hogaza de pan en una bolsa, en la cocina. Le pareció extraño, porque era de muy buena calidad. Abrió la bolsa, y descubrió una nota.

“Gracias por todo tu esfuerzo, quisiera recompensarte de alguna otra manera, porque lo estás haciendo muy bien. Puedes contar conmigo siempre. Atentamente, George”

¿Quién mierda era ese tal George? ¿Porqué se tomaba ese tipo de atribuciones con su novio?

Los celos calcinaban su pecho, quiso tirar el pan a la basura, quiso correr a buscar a Harry y moler a golpes al estúpido ese. Nada le dolió más que pensar en perder a su novio. Apenas pudo mantener la cordura mientras trabajaba en el local de comida rápida, porque al terminar su turno, se descompuso. Tenía vómitos, y mucho dolor de cabeza, por lo que pasó a duras penas al bar, a excusarse, y afortunadamente le dieron dos días libres. Su jefa era realmente buena, lo apreciaba mucho porque sabía de su talento y de su esfuerzo.

Llegó sujetándose de las sucias paredes, y se acostó. No fue capaz ni siquiera de sacarse las zapatillas, menos de preparar un té. No recuerda bien si durmió un rato, pero sentía que habían pasado mil horas y Harry no llegaba, todo daba vueltas, lo que lo desesperaba, necesitaba a su novio. Volvió a cerrar los ojos, y sintió algo en su frente, también una pequeña luz y un rico olor, que no supo identificar. Apenas podía enfocar su mirada, pero cuando lo hizo, estaba su novio a su lado, mirándolo preocupado.

—¿Cómo te sientes? ¿Qué pasó Lou?

—No quiero que me dejes por ese idiota, —fue lo primero en decir. —Quiero vomitar.

—Bebe esto, de a cucharadas, despacio, —dijo ayudándolo a sentarse. Cuando terminó, volvió a acostarlo. Le había quitado las zapatillas y el pantalón, porque estaba ardiendo en fiebre, pero no pudo quitarle la chaqueta. Casi había muerto de la impresión al llegar y verlo así. Prendió una de las velas que tenían para emergencias, y fue a preguntarle a la vecina si tenía canela. Afortunadamente le quedaba un poco y pudo preparar el té, recordaba que su mamá le daba eso cuando estaba enfermo, a pesar de que todos le decían que no servía para la fiebre, a él siempre lo hizo sentir mejor.

Cambió el trapo húmedo que le había puesto en la frente, cada vez que se calentaba. Vigiló su sueño, le habló despacio de su día, de sus últimos días. Le pidió a ese Dios que decían existía, que lo ayudara, que le diera la sabiduría de saber qué hacer, porque tenía miedo y estaba solo.

Dos horas pasaron, hasta que por fin Louis pudo abrir los ojos sin marearse. Harry lo miraba con tanto amor, que derritió todas sus sombras, esas que le gritaban que jamás sería suficiente, que intentaban arrastrarlo a abandonar su sueño, a dejar a su novio, a no volver a intentar.

—Lo siento, no me gusta que estemos enojados, —habló tomando la mano de su novio.

—A mi tampoco, pero necesitamos hablar, no podemos dejar que las cosas pasen, disculparnos y ya, —dijo ligeramente triste. —¿Te sientes mejor? ¿Quieres comer algo?

—Si es de ese pan, no quiero, —contestó haciendo un puchero.

—Te comportas como un niño, y no, no es de ese pan, porque no era para mí, era para entregarlo a un paciente que vive acá a dos cuadras, y que tiene obesidad y ha hecho un gran trabajo siguiendo la pauta de alimentación que le dimos.

—Soy un tonto, ¿verdad? —Preguntó. —Casi muero del coraje de pensar que alguien te mirara... Perdón.

—No lo eres, pero sé que es fácil caer en esto y no quiero, no quiero tener miedo de que vuelvas a ponerte en riesgo, que una de esas veces te pase algo.

—Lo sé amor, de verdad. Lo que pasó esa noche me dejó claro que no puedo confiar en alguien de esa manera, menos en este círculo. Nunca quise fallarte ni faltar a mi propia promesa de hacerte feliz”

—Te creo, pero supongo que nos tomará unos días más volver a sentirnos cómodos, —explicó, mientras se quitaba la ropa y se acostaba. —Estoy agotado, ponte pijama y ven a acostarte, —dijo bostezando.

—Lo siento, pero no, —contestó desnudándose. —Esta noche te necesito.

Palabras mágicas que eliminaron el sueño del cuerpo de Harry en un par de segundos, haciéndolo sonreír. Se extrañaban en demasía, cada centímetro de sus cuerpos exigía atención, sus manos vacías se empezaron a llenar del otro, volvieron a ser solo uno en medio de sus gemidos ahogados. La misma escena se repitió antes de que Harry tuviera que levantarse, aunque habían dormido muy poco, entregarse al otro siempre valía el esfuerzo de andar con sueño durante el día. Después de mucho tiempo, pudieron desayunar juntos, una taza de té y unos pancitos con queso que le dio la vecina de la canela. Luego de eso, Louis acompañó a su novio hasta el centro médico donde estaba trabajando. Se despidieron felices, con muchos pequeños besos.

—Amor, —habló Harry. —¿Has pensado en componer sobre algo que hayas vivido, en vez de algo que desconoces?

—No lo sé, no lo he intentado, pero puedo probar. Que tengas un hermoso día, —contestó dándole un último beso.

Camino a su departamento, tenía un par de horas antes de tener que ir al local de hamburguesas, y aprovechó de ordenar y limpiar un poco el lugar. Tomó el pijama de Harry y fue inevitable olerlo, y quedarse por minutos envuelto en ese aroma, que era su favorito. Agarró su cuaderno y empezó a tirar líneas, una tras otra, imaginando la melodía en su guitarra hasta que la terminó. Estaba sorprendido de la facilidad con que la letra apareció, ahora debía ponerle la música. Rasgó las cuerdas de su guitarra y la melodía encajó perfecto entre su prosa. Quizás necesitaría unos pequeños ajustes, pero estaba satisfecho por primera vez; su novio tuvo razón: componer sobre algo que conoces es mil veces mejor y más real en su caso. Sonrió mirando al techo, y salió a trabajar intentando memorizar la letra y las notas.

En un pestañeo llegó diciembre, cubriendo todo de frío, de nubes, de viento, de calor navideño. Louis apenas pudo terminar de afinar la primera de sus canciones, porque su guitarra había perdido una de sus cuerdas cuando en plena actuación se rompió. Debido a eso, intentaba practicar con alguna que le prestaban en el bar, por lo que su tiempo era muy limitado. Estaba triste, porque, aunque se había esforzado, no podría comprar el regalo que deseaba para su novio. Eran esas sencillas zapatillas, las que aún no había podido renovar, a pesar de que habían pasado los meses. Solo pensar en Harry su corazón estallaba, era un tesoro, su tesoro, quien se había convertido en su mundo, en todo lo que necesitaba, su felicidad y su vida entera. Soñaba con que llegara el día en que pudieran acostarse al mismo tiempo, y poder desayunar juntos, para poder verlo, admirarlo, contemplar su sonrisa y descubrir su cuerpo, una vez más, bajo la luz resplandeciente del sol o poder amarse sin tiempo bajo la ducha, con el agua sobre sus pieles. O salir a caminar sin prisas por el parque, de la mano, hasta ver el atardecer en medio de besos y de helados con sabor a chocolate, menta o limón. Después de mucho, mucho tiempo, estaba feliz de cumplir años, aunque no tuvieran un arbolito, ni regalos, ni cena. Se tenían a ellos, y eso era el universo en su pequeño departamento.

Harry en cambio, estaba ansioso. Su jefe le ofreció compartir la consulta, para que tuviera sus propios pacientes, ya que había demostrado ser un excelente nutricionista y la gente estaba contenta con su trabajo, y ya tenía cinco personas con sus fichas, listas para empezar los primeros días de enero. No le quería contar a Louis, hasta su cumpleaños, para que fuera parte de su sorpresa. Algún día, podría ofrecerle algo más que una taza de té, o un pan duro, o el arroz recalentado de tres días. Habían sido felices así, y estaba seguro que cuando la necesidad fuera menos, su amor sería más y más grande. Quería que el día 24 en la noche llegara ya mismo, le urgía ver los ojos azules de su novio brillantes, reafirmándole que le habían gustado sus regalos.

Llegó finalmente, el gran día. Louis durmió hasta casi las nueve de la mañana, y no vio nada distinto, no lo esperaba tampoco, aunque quizás, ¿una nota? Pero estaba bien, no haría un drama por algo así. Se arregló para irse más temprano a trabajar, porque al ser noche festiva, el local cerraba más temprano. Cuando volvió cerca de las ocho, se sorprendió de ver todo tan oscuro, se suponía que su novio ya debía estar en el departamento. Apenas cerró la puerta, unas luces de colores aparecieron frente a sus ojos. Era un muy pequeño arbolito de navidad, con algunos regalos alrededor. Harry sonriendo, al lado de la cama, mientras le cantaba la misma canción que había escuchado por tantos años, pero que ahora sonaba tan diferente, tan especial, tan suya. No reaccionó hasta que su novio lo abrazó fuertemente, y lo besó una y otra vez.

—¿Qué es esto? ¿Cómo...? —Le costaba hablar.

—¿Sorpresa? Podemos hablar después, porque lo más importante ahora es, que abras tus regalos para que cenemos. —No dejaba de sonreír.

—¿Regalos? ¿Cena? ¿De qué hablas amor? —Preguntó confundido. —Yo no tengo nada para ti, —explicó con pena.

—Lo único que quiero, ya lo tengo, y eres tú. Aunque podría ser mejor aún, si abres tus regalos.

Sin poder cerrar la boca, abrió el más grande primero. Era lo que la vecina había tejido, y era muy lindo, gorro, guantes, bufanda y calcetas gruesas, para abrigar sus pies fríos a la hora de dormir. Siempre le reclamaba a Harry que le robaba su calor, ahora no tendría excusas. El segundo regalo, era el juego de cuerdas para su guitarra, y ya no podía más de la emoción, sus ojos se aguaron, porque esos presentes, eran el fruto del esfuerzo, del amor que le profesaba su novio. El último, hizo encarnar las mejillas de Harry, porque no era solo para Louis, era para los dos: un lubricante.

—¿Te gustaron tus regalos? ¿Sí? —Preguntó sonriendo. —Entonces vamos a cenar a la cama. —Sacó las bandejas con la comida, y llevó dos vasos para el jugo que encontró en oferta. —Ojalá te guste, se ve muy rico.

Puso en la cama, para cada uno, una porción de puré de papas, con pollo al horno, una pequeña ensalada y pan. Sirvió el jugo de naranja, y propuso un brindis, a su aún mudo novio.

—Por ti, porque podamos celebrar muchos cumpleaños más, porque pueda ver siempre tus ojos derramando lágrimas de felicidad. Te amo, eres mi inspiración, mi luz, mi todo. —El rostro feliz de Louis, cambió al mirar la comida, transformándose en tristeza, y más aún, al escuchar a su novio. —Lou, ¿Qué pasa? ¿No te gustó la cena? —Preguntó preocupado.

—Me encanta, es que amor, ¿cómo conseguiste todo esto? Me siento mal de no haber podido comprarte las zapatillas que tanto querías. —Derramó amargas y tibias lágrimas. —No me merezco tanto.

—¿Cómo que no? Te mereces todo Lou, ojalá pudiera darte lo que imaginas y más, —dijo dándole un pequeño beso. —Comamos, también hay postre.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Mi postre eres tú.

—No, —rió. —Hay donas, —explicó con la boca llena de comida.

—Pero yo prefiero Harry de postre.

—Está bien, no me voy a negar, —dijo sonriendo. —Y tengo una noticia. —Se mordió los labios, ansioso, —desde enero, voy a empezar a atender a mis primeros pacientes. Mi jefe va a tomar una especialización, por lo que no tendrá tanto tiempo, y voy a quedar a cargo cuando él no esté. Mi sueldo va a ser mucho mejor, y mis horarios también, voy a poder dejar las hamburguesas en un mes.

—¿Es en serio? ¡Amor, qué buena noticia! Estoy tan orgulloso de ti, has trabajado tanto por esto, te lo mereces. —Se acercó a besarlo.

—Lo que más me gusta, es que hay días en que podré dormir hasta tarde contigo, y podremos desayunar juntos. Te extraño mucho.

—Yo te extraño más... —Contestó. —Esto estaba delicioso, tenía mucha hambre, gracias amor.

Harry sonrió, mientras retiraba la basura, y llevaba a la cocina los cubiertos y vasos que ocuparon.

—Me lavo los dientes y vuelvo.

—Te acompaño, —dijo con una mirada intensa.

El espacio era muy poco para los dos, pero Louis que estaba detrás de Harry, se apretó hasta que su erección apareció, reclamando atención. Con una mano se cepillaba, mientras la otra se había perdido dentro de los pantalones de su novio que empezó a gemir. Lo que pasó después, fue una oda al amor, poesía pura transformada en susurros, rasguños y mordidas. El día despertó con ellos abrazados, desnudos, felices, completos.

Desayunaron las donas, y volvieron a la cama. Por ellos no saldrían de ahí por meses, nunca tenían suficiente, mientras más tiempo pasaba, mayor necesidad de entregarse aparecía. Después de almuerzo, Harry se dedicó a leer, mientras Louis cambiaba las cuerdas a su guitarra, la afinaba, y comenzaba a practicar, arreglando las notas en su cuaderno. Harry no perdía ningún detalle de lo estaba haciendo Louis, y notó el brillo especial en su mirada, pero no iba a preguntar, amaba verlo así, concentrado, perdido en su música, dando pequeños pasos para cumplir sus sueños.

La última semana fue muy estresante, pero ya era 31, y eso significaba más tiempo juntos. Harry había logrado que la vecina le fiara dos cenas, y él pudo comprar una pequeña tarta de frambuesas. Estaba y se sentía de una manera diferente. ¿Nostalgia, tal vez? ¿Incertidumbre? ¿Miedo? No sabía, solo miraba hacia atrás y le parecía que habían recorrido un camino arduo y espinoso, suavizado con sus presencias. Le parecía increíble que pronto cumpliría un año de noviazgo, que jamás imaginó que estaría así, cansado, pero feliz, enamorado e ilusionado, acompañado de este chico con el que compartían un pasado difícil, a veces desgarrador.

Cuando llegó Louis, le sorprendió que su novio casi se lanzara encima. Solo correspondió a su abrazo, fuertemente, cálidamente y le susurró que todo estaría bien.

—¿Qué pasó amor? ¿Porqué estás así? —Preguntó angustiado, acariciando su espalda con cariño.

—No lo sé, —contestó empezando a sacudirse junto con sus lágrimas. —Estoy... ¿feliz? Hemos pasado por tanto, que no sé, no sé...

—Shhh, tranquilo amor, está bien, desahógate, estoy contigo.

—¿Sientes miedo a veces? Tengo terror a perderte, y eso me paraliza, porque nunca quise depender de alguien, siempre fui solo yo, y tú te has transformado en mi aire, mi sangre, mi razón de todo lo que hago...

—Ni cuando me echaron de esa casa que nunca fue mía, ni cuando dormí en la calle o cuando no tuve qué comer, sentí tanto miedo como en este año. Lo que siento por ti no se puede describir, ni siquiera puedo intentarlo. Pero estamos juntos, tendremos miedo juntos, nos cuidaremos juntos, caminaremos juntos amor, —dijo buscando su mirada y sonriendo al encontrarla. —Te tengo una sorpresa, para después de cenar. ¿Quieres ir a ver los fuegos artificiales a medianoche?

—Me encantaría.

Sería de la pocas ocasiones en que saldrían a la calle como simples novios, solo con la intención de disfrutar la sensación de caminar de la mano. Cenaron en medio de besos, que amenazaban con dejarlos desnudos, pero tenían que soportar hasta después del abrazo de año nuevo.

Dejaron ordenado, y se abrigaron bien, parecían monos de nieve, todo gorros y bufandas. Mucha gente estaba ya reunida en las calles cercanas al Big Ben y al London eye, se veía todo iluminado, el espíritu festivo los envolvía, al igual que la esperanza de un nuevo año mejor.

Cuando dieron las doce, su corazones explotaban igual que los fuegos en el cielo, porque tenían a la persona más importante de sus vidas a su lado. Un abrazo intenso, lágrimas, y un beso bajo las luces y sobre las piedras. Caminaron de la mano, sintiéndose tranquilos, cuando empezó a sonar música en los altavoces, que tarareaban e intentaban seguir, causándoles pequeños ataques de risa. De pronto, una melodía muy bonita y una voz que hizo sobresaltar a Harry.

—Lou, se parece a tu voz, —comentó entusiasmado.

Fue cuando escuchó a su novio cantar con toda propiedad, un par de líneas:

Cuando estés perdido, encontrarás una manera

Yo seré tu luz

Nunca sentirás que estás solo

Haré que esto se sienta como un hogar...

Y se grabaron en su turbada mente. —Amor... ¿Eres tú? ¿Tú estás cantando? —Preguntó palideciendo.

—Lo soy, —contestó mientras pequeñas lágrimas corrían por sus mejillas.

—Lo lograste amor, —dijo apenas, llorando de la emoción.

—No, no lo logré, —contestó sorprendiendo a un confundido Harry. —Lo logramos.