Gatita y lobito VIII. Tercera parte: las redes sociales y el amor
Como si se tratara de un microscópico Big Bang, todo comenzaba con una pequeña explosión luminosa. Luz que provocaba el nacimiento tanto del tiempo como del espacio. Una luz que continuaba creciendo y creciendo, en un intento por expandirse; por abarcar la eternidad. Como si su significado consistiera en suplantar la oscuridad. Era inmensa, cálida, una sensación que el lobito conocía perfectamente. De pronto, esa luz no solo se expandía sino que empezaba a multiplicarse. En distintos puntos, de distintas formas. Aquí, en otros muchos lados. Al mismo tiempo, en distintas épocas. Caótica, era la palabra que la describía a la perfección. Luego, súbitamente, esa calidez se concentraba en los labios del lobito. Ahora, se transformaba en algo húmedo y suave. Transitando, después, a un estado de contemplación y silencio. En algo que a él le causaba una gran paz. “No creo que pueda haber mayor tranquilidad en este mundo”, pensó. “¿Estaré aproximándome a aquello llamado el paraíso?”, continuo.
Sin embargo, de pronto, una sacudida terrible lo hacía caer estrepitosamente de ese maravilloso y pacífico lugar a la más terrible sensación terrenal. “¡Ya levántate!, ¡ya levántate!”, escuchaba el lobito que le gritaban, mientras intentaba abrir sus ojos. “Te acaricie la pancita, te di muchos besitos por todo el cuerpo y en tu boquita, bueno, hasta te deje en paz por un momento, ¡y no te despiertas!”, le decía una hermosa gatita que lo agitaba de un lado para el otro.
Torpe y lentamente, el animalito se incorporaba, tratando de entender que era todo lo que ocurría. Sentía que aún no podía diferenciar claramente entre los dos mundos; entre el sueño y la realidad. Quizá por eso se quedaba mirando atentamente una figura que le era familiar: su gatita. Pensando que tal vez lo había logrado y engañando a Morfeo pudo invocar a este plano a su eterna compañera. No obstante, a diferencia de él, ella lo veía que hacía caras extrañas y graciosas. Viéndolo por un momento, como el lobito intentaba despertar, no pudo evitar soltar una leve sonrisa. “Aún se encuentra medio dormidito. Mejor lo dejó que duerma un poco más”, pensaba.
Después de unos minutos, el lobito al fin despertó. En sus brazos se encontraba la gatita. Ella, al verlo despertar bien, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Mi lobito, quiero que me sigas contando: de qué forma encontraste el sentido de la vida”. Él, aun tallándose los ojitos por el sueño, le contestó: “Claro, gatita linda”. Sin embargo, su estómago también había despertado, rugiendo. “Solo que, ¿podemos desayunar algo antes?, me muero de hambre”, continuo.
El día no podía ser mejor para contar una buena historia. El cielo se veía despejado para las ideas, aunque no estaba solo. Un par de nubes blancas revoloteaban como si fueran palomas blancas en plena libertad. El sol se encontraba más luminoso de lo habitual, tal vez en un intento de dar más claridad a los pensamientos. Y aunque ese ambiente, más que invitar a charlar, parecía incitar a salir de casa, eran los fríos vientos de diciembre los que obligaban a quedarse. Pretexto perfecto para que el lobito le pidiera a la gatita que le diera una taza de té.
Estando en la mesa, la gatita sirvió té para ambos. El lobito, tomó un pan de dulce y le dio un gran mordisco. Ella, al verle la boquita llena de azúcar se la limpio. “Continua tu historia, lobito. Que tengo mucha curiosidad desde ayer”, le dijo ella. “Sí, gatita linda”, le contestó él.
Bueno, sabiendo que el significado de la vida no podía hallarse en el dinero o el poder, me dispuse a continuar mi búsqueda. Mis pasos; mi andar me llevo a un pequeño lugar que llamo de inmediato mi atención. Era un edificio muy llamativo, que estaba adornado con muchas luces. Dentro tenía varias secciones, y en cada una había personas haciendo distintas actividades. Algunas se encontraban bailando. Otras estaban jugando videojuegos. Y otras tan solo las veía platicando o simplemente tomándose fotos. En lo que todas coincidían es que lo realizaban interactuando a través de una cámara y un celular.
Caminando por el lugar, encontré su nombre: “Academia de Streamers”. “¿Esto es una academia?”, me pregunté. “Esos que vi, deben ser los alumnos, pero ¿qué pueden enseñar aquí?”, continué. Buscando, encontré unas palabras escritas en las paredes, que me dieron claridad. “Aquí se les enseña a las personas a como convertir la audiencia en ganancia; a como convertirse en los reyes del streming; a como obtener muchos likes y me gusta”. Tras leer eso, quede muy sorprendido. “¿En esto se ha vuelto la enseñanza?”, me cuestioné nuevamente.
Salí del lugar y afuera había personas que los veían a través de sus pantallas. Enviaban corazones, emoticones, donaciones a sus Streamers favoritos. “Me alegras el día”, les leía entre los mensajes que mandaban. “Después del pésimo día que he tenido, solo esperaba para verte y que me sacaras una sonrisa”, también alcanzaba a leer. “Verte reír y que estés alegre, es lo que le da significado a mi vida”, fue el último mensaje que pude ver, antes de querer irme inmediatamente de ahí.
Sabes, gatita linda, me sorprendió mucho que las personas expresaran tanta necesidad y afección por una proyección; por la imagen y video de una persona. Siempre he pensado que las redes sociales tienen bastante de mentira. Que esas proyecciones tienen mucho de engaño. Que si bien pueden conectarnos con el mundo, potencialmente también generan desconexiones: con los amigos, con la familia, con nuestro entorno, con nosotros mismos. Y no solo una desconexión para quién es espectador, sino también para quién genera el contenido. ¿Cómo será una vida dedicada a pensar en conseguir más vistas, más “likes”?, ¿cómo será estar todo el día con la mente buscando ideas para que su público no se desconecte; en seguir siendo “visto”?, creo que más bien se vuelven esclavos de la audiencia, del reconocimiento, de aparentar ser algo que tal vez no sean.
“Caja de engaños y mentiras, le hubiera puesto yo de nombre a ese lugar. O al menos Academia de belleza superficial”, en ese momento me dije a mí mismo, gatita linda. Lo que inevitablemente me llevo a otra reflexión. “¿Belleza?, ¿belleza?, ¡claro!, en la belleza puede estar el significado de la vida; su sentido. ¡Cómo no lo pensé antes!”, concluí.
De pronto, la gatita se levantó. Se acercó al lobito y le dio un beso, de una forma delicada y luminosa. El lobito se sorprendió por un momento. Al mirar a la gatita, la vio más hermosa que nunca; con un brillo inmenso. “Siempre que te escucho hablar así, con tanta pasión, no puedo evitar querer besarte, mi lobito. Interrumpirte y pedirte que me abraces muy fuerte. Sé que lo pienso porque simplemente me encanta como eres”, le dijo la gatita.
El lobito se quedó estático por un largo rato. No dejaba de ver a su gatita. Entonces, descendiendo del plano astral en el que sentía se encontraba por el repentino beso, le dijo: “sabes, gatita linda, fui en búsqueda de la cosa más bella del mundo. Y la encontré. Lo sabes, ¿verdad?”. “Claro, mi lobito. Ahí estaba yo, esperándote. Lo recuerdo muy bien”, le dijo la gatita. “Estaba hermosísima. Con el pelaje acabado de cepillar. Con los labios pintados de un rojo intenso. Acostada en una pose muy sexi. Sí, lo recuerdo perfectamente”, continuo.
El lobito no pudo evitar soltar una gran carcajada. “Sí, claro”, dijo él con un tono de sarcasmo, tratando de contener la risa. “Pero de que te ríes, así fue, ¿verdad?”, le dijo la gatita, mientras le mordía y jalaba una oreja al lobito. “¿Verdad?, dime que sí”, continuo ella, jalando un poco más fuerte la oreja. “Sí, gatita linda, por supuesto. No me reía de ti. Fue de algo que me acordé”, le dijo el lobito apartándose, y riéndose un poco. “Bueno, déjame continuar con mi historia”, continuo.
“Después de que te halle”, relataba el lobito. “A la cosa más bella del mundo. Es más del universo. No lo olvides”, interrumpió la gatita con un tono de regaño. “Sí, a la cosa más bella del universo”, corrigió pronto el lobito. “Me pregunté si al fin había encontrado el significado de la vida; su sentido”, dijo el lobito. “¿Y lo encontraste?, preguntó la gatita.
Tú y yo hemos caminado mucho, gatita. Hemos visto grandes ciudades, reinos ricos y pobres, y sociedades muy distintas. Te amo porque en el momento de nuestro encuentro, no esperaste nada de mí. No esperaste o exigiste que te amara. Tan solo me seguiste, tan solo caminaste a mi lado. Por días jugamos juntos. Por semanas lloraste en mi pecho. Por meses reíste junto conmigo. Sé que por años cantaremos, bailaremos y caeremos en oscuridades muchas veces. Para mí ese andar junto a ti, se volvió necesidad. Y esa necesidad se transformó en amor. El amor es costumbre, dice el escritor Mario Benedetti. Le creo.
Nuestro amor fue tan simple y bello. Ni siquiera necesitamos nombrarlo, para que tuviera significado. Significaba y lo sabíamos. Fue fruto de nuestros pasos; fruto de nuestros tropiezos; fruto de nuestras palabras; fruto de nuestros sentimientos. Paso el tiempo y al fin le pusimos nombre: “gatita y lobito, juntos eternamente”.
Tu amor me enseñó que se podía amar en libertad. Que no se requerían códigos o conductas preestablecidas. Solo ser tú y yo. Recuerdo siempre que hiciste énfasis en eso: “tú eres tú, lobito, y yo soy yo”. Venía de una sociedad en la que se nos exigía amar, y amar de cierta forma. Que si daba amor, merecía recibirlo, me decían. Es más, debía exigirlo. Nunca lo busque, pero quien me llegó a amar me exigía que se lo devolviera. A veces hasta que se lo devolviera multiplicado por dos o más. Yo, solo deseaba ser libre. Sin embargo, llegue a aceptarlo. Así es el mundo, y así es como se debe amar, pensé. Por eso me sorprendió tu forma de pensar el amor: “tú eres tú, y yo soy yo”.
Tiempo después, tu forma de pensar me llevó a reflexionar: precisamente porque tú fueras tú, y yo fuera yo, implicaba que mi sentido de vida no podías ser tú. Porque era injusto que cargaras con algo que no eras: yo. Era injusto depositar en ti, la cosa más bella y que más atesoro en este mundo, el peso de mi existencia. Así lo supe. Entendí que el significado de la vida no podía estar en mi gran amor. Aunque supe, también, que ese amor podía acompañarme a encontrarlo. “Claro, mi lobito. Te lo dije, a donde vayas iré. Hasta el fin del mundo y del tiempo. Nunca estarás solo. Siempre estaremos juntos. Eternamente”, le dijo la gatita, con un gran brillo en los ojitos. “También iré a donde vayas, gatita. Siempre estaré a tu lado”, le dijo el lobito, abrazándola muy fuerte, y dándole un beso en la frente.
El té se había terminado. El pan de dulce y las galletas con las que lo acompañaban ambos, también. El lobito se levantó de la mesa, y tomo un suéter. Tomo un abrigo y una gorrita de invierno para la gatita. Le coloco ambas, y le dijo: “anda, camina conmigo, gatita. El clima está muy bello. Salgamos. Acompáñame, que te ves muy bonita. Y te contaré el final de esta historia”.
Alberto Pascual