La Montaña Dragón by EffeUve at Inkitt
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La Montaña Dragón

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Summary

¡Bienvenidos al borrador 0 de La Montaña Dragón! La vida de Ende Batliner está a punto de cambiar, pero no de la forma que ella espera. Por una vez, y sin que sirva de precedente, será la heroína de las historias que tanto le gusta leer.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo I

ENDE (p.o.v.)

A lo largo de mi corta vida he visitado tantos castillos, monasterios y grandes casas, que poseo un privilegiado sentido para orientarme en busca de libros.

Sé que tengo que dirigirme lejos de las cocinas y boticas, de las caballerizas y cuartos de armería. Si hay varias plantas, comienzo por las alturas. Si son edificios alargados de grandes habitaciones encadenadas, me escabullo rápido hacia los despachos y alcobas masculinas, ya que, al parecer, el hábito de lectura es imprescindible en un hombre, pero no esencial para la mujer.

En el castillo de Gloor no era distinto, aunque el desordenado vaivén que imperaba en la zona baja, me facilitaría bastante la búsqueda. Tan solo tenía que caminar a contracorriente de toda la gente que llegaba, buscando los rincones más silenciosos, aquellos sin criados, ni baúles, ni marquesas al punto del desmayo a causa del barro del camino. Algunas desdichadas sollozaban sin consuelo al bajar de sus carruajes, suplicando por una buena tina de agua caliente. Las lluvias torrenciales de los últimos días no habían sido clementes con las damas y damiselas que acudían a la boda real, ni con sus delicadas pertenencias.

Bordeo las cuadras y camino detrás de uno de los lastimeros grupitos de recién llegados, intentando parecer tan afligida como ellas. El barro presente en el faldón de mi vestido bien le hace la competencia al de sus enaguas. Mi inestimable torpeza me había hecho resbalar justo antes, contra una de las losas sueltas de detrás de las cocinas.

Por suerte, nadie me había visto.

Escucho y asiento compungida a los lamentos de las otras mujeres camino a la entrada este del castillo, hasta que un lustroso caballo tordo me lanza una penetrante mirada desde las caballerizas, ojos oscuros y cristalinos enmarcados en larguísimas pestañas. Una mirada que no puedo dejar pasar desapercibida. Me acerco al animal y deslizo con disimulo una zanahoria de mis bolsillos a sus enormes dientes, la visita a las cocinas ha sido del todo provechosa.

Nadie me ha visto.

Enfilo hacia la planta superior por una escalinata de servicio. El pasillo es estrecho y con una iluminación pobre, utilitaria. El olor que escapa de las cocinas a pleno rendimiento; asando, rehogando y salteando sin descanso para los próximos banquetes es mucho más perceptible desde allí. El aire más denso, debido a la poca ventilación. Giro en busca del ala este del edificio, desembocando a un pasillo mucho más largo pero igual de estrecho. La mala suerte quiere que un criado emerja de una de las puertas del fondo, y que yo no encuentre por donde escabullirme.

Caminamos uno frente al otro, al encuentro.

Pienso en fingir desorientación, confusión y quizás un pequeño desmayo. Pienso también en mostrarme altiva, cuadrar mis hombros con mi clavícula e ignorarlo. Algo en su rostro me hace huir como alimaña. Correr hasta el pomo de la siguiente puerta y salir despedida.

Sí, sí que me ha visto.

Abro los ojos sin saber siquiera que los había cerrado y suspiro aliviada al encontrarme dentro de un salón vacío, en silencio. Hubiese sido terrible terminar en una sala humeante, llena de nobles jugando a las cartas, brindando con licor a la salud del Príncipe Gloor. Peor aún, en el gabinete de algún venerable Conde disfrutando de su aseo, con paños calientes en la cara...y nada más para tapar sus viejas carnes.

En su lugar, estoy rodeada de un buen montón de piezas de caza, con sus grandes cuernos colgando de paredes tapizadas en un cruel burdeos. Todo en esa sala parece pesado, y a punto de caérseme encima.

Salgo otra vez a un pasillo, no, al corredor principal, así lo indicaban sus muros llenos de blasones desgastados y las decenas de velas que iluminan el camino. Diviso por fin lo que buscaba, sin duda, la gran puerta de nogal del final no puede engañarme, demasiado ornamentada para ser de servicio, aquella debe ser la biblioteca.

La gran biblioteca del Castillo de Gloor es … toda una decepción.

De forma circular, al estar en la base de una de las torres del gran edificio de piedra, sus libros y pergaminos me rodean nada más entrar, impregnando mis sentidos con el delicioso olor a papel y cuero repujado.

Pero son pocos. Pocos para tan aclamado edificio, cuna de Reyes desde la antigüedad, hogar de nuestros orígenes, testigo mudo de nuestra historia, como había dicho padre. ¿No deberían existir más tomos?

Aquello no llegaba para toda una vida allí encerrada. Me convenzo a mí misma de que deben existir más libros y librerías ocultas a los foráneos. Catacumbas y buhardillas llenas de libros un poco húmedos o apolillados, esperando llegar a mis ansiosas manos una vez que …pase todo esto.

Seguro.

La mayoría de los libros parecen además ser de leyes, balances de cuentas o libros religiosos. Sumamente decepcionante. Hasta que, al final de la estantería, bajo las grandes vidrieras alargadas, iluminado por las líneas de luz que atravesaban los cristales (señalándome el camino, me digo): encuentro algo de lo que quería; las Crónicas de la Montaña Dragón de Sir Archivald de Hopler.

Acaricio uno de los lomos de letras doradas, dejando la huella de mis dedos allí donde remuevo la fina capa de polvo que los cubren. Saco con cuidado el primero de los tomos y me dejo caer en el primer sillón que encuentro, hundiéndome feliz en el plumón del asiento.

Podría acostumbrarme a este nuevo escondite, invisible desde la puerta, agazapada tras el respaldo, lástima que la chimenea permanezca apagada y sombría. Releo la fecha del encabezado del libro, mientras compruebo la textura del papel de la primera página y olisqueo la cola del encuadernado. El placer. Imagino la cara de roedor en busca de alimento que debo de tener en este momento.

La puerta se abre.

—¿Milady…?, mmm...¿Lady Batliner? —carraspea una voz masculina.

No respondo de inmediato, hundiéndome más en el sillón. Contengo la respiración. Es probable que sea algún sirviente, quizás el que me ha reconocido antes. No tardo mucho en percibir un frufrú de enaguas que reconocería en cualquier parte del reino.

— ¿Ende? ¡Sal de donde estés! …no tenemos tiempo de jugar al escondite, niña, la cena de pre nupcias está al caer y apenas estarás presentable.

Saco mi cabeza fuera del respaldo. Madre me observa con las manos cruzadas, con su característico aire de institutriz, o de monja alférez capaz de grandes hazañas.

— ¡El espectáculo que has dado! —continúa severa, enfrentando mi mirada —La maestra de cocinas está dando todo tipo de explicaciones de cómo te has caído al salir del patio, jura que podrías haberte roto algún hueso de la cadera. Los mozos de cuadras cuentan entre risas que te han visto dando de comer a los caballos ...¡con el vestido embarrado! Los criados se asustan al verte corretear por los pasillos de servicio que van directos, nada más ni nada menos que a los aposentos ¡Del Rey! …

Salgo de mi escondrijo sin dar muchas explicaciones, cabizbaja, y la sigo de vuelta a mis aposentos. El primer tomo de las Crónicas de Montaña Dragón viaja conmigo, escondido a mi espalda, tapado entre los pliegues de mi sucio vestido de brocado azul.


Giro poco a poco el rostro ante el espejo, reconociendo los pequeños milagros obrados por la doncella.

Mis ojos, tan redondos y vulgares como los de cualquiera, lucen rasgados y casi misteriosos. La oscuridad del pigmento que los rodean, a juego con la oscuridad de mi iris. Mi cara refleja ángulos hasta ahora desconocidos y diría que imposibles, gracias a un poco de arcilla mezclada con aceites perfumados.

La doncella sonríe satisfecha desde atrás, al tiempo que desenreda mis rizos castaños con delicada paciencia. Abro la boca con intención de felicitarla y preguntar por su nombre, pero la puerta se abre y Madre irrumpe en la alcoba. Se sienta en una esquina de la cama, erguida como si se tratase de un trono, mira a su alrededor y asiente con aprobación cuando se cruza con mi reflejo ante el espejo.

—Te he conseguido una reunión privada...casi un tête a tête —Madre sonríe cómplice mientras lo dice. Roza con sus dedos el lomo del libro hurtado de la biblioteca, y yo me muerdo el labio encomendándome a algún espíritu salvador, para que no se fije lo suficiente en él.

—No es necesario, nada cambiará —contesto evasiva.

Madre se levanta y se acerca a mi espalda, posa una mano en mi hombro antes de dirigirse a mí a través del espejo.

— Tan solo es un contrato. Un matrimonio no es más que un contrato y nosotras no tenemos más remedio que ser…

— Prácticas. —interrumpo el discurso que ya tantas veces he escuchado. Madre continúa a pesar de todo.

— Prácticas. Sí. Mi misión era una, la mía y la de tu padre, encontrar el mejor esposo para ti. Y desde luego que lo hemos cumplido. Un príncipe, un heredero al trono, deberías escuchar las palabras venenosas que recorren los pasillos… una familia como la nuestra, sin títulos nobiliarios ha conseguido llegar indemne a la línea de sucesión. Toda esa gente que llega al castillo no viene a celebrar una boda, viene a desearnos una muerte cruenta y dolorosa por haberles arrancado el triunfo final de mano de sus hijas casaderas.

— Quizás recordarme lo muchísimo que se me desea la muerte no sea lo mejor para levantarme el ánimo, madre.

Ella apenas levanta una ceja, en gesto de incomprensión. Para Augustine Lenoir, ahora Señora de Batliner, toda la vida ha sido una batalla, y ella, una extraordinaria contrincante. Es probable que nada de lo que cuenta sea tan arriesgado o desafiante, como mucho, un par de miradas esquivas en su última partida de mus dan lugar a miles de habladurías e intentos de derrocamiento, asesinatos y conspiraciones en la sombra. Su gran lema y su lección más valiosa; “Práctica y precavida con la cabeza bien erguida” la han convertido con los años en alguien un tanto paranoico.

Carraspea un poco, antes de continuar.

—No te estás cerrando una puerta, niña, estás abriéndote paso hacia un gran futuro. Siempre que cumplas con tu parte del contrato y asegures un heredero, en fin no sé si sabes cómo…

—¡Lo sé! —suelto veloz, ahorrándonos a ambas la vergüenza de continuar. (Me he encontrado con manuales lo bastante reveladores en mis búsquedas clandestinas de lectura.)

—Quiero decir, que siempre que cumplas con tus menesteres de engendrar un varón...serás relativamente libre. Libre para corretear detrás de tus libros o de cualquier otra cosa, con altas dosis de precaución, por supuesto. Un privilegio fuera del alcance de...¿Cómo te llamas, muchacha?

—Clot, su excelencia. —contesta la doncella, a pesar de los alambres que sostiene entre sus labios, que poco a poco va colocando para sostener mi cabello. Un escalofrío de placer recorre a mi madre al oír el tratamiento con el que se dirige a ella.

Su excelencia, sin duda, debe de haberle encantado.

—Bien, aquí Clot, nuestra doncella presente, debe de sufrir unos horarios de servicios extenuantes.

La chica asiente.

—apenas debe de tener tiempo de rendir culto a sus dioses o visitar a sus familiares.

La chica asiente más efusiva.

— imagino que jamás habrá abierto un libro.

Asiente, levemente ofendida.

— Y, sin embargo, puede casarse con quien le venga en gana si su padre no es un hombre autoritario ¿de veras crees que le compensa, Ende querida?

No respondo y levanto la vista hacia la doncella, que tampoco dice nada, pero sus mejillas arrobadas y el respirar tenso a través del corsé indican que si sabe la respuesta y que a ella...le compensa.

—¿Cuándo?

—¿Cuándo qué? !Oh! La reunión —Madre se anima de inmediato, feliz de poder obviar las conversaciones madre e hija y pasar a su parte favorita: la estratega. —al anochecer, justo antes del inicio del banquete pre nupcias, en los jardines del álamo triste...que nombre más ridículo. El Príncipe Laurent se reunirá contigo en la escalinata este, desde dónde seréis visibles en todo momento. A él le acompañará un miembro de la Guardia Real y a ti...bueno, Clot parece una chiquilla muy dispuesta ¿no es así? El Rey y la Reina, el Gobernador de la región central, Sir Edmund Feist, el oficiador de ritos real y el ermmm...el historiador oficial observarán desde el palco sur. Papá y mamá estaremos ahí claro. Apenas una pequeña comitiva, ¡Y desde allí arriba no escucharemos más que el croar de las ranas del estanque! Un asunto privado, sí señor, así es cómo lo he planificado.

Suspiro ante el nivel de privacidad antes de preguntar.

—¿A mí no me acompaña ningún guardia?

—¡No niña, no queremos parecer suspicaces! —se acerca a mi oído derecho antes de susurrar —dos escoltas, uno apostado tras las columnas bajo palco, otro con arco en el alero derecho.

Si me dice dos, puede que sean cuatro. La miro mientras da vueltas alrededor de la alfombra, acribillándome a consejos sobre donde y como debo sentarme y que temas están prohibidos sacar en conversación. La mina de geodas, de la que la familia Batliner es dueña desde hace generaciones y la que nos ha llevado con su explotación a ser llave de coronación, la primera de ellas. Madre dice que está feo hablar de negocios mientras se negocia. La segunda, los dragones. Tema tabú en los salones del reino de Gloor (como si no lo supiera ya).

Interrumpo la retahíla de consejos e indicaciones y me giro sobre mi asiento.

—¿Por qué? Porque hacemos este encuentro.

Madre se para en medio de una de sus vueltas, con las manos levantadas y los pies estancados sobre la mullida alfombra de pieles. Su respuesta es la obvia.

—Por precaución, Ende, no sabemos a qué tipo de hombre te enfrentas, práctica y precavida…

—...con la cabeza bien erguida —termino la frase por ella.

Practicidad y precaución, justo dos de los dones que los dioses no me han concedido por mucho que mi madre haya rezado por mí en sus plegarias. Jamás en la vida he elegido lo más práctico, ni he sido la más cauta.

Chapters
1. Capítulo I
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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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