Proemium
Para mi mejor amigo en la Tierra, los Mundos y todos los tiempos paralelos del infinito. Para mi hermanito Chema. Enero 2016.
La capital
"Naq quantum ferro tantum pietate potentes stamus" - Propercio [Somos tan poderosos por nuestra religión como por nuestras armas.]
El centinela estaba a punto de pasar el turno. Algunos minutos más y terminaría la Hora Silenciosa. Vendría otro guardia y pronto iría a dormir una buena siesta. Había aceptado el trabajo en las murallas de La capital no sólo porque no ponía en riesgo su vida, sino porque la paga era bastante cuantiosa. Lo suficiente buena para vivir y darse el gusto de algunos placeres como vino y mujeres. La fogata frente a él no tenía gran tamaño, apenas lo necesario para no morir de frio. Esa fogata estaba ahí para que en caso de un ataque enemigo, se pudiera avivar las llamas y crear flechas incendiarias o calentar la brea que podía tirarse por encima de la muralla.
El centinela divisó unos puntos naranjas en la lejanía. Estaba a punto de dar la alarma cuando los puntos desaparecieron ¿Qué era eso? Bien podía ser algún hechicero o campesinos que recorrían los caminos con antorchas, se preguntó y respondió. El centinela no creyó necesario crear un alboroto por unas lucecitas lejanas. Recordó que hace no mucho otro guardia había dado una alarma general por error. Al pobre bastardo lo flagelaron con 30 latigazos.
De pronto volvió a ver algo, esta vez se trataba de sombras y follaje moviéndose. Pensó que sería su imaginación. Fue en ese momento cuando notó que algo le nacía de la boca del estómago, como si instantáneamente le hubiera crecido una extremidad más. tocó su nuevo miembro y notó la textura de la madera. En su mente no logró interpretar de que se trataba hasta que llegó a la pluma incrustada en aquel palo. Una flecha.
Las luces volvieron a aparecer y una lluvia de fuego surcó los cielos. Intentó gritar pero la voz no le salía. A pasa trastabillante llegó a su ballesta. Apuntó por encima de la almena y tiró a la primera luz que vio. Luego de eso la vista comenzó a ponérsele borrosa. Lo último que observó fue a un hombre que le pasaba el cuchillo por el cuello. Tenía un girasol como escudo de armas y su ropa, a pesar de ser ligera, era de guerra. Sus colores eran en varios tonos de amarillo. Un soldado de Waritz.