Capítulo 1
El jade robado
—¡No soy un ladrón!
En el dormitorio del centro de acogida, un pequeño doncel de nueve años encaraba las miradas acusadoras de los demás niños. Poseía unos ojos grandes y acuosos, y una belleza deslumbrante; sin embargo, su cuerpo lucía frágil, debilitado por la desnutrición. Al verse rodeado de tanto desdén y odio, el aire se le volvió sofocante.
—Ese jade… ¡Es mío! ¡Yo no soy un ladrón! ¡Mi mamá me lo dejó!
—¿Estás diciendo que yo te lo robé?
Frente a él se erguía otro niño de su misma edad. Inclinó la cabeza para dedicarle una mirada gélida antes de girarse hacia el grupo con una sonrisa inocente. A diferencia del protagonista, este pequeño lucía dulce, como un joven príncipe amado por todos. En cuanto abrió la boca, los demás acudieron de inmediato en su defensa.
—¡Es obvio que mientes! ¡Mientes! ¿Por qué JaeJae querría robarte algo a ti?
—¡Sí, es imposible! ¿Cómo te atreves a acusarlo? ¡Está claro que tú se lo robaste a él!
Abrumado por las condenas, el pequeño no halló palabras para defenderse. Con un profundo sentimiento de injusticia, se frotó los ojos con amargura y rompió a llorar.
—¡Ese es mi jade! Devuélvemelo…
JaeHyuk lo contempló con fingida tristeza y se dirigió a los demás:
—¡Está claro, chicos! ¡Él es el ladrón! ¡No volvamos a jugar con él! ¡Los ladrones son despreciables!
Varios niños asintieron con vehemencia.
—¡Sí! ¡Hagámosle caso a JaeHyukie! ¡Lo ignoraremos!
—¡Es un ladrón! ¡Taehyung es un chico malo! Le robó a JaeJae, ¡qué vergüenza!
Entre risas y burlas, el grupo se dispersó. El pequeño doncel se apoyó contra la pared, conteniendo el llanto mientras los veía alejarse.
La búsqueda de la sangre
Fuera de la oficina del director, una fila de hombres vestidos con trajes negros permanecía en estricto orden.
Dentro, un hombre de unos cincuenta años se hallaba sentado en el sofá con expresión severa. Vestía un atuendo tradicional coreano que realzaba su porte respetable, aunque bajo sus cejas pobladas se adivinaba un rastro de furia. Pese a que los años habían dejado huella en su rostro, sus facciones refinadas dejaban ver cuán imponente debió de ser en su juventud.
El director se acercó con cautela sosteniendo una pila de expedientes.
—Señor Jeon, estos son los expedientes de los niños que ingresaron el año pasado. Toda su información está aquí; por favor, revísela.
El anciano tomó los documentos y hojó algunos con el ceño fruncido. Al notar su descontento, el asistente a su lado intervino con una sonrisa amable hacia el director:
—Buscamos a un niño de entre ocho y nueve años. De los ingresados el año pasado, ¿cuántos cumplen con el perfil?
—Sí, un momento…
El señor Jeon continuó escaneando las hojas hasta que su mirada se detuvo en un retrato. Señaló la fotografía con firmeza.
—Quiero ver a este chico.
El director pareció desconcertado antes de asentir a toda prisa.
—¡Entendido! ¡Lo haré venir de inmediato!
Tras una breve llamada, una empleada condujo al niño al despacho. JaeHyuk se plantó frente al anciano con apostura, las manos a la espalda, el pecho henchido y una sonrisa radiante.
—¡Abuelo, un placer conocerlo!
El anciano lo examinó en silencio, analizando cada milímetro de sus facciones. Sus ojos se estrecharon con frialdad. JaeHyuk frunció el ceño con inquietud; la expresión adusta y dominante de aquel hombre comenzó a intimidarlo. Cuando intentó dar un paso atrás, el anciano le hizo una seña.
—Ven. Quiero verte de cerca.
—Sí… —murmuró el niño, dando dos pasos titubeantes.
El anciano lo tomó con suadez por los hombros y lo observó fijamente. Pese a tener la edad adecuada, no hallaba en su rostro ningún rasgo que le recordara a esa persona. Desplazó la mirada hacia abajo hasta detenerse en el amuleto de jade que colgaba cerca de su clavícula. Lo tomó entre sus dedos y preguntó con voz pausada:
—Este jade…
JaeHyuk se puso rígido un instante antes de recuperar su sonrisa dulce.
—Me lo dio mi madre.
El señor Jeon entornó los ojos. Atento, su asistente sacó de inmediato otra pieza de jade de su maletín y se la entregó. Al juntarlas, ambas mitades encajaron a la perfección.
Las manos del anciano temblaron levemente. Comprendiendo la señal, el asistente se acercó al director para murmurarle unas palabras mientras le extendía un cheque por una cifra astronómica. El director lo aceptó con una reverencia y una gran sonrisa.
En la entrada del centro se alineaba una comitiva de autos de lujo.
A través de los barrotes de hierro, el pequeño Taehyung observaba con desolación cómo JaeHyuk, escoltado por hombres de traje, subía a un Bentley. Justo antes de que las puertas se cerraran, sus miradas se cruzaron. JaeHyuk le dedicó una sonrisa maliciosa antes de que los vidrios polarizados subieran y los vehículos se alejaran.
Ese día, el destino de ambos niños cambió para siempre.
El contrato
Años después, en el pasillo de un hospital privado, una secretaria repasaba un informe mientras sostenía su teléfono móvil.
—Kim Taehyung, dieciocho años, estudiante. Su padre cometió una negligencia empresarial y cayó en bancarrota; la información ha sido verificada. Las pruebas médicas confirman que su condición física es idónea y no habrá inconvenientes legales respecto a la custodia.
Dado que el joven doncel no reunía las condiciones requeridas para una fertilización in vitro, la única vía posible era el método tradicional.
Taehyung permanecía inmóvil en su asiento, mirando a través de la ventana. Su rostro lucía extrañamente sereno, pero en el fondo de sus ojos acuosos se albergaba una absoluta oscuridad. Aunque sus facciones delicadas le conferían un aspecto juvenil y tierno, en su mirada se traslucía el peso de quien ha vivido demasiadas adversidades.
Él había sido el elegido entre un millón.
Gracias a su belleza excepcional, la compensación ofrecida por el empleador resultaba desorbitada: cinco millones de dólares, una suma astronómica con la que podría salvar a su padre de la ruina.
Tres días atrás, había firmado el contrato a espaldas de su familia. Desde entonces, lo mantuvieron recluido en aquella habitación, aislado del mundo como un paciente en cuarentena. Para asegurar un embarazo óptimo, debía seguir una dieta rigurosa y exquisita. Aunque aborrecía aquellos alimentos tan extravagantes, se los tragaba a la fuerza. La obediencia ciega era una de las cláusulas fundamentales del acuerdo.
Por ello, aquella mañana había seguido en silencio a la secretaria hasta el hospital para completar los exámenes médicos.
El empleador era un enigma; jamás le había visto la cara. Solo sabía que la firma del contrato le daría acceso al dinero necesario para saldar las deudas de su padre. Se había marchado de casa dejando apenas una nota, consciente de que durante el periodo de gestación no podría regresar. Al menos, eso le evitaría enfrentar la culpa ante su progenitor. Según los términos, una vez confirmada la concepción, se le ingresaría un millón de dólares por adelantado, y el resto se abonaría tras el nacimiento.
Taehyung jamás imaginó vender su propio cuerpo, pero acorralado por la desesperación, terminó cediendo a ese destino.
La sombra en la villa
Al caer la tarde, el vehículo lo trasladó a una lujosa villa a orillas del mar, ubicada en una zona exclusiva de vistas impresionantes. Tras entregarle unas últimas indicaciones, la secretaria le informó que el comprador llegaría esa misma noche.
Taehyung suspiró con pesadez. Sin ánimos para contemplar el paisaje, arrastró su equipaje hacia el interior.
Cuando la noche cubrió la costa, se retiró al dormitorio principal. Las densas cortinas bloqueaban cualquier resquicio de luz. Tras tomar un baño, se acostó en la cama en medio de un silencio sepulcral.
Tal como le ordenaron, se colocó una venda sobre los ojos. Al perder la vista, sus demás sentidos se agudizaron: percibía el murmullo de la brisa marina y el romper de las olas contra las rocas. En aquella penumbra absoluta, la quietud le erizaba la piel.
De pronto, el rugido de un motor rompió el silencio de la distancia.
Un vehículo se detuvo frente a la propiedad. Cuando el motor se apagó, un nudo de angustia le oprimió el pecho. Escuchó unos pasos firmes subir las escaleras; la calma se le escapó de las manos. La puerta se abrió con brusquedad. El sonido de las pisadas avanzó hasta detenerse junto al colchón. Asustado, Taehyung se incorporó de golpe.
«Ya está aquí… ¿Es él?»
El peso del hombre hizo que el colchón se hundiera.
Buscando refugio, Taehyung se pegó a la cabecera. Apenas podía adivinar una silueta imponente en la penumbra, pero su presencia emanaba un aura de dominación y frialdad tan aplastante que le cortaba la respiración. Frente a él, se sentía como un tributo entregado a un señor feudal de la antigüedad.
—Tú… ¿quién eres? —articuló con voz trémula.
El hombre no respondió. Con parsimonia, se inclinó sobre él.
La sombra lo aprisionó por completo. Abrumado por la presión física y la cercanía, Taehyung se encogió sobre sí mismo, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento vano de protegerse. Sin darle tiempo a reaccionar, el desconocido le levantó la prenda superior, dejando su piel expuesta al aire frío. Unas manos firmes y heladas no tardaron en recorrerlo.
—¡Espera! —exclamó Taehyung, temblando—. Yo… ¿puedo verte?
—¿Para qué?
La voz que resonó en la penumbra era profunda, grave y seductora como el vino maduro.
—No veo nada… Tengo miedo…
El hombre dejó escapar una risa fría y murmura cerca de su oído:
—No necesitas mirar. Y tampoco tienes de qué asustarte.
Con dedos gélidos, apresó la barbilla del muchacho y delineó sus labios con cierta dureza.
—Solo cierra los ojos.
El contraste de la piel helada sobre su carne tibia le provocó un estremecimiento. La venda sobre sus ojos solo acentuaba el pánico. Al instante siguiente, escuchó el rasgado de su ropa; el hombre destruyó la prenda sin miramientos.
Vergüenza, pánico, desesperación…
El peso de aquellas emociones apenas le dejaba tomar aire. En ese instante, el arrepentimiento lo invadió. Había creído que sería capaz de soportarlo, que se trataba solo de cumplir un contrato; pero al enfrentarse a la dominación de aquel desconocido, todo su valor se desmoronó. Acababa de cumplir la mayoría de edad y jamás había experimentado la intimidad con nadie. Ni siquiera le había sostenido la mano a otra persona.
Su cuerpo reaccionó con rechazo, pero la fuerza del hombre no le dejó margen de escape.
La rendición
Inclinándose aún más, el hombre deslizó sus labios por la línea de su mandíbula, arrancándole un nuevo temblor. Taehyung intentó apartarlo con las manos, pero el hombre adivinó sus intenciones: le sujetó las muñecas con una sola mano y se las inmovilizó por encima de la cabeza.
—No… por favor… —suplicó el joven, intentando zafarse.
Sin embargo, el roce involuntario de sus cuerpos solo pareció encender el fuego del desconocido. El hombre dejó escapar un hálito helado; por un segundo, estuvo a punto de perder el control ante la suavidad de la piel del doncel.
—¿No? —preguntó con frialdad, tomándolo del mentón para obligarlo a alzar el rostro—. ¿Qué ocurre? ¿No es esto a lo que viniste?
Taehyung apretó los labios mientras las lágrimas comenzaban a empapar la venda.
—Sabes perfectamente lo que debes hacer aquí, ¿verdad?
Un sollozo ahogado se le escapó del pecho.
—Lo sé…
—Entonces, ¿necesitas que te enseñe cómo comportarte?
Sabiendo que no había marcha atrás, Taehyung dejó que las lágrimas amargas fluyeran libremente. Aquello era solo un contrato, un negocio sin afecto. Aceptarlo no le quitaba la humillación, pero no tenía otra salida.
El hombre esbozó una sonrisa desprovista de calidez. Sin darle margen de asimilación, le sujetó de nuevo los brazos y se inclinó sobre su cuello.
—Abre la boca.
Con la mirada perdida en la oscuridad de la venda, Taehyung cedió lentamente, rodeando los hombros del hombre con sus brazos fríos. Sabía que en ese instante cruzaba el umbral hacia el abismo.
El hombre se introdujo en él con firmeza. La sensación de ruptura fue tan aguda y penetrante que a Taehyung se le cortó la respiración. Apretó los dientes, conteniendo el dolor punzante que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Su cuerpo quedó rígido sobre las sábanas.
Al empleador no le importó su sufrimiento; para él, aquello no era más que un trámite placentero. No tenía sentido perder el tiempo con consideraciones hacia un doncel por el que no sentía nada. Le había pagado una fortuna; el dolor era parte del precio que el muchacho debía pagar.
Un gemido de agonía se le escapó a Taehyung. Se mordió el labio inferior con obstinación, intentando no mostrar mayor debilidad, pero la violencia del acto terminó por quebrarlo. Sus sollozos estallaron en la penumbra, desprotegido como un animal herido.
El desconocido actuó con la frialdad de quien toma lo que le pertenece por derecho. El dolor iba y venía en oleadas crueles, sumergiendo a Taehyung en un vacío donde no hallaba de dónde sostenerse.
El hombre hundió los dedos en el cabello del joven, embriagado por la posesión. Al notar cómo el muchacho se mordía el labio hasta hacerlo sangrar, se inclinó instintivamente y capturó sus labios con los suyos. Deslizó su lengua en su boca, ahogando los lamentos de Taehyung en un beso profundo y dominante.
Para aquel hombre, besar era un tabú. Jamás había compartido sus labios con nadie, pues consideraba que las personas a su alrededor no eran más que meras transacciones. Sin embargo, por alguna razón desconocida, cayó en la tentación con aquel joven doncel. Descubrió, para su sorpresa, que el sabor de sus labios era extrañamente adictivo.
Bajo la tela de seda roja empapada en sudor frío, Taehyung mantenía los ojos abiertos en la penumbra.
Escuchó el sonido distante del agua en el baño. Intentó calmar los latidos desbocados de su corazón para consolarse a sí mismo.
«Ya terminó… Ojalá sea suficiente para quedar embarazado a la primera. Solo debo esperar el tiempo necesario, entregar al bebé, tomar el dinero e irme.»
Había pasado la medianoche. El hombre salió de la ducha, ya vestido. Su figura altiva dominaba la habitación con una frialdad absoluta. Bajo la tenue luz lunar, contempló al doncel acurrucado entre las sábanas blancas, aún jadeando con dificultad.
En la piel clara del joven quedaban las marcas de la brusquedad, y sobre el colchón, una mancha de sangre se había extendido como una flor oscura.
Taehyung yacía de espaldas, temblando en silencio. El hombre contempló por un instante su cabello empapado cayendo sobre la almohada. Luego, con la misma mirada indiferente con la que había llegado, dio media vuelta y abandonó la estancia.










