El fin es el inicio
El 18 de octubre de 2178 marcó el punto álgido de la cuarta guerra mundial, donde las armas nucleares desataron un caos sin precedentes. Naciones enteras sucumbieron ante la devastación, y las más pequeñas simplemente desaparecieron. Las dos Coreas se unieron en busca de un beneficio común, mientras que Rusia formó una alianza estratégica con Japón y China para enfrentarse directamente a Estados Unidos. Por su parte, los países de Europa Central respaldaron a América del Norte, mientras que los del este de Asia se alinearon con sus contrapartes continentales. En medio de este conflicto global, el terror se apoderó de la población mundial, que contemplaba atónita la magnitud de la destrucción. Sin embargo, la fatalidad no se limitó a la intervención humana; el propio planeta respondió con furia. Tsunamis arrasaron las costas, terremotos sacudieron la tierra y volcanes antes adormecidos despertaron, sumiendo al mundo en una pesadilla apocalíptica. Estos fueron días oscuros, donde la humanidad se enfrentó a su propia autodestrucción, y la naturaleza, enfurecida por los actos atroces, devolvió a la humanidad la misma violencia que le infligieron.








