Felicidad inconclusa
Fueron mis últimos momentos en los que me permití reflexionar, pensar en esas preocupaciones que había evadido en el alcohol durante tantos años. Y me sentí morir, postrado en la cama, expulsando sangre a través de mi propia tos; sintiendo la constante amenaza de la muerte golpeándome. Sumido en la pobreza, bajo un techo agrietado de color amarillento que había sido pintado de blanco cuando me hice con sus escrituras, entre cuatro paredes desgastadas por los años y la humedad. No había un pariente a mi lado, mucho menos una esposa. El sentimiento de ver a mis hijos rondando a mi alrededor era algo que jamás llegaría a sentir. No ahora que cruzaba el umbral del infierno.
Estiré el brazo, con dificultad, sintiendo la extremidad pesada. Llegué al cántaro de agua junto a mi cama y las medicinas que tuve que costear con mi último aliento de normalidad. De nada serviría tomarse un remedio, bien lo sabía, pero lo que yo intentaba era distinto. Quería desfallecer sin el sufrimiento que me había acompañado desde niño, privándome de los placeres de la infancia. Y si bien no había pasado hambre o frío, esos pecados se alzaban sobre mí en su más demoníaca forma. No había edredón en mi jaula que pudiera arropar mis miedos.
Incluso de haber tenido el magnífico lujo de poder caminar hacia la cocina, la pequeña nevera grisácea de polvo llevaba meses vacía. Ni una botella de cerveza ni un pedazo de queso. En ese momento pensé que esa casa era el reflejo de mi alma, que yo la había convertido en lo que era por el descuido que nos tuve. Las humedades y goteras me acompañaban en el llanto de mis segundos restantes, mientras que el papel pintado de flores caía a pedazos, acompañándome en mi eterno sufrir. La bombilla, al contrario, se apreciaba tintineante, dejando que la habitación en la que estaba postrado tuviera el aspecto de un bar de mala muerte. Parecía mofarse de mí, recriminar con su parpadeo mi estupidez, gritarme que era otro desdichado humano en un mundo de dolor. Maldije, en voz alta, a la bombilla, y me maldije a mí mismo por hacerlo. Por haber sido el culpable que lo había ocasionado todo. Llegué a creer que mi sentencia estaba firmada desde que decidí que la vida no tenía sentido, desde que empecé a dejarme morir. En silencio, en soledad, en una palpable tristeza que llevaría a la infraestructura a convertirse en ruinas.
Y sonreí, infeliz, agotado, muerto en vida. Por primera vez sonreí de verdad aunque mi rostro no reflejara un ápice de alegría. Introduje todas las pastillas de la caja en mi boca con mis temblorosas manos y tragué el agua del cántaro hasta dejarlo seco, sin una gota de apiado. Suspiré, sabiendo que era lo último que haría.
—Yo te maldigo, ser de mal, que en mis últimos instantes muestras bufonería y no te apiadas ni de tu propio ser —le dije a la bombilla, hablando con tono ronco.
La luz se apagó. Me revolví en la cama, esperando impaciente que mi suicidio se diera y pudiera encontrar el descanso que anhelaba. No supe bien lo deplorable que era yo mismo hasta que los huesudos dedos de la Muerte me acariciaron la mejilla, en señal de empatía. ¿Qué tan lejos estaba yo del ser humano que había conseguido un gesto tan humano de la propia Muerte? La guadaña me miraba con su hoja brillante, inquieta, esperando ser usada. Y yo la miré con los ojos azules abiertos, inquieto, esperando ser usado. Pegué los párpados con pereza, deseando que nuestro encuentro acabara cuanto más próximo. Le supliqué en susurros que me llevara con él, que me arrancara del mundo barnizado en euforia y descontrol en el que había vivido los últimos años.
Y me quise dejar morir en ese instante, con el corazón encogido, los músculos atrofiados y los pulmones agonizantes.
Y me observé morir en ese instante, con el bolsillo vacío, el alma solitaria y la felicidad inconclusa.