Cuatro de corazones

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Summary

[Saga 'Naipes fantásticos' Libro 1] El destino no sólo es caprichoso sino que también tiene un sentido del humor un tanto cruel, cuando Thanus descubre que morir una vez de una manera horrible no es, ni de lejos, lo peor que le ha podido pasar. De hecho, muere dos veces más repitiendo un ciclo que intenta cambiar de la mejor manera que puede; aunque el resultado sea ineficaz. Por ello, en su cuarta y última vida, antes de que su tatuaje de mariposa se quede sin alas, está dispuesto a que las cosas sean muy diferentes... ¿No es una lástima que, aunque se esfuerce por cambiarlo todo, lo único que consigue es enredarse más en una tela de araña?

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Prólogo

Dependiendo de donde nazcas, tu vida puede ser tanto agraciada como desgraciada, y eso sin hablar del género en el que naces o el país natal en el que das tu primer respiro. Aunque no todo es oro lo que reduce, a veces termina siendo un diamante manchado de sangre.

Técnicamente yo tendría que haber sido un campesino corriente, en una villa apartada donde nos conocíamos entre todos. Un lugar cualquiera, con un nombre aleatorio y una historia simplona. Nada relevante. Sin soñar con aspiraciones inalcanzables como la gente envidiosa que no valora las cosas buenas de su vida.

Pero no, eso no es lo que terminé siendo en mi primera vida, ni en la segunda, y tampoco en la tercera... Oh, sí, esto de haber vivido más de una vida puede parecer increíble, pero no lo es tanto. De hecho, mi vida se fue a la mierda nada más nacer en mi propia villa, muy cerca del mar, y todo porque nací con algo llamado "Estigma".

Para que me entiendas, un "estigma" se obtiene de tres maneras: Siendo bendecido por una deidad, siendo maldecido, o que tu existencia es importante en el futuro. En mi caso, supongo que fue lo último (aunque yo diría que fue más bien fue lo segundo), ya que tenía un "estigma" en forma de mariposa en la base de la lengua; la cual tenía cuatro alas en forma de corazón.

Mis padres, al descubrirlo, se volvieron locos creyendo que mi mera existencia les haría salir de la pobreza y, una vez llegara el clero, confirmando que fui "bendecido", comenzarían a vivir en alguna ciudad importante y vivirían como nobles de casta baja.

Qué equivocados estaban, porque aunque la iglesia confirmó que era un estigma real, en lugar de vivir una vida de riqueza, lo que obtuvieron fue una propuesta: Vender a su propio hijo, a cambio de un baúl pequeño lleno de monedas de oro.

Poco les duró el deseo, porque aceptaron al instante, sin entender que esa misma noche ambos terminarían asesinados en su propia cama y yo sería enviado directamente a una familia noble donde dos personas no podían engendrar un varón por mucho que lo intentaran.

Me llamaron Thanerius, que en lengua antigua significa "Sobreviviente" (también "El que mata para sobrevivir"), una poética ironía de la vida y una burla del destino, para dejarme claro que mi vida no iba a ser precisamente tan sencilla como cualquiera hubiera creído.

Para empezar, lo que una vez fue cabello rubio como las monedas de oro, mientras crecía se convirtió en un potente negro como un mar de tinta, y los clásicos ojos azules emulando al mar se fueron convirtiendo en el color de la sangre que una vez fue regada en la tierra por la guerra. No hacía falta decir que aquello fue un duro golpe para la familia que me recibió, convirtiéndome en un paria mientras mis "hermanas" lucían elegancia y objetos de buena calidad, mientras que yo debía dar las gracias por llevar algo más que una arpillera de hortalizas.

En un intento fútil de limpiar su imagen de los chismes, leyendas y mentiras, me obligaron a los dieciséis a tener un matrimonio de conveniencia con una mujer diez años mayor que yo. Por supuesto yo no podía opinar ya que "era mi obligación limpiar el nombre de la familia". Fueron los cinco años más horribles de mi vida: Una esposa por la que no sentía nada, un vástago que nunca aparecía, un rumor de que era infértil abofeteando a dos familias, y un enamoramiento tardío... por un hombre. Pero no CUALQUIER hombre, sino el primer príncipe del principado de Vanesha, un hombre que en apariencia parecía maravilloso y de cuento, pero el tiempo me iba a demostrar que estaba podrido hasta la raíz.

Vaya si me dio problemas ese cabrón desgraciado...

A los veinticinco fui pillado con el príncipe por un periodista, lo que ocasionó un escándalo publico. ¿Y lo más irónico de todo? Que fui sentenciado a la guillotina por los siguientes cargos: Robo, usurpación de identidad, drogar al primer príncipe, dañar la imagen a la familia real, escándalo público, blasfemia divina, brujería y sodomía.

Estaba aterrado cuando vi a tantas personas congregadas en la plaza, donde aquellos que una vez me saludaron por cortesía ahora me lanzaban piedras que dolían como cuchillos en la carne; y los que me odiaban o temían, estaban ahí utilizando mi nombre falsamente para acusarme de brujería, magia negra y perversiones que yo ni siquiera había hecho.

Me dieron la oportunidad de "limpiar mis pecados" frente a todo el mundo para que, de casualidad, algún Dios tuviera misericordia por llevar a su tierra una cosa inmunda como yo.

Y sólo grité una cosa, tragando aire, para soltar lo más fuerte posible:

—¡VÁYANSE TODOS AL MALDITO INFIERNO!

Después la hoja cayó y únicamente tuve unos segundos para ver mi cabeza dar una vuelta de trescientos sesenta grados, antes de que la oscuridad me engullera.

¿Fue el fin? En absoluto.

En el momento que volví a abrir los ojos, estaba en los brazos de mi madre, preguntándose el por qué no lloraba como los niños normales. Estuve muy confundido. Si aquello era el infierno, no tenía ninguna maldita gracia. No fue hasta que recibí una firme palmada en el trasero, arrancándome un quejido lloroso, que terminé comprendiendo que de alguna manera "había vuelto a la vida". Al inicio de todo.

Así que decidí cambiar mi vida, para sobrevivir de la mejor manera posible, evitando repetir los mismos errores del pasado.

Sin embargo... no pude conseguirlo. A los quince años, una mujer que me doblaba la edad pagó a mis padres para "darme una vida mejor" con una exorbitante suma de dinero y joyas. Ellos, en esa segunda vida, no murieron pero casi parecía que lo hubieran hecho cuando no recibí ni una mísera carta en una década. Nuevamente, la mujer no pudo tener un vástago, y tampoco cuando me emborracharon para que lo intentara con sus dos hijas. Cero niños. Volvió a rumorearse que "estaba defectuoso", lo que hizo que mi vida desde los diecisiete hasta los veinte fuera un auténtico infierno, casi como si fuera un criado en lugar de un "hijo adoptivo".

Vomitivo.

En esa segunda vida, me enamoré como un imbécil de un caballero imperial... con tan mala suerte que aquello hizo que el primer príncipe de Vanesha volviera a prendarse de mí. El caballero era un poco rudo y tosco, un poco más mayor que yo pero había pisado la batalla ya desde joven.

Sólo hubo un problema: El caballero era el amante de una mujer noble, y cuando ésta nos pilló en una situación más que comprometida, no sólo me latiguearon más de cincuenta veces, sino que la mujer que "me adoptó" me acusó de haber violado a sus hijas.

Después, el primer príncipe como si me persiguiera como una mosca, inventó más porquería para aumentar mi castigo aunque no fuera necesario, y sólo porque lo rechacé infinidad de veces.

Nuevamente a la guillotina con pecados similares. ¿Y el caballero? Ahí se quedó, mirando impasible como si nunca nos hubiéramos conocido pese a que lo hubieran degradado y azotado también; pero nada más. Fue tan doloroso ver su indiferencia que las pedradas, el impacto de los tomates y las heridas todavía abiertas en mi espalda ni siquiera dolían.

El pontífice me volvió a hacer la misma pregunta que me hizo un hombre parecido en mi primera vida. Me hubiera gustado mandarlos al infierno a todas las personas que habían venido y escupido un gargajo de sangre insultando al emperador, pero en su lugar sólo esbocé una gran sonrisa a todo el mundo con los dientes manchados de sangre.

Algunas mujeres soltaron varios gritos, acusándome de ser un demonio, y que debían de mandarme al infierno para que el mundo no volviera a sumirse en el caos.

Sin embargo, yo sólo dije una frase antes de que la hoja me cortara la cabeza:

—No volveré a repetir los mismo errores. Nunca más.

Qué fácil fue decirlo, despertar en los brazos de mi madre y volver a un pasado que debería de romper los hilos del destino para alcanzar una vida plena.

Pero... oh, sorpresa, porque a los siete años mientras cortaba leña para abastecernos durante el invierno, un carruaje muy lujoso se detuvo en la carretera, y un hombre bajó de él para pedirme indicaciones al ser extranjeros. El hombre era imponente, un hombre de guerra, con una mirada gris que podría ser una lanza que atravesaría mi pequeño pecho si elegía las palabras erróneas.

A duras penas pude dar un par de indicaciones, cuando su hija menor y el hijo mayor salieron del carro al darse cuenta que un niño estaba cortando leña.

La niña era como una muñeca que podrías hallar en un escaparate de alta gama, tan bien vestida y limpia, con el cabello lleno de tirabuzones y pequeños pendientes de colores brillantes. Parecía dulce y encantadora.

El hermano, por el contrario, me pareció un idiota. Tuvo el descaro de preguntarme a la cara si yo estaba maldito por tener el cabello negro, los ojos rojos y la piel tan pálida como el papel, comparándome con los vampiros de las historias de su país. Era ofensivo. Mi respuesta fue un tajante no, y después se marchó diciendo que era un pueblerino salvaje y feo con ojos de monstruo.

¡MOCOSO GROSERO!

¿Quién iba a decir que ese crío antipático, maleducado y estúpido, lo volviera a ver cuando cumplí veintidós? Fue de pura casualidad, en medio de un desfile, y cuando me reconoció simplemente le vi apretar los labios y mirar hacia el frente.

Él tampoco me caía bien. ¿Se creía que porque se había vuelto grande y corpulento, iba a suspirar como esas mujeres bobas que hablaban entre ellas en voz baja?

Esa misma noche, mientras tomaba una cerveza en una taberna a solas, tuve la desgracia de encontrarme al mismo imbécil con sus amigos que eran de alguna casa de caballeros. Al verme, le pareció gracioso acosarme con sus compañeros, creyéndose gracioso mientras me miraba con malicia e insinuaba que "aunque hubiera cambiado, seguía pareciendo un vampiro". Es decir, una bestia fea y horrenda. No sé ni cómo aguanté el tipo, quizás porque después de haber vivido dos vidas, había aprendido más cosas de lo que podría aprender alguien normal a mi edad.

Entonces llegó una afirmación, en su estado de ebriedad, que me dejó perplejo:

—Aunque eres feo y tus ojos sean parecidos a los monstruos, creo que me servirías.

—¿Para qué, señor? —pregunté confundido, y también cabreado por llamarme de esa manera.

Él soltó una risita, mirando alrededor de la mesa, pero sus amigos ya se habían ido a pagar a una cortesana cada uno para pasar la noche en las habitaciones superiores. Así que estábamos solos, él borracho, muy borracho, en una mesa y yo con mi segunda cerveza a duras penas por la mitad.

—He decidido que vas a trabajar para mí, en la biblioteca de mi familia.

—¿Perdone?

—¿No sabes leer, pueblerino feo?

—Sé leer, señor, y también escribir en varios idiomas.

Entonces él, haciendo un ruido horrible con su codo contra la madera, y apoyando su cara sobre su mano, acotó:

—Se te pagaría con un techo, dos comidas al día y cinco monedas de cobre al mes.

Eso era un gran insulto, sobre todo porque en una gran ciudad un bibliotecario ganaba dos monedas de plata al mes. Era un robo. Pero, claro, él era un noble y se estaba aprovechando de que sabía que yo era un tipo de pueblo para explotarme.

—Agradezco su ofrecimiento, pero no es de mi interés —le respondí lo más educado posible, aunque no lo mereciera, y me puse pie—. Así que, si me disculpa, debo de despertarme mañana al alba para seguir con mi trabajo.

A duras penas pude dar un par de pasos, hasta que el tipo soltó un grito de enfado.

—¡Cómo te atreves a negar mi ofrecimiento, plebeyo mugroso!

Escuché que había desenvainado su espada, por lo que volteé y lo vi apuntándome al pecho. Sí, definitivamente era un idiota, pero no había nada peor que un borracho idiota, terco, y que no aceptaba un NO por respuesta.

—La ley me ampara, señor —decidí mantener mi tono calmado, y mi capucha bien cubierta para que nadie viera mi cabello negro. Ese color me había metido en muchos problemas en el pasado—. Todo ciudadano, de esta ciudad, tiene el derecho de aceptar o negar un trabajo. Lo pone en el artículo 10, cuadrante 129 del código de la ciudadanía.

—¡No acepto esa mierda de ley!

—Entonces debería de hablar con el rey del territorio, pues él es la persona que dictamina la leyes —incliné levemente la cabeza, deseando marcharme de ahí de una vez—. Su país de origen tendrá leyes distintas, pero usted no puede meterlas a esta nación por mero capricho. Eso ataca directamente a la propi casa real, independientemente de los otros territorios que tienen, en realidad, leyes similares.

—¡Qué gilipollez! —gritó, poniéndose de pie aunque sin dejar de apuntarme con su espada—. ¡¿No sabes quién soy!?

—No, señor, pero tampoco estoy interesado en saberlo... Con todo respeto, por supuesto.

Los ojos grises del hombre radiaban en una furia tan acalorada, que casi parecía que lo había abofeteado.

—¡Yo soy...!

—¡Cállate, gilipollas y deja de joder el ambiente de la taberna! —gritó un hombre muy borracho en una esquina, levantándose entre bamboleos y con espada en mano—. ¡Si no sabes comportarte en NUESTRO país, mejor vuélvete a tu tierra de salvajes y vio...!

Su frase quedó a medias, cuando la espada se movió tan rápido que ni siquiera pude reaccionar. Literalmente le había cortado el cuello, haciendo que el gran cuerpo del beodo cayera de espaldas en un charco de sangre y la gente comenzara a gritar.

Fue un caos.

Aprovechándome de todo el jaleo, intenté salir por la puerta, aunque no vi venir para nada que el muy animal se me tirara encima y me arrancara el aire de los pulmones. Pesaba demasiado, incluso sin armadura, y ya ni hablemos de que respirar me estaba doliendo demasiado.

—Vas a trabajar para mí, porque yo lo digo, vampiro feo.

Desde los veintidós hasta los veinticinco fui obligado a trabajar en su biblioteca muy, muy lejos de donde me obligó a trabajar para él —o más bien raptar—. El pago era una mierda, la comida se notaba de baja calidad, y mi "techo" era un cuadrado con una cama y un armario estrecho... en una esquina alejada de la biblioteca. No podía salir de ninguna manera, así que lo único que pude hacer fue leer en mis ratos libres —que eran bastantes—, soportar la presencia de ese imbécil que me hablaba con desprecio, y aguantar las groserías de algunos nobles que me trataban con si yo fuera una mascota estúpida sin cerebro.

Tres años te ayudaban a comprender muchas cosas, como las fiestas nacionales o la etiqueta, pero sobre todo la cultura. Aunque también era un diario empujón a desear terminar con tu propia vida por mero orgullo.

El 31 de diciembre, justo a pocas horas de dar la bienvenida a un nuevo año, yo había decidido terminar con mi vida por no desear vivir más humillaciones. Estaba cansado. Estaba harto. Estaba... furioso. Realmente me gustaría haberme vengado de estos tres idiotas a lo largo de mis tres vidas, y guardaba la esperanza de que ya esta sería la última y todo terminaría para obtener un descanso eterno.

Recuerdo que estuve subido a la viga más alta de la biblioteca, y ya tenía puesta una soga alrededor de mi fino cuello, cuando de repente las puertas se abrieron y ese tipo odioso, maleducado y mandón se quedó paralizado en su lugar.

—¡¿Qué demonios haces!?

—Finalizar con mi vida, por supuesto —respondí sonando lacónico.

—¡No te lo permito, pueblerino! —me gritó, señalándome con el dedo—. ¡Te ordeno que bajes ahora mismo, te arrodilles frente a mí y dejes que te pegue patadas hasta que aprendas la lección!

Lo miré desde lo alto, con los ojos rojos cansados y con unas ojeras de haber leído durante largas noches. Había aprendido mucho, más cosas de las que quizás jamás habría aprendido por mi cuenta, pero valió la pena haber tenido la oportunidad.

—Váyase a la mierda, señor, y ojalá su prometida vea lo repugnante que es usted como hombre.

—¡No tengo prometida, imbécil, y lo sabes!

—Cierto, porque las damas lo llaman "El lobo de acero" —arrojé con una mueca asqueada—. Bien merecido que tiene el nombre en el mal sentido, a diferencia de su honorable padre. Una lástima que usted, como el poco hombre que es, tuvo que matarlo para gobernar sus tierras. No voy a aguantar ni un día más bajo sus estúpidas leyes bárbaras.

—¡BAJA AHORA MISMO!

Sonreí con sorna.

—Ahora mismo, señor —respondí, viéndole abrir los ojos todo lo que pudo al ver que estaba moviendo la pierna hacia delante, fuera de la viga—. Espero que se le quede grabada en su retina como muero, para que mi espíritu lo atormente hasta que se vuelva loco y se mate. ¡Pedazo de mierda ridícula, deshonrosa y maleducada!

—¡NO! ¡NO AVANCES!

—Adiós... Allistair Von Lupis, perro de mierda bruto. Ni su espada que lleva entre las piernas saciaría a la prostituta más necesitada.

—¡THANERIUS!

Me dejé caer, sintiendo una de las peores formas de morir, mientras saboreaba el dulce sabor de ver a este hombre perdiendo la cordura, buscando en todas las direcciones alguna manera de cómo subir y cortar la cuerda.

No podrá, me aseguré de ello.

Sólo me limité ahogarme, escuchando su voz que era hermosa a diferencia de su odiosa personalidad, hasta que el mundo se volvió negro y silencioso.

Por fin podría descansar en paz el resto de la eternidad. Después de haber vivido injusticias, mentiras, encontrarme con hombres de mierda, tolerar la vulgaridad y el veneno de la aristocracia, el haberme nutrido hasta la saciedad con todos los conocimientos que me dieron los libros y mi experiencia de vidas pasadas... por fin todo debería de terminar.

Me equivoqué.

Cuando abrí los ojos, ahogué una maldición en mi propia mente, odiando que esto fuera una broma de mal gusto, hasta que me di cuenta que la mujer que me tenía en brazos no era mi madre en mis tres anteriores vidas.

Era una mujer inhumanamente hermosa, grácil y etérea. La veía ahí, con un montón de gotas de sudor perlando su pálida frente y una sonrisa agradecida. Pese a verse con el cabello negro hecho un desastre, se vislumbraba tan bella que no parecía real.

¿Por qué no se movía? ¿Por qué no me decía nada?

—Es un niño, mi Señor —escuché que dijo una voz femenina y joven, por lo que volteé la mirada, siendo una criada—. Mi más sincera enhorabuena por haber sido bendecido con un niño sano.

Giré la cabeza, encontrándome con dos hombres: El primero, el que supuse que seria mi padre, era un hombre que no parecía gran cosa por su fisionomía delgada y la cara bañada en lágrimas, intentando detenerlas con sus propias manos. A su lado, un hombre grande y corpulento, con el cabello lleno de canas, parecía el patriarca de la familia.

El segundo hombre se adelantó a la cama, tomándome en brazos junto a la tela que protegía mi cuerpo, y su mirada se me clavó en el cerebro como si me hubiera alcanzado un rayo. Cabello negro con tantas canas que parecía atrigrado, ojos de un oscuro tono carmesí similar al vino viejo, y unas facciones tan remarcadas que imponía. Seguramente tendría mucho carácter.

—No lloras como los mocosos comunes —dedujo, al descubrir que no estaba emitiendo ningún sonido. Sólo me lo quedé viendo con una expresión pétrea. Acto seguido me metió el dedo en la boca y miró mi lengua—, pero tienes un estigma en la lengua. El oráculo dijo que sería una mariposa, pero ha terminado siendo una araña. Me gustan las arañas; son tramposas, inteligentes, y venenosas. —Aquello me hizo abrir los ojos, e incluso estaba confuso—. Así que supongo que no serás un niño estúpido... ¿verdad? Si has sacado el débil carácter de tu padre serás un bastardo que no aceptaré en mi familia.

No, viejo loco, estás equivocado, es una mariposa. ¡¿Y cómo te atreves a llamarme estúpido, cuando soy un bebé!?

—Pa... padre —intervino en hombre en voz queda, que dejó de llorar aunque sus ojos azul claro, brillosos por las lágrimas, estaban enrojecidos—. No creo que pueda entenderle. Es un bebé. Los bebés no entienden el idioma de los adultos.

—Cierra la boca, Elvan —gruñó el hombre con enfado, pasándome a los brazos de la criada—. No estoy hablando contigo.

—Lo lamento, padre... —agachó automáticamente la cabeza, dejando que su cabello rubio hecho un desastre se moviera en dirección al suelo, colgando de su cabeza.

Él hombre chistó la lengua con molestia.

—Se llamará como mi amada hija lo decidió: Thanus.

Dudo que tu hija quisiera llamarme "Parca", viejo zumbado.

—Pero ella quería llamarlo Salbion...

—Esto es lo único que has hecho bien —le interrumpió; y sin decir nada se marchó por la puerta, dejando tras de sí una sensación pesada en la habitación.

No pude hacer mucho más, ya que me encontraba cansado, marchándome con la criada por la puerta, mientras el tal Elvan —mi padre—, se quedó llorando al lado de la cama y llamando el nombre de la mujer que me dio a luz antes de morir mediante sollozos.

Aratne.