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YA PODEMOS IRNOS

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Summary

Relata la historia de Ana, una mujer tan común como tú y como yo, que se ve repentinamente envuelta en una confusa aventura, más parecida a una pesadilla vivida que aun dulce sueño. A lo largo de ella podrás deducir y comprender sus deseos y sus inquietudes, y porqué sucede este extraño hecho, donde una carta, una rosa y una tumba son los percusores de todos sus tormentos. Sin corrección. Terminada. Relato corto. Todos los derechos reservados.

Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTUL1: El paseo

Un largo parque de entradas diversas se extendía hermoso y dulce ante los ojos cansados de Ana. La muchacha de apenas unos cuarenta y pocos años acostumbrara hacía unos meses, a salir de caminata por aquel lugar de arenosos caminos, y altos abetos, durante sus días de descanso. El césped bordeaba la tira de tierra que pisaban sus pies, con un color verde oscuro remezclado sin demasiada preocupación con otras tonalidades más claras y amarillentas. La falta de riego, el pisar de la gente, o incluso las lonas de tela que le echaban por encima los jóvenes para tumbarse a descansar, leer, jugar o beber con sus amigos, habían destrozado las mantas de tierra. Pero aún así quedaba hermoso y lleno de vida junto con un sinfín de matorrales bien recortados que decoraban secciones en las que podías ver rosales de distintos tonos.


Se paró unos instantes a mirar aquellas flores, de color amarillo anaranjado, y pensó que, de estar allí Lucas, estaría encantado y probablemente maravillado por ellas. Siempre le había gustado la naturaleza, incluso no solo tanto por el hecho en sí de las plantas si no, por las posibilidades artísticas que tenían. Pero era cierto que hacía ya mucho tiempo, se había retirado de aquellas actividades, para formarse como músico en un conservatorio muy conocido de Madrid. De hecho, llegó al punto en el que ya realizaba espectáculos por distintos lugares, y viajaba con grupos de diferentes finalidades, para tocar el violín, el piano, el trombón, e incluso el saxo. Antes de que se hubiera dado cuenta, se había convertido, gracias a su alto coeficiente intelectual, en un músico polifacético y muy requerido por diferentes compañías. Y apenas si aún había completado sus estudios.


Las campanadas sonaron fuertemente, desde la pequeña iglesia que había construida en su interior, llamando la atención de la distraída mujer y recordándole que era hora de volver a casa.


Al instante movió con velocidad su pelirroja cabellera desteñida, buscando hacia los lados con desesperación - ¡Timy! – Gritó abatida por el temor de que no apareciera. Pero aquella preocupación no duró demasiado, un ladrido viejo y algo mudo se escuchó salir de entre las mismas flores.


El pequeño chiguagua, de grises ojos por las cataratas y la edad, le saludaba con el rabo nervioso y divertido, avisando a su dueña, que estuvo todo el rato a su lado. Ya estaba demasiado mayor como para alejarse más de un metro. No veía con claridad, o más bien poco, y la lengua se le escapaba de entre los dientes, dejando se la seca y rasposa. Así que, si se iba de exploración más de lo pertinente era el primero que sabía que probablemente no iba a encontrar el camino de vuelta. Por otra parte, Timy era el encargado principal de cuidarla, hacía unos años que entendió la prioridad de su compañía, aunque su dueña pensase que era a la inversa.


Una vez más la casa se veía vacía. Pese a su pequeño tamaño, pues apenas era un piso de sesenta metros cuadrados; dos habitaciones, un baño y un estrecho salón comedor. Y aún así veces se les hacía demasiado grande a los dos.


Al final, la vida de aquel hogar siempre la había dado su hijo, y aunque estaba contenta porque persiguiese sus sueños, echaba de menos que llevara tanto tiempo sin ir a verla. Ya nada estaba fuera de su lugar, las puertas siempre se mantenían cerradas, y las rutinas eran directas y sin rodeos. Y aunque para una virgo como ella, eso era el sueño de su vida, de vez en cuando echaba de menos que alguien le desacomodara el pelo, el sofá y la nevera, y quién mejor que su niño. Pero como había podido asumir, el único que lo hacía últimamente, era el pobre y canoso Timy, que como aquel día llegaba con las papitas sucias de tierra y dejaba las huellas desde la entrada hasta su cama en forma de filete, ubicada no muy lejos de la comida y el agua, pero bien cerquita del sofá, facilitando la necesidad de subirse a sus piernas a ver la serie de Hospital Central, cuando su dueña se había aseado tras el paseo.


Al pasar por la puerta, dejó todo lo que llevaba en los bolsillos, en el mueblecito principal, colgó la correa y se quitó la chaqueta. Acomodó sus pies en unas mullidas y cómodas zapatillas, y fue a por el recogedor y la fregona quedándose tranquila y lista para meterse en la ducha, limpiando así el sudor y el polvo que pudiera traer del parque.


Ignoró los medicamentos que se encontraban sobre la mesa del comedor, aunque no pudo evitar pensar que hacía tiempo debía haberlos tomado. Quizás llevaba un día, o una semana, o tal vez pudiera haber sido un mes, ya no lo recordaba, pero pese a que fuese el caso no la preocupaba, ella destacaba por ser estructurada y metódica, no tenía sentido que los hubiera dejado allí sin más. Seguramente no tenían la menos importancia, o de no ser así los hubiera colocado y consumido. Así pues, se encogió de hombros tomando la ropa, y metiéndose en el baño.


El vapor del agua se había pegado a las pareces, todo olía a jabón y a humedad. La alfombrilla se grababa por la huella de sus pies cediendo al peso, y la toalla la envolvía cálida y suavemente. Posó los pies sobre las frías baldosas buscando sus sandalias, para calzarse antes de continuar. El suelo le devolvía un tacto grumoso y húmedo, cosa que no le agradaba demasiado, incluso la incomodaba me atrevo a decir.


Finalmente, se sostuvo en el lavabo para acomodar los pies en las pantuflas, y mirar al espejo, que le devolvía una vez más una mirada cansada y triste.


Una mirada, que no cuadraba con su actitud, y no recordaba cuando había comenzado a ser así. Quizás no descansaba bien en las noches, o puede que estuviera carente de alguna vitamina. Aquello le hizo recordar los medicamentos, y llegar a la conclusión de que era lo que debía de tomar.

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