El Heredero by Tinta.del.cuervo at Inkitt
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El Heredero

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Summary

La vida de Althea cambia drásticamente cuando, tras un evento desafortunado, se encuentra cuidando a un bebé sin pensar en las consecuencias. Un día, un incidente terrible le arrebata lo único que Althea valoraba en el mundo. A medida que el inframundo busca un heredero y pone en marcha un plan para traerlo, Althea se ve obligada a colaborar con el ser de luz más temido y sus subordinados. En este camino, descubre que el bien y el mal no son tan definidos como parecen. Con determinación para no cometer el mismo error dos veces y con aliados inesperados, Althea se embarca en una misión para que el inframundo ascienda.

Status
Ongoing
Chapters
26
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
16+

Capítulo 1

PRIMERA PARTE “LA CRIATURA”




Mis pies me estaban matando.

Estuve caminando de un lado a otro para mi jefe durante todo el día. Un hombre excéntrico y muy prepotente, en gran parte debido a que era muy competente en su trabajo.

Su punto fuerte eran los negocios. Sin embargo, eso no le daba derecho a comportarse como si uno fuera su esclavo.

Estaba casi segura de que nuestra constitución abolía la esclavitud, aunque no recordaba en qué artículo en específico, pero estaba segura de que existía.

Si no fuera por lo bien que pagaba, hubiera renunciado desde hace mucho.

Pero en estos tiempos hay pocos trabajos bien remunerados y sin tanto ajetreo; el mío no contaba, ya que mi jefe siempre quería las cosas con urgencia, haciéndome pasar la mayor parte del tiempo corriendo de un extremo de la ciudad al otro.

Los ancianos suelen decir que los jóvenes ya no queremos trabajar, que buscamos todo fácil. Pero las cosas no son así; todo está cada vez más caro y hay menos oportunidades de progresar.

Arrastré los pies por la calle hasta la entrada del metro.

La mayoría de las personas vestían impecables trajes, lo que me hizo sentir un poco incómoda por mi atuendo. Y es que cuando te tienen corriendo todo el día, lo último que quieres es usar un par de zapatillas y una falda de tubo con un saco a juego.

Si los zapatos no te matan, el calor sofocante de las tardes lo hará.

Generalmente, lo que opinaran de mi aspecto no me afectaba en absoluto, pero el cansancio estaba haciendo estragos en mi persona.

Me sentía sensible, y ver a todos esos godínez felices, con sus trajes impecables, salir de sus respectivas oficinas y caminar al metro de la Ciudad de México, me hacía sentir frustrada.

Estaba segura de que solo eran felices en apariencia.

Coloqué mi tarjeta en el lector de los torniquetes, recibiendo el bib de este y obteniendo el acceso. Caminé hasta las escaleras eléctricas para descender varios metros de profundidad.

En ocasiones la estructura de la estación me provocaba claustrofobia o un terrible vértigo al mirar hacia los pisos inferiores.

Me preguntaba cómo la gente pudo sobrevivir subiendo o bajando todos esos escalones antes de la llegada de las escaleras eléctricas.

«Debió ser todo un martirio.»Agradecí la tecnología y caminé hacia los andenes.

Normalmente, la estación estaría abarrotada a esas horas, ya que era la hora de salida de muchos. Resultaba un poco inquietante que estuviera casi vacía.

Aunque la línea naranja era una de las menos conflictivas de todo el sistema, por lo general, las estaciones ubicadas en el centro eran las más llenas y las más problemáticas; ocurrían accidentes con mucha frecuencia.

El tren llegó a la estación y las puertas se abrieron frente a mí.

Cuando usas el transporte todos los días, aprendes a identificar a qué altura se detienen normalmente, para así poder colocarte frente a la puerta de acceso.

Si las estaciones fueran como en otros países, le quitarían esa emoción, ya que por lo general se detienen siempre en sus marcas de abordaje.

En ocasiones, la ciudad podía resultar abrumadora. No me molestaba en particular; tenía acceso a toda la ciudad y podía llegar rápido a cualquier sitio.

En cambio, si viviera en el Estado, pasaría horas interminables de transporte público y viviendo más en él que en mi propia casa.

Dejé caer mi trasero en uno de los asientos, recargando mi cabeza y dejando escapar un suspiro que empañó el cristal del vagón.

Mi reflejo me devolvió la mirada. Notando mi cabello algo desordenado, como cuando se pelan los cables de luz y los hilos de cobre quedan expuestos. Seguramente mi melena fue la culpable de haber recibido un par de miradas.

El verde de mis ojos lucían apagados; no era para menos, reflejaban exactamente mi estado de ánimo nefasto.

«¿Hace cuánto tiempo que no tenía vacaciones?»

Estaba siendo explotada, pero no podía quejarme. En mis últimas vacaciones, las pasé encerrada viendo películas y durmiendo todo el día.

No encontraba divertido salir de viaje sin amigos, y la verdad es que no tenía ninguno desde que salí de la universidad. Luego encontré ese fabuloso empleo, donde aprendí apreciar los días de descanso como lo que eran: días de descanso.

No salí con nadie hasta Patrick, quien fue mi última relación por un par de años. Terminamos porque él decía que me importaba más mi trabajo que casarme y darle hijos. Que, de cierto modo, era verdad.

Fue injusto que me culpara por ese estancamiento en su vida. Sin embargo, era evidente que si no podía ofrecerle lo que él tanto anhelaba, la única solución era terminar.

Después de la ruptura, me convertí en la villana de su historia, ya que le atormentaba que mi vida no se viera afectada por nuestra separación.

Al volver a la soledad, aprendí a disfrutarla y me di cuenta de muchas cosas que estaban mal en esa relación. Una de ellas fue darme cuenta de que había estado fingiendo que el sexo era bueno. ¡Menuda estafa!

Gracias a mi inminente aislamiento debido a mis interminables horas laborales, la única persona con la que socializaba era el guardia de seguridad del condominio donde vivía, y ni siquiera era de todos los días.

Una pizca de envidia se apoderó de mí al ver a todas esas chicas salir con amigos, con amigas, con parejas.

Tiré de un mechón de mi cabello, observando las puntas abiertas que tenía.

«¿Cuándo fue la última vez que me hice un despunte?»

Mi estómago gruñó, interrumpiendo mis pensamientos. Estaba muriendo de hambre; no había almorzado nada desde el mediodía. Me imaginaba pidiendo un poco de comida china, tacos o un par de hamburguesas.

Cerré los ojos un momento, contando las estaciones para llegar a Tacubaya y poder transbordar para llegar a mi departamento. Observé el puente que indicaba la estación y cerré los ojos.

Solo faltaban tres estaciones.





Me desperté con una breve sacudida del tren y entré en pánico al darme cuenta de que estaba completamente vacío.

«¿Dónde estoy?»

—¡Ay por Dios! —me exalté.

«¡Carajo!»

Me había quedado dormida. Estaba casi segura que iba a terminar en el almacén de trenes.

«¿Cómo se supone que pida ayuda?»

Me di cuenta de que el tren aún estaba en movimiento, lo que significaba que alguien todavía lo estaba operando.

Si tiraba de la palanca de emergencia, se darían cuenta de que alguien se había quedado dentro y vendrían a buscarme lo antes posible. O en el peor de los casos, me olvidarían aquí dentro toda la noche hasta que abrieran a las cinco de la mañana.

Saqué mi móvil del bolsillo para comprobar la hora. Posiblemente, estaba siendo paranoica y no iba a parar a los almacenes. Había salido un poco pasadas de las diez, en un trayecto máximo de media hora.

La luz me cegó momentáneamente, y tuve que bajarle el brillo a toda prisa.

Cuando miré la hora, un sudor frío recorrió mi columna, provocando un ligero temblor en la mano.

11:50 p.m

«¡¿Pero qué mierda?! ¿Cómo es posible que haya pasado más de una hora y media dormida? ¿Cuántas veces fui y vine en la misma línea? ¿Cómo es que nadie se percató de mi presencia y tuvo la decencia de despertarme en la última estación?»

Me puse de pie de golpe, con las piernas adormecidas por los nervios y las manos sudorosas, acercándome a la palanca más cercana.

Estaba segura de que me estaban llevando al almacén de trenes, no tenía dudas y el pánico estaba nublando mi poco buen juicio.

Las luces comenzaron a parpadear mientras trastabillaba por el pasillo de camino a la palanca más cercana. Se apagaron brevemente y, al encenderse de nuevo, me quedé petrificada.

Alguien más estaba conmigo.

Había una joven sentada dándome la espalda a un par de asientos de donde había estado sentada. A simple vista, su presencia era aterradora.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo ante la idea de que fuera un fantasma. Todos decían que las líneas del metro tenían sus misterios, y no hacía mucho que me había quedado despierta viendo videos de iceberg sobre el metro.

Recordé con atención la historia del vampiro de Barranca del muerto. En donde seguro que estaba.

Despacio me acerqué a ella, tragándome mi miedo y olvidándome por completo de mi plan inicial.

El tren no podía dirigirse a almacenes si quedaba más gente en el vagón, ¿no?

A menos que…

—Disculpa—la llamé al mismo tiempo que echaba mi mochila al hombro para acercarme—. Me he quedado dormida. ¿Sabes en qué estación estamos?

Su nula respuesta hizo que mi estómago se contrajera y aumentaran notablemente mis nervios, haciéndome castañetear los dientes.

Realmente deseaba que no se tratara de un fantasma, un vampiro o de alguna dimensión desconocida.

La chica giró un poco la cabeza, observándome detrás de su alborotada melena castaña.

—Mixcoac —susurró, y me tranquilicé solo un poco al escuchar su voz aterciopelada.

Decidí sentarme un par de bancas atrás, sin darle la espalda, junto a la puerta para salir corriendo en cuanto llegáramos a la próxima estación.

Pude notar que llevaba un bonito vestido blanco con volantes, lo que por un momento me hizo querer gritar.

¿No sería la Llorona o sí? Estábamos muy lejos de un río, incluso de un lago; deja tú el lago, estábamos retirados de Xochimilco, su lugar de procedencia, según las historias.

Aunque al parecer a esa mujer le gustaba viajar.

Se decía que le habían visto por Estados Unidos,«¿verdad?»¿Quién dice que la llorona no viaja en metro? Total, es subterráneo, y hacía muchísimos años la ciudad era un lago.

Los focos del vagón comenzaron a parpadear frenéticamente y de nuevo mi mente se disparó en todas aquellas películas de terror a las que me había enfrentado. No estaba de humor para pelear con fantasmas.

Si tan solo supiera rezar, seguro que lo hubiese hecho, pero ni siquiera una plegaria me sabía.

Comencé a mover con nerviosismo mi pierna, sintiendo que cada segundo se volvía una eternidad.

El tren se detuvo por completo y todo se apagó: el aire acondicionado, las luces y el sonido del motor cesaron.

«¿Qué pasa ahora?»

Un frío inquietante comenzó a bañar el vagón. Los vidrios comenzaron a empañarse y juro por mi vida que vi algo del otro lado del cristal.

Pequeños destellos rojos que se movían como serpientes a lo largo del túnel, alumbrando el vagón.

Giré hacia la chica en búsqueda de compañía, esperando que alguien viera lo que estaba ocurriendo y confirmara que no estaba imaginando cosas.

Me quedé sin aliento al presenciar la extraña escena. Entre la penumbra y las serpientes rojas que iluminaban el sitio, la imagen de la chica se me hizo de lo más surreal.

Su cuerpo se encontraba suspendido en el aire, con los brazos y piernas hacia abajo, contorsionada de una manera extraña e inexplicable. Era como presenciar una escena del Exorcista en la vida real.

—¡Pero qué demonios! —grité poniéndome de pie de un salto, lo que provocó que mi mochila cayera al suelo.

Mantuve la distancia, aun tratando de asimilarlo.

La joven movía la boca y parecía susurrar algo, hasta que comenzó a retorcerse desesperada, como si una mano gigantesca la estuviera tomando y ella intentara liberarse de su agarre.

El chillido de la chica casi me perforó los tímpanos. Cubrí mis oídos rápidamente, sintiendo cómo mis manos temblaban con fuerza y mi corazón se aceleraba al punto de resultar casi doloroso.

Traté de calmarme, de mantenerme tranquila ante la situación, distrayendo mi mente con imágenes de vídeos de gente a la que le hacen bromas en la ciudad. Bromas pesadas, del tipo para ver la reacción de la gente y reírte a que te cagas.

—¡Basta! —una carcajada histérica escapó de mis labios mientras gritaba a nadie en específico—. ¡Buena broma! ¡Por favor, déjenme bajar!

Las lágrimas comenzaron a salir, los labios me temblaban al igual que todo mi cuerpo, y respirar se volvía cada vez más difícil.

Estaba a punto de sufrir un colapso nervioso.

Me estaba empezando a odiar por haber visto tantos videos de terror. Odiaba que el metro fuera un misterio andante. Odiaba a mi jefe por haberme hecho salir tan tarde. Odiaba haberme quedado dormida de manera misteriosa por más de una hora y media y haber despertado en medio de una broma de mierda.

«¡Solo a mí me ocurren este tipo de cosas!»Pensé mientras la chica soltaba un grito desgarrador, haciendo que yo soltara un gemido de angustia.

Mis piernas temblaron con tanta fuerza que pensé que se me iban a romper.

Todo sentido común me abandonó en cuestión de segundos. Saqué fuerzas de donde ni siquiera sabía que las tenía y corrí hasta el final del vagón, pegando gritos que desgarraban mi garganta.

En la puerta que conectaba los vagones, podía ver a las personas en el otro, completamente ajenas a lo que fuera que estaba pasando a mis espaldas.

Las luces de ese vagón estaban encendidas y la gente que iba acompañada charlaba amistosamente.

Dejé de gritar; no tenía sentido, no cuando ellos lucían tan tranquilos y yo estaba perdiendo el cabello del maldito susto.

Un crujido llamó mi atención, y giré lentamente, sintiendo cómo el sudor resbalaba por mi rostro y se combinaba con mis lágrimas. Me quedé quieta, tratando de entender qué demonios estaba viendo.

Las luces rojas que momentos antes iluminaban el vagón entraban y salían por el cuerpo de la chica, atravesándolo y enroscándose en sus extremidades como serpientes.

Su vientre comenzó a crecer de manera inhumana, como si estuviera a punto de reventar, mientras sus gritos inundaban el sitio de una manera insoportable.

Su dolor, de alguna forma, era palpable; la angustia se adhería a mis huesos, provocando dolor en estos como si fuese yo la que lo estuviera experimentando.

Quería obligarme a apartar la mirada de aquel espectáculo, pero no podía; mi cuerpo no respondía.

El cuerpo de la joven comenzó a agitarse violentamente en el aire, como un escarabajo boca arriba, tratando de enderezarse, hasta que se detuvo, dejando caer sus extremidades de forma flácida, como una muñeca de trapo.

De entre sus labios salió un leve gorjeo y una respiración forzada que se interrumpió cuando su cuerpo impactó brutalmente contra el suelo.

Mi cuerpo se sacudió ante el recordatorio de una joven caída sobre las vías un par de años atrás.

Las piernas se me volvieron de gelatina y mi visión comenzó a oscurecerse por completo. Caí al suelo de rodillas, sintiendo un dolor punzante en ellas y el latigazo en mi columna ante el impacto.

Cubrí mis oídos con las palmas de mis manos, intentando amortiguar ese sonido tan parecido al desgarrador crujido de abrir un pollo por los muslos. Sea lo que fuera, la chica no estaba consciente para gritar ante tal dolor. No sabía si sentir alivio o dejarme consumir aún más por las garras del pánico infernal.

Una sensación repugnante me envolvió. Me sentía anclada al suelo de alguna forma, con la cabeza tan pesada que me costaba levantarla para clavar la mirada en lo que seguramente sería un cadáver.

Las lágrimas no dejaban de salir a raudales, mezclándose con mis mocos y saliva. Mi pecho subía y bajaba bruscamente debido a la dificultad para respirar, y la bilis comenzó a trepar por mi garganta en cuanto el inconfundible olor metálico me inundó.

Estar en presencia de aquello me hizo recordar la mala experiencia que tuve en la estación Hidalgo, cuando fui testigo de cómo una mujer caía a las vías del tren y terminaba muerta.

La escena fue de lo más traumante para todos los presentes. Me generó un miedo irracional a ser la primera en entrar, por lo que mantenía una buena distancia de la línea amarilla que marcaba el límite.

Si para usar el metro te tuvieran que capacitar para ver cómo los cuerpos se desgarran, machacan y quedan como una masa irreconocible sobre las vías, además de ver como la sangre cubre la mayor parte del lugar, probablemente nadie lo usaría.

Sin embargo, el accidente de aquella chica fue tan famoso que salió en las noticias, junto a su retrato. Era joven y hermosa; en aquel entonces, teníamos la misma edad. Y pensar que compartíamos esa característica no hizo más fácil sobrellevarlo.

Afortunadamente, no se trató de ningún suicidio, aunque corrió el rumor en redes sociales de que era huérfana y posiblemente podría ser un suicidio. Sin embargo, al revisar las cámaras de seguridad, se descubrió que una persona la empujó momentos antes, y el culpable nunca fue encontrado.

Su nombre y su rostro, que circularon por semanas en internet, permanecieron grabados en mi mente.

Podía verla en todas aquellas chicas de cabello negro y de hermosos rasgos o de increíbles ojos azules. Incluso podía verla en mi hermana y me mortificaba pensar que podría haber sido ella la que hubiese podido acabar así.

La sola idea de perder a un miembro de mi familia me hacía querer perecer en una abrumadora depresión.

Después de la muerte de nuestros padres y que ambas quedáramos prácticamente solas, mi única familia era ella y solo los dioses sabrían qué hubiese sido de mí si una noticia de esa magnitud sobre mi hermana hubiera llegado en aquella época.

Pero ahí estaba yo, presenciando quién sabe qué carajos al borde de un infarto.

El ruido inquietante que me erizaba la piel cesó, dejando lugar a un silencio que fue interrumpido por un ligero llanto que llegó hasta mí, lo que me provocó un mareo tremendo al levantar la vista tan rápido.

La chica ni siquiera se había movido, ni daba señales de vida, se veía más que muerta o por lo menos a nada de estarlo. Tenía las piernas ligeramente abiertas y flexionadas, con la cabeza mirando hacia el otro lado del vagón.

¡Gracias a los dioses!

No hubiera sabido cómo reaccionar si sus ojos vidriosos y sin vida me estuvieran observando.

Las ganas de vomitar volvieron cuando algo entre sus piernas se movió, provocando no solo las arcadas, sino también un terror completo.

Otro chillido, similar a un maullido, volvió a escucharse, y ¡que los dioses me castigaran!

Aquel sonido me estaba atrayendo como abeja a la miel; la curiosidad comenzó a picar en mis manos, el estómago se me encogió ante la anticipación.

Era como si todo mi cuerpo zumbase de una manera extraña y todos mis sentidos me gritaran:

«¡Acércate!»

Limpie mi rostro, sorbiendo una cantidad sorprendente de mocos, y me acerqué a gatas, odiándolo al instante. ¿Por qué me estaba acercando al peligro? Seguro que estaba chiflada.

Se me debieron salir un montón de tornillos aquella vez que me caí de una motocicleta, todo porque se quiso lucir el imbécil de mi ex pareja. Quizá tuve traumatismo craneoencefálico que no me detectaron en el increíble Instituto Mexicano del Seguro Social.

Si estaba chiflada y no lo sabía, se debía a la negligencia médica. No había dudas.

Anduve a gatas por el pasillo, tocando quién sabe qué inmundicias que la gente tiraba en el suelo. Provocando que mi mente divagara entre los sucesos traumáticos que acababa de presenciar, y pensar que tal vez alguien había vomitado en el suelo y lo estaba tocando con las manos desnudas.

«¡Qué asco, agh, qué asco!»

Una vez más cerca, me detuve para observar la sangre que se acumulaba alrededor de sus piernas, salpicando el impecable vestido blanco que llevaba puesto.

El olor a sangre colapsó mis fosas nasales. Pero había algo más, algo dulce, algo como ponche en Navidad y tierra mojada en verano.

Observé que la joven estaba inconsciente, o quizás muerta, con sus cabellos castaños esparcidos por su rostro, haciéndome imposible identificarla.

Con cuidado, levanté la falda de su vestido, preparada para salir corriendo en caso de que alguna criatura alienígena decidiera arrastrarse para arrancarme los ojos o destriparme.

Pero en lugar de una criatura espantosa, encontré un rostro angelical.

Cubrí de nuevo sus piernas.

«¡¿Pero qué demonios?!»

Cuando volví a mirar con las manos temblorosas, viendo nuevamente a la criatura, solo para cubrirla de inmediato, en shock.

Estaba casi segura de que no había un bebé momentos antes.

Recordaba claramente que cuando me acerqué a la chica para preguntarle en qué estación estábamos, no llevaba el vientre abultado de nueve meses. Sin embargo, sí que vi como su vientre crecía mientras estaba suspendida en el aire.

«¿Qué tipo de broma perturbadora era esa? ¿Seguía siendo una broma?»

Miré desesperadamente a ambos lados, esperando que alguien entrara y dijera: “Hey, es solo una broma, la cámara está por allá” para poderles recordar a su madre por causarme un susto de muerte.

Moví a la chica en un intento por despertarla, aferrándome a la ilusión de que todo era una broma, una actuación digna de un Óscar. No obstante, algo en mi interior me decía que no lo era, y que no se despertaría por más empeño que le pusiera.

De nuevo, el llanto me arrastró a la realidad, o tal vez a una alternativa. Posiblemente, eso era lo que había sucedido: un viaje entre dimensiones, como las miles de historias que circulaban en redes sociales sobre el metro.

Mis manos comenzaron a temblar frenéticamente, igual que mi corazón aporreaba con fuerza en mi pecho y que parecía querer subir por mi garganta.

Me aferré al borde de la falda de aquella chica, de la cual nunca sabría nada: su nombre, ni si tenía familia o algo por el estilo.

Con un suspiro entrecortado, los nervios de punta, la respiración acelerada, el aroma dulce y el olor de la sangre mezclándose en el aire a cada segundo, me atreví a mirar de nuevo a la criatura.

Una sustancia viscosa y blanquecina cubría su piel, junto con un rastro de sangre perteneciente a la chica. Apenas se movía, con sus delicados brazos y piernas.

No había colmillos a la vista, garras o cualquier otra cosa que me diera señales de que era.

Agradecí mentalmente por no haber almorzado nada, o de lo contrario, hubiese en ese momento devuelto todos esos sagrados alimentos sobre el torso de un muerto, junto a un bebé aparentemente recién nacido.

Congelada, sin poder apartar la mirada, continúe observando aquel milagro, la María del siglo XXI, que lamentablemente había fallecido.

Mis pulmones se quedaron sin aire cuando mis ojos se encontraron con los suyos, un borrón café entre sus párpados apenas entreabiertos.

Puedo jurar por todo lo vivo que me eligió; lo sentía en ese cariño extraño que floreció en mi interior, en esa necesidad por estar con él, en la pequeña sonrisa que parecía formarse en su boquita.

«¿Los bebés sonríen?»

Era lindo a pesar de todo, con sus cabellos castaños pegados a su diminuto cráneo y su delicada piel morena, que me hacía querer cargarlo y apretarlo contra mi pecho.

Lo más cerca que había estado de un bebé había sido de mi sobrino, y hacía años que no lo veía a él ni a mi hermana.

No supe qué me llevó a tomar esa decisión. Quizá fue el estrés laboral, el trauma psicológico que había acumulado durante los diez minutos más tortuosos de mi vida, reviviendo traumas que había reprimido con capas y capas de trabajo. O tal vez simplemente cedí ante la locura, quizá heredada de algún pariente desconocido, quedando completamente envuelta en ella.

Pero cuando las luces volvieron a encenderse en el vagón y el tren reanudó su viaje, busqué mi mochila, que había ido a parar bajo los asientos junto a mí.

Saqué mi chaqueta y envolví cuidadosamente al bebé en ella, percibiendo una extraña marca en la muñeca de la chica.

Salí corriendo con él en mis brazos, mientras dos águilas en vuelo me indicaban la estación a la que habíamos llegado.


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