Capítulo Unico
Leer despues de la historia: El Reloj de su Abuelo
̴̴̴̴̴̴̴̴̴ Año 1942 ̴
—Vamos —Mew rió mientras corría, marcando el camino. Gulf lo siguió, sonriendo.
Doblaron la esquina y entraron al granero, a la oscuridad, a un cubículo, a los brazos del otro.
Lejos de ojos curiosos.
María, la hermana menor de Gulf, habían sido llamada a la casa.
Mew y Gulf aprovecharon la oportunidad para estar a solas. Por fin.
—¿Te siguió? —Mew preguntó. Tenía las manos sobre su amante, pero los ojos muy abiertos, dudoso hasta que lo supiera con seguridad.
—Sí —Gulf dijo con una sonrisa—. Mamá la llamó para que ayudara con la cena.
Gulf tomó la mano de Mew, entrelazando sus dedos. Los dos muchachos permanecieron de pie en silencio, con los pechos agitados, el aliento entrecortado y los ojos oscurecidos, tan solo mirándose.
—¿Estamos solos? —Mew exhaló, deseando, esperando, que fuera verdad.
Gulf asintió, y el pelo negro le cayó sobre la frente. Mew estiró la mano libre y suavemente le quitó el cabello de los ojos antes de deslizarla por la mandíbula del chico frente a él.
Y entonces lo besó.
Suavemente al principio, como habían hecho miles de veces. Sus labios se abrieron y las lenguas se acariciaron levemente, haciéndolos gemir.
Era prohibido. Estaba mal.
Pero se sentía tan bien. Estaban enamorados.
Habían sido amigos en la escuela y continuaron haciéndose compañía los fines de semana; sus padres trabajaban juntos en la imprenta del condado, y sus madres se encontraban semanalmente en las reuniones de las auxiliares de la iglesia.
Así que cuando los chicos se hicieron amigos, y estudiaban juntos, corrían las pistas de carreras juntos, nadaban juntos, nadie sospechó nada.
Nadie en su sano juicio hubiera sospechado que fueran amantes.
De acuerdo con la gente del área, los homosexuales eran hombres extraños que vivían en las grandes ciudades; no jóvenes de una pequeña ciudad que hacían los quehaceres antes de la escuela, que sonreían cortésmente y que le abrían las puertas a las damas.
Al principio lo pelearon.
El padre Tom les había enseñado, y a cada chico de la parroquia, que no era la voluntad de Dios que los hombres amaran a otros hombres.
Pero los muchachos se habían hecho cercanos. Conforme crecían y se hacían hombres, la tensión entre ellos creció; había miradas prolongadas, caricias inocentes.
Y cuando habían estado hablando sobre la chica a la que invitarían al baile de promoción, ambos habían sonreído y bromeado sobre las chicas que les gustaban.
Ambos sabían que estaban mintiendo. Se conocían demasiado bien.
Así que parándose muy cerquita, Mew se tragó su miedo y le había preguntado a Gulf si realmente estaba interesado en alguna chica. Gulf solo tuvo que sacudir la cabeza un poquito, eso fue todo lo que hizo falta.
Ninguno respiró.
Solo se quedaron mirando.
Con los ojos como platos y petrificado, Mew rozó los dedos de Gulf con los suyos, y asintió.
Eso fue todo.
Eso fue todo lo que hizo falta.
Gulf corrió a casa desde la de Mew. No se detuvo ni una vez. Pero caminó de lado a lado en la privacidad de su dormitorio, intentando aquietar las náuseas, la alegría, las mariposas que sentía, sin saber qué hacer.
Pero sí sabía.
Lo había sabido por un tiempo. Mew no era solo su mejor amigo.
Había soñado con él. De maneras que un hombre no debía. Y Mew prácticamente había admitido que sentía lo mismo.
Así que bajo el manto de la oscuridad, Gulf se escabulló en el cuarto de Mew como había hecho cientos de veces.
Solo que esta vez, no intercambiaron tarjetas de béisbol o hablaron de la guerra. Se sentaron en silencio.
Y se tomaron de las manos.
Tres días más tarde, estaban jugando en el río, derribándose y salpicándose agua como hacían siempre. Cuando Mew sujetó a su amigo, un Gulf muerto de la risa se escurrió de sus manos, y sin pensarlo, se volteó rápidamente y besó a su amigo.
Los dos chicos se detuvieron en seco, con los corazones martillando y los pechos agitados.
Y se besaron una vez más. Y otra. Beso francés lo había llamado Gulf, haciendo ruborizar al chico . Gulf jadeó cuando las mejillas de Mew se tiñeron de rojo, y le rozó la mejilla con los dedos. Y entonces lo besó de nuevo.
Habían conversado sobre la Biblia, lo que el padre Tom les había enseñado. Y habían conversado de lo mucho que los asustaba. Y habían conversado de sus padres, quienes los desollarían vivos si alguna vez lo descubrían.
Eso era lo que más les asustaba.
Por miedo, habían acordado no permitir que volviera a ocurrir.
Pero la tensión entre ellos se había vuelto demasiado; las miradas de anhelo, los prolongados silencios, la estática en el aire.
Y Gulf no pudo soportarlo.
Le dijo a Mew que si estaba condenado a una eternidad en el infierno, no le importaba.
—No podría ser peor de lo que estoy atravesando —dijo.
»Sabiendo lo bien que se siente tenerte en mis brazos, tu sabor en mi boca —susurró—, me mata pensar que jamás volveré a tenerlo.
Mew no respondió con palabras. Lo atrapó en sus brazos y lo besó, todo bocas abiertas y lenguas exploradoras. Los muchachos cayeron sobre la cama de una plaza de Mew, sus cuerpos completamente vestidos alineados a la perfección. Y pronto, los dos estuvieron sacudiéndose en oleadas de placer.
Seis meses después y los jóvenes aún no habían consumado su relación haciendo el amor. Habían explorado sus cuerpos mutuamente, llevando al otro al clímax muchas veces; siempre en silencio, a escondidas. Secreto y prohibido.
Hicieron planes para ir a California, a la universidad, para poder estar juntos y hacer el amor por primera vez. Lejos de un cura temeroso de Dios, padres temibles y hermanas molestas; en donde no tendrían que esconderse en un granero.
Mew había perdido la cuenta de las veces que habían tonteado ahí. Siempre relacionaría el olor del heno recién cortado con el chico de pelo negro de sonrientes ojos negros y labios suaves.
En retrospectiva, Mew debería haber sido más sensato.
La tarde estaba avanzando, María había sido llamada para que ayudara a la señora Kanawut con la cena. Debía haber sabido que el señor Kanawut llegaría a casa pronto.
Pero estaba demasiado absorto con Gulf como para escuchar el auto que venía por el camino. En ese momento, todo lo que sabía era la manera en que las manos de Gulf le acariciaban el pecho y la espalda, por debajo de la camisa.
Estaba demasiado distraído con las palabras de amor susurradas, y la suave lengua, como para escuchar los pasos o a los caballos inquietarse.
Y entonces fue demasiado tarde.
Cuando el señor Kanawut abrió la puerta de un golpe, los chicos se separaron rápidamente, aunque para el padre de Gulf fue muy claro lo que acababa de interrumpir.
Las camisas fuera del pantalón, desabotonadas, los labios hinchados, el pelo alborotado.
El hombre se quedó congelado; la cara vacía de todo color, y luego de emoción.
A Mew le tomó un momento darse cuenta de que el padre de Gulf les estaba diciendo que rezaran por sus almas, susurrando con espeluznante calma.
Pero no fueron las frías palabras susurradas por el señor Kanawut lo que asustó a Mew.
Fue la mirada en sus ojos.
Gulf también la vio. Esa mirada vidriosa y loca que su padre tenía en los ojos; la misma mirada que había tenido cuando domó los caballos salvajes del señor Colins.
Cuando los chico no se movieron —no podían moverse—, la ira del señor Kanawut se elevó.
Gritó y vociferó; la abominación, la desgracia, la inmoralidad. ¿Cómo los haría sufrir Dios? Los gritó. Se paró por encima de los jóvenes, todavía demasiado aterrorizados para moverse, exigiendo saber ¿qué castigo era el adecuado para este crimen?
Para entonces, la señora Kanawut y María tuvieron que correr al granero para ver de qué se trataba la conmoción. Entraron a toda prisa a tiempo de ver al señor Kanawut arrancar el látigo de la pared y levantarlo contra su hijo.
Gulf no se inmutó. Sabía lo que venía. Sabía que era el fin.
Y en un instante —en una fracción de segundo—, Mew vio la mirada de derrota en el rostro de Gulf; la misma mirada que tenían los caballos recién domados, después de que el señor Kanawut los azotara hasta que apenas podían caminar.
Y sin pensar en su propia seguridad, Mew se paró entre ellos con los brazos levantados.
—¡Yo lo puedo explicar! —gritó—. Señor Kanawut, por favor. Señor, déjeme explicarle.
El señor Kanawut dejó caer el látigo, aunque miró con un odio salvaje al chico que se atrevía a ser lo bastante valiente como para detenerlo.
Apuntó el mango hacia Mew.
—Por respeto a tu padre, te daré diez segundos.
—Gulf y yo…
—¡KANAWUT! —el hombre gritó, haciendo saltar a Mew.
—Sí, señor. Kanawut y yo estábamos limpiando el granero, señor. Yo le arrojé heno sucio y estamos luchando —Mew mintió tanto como pudo. Miró al padre de Gulf a los ojos—. Fue mi culpa, señor. Yo lo empecé.
El señor Kanawut miró a Mew. Y tan asustado como estaba, tan amedrentado como se sentía, Mew no pestañeó.
El hombre miró a Gulf con desdén.
—¿Eso es lo que pasó, Gulf? Gulf asintió y susurró:
—Sí, señor.
El señor Kanawut pareció calmarse por un instante; la mirada salvaje en sus ojos ahora endurecida. Mew no estaba seguro de que el padre de Gulf verdaderamente le creyera, o si prefería creer la mentira que considerar la alternativa.
El hombre miró al uno y al otro.
—Pruébalo.
Gulf miró a su padre, confundido con lo que pedía.
—¿Probar qué, señor?
La ira del señor Kanawut resurgió y dio un paso amenazador hacia su hijo.
—Pruébame que eres un hombre.
El movimiento en la entrada atrapó la mirada de Mew; las dos mujeres en la puerta, apretujadas, asustadas de la escena frente a ellas. Y entonces dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
—Estoy enamorado de María.
Todas la miradas se volvieron hacia él; los ojos de Gulf más abiertos que los de María. Mew miró al señor Kanawut y rápidamente dijo:
—Es cierto. Hemos pasado mucho tiempo juntos durante el verano.
María ha estado con nosotros casi todos los días. —Mew le lanzó una mirada a la hermana del hombre que amaba—. Es una joven extraordinaria.
El señor Kanawut volteó, y gruñendo se dirigió a su hija:
—¿Es cierto?
Y María sonrió. Ella había sido la molesta hermanita menor de la que ellos habían intentado deshacerse durante todo el verano para poder pasar el tiempo juntos. Y Mew sabía lo mucho que la chica lo miraba, no estaba ciego.
Sin embargo, no se sentía culpable. Mew no tenía duda —ninguna duda—, de que su mentira había salvado la vida de Gulf.
—Sí, padre, es verdad —María dijo. El señor Kanawut miró a Mew.
—¿Te casarías con María?
Sin titubear, para probar su amor por Gulf, Mew asintió:
—Sí, señor.
Y Gulf estuvo seguro de que si su corazón no estuviera martillando tan fuerte en su pecho, con seguridad, se hubiera roto allí mismo.
El señor Kanawut volteó una vez más para enfrentar a su hijo. Lo quedó mirando por un largo rato con tanto desprecio, tanta indiferencia, disfrutando de la miseria del chico. Entonces sacó la billetera del bolsillo de su saco y le entregó un puñado de billetes.
—Hay un puesto de reclutamiento para el Fuerte Bliss en la ciudad. Mañana te alistarás, y estarás en el bus que parte en dos días —ordenó fríamente. Caminó hacia la puerta del granero y se detuvo. Sin voltearse, dijo—. Puedes dormir aquí. No pondrás un pie en mi casa hasta que no regreses hecho un hombre.
Luego el señor Kanawut miró a Mew.
—Hablaré contigo adentro. Organizarás un compromiso formal con mi hija. Veremos si eres un hombre de palabra.
Con una breve mirada a Gulf, Mew siguió al señor Kanawut a la casa, en donde se arregló que se llevaría a cabo una cena formal para que los Kanawut y los Suppasit conversaran sobre el futuro matrimonio.
Cuando Mew partió, era de noche. Pero no se molestó en entrar a escondidas al granero para ver a Gulf, él sabía que no estaría allí.
Y cuando se deslizó en su habitación del segundo piso, Gulf estaba ahí, esperándolo en la oscuridad. Esta vez, cuando se echaron juntos con manos ansiosas y clavándose los dedos, en lugar de silencioso gritos de placer, fueron sollozos silentes y lágrimas quedas.
***
Cuando Mew se despertó, la cabeza le palpitaba, el corazón le dolía, y estaba solo.
Gulf se había despertado en algún momento de la noche y con un adiós susurrado y un beso perdurable en los labios de su amado, que dormía, se fue.
Mew se movió a lo largo de la mañana esperando a que alguien le diera un empujón, despertándolo de esta pesadilla.
Por supuesto, nadie lo hizo.
El dolor sordo y pesado en su pecho solo se reforzó cuando su madre insistió en que visitaran la casa de los Kanawut. Se haría una celebración, la madre de Mew afirmó, y se serviría el té de la tarde.
Cuando llegaron a la casa de los Kanawut, vestidos con sus mejores ropas, María deslizó su mano en la de Mew.
Sonrió tierna y soñadoramente, mientras sus madres conversaban de bodas y vestidos e invitaciones y la lista de invitados y de cómo los jardines de la iglesia estarían en flor en la primavera, después de que María cumpliera la mayoría de edad.
Mientras las mujeres hablaban, Mew continuó esperando a que Gulf bajara saltando las escaleras seguido de cerca por su risa. Pero, por supuesto, nunca lo hizo.
Preguntándose en dónde estaría Gulf, qué estaría haciendo, Mew se sentó aturdido de la pena y el arrepentimiento, adormecido al mundo a su alrededor. Solo cuando su propia madre había preguntado “¿dónde está el joven Gulf?” fue que cayó el silencio sobre ellos.
El corazón de Mew se contrajo afligido antes de caérsele a los pies.
Casi gritó del dolor. Pero María había apretado su mano, sosteniéndola con fuerza… y él supo, en ese instante, que tenía una aliada en la hermana de Gulf.
Ella le sonrió, aunque él pudo ver el dolor en sus ojos. Y entendió que esta chica, su futura esposa, y él, amaban al mismo hombre.
La señora Kanawut explicó, serenamente, que su hijo mayor estaba yendo a la guerra.
Mew no escuchó la conversación sobre la Primera División Blindada o el entrenamiento en el Fuerte Knox o el esperado despliegue al Norte de África. Él no escuchó nada de eso.
Sí escuchó su corazón que volvía a romperse en su pecho mil veces.
Escuchó el silencio donde debía haber risas. Sintió una mano pequeña y suave cuando debía haber sido grande y fuerte. Olió perfumes y polvos cuando debía haber sido almizcle y sudor.
Cuando volvieron a casa, Mew había dicho que estaba cansado y no tenía hambre, y se había retirado a su dormitorio. Afuera, el cielo se oscureció mientras se echaba en su cama mirando el techo. Se preguntó en dónde estaría Gulf, sin poder ir a casa. Se preguntó cómo diablos era que su vida había ido de ser perfecta el día anterior, a ser ahora tan espantosamente mala.
Y después de las diez de la noche, bajo el manto de la oscuridad, como había hecho tantas veces antes, Gulf trepó la ventana de Mew.
Gulf arrojó su mochila delante de él, haciendo que Mew saltara hacia la ventana. Sujetando a Gulf, tiró de él, sin siquiera darle tiempo de ponerse de pie antes de abrazarlo.
Mew disparó pregunta tras pregunta: ¿En dónde había estado? Se había preocupado tanto. ¿A dónde se había ido tan temprano esa mañana? ¿Por qué se fue sin despedirse? ¿No se daba cuenta de lo mucho que lo amaba?
Gulf lo besó hasta silenciarlo, las preguntas —y las respuestas—, pronto olvidadas. Sin poder tener suficiente del otro, se besaron profundamente, abrazándose tan fuerte como podían.
Cuando separaron sus bocas para respirar, Mew tiró de Gulf a su cama, a su regazo.
Lo abrazó, acunándolo, pasando sus manos rápidamente por todos los sitios que podía alcanzar. Enterró la cabeza en su cuello, inhalando su olor profundamente, dispuesto a no olvidarlo jamás.
Gulf se envolvió en el hombre que amaba, a horcajadas, abrazándolo con fuerza. Los dedos de Mew encerraron el rostro de Gulf, y se apartó solo para mirarlo fijamente, intentando memorizar sus rasgos, recorriendo con la mirada cada pulgada de su rostro.
—Huye conmigo —Mew susurró; la idea se le ocurrió en un santiamén—. Partiremos esta noche. Solos, tú y yo.
Gulf sonrió con tristeza, y sus ojos se cerraron lentamente.
—No puedo.
—¿Por qué no? —Mew lo retó.
—Ya me enlisté —Gulf susurró—. Mi padre se aseguró de que lo hiciera, esta mañana.
—No importa. —Mew intentó razonar, sin poder esconder la desesperación en su voz—. No nos encontrarán.
El silencio de Gulf fue su respuesta, la mirada torturada en sus ojos.
La tristeza angustiante que vio allí le dijo a Mew que ese argumento se había acabado.
—No puedo huir del Ejercito —Gulf dijo, por fin, derrotado.
—¿Por qué está haciendo esto? —Mew preguntó. Gulf supo que estaba preguntando por su padre.
—Nos quiere separar de cualquier manera. Está probando un punto —Gulf admitió en voz baja. Luego agregó—. Porque es un hombre cruel.
—Lo odio —Mew siseó—. Esta casando a su hija, no por su felicidad, sino para verme sufrir todos los días. Y prefiere mandarte a la guerra… — gimió, un sonido torturado— …si algo llegara a ocurrirte…
Gulf tragó saliva, sus ojos negros se cerraron lentamente.
—¿Entonces te vas a casar con María?
Las lágrimas se agolparon en los ojos de Mew y cayeron lentamente por sus mejillas.
—No tenía otra opción, Gulf —dijo, la voz rota de la emoción—. Te habría matado. Yo ya había visto esa mirada en su cara antes, cuando azotó y apaleó a los caballos. No podía permitir que hiciera eso contigo.
Gulf puso sus dedos contra los labios de Mew.
—Shhh —susurró, luego enjugó las lágrimas de sus mejillas con los pulgares.
—Te amo —Gulf dijo en voz baja—. Siempre te amaré.
—Siempre —Mew suspiró.
Gulf lo besó y susurró contra sus labios:
—Quiero que me hagas el amor.
Mew abrió los ojos enormes y el aliento se le quedó en la garganta.
Pero Gulf se inclinó y le susurró al oído a Mew:
—Lo quiero contigo antes de irme. Quiero sentirte dentro de mí. Solo por esta vez.
Mew apartó la cara de la de Gulf para verlo claramente. Gulf se movió en el regazo de Mew para apretarse con más fuerza contra él. Miró a Mew a los ojos para que no dudara de su convicción.
—Si esto es todo lo que tendré, lo quiero contigo —le dijo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—. Nadie nos lo podrá quitar.
Mew lo besó entonces, profunda e insistentemente… de pronto consciente del poquito tiempo que tenían. Empujó a Gulf hacia atrás de modo que quedara sobre él, colocándose entre sus piernas, las bocas abiertas y fusionadas. Ya habían conversado al respecto. Sabían la mecánica, y tan aterrador como sonaba, sintieron que era lo correcto. Iba a ocurrir, estaba a punto de perder su virginidad… con un hombre.
No cualquier hombre, pero el hombre que amaba. Gulf.
Mew gimió, besándole la mandíbula, el cuello.
—Mew —la voz baja de Gulf fue un susurro caliente en su cuello—.Mi bolsa. Agarra mi bolsa.
A Mew le tomó un momento reconciliar la voz de Gulf con la acción… e ignorando su adolorida entrepierna, sacudió la cabeza y recogió la bolsa de Gulf del suelo.
Gulf se rió entre dientes, pero hurgando en la pequeña mochila, sacó una botellita y un paquete de cartón.
Los ojos de Mew volaron a los de Gulf, y todo lo que el chico de pelo negro hizo fue morderse el labio y explicarle:
—Los conseguí hoy. Fui a Smithfield y encontré una botica.
—¿En serio? —Mew preguntó en voz baja—. ¿Ya lo tenías planeado? Gulf asintió.
—Anoche, cuando estábamos acostados aquí… bueno, me di cuenta de que este podría ser el final para los dos. No podía pensar en nada más.
—Entonces se inclinó y besó los labios de Mew—. Quiero este recuerdo de los dos.
Mew tomó los condones y la vaselina con manos temblorosas.
—No quiero hacerte daño.
—No lo harás —Gulf susurró fervientemente—. Nunca podrías hacerme daño.
Mew buscó en sus ojos por un destello de duda.
—¿Estás seguro?
Gulf le respondió deslizando una mano por su cuello y jalando hacia abajo, de modo que quedara echado sobre él, y lo besó.
Gulf nunca había besado a Mew de esa manera: suplicante y serio.
Era incontenible y era ahora o nunca.
Y Mew supo que era el momento.
Desvistió a su amante lentamente, saboreando cada revelación de piel, cada roce de sus cuerpos. Era la primera vez que los dos estaban completamente desnudos en la cama, y Mew saboreó cada pulgada de ese cuerpo tendido frente a él.
Lo tomó en su boca y presionó dos dedos contra esa apretada abertura en donde pronto se perdería. Introdujo sus dedos y lamió la rígida longitud hasta que Gulf estuvo retorciéndose, sacudiéndose y rogando.
Mew levantó la mirada solo para encontrarse con las manos de Gulf apretando con fuerza las sábanas, la cabeza echada hacia atrás en la almohada y el pecho levantado, mientras lo trabajaba.
Y cuando Mew sintió a Gulf retorcerse y doblarse bajo él, cuando sintió la polla en su boca, y mano, hincharse y sacudirse, no se apartó.
No, succionó más fuerte y se bebió cada palpitante gota. Quiso probarlo.
Necesitaba saber.
Y con manos temblorosas, hizo rodar el condón torpemente por su adolorida erección y se aplicó la vaselina. Cayendo hacia adelante sobre sus manos, con su rostro al nivel del de Gulf, lo besó.
El chico de pelo negro gimió, borracho en las alturas de su orgasmo, con los ojos apenas abiertos. Y cuando Mew empujó la cabeza roma de su polla contra la abertura, los ojos de Gulf se abrieron enormes.
Mew buscó la duda, el miedo, pero no encontró nada de eso. Solo amor e insistencia, por lo que se deslizó hacia adelante, lento, pero seguro.
Gulf ahogó un grito, y Mew se quedó congelado. Pero Gulf susurró:
—Continúa —y lo envolvió en sus brazos para mantenerlo en su lugar. Levantando las rodillas para que Mew pudiera entrar en él con más facilidad.
Y cuando Mew no pudo ir más adentro, se salió, solo para volver a meterse en él. Besó los labios de su amado, y se robaron el aliento mutuamente.
Sabiendo que se encontraba cerca de la liberación, Mew murmuró:
—Es demasiado.
Gulf asintió y jadeó mientras Mew lo penetraba:
—Lo es todo.
Mew solo pudo asentir, intentando controlar su respiración, su cuerpo. Gulf sabía que Mew estaba cerca de acabar por la manera en que le temblaba el cuerpo, por la mirada en sus ojos.
Tomando su rostro entre sus manos, Mew le dijo:
—Recordaré esto, siempre. —Y con un sollozo estrangulado, lo penetró con fuerza una vez más, llenando el condón dentro de su amante. No existían palabras que describieran el placer. No existían palabras que describiera el amor.
Y Gulf lo abrazó mientras lloraba.
Mew lo envolvió en sus brazos. Y en un enredo de brazos y piernas, sobre la pequeña cama de una plaza, los dos jóvenes no durmieron.
Se susurraron palabras de amor y arrepentimiento con besos en labios y cuellos. Y cuando el deseo se hizo demasiado grande, esta vez, fue Gulf quien tomó el control. Se echó sobre Mew, abrazándolo, adorándolo y deslizándose en su interior.
Mew anhelaba el dolor y el estiramiento de su amante al reclamarlo; un recuerdo simbólico de lo que compartían. Saboreó la sensación de tener a Gulf en su interior, esta primera vez.
Esta última vez.
Y antes de que el sol asomara, no se atrevieron a decir esa palabra; aunque ambos supieran cuál era.
Adiós.
En su lugar, Gulf sonrió, sosteniendo el rostro de Mew mientras lo besaba una última vez, y desapareció por la ventana.
Mew se quedó mirando el espacio donde alguna vez estuvo parado Gulf. Se maravilló de cómo el corazón seguía latiendo, aunque con certeza estuviera roto. De cómo sus pulmones aun recibían aire, aunque quemaran. Se preguntó cómo era que el mundo seguía girando, cuando de hecho, su mundo acababa de detenerse.
Sin embargo, el sol todavía brillaba y la vida continuaba.
Y mientras Mew se sentaba en su cama intentando encontrar las fuerzas para siquiera ponerse de pie, Gulf estaba haciendo una última encomienda.
Tenía una tarea más que hacer.
Y para la hora en que la ciudad se hubo juntado a lo largo de la calle Main para despedirse del bus de valientes jóvenes, ya la había terminado.
Bajo la mirada vigilante y rencorosa de su padre, Gulf se despidió de su madre con un beso, también de sus hermanos más jóvenes, y abrazó a María con fuerza.
—Recuerda lo que te dije —susurró.
—Sí, Gulf —ella asintió.
—Cuídalo —murmuró.
Mew, parado detrás de la multitud, no quería ver cuando él partiera, pero no fue capaz de alejarse. Solo cuando vio a los imponentes hombres en sus ropas del ejército, fue que sus pies lo impulsaron hacia adelante.
Si María no lo hubiera detenido, se hubiera acercado a él y lo hubiera abrazado. Ella lo tomó del brazo y lo jaló más cerca de ella, susurrándole al oído:
—No le des una razón para matarte —dijo, señalando con la cabeza hacia su padre—. Ha venido a ver que se vaya. Que los dos hayan terminado.
Mew se detuvo. Sabía que María tenía razón. Pero a pesar del movimiento a su alrededor, los dos chicos se detuvieron y se miraron mientras la gente pasaba entre ellos.
María se inclinó y le susurró, mientras que ninguno de los dos jóvenes apartaba la mirada:
—Gulf me dio algo para ti. —Y en medio de los empujones de la gente, el señor Kanawut no vio cuando María deslizó una bolsita de terciopelo en la mano de Mew. Pero Gulf, sí.
Rápidamente, Mew bajó la mirada al regalo antes de volver a mirar a Gulf y asentir. Mew metió la bolsita en el bolsillo de pecho de su saco, y solo cuando el sargento pasó lista, fue que Gulf se volteó.
Mew lo vio subir los escalones del bus, tomar asiento, y sus miradas se volvieron a encontrar. Mew quiso moverse, quiso sacar a Gulf de ese bus. Quiso hacer algo… cualquier cosa. Pero no pudo. No podía moverse. Su vida se estaba acabando frente a sus ojos y no podía hacer nada para que se detuviera.
Y el bus arrancó, Gulf pronunció solo una palabra en silencio. Solo para él.
Siempre.
***
Mew había creído que el día que Gulf partió, sería el día más duro de su vida.
Oh, qué equivocado había estado.
Era un día soleado, María y él se encontraban en casa; María había traído limonada mientras Mew atendía el jardín, cuando el señor Bancroft llamó. Sin ver a Mew afuera, había caminado hacia la puerta del frente.
Mew apenas pudo comprender lo que el hombre decía:
—Es mejor que vayas y veas a tu madre. Y entonces se sacó el sombrero.
María se acercó a él corriendo, dejando al anciano en la puerta, y fue la mirada en sus ojos. Miedo. Pérdida.
Y Mew lo supo. Simplemente lo supo.
Ella lo tomó de la mano, y corrieron las dos cuadras hasta la casa de los padres de ella, en donde el día más duro de la vida de Mew tuvo lugar.
El señor Kanawut estaba de pie al lado de la encimera de la cocina: estoico, resignado. La señora Kanawut lloraba mientras golpeaba inútilmente el pecho de su esposo con sus pequeños puños, sujetando un pedazo de papel amarillo.
—Tú lo mandaste —lloraba—. Tú mataste a mi hijo. —El señor Kanawut solo permaneció ahí, de pie. No se movió. No habló.
María corrió hacia su madre, apartándola de su padre; el papel amarillo cayó de su mano y flotó hasta el suelo.
Y Mew supo lo que significaba. No tenía que leerlo.
Cuando a la señora Dwyer, que vivía calle abajo, se le entregó un sobre amarillo, él supo lo que decía.
Que su muchacho no regresaría a casa. Mew lo supo por el papel en el suelo.
Gulf no regresaría a casa.
María sacó a su madre y la llevó escaleras arriba, dejando a Mew a solas con el señor Kanawut.
Mew se dobló y recogió el pedazo de papel del suelo. Vio El Ejército de los Estados Unidos… y no leyó más.
No tenía que hacerlo.
Colocando el papel hacia abajo en la mesa, se volvió hacia el padre de María. Su voz sonó tranquila, desconectada.
—Cuando vaya el domingo a la iglesia, dígame, ¿será por el alma de Gulf que rezará, o por la suya?
Sin darle tiempo de contestar al viejo, Mew miró al hombre que despreciaba.
—¿O pedirá que lo perdonen? —Dio un paso hacia él, y el señor Kanawut se estremeció—. Porque le aseguro que nunca será perdonado. No por mí, no por María, no por su esposa. —Le tembló la voz—. Y no por Dios.
—Yo no soy pecador —el señor Kanawut dijo débilmente, con la voz quebrada.
—Sí, lo es. —Mew exhaló—. Es un asesino. —El señor Kanawut lo miró, pero Mew continuó en voz baja, apuntándose al pecho con un dedo—. Y si yo me voy al infierno por amarlo, entonces lo veré allá, maldita sea.
—¿Mew? —la suave voz de María lo llamó desde la puerta—. ¿Está todo bien?
Él se volteó para mirar a su joven esposa, y viendo sus lágrimas sin derramar, cruzó rápidamente el pequeño cuarto para abrazarla.
—Mamá está descansando —sollozó en silencio en sus brazos—.Gulf… Gulf está…
—Shhh —la tranquilizó—. No lo digas. Por favor, no lo digas. —Mew levantó la mirada por encima de la cabeza de María, y miró fijamente al padre de ella. Y en silencio, retó al hombre mayor a que dijera algo, a que abriera su lastimosa boca e hiciera un solo comentario, porque Mew lo destrozaría con gusto.
Pero no lo hizo.
El señor Kanawut difícilmente volvió a decir una palabra. A nadie.
Su culpa hizo compañía con su licor; venenoso y siempre presente.
Una parte de Mew murió ese día. Así lo sintió él. El discernible sonido seco de su corazón rompiéndose, muriendo, ahí mismo, en su pecho. Para nunca más estar completo.
***
María cuidó de su madre y de Mew en su dolor, incluido el propio. Y fue en ese entonces, que Mew vio a la mujer con la que se había casado por lo que era, por quién era.
Fuerte y resiliente. Y Mew se vino a dar cuenta de que era divertida, adorable, inteligente… y hermosa.
Él todavía veía a Gulf en su esposa, en los ojos, la sonrisa. Pero también veía a María.
Ella era una buena mujer. Amable y paciente. Y sabía. Sabía, y aun así lo amaba.
Y verla reír lo hacía sonreír.
Habían intentado que ella quedara embarazada por un largo tiempo. Los doctores había dicho que el cuerpo de María no era compatible con la concepción. Y cuando, por la gracia de Dios, concibió un hijo, el parto casi los mata a los dos.
Y fue ahí, que Mew se dio cuenta de que amaba a María. Que la amaba como había amado a Gulf.
Cuando la enfermera se había acercado a él, diciéndole que había habido complicaciones, y que debía prepararse para lo peor. Fue ahí, cuando se dio cuenta de lo mucho que la amaba.
Cuando casi le había sido arrebatada también, le hizo darse cuenta.
Dios, cuánto la amaba.
Fue entonces que cayó en la cuenta, de que había sido ella la que había evitado que perdiera la cabeza en todos esos años pasados, y lo injusto que había sido.
Le prometió a Dios que si salvaba la vida de María, él la cuidaría mejor. La trataría como ella se merecía. Sería el esposo que ella se merecía, porque la amaba.
Y los doctores dijeron que madre e hijo estarían bien.
Habían conversado sobre nombres para el bebé con anterioridad y decidieron que si era niño, lo llamarían Gulf. Pero cuando Mew vio a su hijo por primera vez, con el pelo castaño en lugar del pelo negro de Gulf y María, y con la promesa a Dios fresca en su mente, sugirió que lo llamaran Peter.
—¿Peter? —María preguntó.
Mew asintió, y en voz baja, le dijo que lo sentía. Que nunca había tenido la intensión de traer a Gulf a su matrimonio, a su vida como marido y mujer. Y que no creía que fuera correcto que su hijo viniera al mundo bajo la sombra de otro hombre.
—Gulf ya no está. Ahora lo sé —Mew dijo—. Pero Peter y tú están aquí. Para mí, tú eres un regalo. Y te amo María Suppasit.
El día que Peter fue bautizado, Mew se sentó en su cama y sostuvo los dos únicos recuerdos que tenía de Gulf, la pequeña fotografía de los dos —la foto que María había tomado—, y el reloj de bolsillo. Miró la foto una última vez, el rostro sonriente de Gulf, la metió en la parte de atrás del reloj y lo guardó.
María se sentó a su lado y sostuvo su mano. Él le sonrió y la besó.
—Me lo llevaré cuando muera y ya no esté, pero mientras haya un soplo de vida en mí, seré tuyo.
Por los siguientes cincuenta años, Mew contaría con una mano las veces que sacó el reloj. Mantuvo su palabra a María.
Pasó cincuenta y seis años con esta mujer. La adoraba.
Y al final de esos cincuenta y seis años juntos, no necesitó que ningún doctor le dijera que su sangre estaba mal… él sabía que no se encontraba bien.
Cuando su cuerpo se dio por vencido, sostuvo la mano de María, cerró los ojos y se despidió por última vez.
Solo que cuando volvió a abrirlos, no fue a María a quien vio.
Fue a un chico alto, de pelo negro, con ojos oscuros y una media sonrisa, vestido de uniforme.
—He estado esperándote por mucho tiempo —dijo con una sonrisa cegadora.
—¿Cómo pudiste encontrarme? —Mew preguntó, tocándose los bolsillos—. No tengo el reloj.
Gulf echó la cabeza hacia atrás y se rió, el sonido de las campanas se escuchó dulce en el aire.
—Tonto. No necesitaba el reloj para encontrarte.
—Mi nieto lo necesitará, ¿cierto? —Mew preguntó. No entendió cómo lo supo, solo que lo sabía—. Callum el hijo de Peter. Él va a necesitar el reloj.
Gulf asintió.
—Sí. Lo necesitará para encontrar lo que busca.
Y con la sonrisa de un ángel, Gulf tomó la mano de Mew y lo guió hacia la luz.
FIN.









Hermosa y desgarradora historia de amor, un amor que le costó la vida a uno para volver a encontrarse en la muerte y por fin estar juntos. Si Mew al final amo a María pero Gulf siempre fue su primer amor y el más intenso.
Qué manera de llorar ! hermosa historia, hace tiempo no lloraba tanto con una historia. Amé las dos partes , aún no puedo parar el llanto. 💖
no había llorado así desde Logan y Tate .. gracias por tan hermoso trabajo..