Twisted Love by Esposa_de_Satoru at Inkitt
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Twisted love

Summary

Él tiene el corazón de hielo. Pero por ella, quemará el mundo. Aunque Ava Chen y Alex Volkov se conocen desde hace años, él siempre se ha mostrado distante y frío. Pero ahora que el hermano de Ava se ha ido y lo ha dejado encargado de la protección de ella, Alex parece algo menos indiferente… y su relación, poco a poco, se va haciendo más estrecha, hasta que llegan a confiarse sus secretos y traumas más profundos… A ella, su madre intentó ahogarla en un arrebato de locura; mientras que Alex presenció el brutal asesinato de toda su familia. Tras compartir sus más íntimos pensamientos, su relación dará un giro. No pueden negar que existe una fuerte atracción entre ellos, pero ninguno de los dos se atreve a dar un paso adelante. Finalmente, Ava admite la pasión que está surgiendo, y, aunque Alex intenta resistirse tanto como puede, las chispas acaban saltando… y prenden un fuego ardiente. Sin embargo, cuando todo empezaba a funcionar entre ellos, unas sorprendentes revelaciones sobre la verdad de su pasado dinamitarán su relación y pondrán en riesgo sus propias vidas.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
4.9 7 reviews
Age Rating
18+

Chapter 1

Ava



Había cosas peores que quedarse tirada en mitad de la nada durante una tormenta.


Por ejemplo, me podría estar persiguiendo un oso cabreado. O podrían haberme atado a una silla en un sótano oscuro para obligarme a escuchar en bucle «Barbie Girl» de Aqua hasta querer arrancarme el brazo de un mordisco con tal de no volver a escuchar el estribillo otra vez.


Pero que hubiera cosas peores no significaba que esto no fuera una mierda.


Basta. Piensa en positivo.


—Seguro que aparece un taxi… ahora mismo. —Me quedé mirando el móvil, muerta de desesperación, cuando me saltó otra vez el mensaje en la aplicación que ponía «Buscando conductor», el mismo que llevaba apareciendo media hora.


Normalmente me habría tomado la situación con más filosofía, porque, oye, por lo menos el móvil me funcionaba y había conseguido refugiarme del diluvio en una parada de autobús. Pero la fiesta de despedida de Josh empezaba en una hora, y todavía tenía que recoger la tarta sorpresa de la pastelería, y además pronto empezaría a anochecer. Me gusta ver el vaso medio lleno, pero tampoco soy idiota. A nadie (y menos a una universitaria con cero conocimientos de lucha) le apetece estar de noche sola en medio de la nada.


Tendría que haberme apuntado a las clases de defensa personal que me dijo Jules.


Repasé todas mis opciones. El autobús que tenía que coger en esta parada no pasaba los fines de semana, y la mayor parte de mis amigas no tenían coche. Bridget tenía chófer personal, pero estaba en un evento de la embajada hasta las siete. No me funcionaba la aplicación de taxis, y tampoco había visto pasar ni un solo coche desde que se había puesto a llover. De cualquier forma, no pensaba ponerme a hacer autostop (he visto demasiadas pelis de terror, gracias).


Solo me quedaba una única opción, una que no quería. Pero tampoco estaba para elegir.


Busqué el contacto en el móvil, recé para mis adentros y le di al botón de llamar.


Un tono. Dos. Tres.


Vamos, cógelo. O no. No estaba segura de qué era mejor, si ser asesinada o tener que aguantar a mi hermano. Por supuesto, siempre estaba la opción de que mi hermano me asesinara por haber llegado a esta situación, pero ese era un problema de mi yo del futuro.


—¿Qué pasa?

Arrugué la nariz al escuchar su saludo.


—Hola también a ti, queridísimo hermano. ¿Qué te hace pensar que pasa algo?

Josh resopló.


—A ver, me acabas de llamar. No me llamarías si no estuvieras metida en algún lío.


Era verdad. Preferíamos mandarnos mensajes, y además vivíamos puerta con puerta (cosa que no fue idea mía), así que ni siquiera nos escribíamos.


—No diría que estoy metida en ningún lío —dije—, sino más bien que… me he quedado tirada. No tengo transporte público cerca ni puedo pillar un taxi.


—Joder, Ava. ¿Dónde estás? —Le dije dónde y añadió—: Pero ¿qué coño haces ahí? ¡Eso está a una hora del campus!


—Tampoco seas dramático. Tenía una sesión de fotos de compromiso en un sitio que estaba a media hora. Tres cuartos de hora con tráfico.


Sonó un trueno que hizo temblar las ramas de unos árboles cercanos. Me dio un escalofrío y me encogí debajo de la marquesina, aunque no sirvió de mucho. La lluvia se inclinó y las gotas empezaron a clavarse en mi piel como agujas.


Escuché un ruido que venía del lado de Josh, seguido de un gemido suave.


Me quedé paralizada. Estaba segura de que no lo había oído bien, pero volvió a sonar. Otro gemido. Abrí los ojos con horror.


—¿Estás… haciéndolo? —grité en un susurro, aunque no había nadie cerca.


El sándwich que me había zampado antes de la sesión de fotos amenazaba con volver a hacer aparición. No había nada (repito: nada) más asqueroso que escuchar a un familiar en mitad del acto sexual. Tan solo pensarlo me daba arcadas.


—Técnicamente no —dijo Josh con un tono impertinente.


La palabra «técnicamente» no ayudaba mucho.


No hacía falta ser un genio para descifrar la vaga respuesta de Josh. Quizás no estuviera haciéndolo, pero estaba haciendo algo, y no tenía ningún interés en averiguar qué era ese algo.


—Josh Chen.

—Oye, tú eres la que me ha llamado. —


Debió de tapar el auricular con la mano, porque no entendí muy bien lo que me dijo después. Escuché una risita de mujer seguida de un chillido y me dieron ganas de prenderme fuego los oídos, los ojos, el cerebro—.


Un colega me ha cogido el coche para ir a por hielo —dijo Josh, con la voz recuperada—. Pero no te preocupes, que me hago cargo. Mándame la ubicación exacta y ten el móvil a mano. ¿Tienes el espray de pimienta que te regalé por tu cumple el año pasado?


—Sí. Gracias, por cierto.


Yo habría preferido un estuche para la cámara, pero Josh me había comprado un pack de ocho botes de espray de pimienta. No los había usado nunca, lo que significaba que los ocho botes (menos el que llevaba en el bolso) seguían muertos de risa al fondo de mi armario.


Mi hermano no pilló el sarcasmo de la respuesta. Para ser un estudiante de Medicina que sacaba sobresalientes, era un poco corto.


—De nada. Estate atenta, que enseguida va para allá. Y ya hablaremos luego de tu absoluta falta de instinto de supervivencia.


—Yo no tengo falta de instinto de supervivencia —protesté. ¿Se decía así?— No es culpa mía que no haya… Un momento, ¿has dicho que «va para allá»? ¿Quién? ¡Josh! Demasiado tarde. Ya había colgado.


Para una vez que lo necesitaba, me despachaba por una de sus follamigas. Me sorprendía que no se hubiera preocupado más, teniendo en cuenta que Josh inventó el «sobre» de sobreprotector. Desde «el incidente» se había tomado muy a pecho cuidarme como si fuera al mismo tiempo mi hermano y mi guardaespaldas. No podía culparle (nuestra infancia estaba llena de zonas oscuras, o eso me habían contado) y lo quería a rabiar, pero su preocupación constante era exagerada.


Me senté de lado en el banco y abracé la mochila, dejando que el cuero agrietado me calentara la piel mientras esperaba a que apareciera el amigo misterioso. Podía ser cualquiera. A Josh no le faltaban amigos. Siempre había sido don Popular. En el instituto: jugador de baloncesto, delegado y rey del baile de graduación; en la universidad: miembro de la hermandad Sigma y alumno número uno.


Yo era todo lo contrario. No es que fuera impopular, pero siempre evitaba ser el foco de atención y prefería tener un grupo pequeño de amigos que uno enorme de conocidos. Mientras Josh era el alma de la fiesta, yo me sentaba en una esquina y soñaba con todos los lugares que quería visitar y a los que probablemente no iría nunca. Porque era probable que mi fobia se interpusiera en mi camino.


Mi maldita fobia. Sabía que todo era psicológico, pero parecía físico. Las náuseas, la taquicardia, ese miedo que me paralizaba las extremidades…


Por lo menos la lluvia no me daba miedo. Podía evitar el océano, los lagos y las piscinas, pero la lluvia… habría sido difícil.


No sabía cuánto tiempo llevaba acurrucada en la parada del autobús, maldiciendo mi falta de previsión al rechazar la propuesta de los Grayson de llevarme de vuelta a la ciudad después de la sesión de fotos. No quería causarles molestias y creí que podría pedir un taxi y volver al campus de Thayer en media hora, pero justo al marcharse ellos se abrieron los cielos y, bueno, ahí me quedé.


Ya estaba oscureciendo. Los grises se mezclaban con los azules del crepúsculo, y una parte de mí tenía miedo de que el misterioso amigo no apareciera, pero Josh nunca me había dejado tirada. Si alguno de sus amigos se atreviese a fracasar en la misión de recogerme, al día siguiente Josh le partiría las piernas. Era estudiante de Medicina, pero no tenía reparos en usar la violencia si la situación lo requería, especialmente si la situación tenía algo que ver conmigo.


El resplandor de los faros atravesó la cortina de lluvia. Entorné los ojos con el corazón desbocado por la incertidumbre y el recelo mientras intentaba discernir si el coche era de un amigo de mi hermano o de un psicópata. Esa zona de Maryland era bastante segura, pero nunca se sabe.


Cuando mis ojos se ajustaron a la luz suspiré de alivio, pero unos segundos después volví a entrar en tensión.


La buena noticia era que reconocía el Aston Martin negro y brillante que se había parado delante de mí. Era de uno de los amigos de Josh, lo que significaba que mi nombre no iba a acabar saliendo en el informativo local.


¿La mala noticia? Que la persona que conducía el Aston Martin era la última que quería (o esperaba) que fuera a recogerme. No era el típico amigo que dice: «Te hago el favor de ir a rescatar a tu hermana pequeña». Era más bien de los que dicen: «Como me mires mal te destruiré a ti y a toda tu familia», y que además lo dicen con tanta tranquilidad que no te darías cuenta de que el mundo está ardiendo a tu alrededor hasta que solo fueras un montoncito de cenizas delante de sus zapatos Tom Ford.


Me pasé la punta de la lengua por los labios secos mientras el coche se detenía delante de mí y la ventanilla del copiloto descendía.


—Sube.

No levantó la voz (nunca la levantaba), pero aun así podía oírle alto y claro en mitad de la lluvia.


Alex Volkov era una fuerza de la naturaleza, y me daba la impresión de que hasta la meteorología se rendía ante él.


—No estarás esperando a que te abra la puerta —dijo al ver que no me movía. Parecía tan encantado como yo con toda aquella situación.


Menudo caballero.


Apreté los labios y reprimí una respuesta sarcástica mientras me levantaba del banco y me metía en el coche. Olía bien, como a colonia de especias y a cuero fino italiano. Yo no llevaba ninguna toalla ni nada para poder poner en el asiento, así que solo me quedaba rezar para no estropear aquella tapicería tan cara.


—Gracias por recogerme. Te lo agradezco —dije en un intento de romper el hielo. Fracasé estrepitosamente.


Alex no me respondió, ni siquiera me miró mientras conducía por las intrincadas curvas de las carreteras que llevaban de regreso al campus. Conducía de la misma manera en que caminaba, hablaba y respiraba: pausada y calmadamente, con una amenaza de muerte velada en la mirada hacia cualquier idiota que se atreviera a cruzarse en su camino.


Era todo lo contrario a Josh, y por eso me seguía sorprendiendo que aun así fueran mejores amigos. A mí, personalmente, Alex me parecía un gilipollas. Seguro que tenía sus razones para serlo, o algún trauma psicológico que lo había convertido en un robot sin sentimientos. Según lo poco que me había contado Josh, la infancia de Alex debió de ser todavía peor que la nuestra, aunque no había podido sonsacarle muchos detalles. Lo único que sabía era que los padres de Alex habían muerto cuando él era pequeño y le habían dejado una jugosa herencia cuyo valor se había multiplicado por cuatro cuando la cobró a los dieciocho años. Aunque tampoco es que lo necesitara, porque en el instituto había inventado un software financiero que lo convirtió en multimillonario antes de poder siquiera votar.


Con un cociente intelectual de 160, Alex Volkov era un genio, o casi. Era el único alumno de la historia de Thayer que había terminado en solo tres años una carrera de cinco, seguida de un máster en Administración de Empresas. A los veintiséis ya era jefe de Operaciones de una de las empresas de desarrollo inmobiliario más importantes del país. Era una leyenda, y lo sabía.


Mientras tanto, yo me conformaba con acordarme de comer mientras hacía malabares con las clases, las extraescolares y mis dos empleos: recepcionista de la galería McCann y fotógrafa freelance para todo aquel que quisiera contratarme. Graduaciones, fiestas de compromiso, cumpleaños de perros, hacía todo lo que me saliera.


—¿Vas a ir a la fiesta de Josh? —pregunté, por sacar algún tema de conversación. El silencio me estaba matando.


Alex era el mejor amigo de Josh desde que habían compartido habitación en Thayer ocho años antes, y desde entonces todos los años Alex venía a casa en Acción de Gracias y en otras celebraciones, pero aun así sentía que no lo conocía de verdad. No cruzábamos palabra, salvo para decir algo relacionado con Josh o para pasarnos la fuente de las patatas en la cena o algo así.


—Sí.

Pues nada. Se acabó el tema de conversación.


Mi mente empezó a deambular por las millones de cosas que tenía que hacer ese fin de semana: editar las fotos del compromiso de los Grayson, terminar la memoria para la beca World Youth Photography, ayudar a Josh a hacer la maleta para…


¡Mierda! Se me había olvidado la tarta de Josh.


La había encargado dos semanas antes porque era el plazo mínimo para un sitio como Crumble & Bake. Era el postre favorito de Josh, una tarta de tres capas de chocolate negro glaseada con caramelo y rellena de mousse de chocolate. Solo se daba el gusto el día de su cumpleaños, pero ya que se iba un año al extranjero, me imaginé que no le importaría romper su propia regla.


—Oye… —dije con la mejor sonrisa que pude—. No me mates, pero tenemos que pasar por Crumble & Bake.


—No. Ya vamos tarde. —Alex se detuvo en un semáforo. Ya habíamos vuelto a la civilización, y a través de las ventanillas salpicadas de lluvia se perfilaban los contornos de un Starbucks y un Panera.


Mi sonrisa no funcionó.


—Es un desvío pequeño. Serán quince minutos como mucho. Tengo que recoger la tarta de Josh, ya sabes, la de Muerte por Chocolate que le encanta. Dentro de dos días se va a Centroamérica un año entero, y allí no tendrán Crumble & Bake, así que…


—Basta. —Los dedos de Alex apretaron el volante y mi mente desequilibrada y hormonal de pronto reparó en lo bonitos que eran. Probablemente parezca una locura, ¿cómo se pueden tener los dedos bonitos? Pues él los tenía. Físicamente, todo en él era bello. Los ojos de color verde jade que resplandecían como esquirlas de un glaciar bajo unas cejas oscuras; la mandíbula afilada y elegante, los pómulos esculpidos, la figura esbelta y el cabello grueso castaño claro que parecía peinado y despeinado al mismo tiempo. Era como una estatua viviente salida de un museo renacentista.

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