Capítulo 1
Suena el despertador y maldigo a quien inventó madrugar.
Pero vamos a ver, con lo a gustito que se está en la cama ¿a qué iluminado se le ocurrió jorobar este gran momento de placer?
Cansado de escuchar el "Piticlín… piticlín" extiendo la mano y apago el despertador. Es mi segunda alarma y dándome la vuelta, vuelvo a hacerme un ovillito y espero a que suene la tercera.
Bien. Lo sé… esto que hago es masoquismo, pero es mi masoquismo y me gusta.
Como es de esperar cinco minutos después suena la alarma, la apago y con rapidez me levanto.
Cuando salgo al pasillo me encuentro con Tom. uno de mis compañeros de piso. Hace guardia en la puerta del baño en pijama y mirándome dice.
—Siento decirte que se nos ha adelantado Doña puntos negros. Escuchar eso me hace resoplar.
Finn es un terror ante el espejo del baño y acercándome a la puerta golpeo.
—Finn, tienes cinco minutos o tiro la puerta abajo.
—¡Ya termino! ¡Mierda! —se escucha de fondo.
Tom y yo sonreímos, cuando de pronto se abre la puerta, Finn aparece y mirándonos dice.
—Ya había terminado ¡pesados!
Tom rápidamente entra, Finn se va y yo con paciencia guardo mi turno.
Media hora después los tres estamos en la cocina, aseados, vestidos y desayunando. Como cada mañana me meto entre pecho y espalda una gran tostada de pan con mantequilla y mermelada y un tazón de leche con Cola- Cao.
Sé que la mantequilla engorda. Sé que más tarde me arrepentiré. Pero también sé que si no me lo tomo, en un par de horas estaré que me caigo por las esquinas y por mi trabajo no me lo puedo permitir.
Finn, que es el loco de la tecnología y trabaja de programador en una empresa de informática, mirando su Ipad dice:
— Abríguense. Entre hoy y mañana llega una ola de frío polar. Tom que trabaja en un súper de cajero, sonríe y mirándome dice.
—Por suerte tenemos un enfermero en casa para que nos cuide.
Eso me hace gracia y terminando mi tazón de leche, lo meto en el lavaplatos y respondo.
—Abrígate y olvídate de mí. Ya bastantes pacientes cuido en el hospital.
Una vez salimos de casa, Tom se va para el autobús y Finn y yo para el metro.
Como cada mañana nos dejamos aplastar por la gente hasta que llego a mi parada, le guiño el ojo y me voy.
Con paso seguro camino hacia el hospital, cuando oigo a mi lado.
—¡Buenos días Duendecillo!
Sin mirar, sé que es mi compañera Marie. Solo ella me llama así.
A Marie en el hospital se la conoce como Radio Macuto. No hay dato, chisme o problema que a ella se le escape y mirándome dice.
—He recibido un whatsapp de Carmen la de Rayos.
—¿Y?
Marie se acerca a mí, me toma por el brazo y cuchichea.
—Por lo visto, Amina, la de Urgencias ¿sabes quién es?
¿'La de Extensiones'?
—¡Exacto! Pues al parecer anoche estuvo conquistando al doctor Villalón y han quedado para cenar esta noche y ya sabes lo que viene tras una cenita ¿qué te parece?
Escuchar aquello me hace reír. Si alguien disfruta de su cuerpo y sexualidad en libertad, es 'La Extensiones' y encogiéndome de hombros respondo:
—Pues a mí me parece bien. ¡Viva el sexo!
Marie me mira, resopla y murmura. Es una mujer bastante chapada a la antigua.
Una vez llegamos al hospital, esperamos el ascensor, y cuando este se abre aparece nuestro jefe rodeado por varios hombres. Marie y yo nos miramos. Sobran las palabras.
Una vez aquellos salen, nos metemos en el ascensor abarrotado y esta dice.
—¿Has visto lo que yo Duendecillo?
—Sí.
Doy a la planta tres y Marie insiste.
—Esto cada día se parece más a un parque jurásico. Asiento y sonriendo respondo.
—El tiranosaurio Rex cada día tiene peor gusto para contratar.
Así no hay quien se alegre la vista.
Reímos por aquello y cuando llegamos a nuestra planta nos bajamos.
Diez minutos después, ya con nuestros uniformes correctamente puestos, Marie se marcha a su planta y yo me dirijo a Maternidad.
Al llegar, mis compañeras me saludan y Luisa, con cara de sueño, me entrega la hoja donde apuntamos las incidencias de la noche y dice.
—Vaya nochecita la de hoy.
—¿Mucho lío? —pregunto yo. Luisa asiente.
—Tres partos y una cesárea.
Observándola estoy cuando suena el teléfono. Rápidamente lo cojo. Es de recepción para indicarme que suben a una parturiento.
Dos minutos después aparece, Fernando el celador, con la parturiento sentado en una silla y mirándome pregunta.
—¿Te han avisado verdad?
Asiento, sonrío al chico que me mira con cara de susto y digo.
—Llevémoslo a la habitación 323.
Una vez Fernando lo deja allí y se va, miro al joven y este tremendamente nervioso susurra.
—Mi… mi marido y su hermano estarán subiendo.
Su gesto de pronto se contrae. Pobre, tiene una contracción e intentando tranquilizarlo murmuro con cariño.
—Tranquilo… tranquilo. Y respira. No olvides respirar.
El joven lo hace. Veo que ha ido a las clases de preparación al parto y cuando el dolor pasa, intentando que se olvide del tema pregunto.
—¿Cómo te llamas?
—Patrick.
Con una candorosa sonrisa le hago saber que sé lo que hago, que tiene que estar tranquilo e indico.
—Yo soy Jimin. Y voy a estar a tu lado para todo lo que tú y tu bebé necesitéis.
El muchacho sonríe, pero la sonrisa se le corta cuando entra Rose, la partera, y mirándonos dice en tono seco.
—Que se cambie de ropa y se tumbe para examinarlo.
Con dulzura y dedicación ayudo a Patrick sorprendida por el tono seco de Rose y una vez terminamos, Rose se acerca a la cama y tras examinarlo en silencio dice antes de marcharse.
—Tienes ocho centímetros de dilatación. Vas rápido para ser primerizo.
En breve te subiremos a la sala de partos.
Instantes después la puerta se abre y aparecen dos hombres que no pueden negar ser gemelos. Por Dios son iguales, a excepción del peinado y la ropa. Boquiabierto me quedo mirándolos y entonces veo que uno tiene los ojos azules y el otro verdes ¡Vaya que atractivos!
Ambos se acercan a la cama y Patrick soltando mi mano se la da a ellos y vuelve a tener otra contracción. Sin dejar de mirarla aquellos dos respiran con el, lo animan, lo relajan y cuando todo acaba, el que debe ser el marido, lo besa en los labios y dice.
—Cariño, lo estás haciendo fenomenal.
Sus palabras me hacen gracia ¡Qué lindo! Y tras mirar al otro que tiene unos ojazos verdes increíbles, sonrío y salgo de la habitación.
Veinte minutos después, Rose vuelve a examinar a Patrick y cuando sale de la habitación, se acerca al control de enfermeras y dice:
—Hay que subir al paciente de la 323 al quirófano seis.
Con diligencia hago las gestiones y cuando llego con el paciente y el celador al pasillo de los quirófanos, de pronto me fijo en que el marido y el cuñado de aquella están allí vestidos con pijamitas verdes y mirándolos digo con seriedad.
—Lo siento, pero solo puede entrar el marido.
Los dos se miran, sonríen y el de los ojazos verdes suelta.
—Sigue tu camino y llévalo a quirófano y…
—Por favor —lo corto molesto por sus
palabras—. ¿Sería tan amable de salir de aquí?
Aquellos vuelven a sonreír. Eso me lleva los demonios y conteniendo mi lengua viperina, llevo al paciente al quirófano, pero una vez lo tengo preparado, salgo al pasillo dispuesto a decirles cuatro cositas a aquellos listillos, cuando se abre una puerta, entra el jurásico de mi jefe y acercándose a nosotros pregunta.
—¿Ya está preparado Patrick?
—Sí papá —suelta el marido.
¿Papá? Ay Dios. ¿Es su padre?
—Bueno hijo tranquilo —prosigue aquel—. Tengo una reunión pero mantenme informado de todo lo que ocurra. Anda, ve con Patrick, seguro que se alegra al verte.
El joven se metió en el quirófano cuando mi jefe me mira y sin anestesia me suelta.
—Jimin, son mis hijos Alex y Jungkook. Alex es el marido de Patrick, el doncel que esta a punto de darme mi primer nieto —incrédulo asiento como si fuera tonto—. Aprovecho para decirte que Jungkook se incorporará en unos días como obstetra en el hospital, y como ha sido él quien ha llevado el embarazo de Patrick va a llevar el parto. Tú lo ayudarás.
Asiento, mi jefe se marcha ante mi cara de asombro cuando escucho.
—¿En serio a mi padre lo llamas Tiranosaurio Rex? —incrédulo lo miro y este sonriendo se agacha y habla bajando la voz—. Tienes que tener cuidado con lo que hablas en público. Nunca se sabe quién te puede escuchar en un ascensor.
Madre… madre… ¡qué boca mas grande tengo!
Y cuando voy a disculparme, comienza a caminar y dice con seguridad.
—Vamos Duendecillo —y mirando hacia atrás el listillo me suelta—.
Espero que mi trasero mejore tus vistas.
Avergonzado, horrorizado y abochornado lo sigo sin saber qué decir, mientras me pregunto ¿por qué siempre me meto en embrollos?.








