Capítulo 1

Daeron odiaba a los alfas; eran asquerosos, creídos y pensaban con el pene. Juraba que jamás se casaría con uno, primero se moría o se arrancaba la oreja. Suficiente tenía con vivir con Aegon y Aemond, que no lavaban su propio plato ni tendían sus camas. Él sería un omega libre, iría a la universidad y leería muchos libros… Cuando por fin pudiera salir de esa maldita casa.
Se valía soñar, ¿no?
Recogió un par de calzoncillos del suelo y los metió dentro del cesto de ropa sucia. Olían a humedad y a otros fluidos en los que prefería no pensar. Dio un largo recorrido por la miserable casa, que se caía a pedazos, recogiendo prendas sudadas y pantalones arrugados.
Era el día de la colada, el peor de todos.
Su favorito era el día de la loza, porque al menos podía mirar por la ventana el sucio patio trasero, donde se paseaba la amargada Vhagar, que pertenecía a Aemond, pero nunca la cuidaba. Era una gata vieja, más que todos ellos juntos, y no había fecha cercana para que se muriera. Daeron creía que ellos morirían antes que esa bestia del averno.
La noche anterior, Vhagar había intentado comerse a Tessarion y Daeron, como buen amante de los animales, se aguantó las gatas de lanzarle un valde con agua hirviendo. La pobre ratoncita seguía muy asustada, encondida en su habitación, junto a Dreamfyre y Sunfyre.
Los ratones eran mejor compañía que cualquier alfa. Un año atrás, encontró a tres ratones recién nacidos, que habían perdido a su madre a manos de la temible Vhagar. Hizo todo lo que pudo para mantenerlos con vida y se hicieron inseparables. Alicent los aborrecía, intentando matarlos con la escoba o con trampas, por lo que los ratones vivían seguros en su habitación o metidos en el bolsillo de su overol.
—¡Daeron! ¡El desayuno!
Reprimió un gruñido, porque su madre lo retaría. Los omegas no gruñen. Los omega son delicados. Los omegas son dulces… Daeron no era dulce ni delicado, les había pateado el trasero a sus hermanos múltiples veces, cuando no querían comer vegetales. Apenas midiendo un metro sesenta y dos, Daeron era invencible y más aterrador que un alfa promedio.
—¡Daeron! —repitió.
—¡Ya voy!
Fue a la lavandería y metió la ropa, sin separarla por colores, dentro de la lavadora. Vertió jabón en polvo y suavizante baratos, y puso el ciclo de delicado. No le importaba mucho esa ropa, era de sus hermanos.
—¿Qué te dije sobre gritar? —preguntó Alicent, brazos cruzados sobre el pecho y el entrecejo fruncido, parada en el marco de la puerta de la lavandería—. Los omega son deben…
—Sí, sí, los omegas no deben gritar —habló con voz suave, usando ese tono condescendiente que Alicent tanto despreciaba—. ¿Pero cómo nos comunicamos en esta pocilga tan grande si no es gritando, madre?
—Apúrate con el desayuno, Daeron. Tus hermanos deben irse a trabajar en media hora.
—¿Por qué no se cocinan ellos mismos? Ya están bastante grandecitos. ¡Aegon cumple veinticinco en dos semanas!
—Eres un omega, es tu deber.
Deber. Deber. Deber.
Su maldito deber.
Al parecer, el deber solo aplicaba con él, no con su madre beta ni sus hermanos alfas.
Daeron no pidió nacer omega. Esos comentarios solo hacían que quisiera quemarse el coño con una cuchara caliente.
—Sí, madre.
—Y tómate esto —Le ofreció un sobre marrón oscuro, el cual agitó y el material crujió; eran supresores y de los baratos, esos le causaban dolor de tripa—. No quiero problema con tus hermanos.
—Ellos que son unos cerdos que ni a su propio hermano menor respetan.
Nunca lo habían tocado, pero lo miraban raro y lo olían sin su permiso. Eso era grosero.
—Cállate, que te pueden escuchar los vecinos.
—¿Qué vecinos, madre? La señora Tyrell está medio sorda y su esposo es un bulto que come y duerme —No los odiaba, esos viejitos lo trataban mejor que su familia… Alicent exageraba—. Mejor preparo el desayuno, que tus hijitos no tardan en bajar.
—Ya te estabas tardando.
Giró sobre sus talones y sacó lo necesario del refrigerador para preparar el desayuno. Huevos, queso, mantequilla y pan. Apartó un poco de queso para sus ratones. Leía mucho, era un chico listo, así que no se tragaba la cantaleta de que los ratones comían queso; pero era lo único que podía darles, o migajas de pan.
Aegon y Aemond no tardaron en bajar, arrastrando los pies y bostezando sin cubrirse la boca. Les apestaba, uno a alcohol y al otro a tabaco. Tenían suerte de ser guapos, aunque a nadie le importaba el físico de unos muertos de hambre, Daeron incluido.
Diario adulaban su belleza, deseándole que encontrara un buen marido que lo sacara de la miseria. Daeron no necesitaba un marido, él necesitaba dinero para ir a la universidad y ser alguien en la vida. No más el omega amo de casa.
Sirvió el desayuno en dos platos y los colocó sobre la mesa, junto a un par de tazas de café negro. Más agua que café, pero debían economizar.
—Apúrense, que debo abrir el restaurante.
Gruñeron, pero Daeron también lo hizo. Sonó débil, hasta daba ternura. Aegon preguntó si ya le había venido el periodo, porque estaba más sensible de lo normal, y Aemond se burló. Típica bromita machista.
—Ustedes son peores que perros callejeros.
Se sirvió un vaso de agua y diluyó los supresores en polvo. Sabían horrible y pronto causarían estragos en su barriga, pero cualquier cosa era mejor que tener a alfas descerebrados detrás de su culo. Lo bebió de un trago, tapándose la nariz para aminorar la tortura. Dejó el vaso en el fregadero, lo lavaría más tarde, regresando de la escuela.
Poseían un pequeño restaurante de comidas corridas en el centro de Oldtown, la patética herencia de su podrido padre. Podrido de verdad. Tenía lepra, perdió dedos, cachos de piel y hasta un ojo. A Daeron le daba más asco que lástima, no era un padre presente ni amoroso, pero gracias a ese basurero conseguían un poco de dinero para sobrevivir.
Les dio el queso a los ratones, besó sus tiernas naricitas y tomó la vieja mochila que le regaló la vecina. Pertenecía a su hijo mayor, pero él ya no la utilizaba y Daeron necesitaba una mochila para la escuela. Gracias a ella, Daeron no llevaba una bolsa de plástico a la escuela.
Aegon y Aemond ya se habían ido, por suerte.
Usaba su bicicleta para transportarse a todos lados. Vieja, de color amarillo sucio, pero muy preciada. La consiguió en una venta de garaje, el vendedor estaba ebrio y se la vendió en menos de quince dórales. Puede que haya usado su encanto omega, del que tanto renegaba, y el viejo alfa no dudó en vendérsela a él.
Pensándolo bien, fue un poco turbio, porque en ese entonces Daeron tenía doce años y el alfa lucía mayor.
Los alfas eran asquerosos, no cabía duda.
Estacionó la bici en el callejón de junto, donde tiraba la basura y alimentaba a los perros callejeros con las sobras de comida. La ató con una cadena a la tubería, rezando para que nadie se viera tentado a llevársela. Si alguien la robaba, perdía no solo su único medio de transporte, sino que también perdería lo único que le pertenecía.
Daeron nunca tuvo algo que fuese completamente suyo. Ropa y zapatos heredados por sus hermanos, juguetes robados y el futón usado al que no podía llamar cama. Los ratones no le pertenecían, eran criaturas libres de ir y venir cuando quisieran. Que prefirieran su compañía y protección, no era culpa de Daeron.
Así que la bici le pertenecía. Solo la bici. La maldita bici.
Abrió el local, encendiendo las luces y los aires acondicionados. Bajó las sillas que descansaban sobre las mesas y pasó un trapo húmedo para retirar el polvo. Se le daba la cocina, por eso Alicent le otorgó la tarea de cocinar tanto en casa como en el restaurante. Vendían comidas simples y económicas, sus clientes regulares eran estudiantes y trabajadores de oficina. Daeron trataba de ser amable, presumiendo de ese carisma y buen sentido del humor que solo reservaba para el trabajo o gente que le agradara, la cual no era mucha.
En casa siempre andaba de mal humor, gritaba por todo y culpaban a su periodo y a sus “hormonas” de omega. Pero… ¿Podrían culparlo? Con una madre y hermanos así, cualquiera se volvería loco.
El primer cliente llegó a las siete en punto. Pidió lo mismo que todos los días: huevos revueltos con tocino y un batido de plátano. No entraba a la escuela hasta las ocho y media, así que se tomó su tiempo para preparar la comida y esperar a su madre, que llegaba a las ocho.
—Qué tenga lindo día —deseó—. ¡Vuelva pronto!
Su rostro se relajó de esa insulsa sonrisa, ya le dolía la cara.
Encendió el decrépito televisor de la cocina. Solo se veían tres canales: el noticiero, uno de comedia chafa y el infantil.
—En noticias de última hora, el soltero más codiciado de todo Poniente, Joffrey Velaryon… —chilló la conductora y Daeron subió el volumen.
Conocía a Joffrey Velaryon, más bien… ¿Quién no conocía a Joffrey Velaryon? Era el príncipe heredero al trono, hijo de Rhaenyra y Laenor Velaryon, un alfa guapo, atlético y educado; el sueño de cualquier omega. Entró a la mejor universidad de Poniente por sus propio méritos, para estudiar leyes, presentando el examen de admisión y sacando nota perfecta, algo a lo que Daeron aspiraba. Pero los muertos de hambre no iban a la universidad.
Los muertos de hambre servían a los ricos y añoraban lo que ellos tenían. Dinero, estudios, amor…
—… ofrecerá un baile en honor a su decimoctavo día de nombre, que acontecerá en dos semanas. La invitación está abierta a todos los omegas y betas femeninos del reino. ¿Será que nuestro adorado príncipe busca consorte?
Lo ponían cachondo los alfas sexys y Joffrey era uno. Mandíbula afilada, hombros anchos, cabello marrón y ondulado, un metro ochenta y seis de altura, y posiblemente una enorme polla. Odiaba a los alfas, pero no era ciego. Se masturbó una o dos veces -quizás más- desplazándose por el perfil de Instagram del príncipe.
Entonces algo hizo click en su cabeza. Y dolió un poco, tenía alergias y sus oídos tronaban al tragar saliva. Pero fue una gran revelación.
Que Joffrey Velaryon hiciera un baile invitando a betas y omega solteros, no era más que una tapadera para buscarle esposo o esposa. Estaba más que claro. Joffrey ascendería al trono apenas terminara la universidad, para lo que faltaban tres años, y debía tachar el “tener consorte” de su lista antes que eso pasara.
La reina deseaba retirarse, aunque no tenía más de cuarenta, porque ascendió al trono muy joven. También se casó joven y tuvo muchos hijos, de los cuales dos de ellos desaparecieron del mapa apenas cumplieron la mayoría de edad. Joffrey era el de en medio, luego estaban los pequeños Aegon y Viserys. Desconocía el nombre de los otros dos, Daeron era muy pequeño cuando desaparecieron y la reina nunca volvió a mencionarlos.
Vaya, el inepto de su hermano tenía el mismo nombre que un pequeño príncipe.
Pero Daeron vio más allá del “ricos teniendo problemas de ricos”. Daeron vio la oportunidad de salir de esa pocilga a la que llamaba hogar. Daeron vio la oportunidad de deshacerse de los inútiles de sus hermanos y la amargada de su madre.
¿Cuánto costaba un boleto de tren hacia Kings Landing y un traje sastre medio decente? Tenía algunos ahorros, incluso podía robar dinero de la caja chica, Alicent no se enteraría y cuando lo hiciera, Daeron estaría lejos, posiblemente casado con un príncipe.
Faltaban dos semanas para el cumpleaños del príncipe Joffrey. Daeron tenía mucho trabajo por hacer.or hacer