OBEY [Showki] [MONSTA X]

Summary

La vida de Son Hyunwoo se derrumba ante sus ojos cuando termina en Palacio como custodio de la reina. Yoo Yeojoo es la causante de su miseria y la de su pueblo, en su ambición por crear una nación poderosa. Al volverse parte de la resistencia para derrocar su reinado, el corazón cegado de un hombre herido por la injusticia busca venganza. La misión de él es terminar con la desgracia de su gente. La de ella, terminar con él.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. Fuerza bruta

—¿Así, verdad? —preguntó el niño con timidez al momento de poner la última capa de ralladura de naranja a su pan.

—¡Muy bien! —respondió su madre con una amplia sonrisa, observando el esmero del menor al añadir los toques finales—. Ahora vamos a probarlo.

Son Hyunwoo estaba nervioso. A sus escasos diez años, este era su primer pan de naranja; al menos el primer intento que llegaba hasta la fase final sin él estropeando la masa en algún punto. La mujer partió con cuidado un par de rebanadas y las sirvió en los diminutos platos del viejo juego de té de la abuela: el único objeto de valor que había en la casa. La situación se ponía seria y Hyunwoo se sentía sudar en frío. Más valía que ese pan estuviera delicioso y le permitiera ver más de ese brillo que podía observar en los ojos grises de su madre.

—¡Está excelente, corazón! —afirmó después de probar el primer bocado, para posteriormente tomar a su hijo en un abrazo hasta subirlo en el taburete más cercano—. Felicitaciones.

—¿Te gustó? —preguntó Hyunwoo en medio de su incredulidad.

—Meencantó—enfatizó ella—. Estoy tan feliz por ti, Hyunwoo. Es el mejor pan de naranja que he probado. Más tarde que papá llegue, le daremos también un pedazo.

—Querrá comerse todo el pan —imaginó, entre risas, a su padre tomando una rebanada tras otra—. Y tendré que hacer más.

—Oh, estoy segura de que es el primero de muchos panes de naranja —tomó asiento junto al pequeño que comía de su propia creación—. A todos les encantará —acarició el cabello oscuro de su hijo—... y algún día, cuando tengas a una mujer junto a ti, ella disfrutará de esta receta también.

Hyunwoo evitó la mirada curiosa de su madre, sonriendo con timidez. Se imaginó ahora a sí mismo, unos años en el futuro, sirviendo pan de naranja recién salido del horno a una hermosa mujer, rodeado de una familia amorosa. Había soñado con tener un final de cuento, como el de sus padres.

Son Yunah era todo lo que una mujer debía ser. Una mujer de carácter, cariñosa y una excelente mentora. La mejor consejera, el alma de la casa. Oh Hajoon, su esposo, no se cansaba de decirle cuánto la adoraba. Aunque mostraran una fachada reservada, tras la cortina era sumamente obvio cuán empalagosos eran y lo enamorados que estaban uno del otro. Hyunwoo, por supuesto, no se perdía un solo detalle. Cada mañana, al despedirse, su padre besaba a su madre bajo la oreja, para susurrar un «nos vemos, mi reina». Después, ambos reían por escuchar los exagerados sonidos de arcadas que Hyunwoo hacía para molestarlos. Ellos eran sus mejores amigos, sus fieles consejeros. Ser un hijo único resultaba difícil cuando no se contaba con hermanitos que jugaran contigo por la tarde después de la escuela, o cuando no encontrabas a quién culpar después de romper algo en casa. Hyunwoo se sentía profundamente unido a sus padres a raíz de ello.

El primer golpe lo recibió a los doce, cuando en una tarde lluviosa la vecina llamó a su madre y le dijo que encendiera la televisión. Las imágenes del tren descarrilado en el centro de la ciudad permanecen vívidamente en su memoria, así como la expresión de su madre a la octava llamada que su padre no respondía. La imagen de los vestigios de la estación donde su padre esperaba el bus de vuelta a casa cada tarde, los desgarradores lamentos de su madre cuando se aferró a él encajando las uñas inconscientemente sobre su piel.

—¿Dónde está papá?

—Hyunwoo... corazón —respondió su madre en medio del llanto—. Papá está bien. Está en un buen lugar. Pero me temo que ya no podrá regresar con nosotros.

Y desde entonces, él había asumido de corazón el deber de convertirse en la mano derecha de su madre, en honor a su padre. Había hecho todo hasta el cansancio por ser un buen hijo: cumplir con las labores en casa, sacar buenas notas y atender a su madre en todo lo que ella requiriera. Supo que no había tiempo para lamentarse, que debía ser un hombre y seguir adelante por su madre.

Entonces, los tiempos cambiaron y la crisis azotó a Ercán. La vida que Hyunwoo había soñado se vio truncada por los desastres causados por la guerra al norte del reino. Aún no cumplía veinte años, y el conflicto no había avanzado lo suficiente como para requerir su intervención, pero miles de escuelas y demás establecimientos se quedaban sin personal, así que tendría que resignarse con conseguir un empleo que ayudara a su familia a atravesar la crisis. En algún momento esta pesadilla tendría que detenerse.

A sus veintinueve años, Hyunwoo había perdido cualquier esperanza. La guerra había terminado hace mucho, pero su juventud se le había ido como agua entre las manos. Había soñado conseguir tanto en su vida y retribuir a su madre todo el esfuerzo que había hecho por él, pero sus temibles sospechas se hacían cada día más certeras.

Yunah pasaba los sesenta años y seguía siendo una mujer fuerte para su edad, pero el ser asmática la ponía a menudo en foco de riesgo para crisis como la que estaba teniendo en esos momentos. Sin embargo, pocas veces había sido necesario acudir verdaderamente a la clínica; esta vez el asunto se había complicado y la mujer hizo bien en avisar a su hijo, que dormía en la habitación contigua, al momento en que le resultó más difícil respirar. Él no dudó un segundo en dejar todo y salir en pijama y pantuflas con su madre apoyada sobre su espalda, esperando que ella estuviese bien durante el trayecto.

Escuchar los vanos intentos de la mujer por atrapar algo de aire en sus pulmones no fue la peor parte. Que los hicieran esperar casi cuarenta minutos más, tampoco. Lo peor sin duda fue cuando, una vez atendida la paciente y pasado un largo rato, salió la doctora por la puerta, llamándole para declarar que le habían diagnosticado neumonía bacteriana a su madre.

—Ella por ahora está más estable, pero el desgaste en sus pulmones la ha debilitado. Por fortuna, contamos con el equipo suficiente para atenderla –mencionó el médico con tono profesional.

—Muchas gracias, doct... —fue interrumpido.

—Sin embargo, el código EE de la paciente ha sido revisado por el departamento y me temo que no cuenta con el crédito necesario para proceder con el tratamiento. Lo más que podemos hacer es permitir que se quede hasta las ocho.

De acuerdo, tal vez la neumonía no era la peor parte.

—Tiene que ser una maldita broma. ¿Qué le va a pasar si me la llevo de nuevo a casa? —no terminaba de creer lo ridícula que era la situación y sintió una presión en su pecho. No podía tomar ningún riesgo.

—Me temo que, aunque ella esté mejor ahora, eventualmente volverá a sufrir alguna crisis. Sus pulmones están obstruidos y, padeciendo asma, la situación se agravará con más facilidad. Aún es buen momento para que empiece a recibir tratamiento, pero sabe usted que no tenemos permitido ofrecer nuestros servicios a menos que su código EE sea aprobado.

¿Cuántas veces había escuchado lo mismo? Esos mentados códigos EE les estaban haciendo la vida de cuadritos desde hace ya un buen tiempo. También llamados Códigos de Estado Económico, era un número que cada ciudadano adquiría una vez fuese mayor de edad. Con ellos, absolutamente todo movimiento de compraventa quedaba registrado por la Secretaría de Economía. Todo sumamente regulado por el gobierno, claro está. El uso de dinero en efectivo había quedado obsoleto hace décadas y este era uno de los tantos aspectos que volvía de su nación una curiosidad a los ojos de los turistas.

Uno de los principales rasgos que distinguían a Ercán de la mayoría de las monarquías ormalas era la autoridad e influencia de la reina sobre el rey. La población ercane creía de corazón en la sabiduría de la madre naturaleza para designar a las mujeres la habilidad para crear vida y por lo tanto, ser el cimiento de la sociedad. Habían pasado casi trescientos sesenta y dos años de la revolución ercane, en la que la reina Yoo Iseul, general de guerra, derrocara a su propio marido y estableciera un régimen que cambiaría para siempre la historia de su país. Desde entonces, la reina era la regente absoluta de la nación y el linaje real quedaría establecido por ella, al ser quien diera a luz a sus descendientes. El resto de las familias adoptaron el sistema en que los hijos tomasen el apellido de su madre, siguiendo su ejemplo.

En la estructura familiar, la madre sería la espada que atacara, la estratega; el padre sería el escudo que protegiera, la fuerza bruta. Y para sorpresa de nadie, fue muy fácil adoptar este ideal, ya que las familias habían funcionado siempre así, de alguna manera.

Habían pasado tantos años de esto, que solía olvidar que los demás países no compartían este sistema —a no ser que fueran territorios conquistados por Ercán—. El resto de sus compatriotas tenían una devoción inmensa a su soberana, una que él simplemente no compartía. Su simpatía hacia ella decayó aún más cuando la salud de su madre se comenzó a ver comprometida debido a las reformas que lo ataban de manos y los hundían en la miseria día con día. No le importaba sacrificar sus sueños por cuidar de ella, pero si la madre naturaleza la exigía de vuelta en la tierra, ¿qué quedaría de él entonces?

Estaba hundido en deudas y no podía pedir un préstamo más. Su código EE estaba posiblemente más comprometido que el de su madre y el aire de pronto se sentía increíblemente denso, y quería llorar, pero no podía. Debía ser fuerte, debía salir de esto, porque había prometido ser la mano derecha de su madre en ausencia de su padre. Debía ser un hombre. Debía salir adelante y sacarlos de esto.

Sólo deseaba saber cómo.