SPECIAL CARES | COUNTRYHUMANS

Summary

⠀⠀› 🫐﹗ México 𖦹 Argentina 𓏲 ──────── Si uno se enferma, toca cuidarlo de manera especial. Portada en proceso..

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16
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n/a
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18+

Prólogo

La casa estaba envuelta en un silencio acogedor, roto solo por el suave crepitar de la estufa a leña que Arge había insistido en encender esa misma tarde. Afuera, el invierno se había instalado con saña sobre la ciudad. El viento helado silbaba entre los árboles del jardín, haciendo crujir las ramas desnudas, y una fina capa de escarcha cubría los vidrios de las ventanas. Eran las once y cuarto de la noche.

Arge estaba recostado en el amplio sofá de la sala, con una manta gruesa cubriéndole las piernas y la prominente curva de su vientre. Tenía una mano apoyada sobre la pancita, trazando círculos lentos y distraídos, como si intentara calmar al pequeño ser que se movía inquieto dentro de él. El bebé llevaba varias semanas haciendo notar su presencia con pataditas cada vez más fuertes, pero esa noche era diferente. Esa noche, el antojo había golpeado con fuerza.

—Méxi… en serio~ no es necesario que vayas… —murmuró Arge, extendiendo el brazo para sujetar la manga del abrigo de su esposo. Sus dedos se cerraron con suavidad pero con firmeza, impidiendo que México diera un paso más hacia la puerta.

México se detuvo, girando la cabeza con esa sonrisa traviesa que siempre lograba desarmarlo. El cabello oscuro le caía un poco sobre la frente, y sus ojos brillaban con esa mezcla de cariño y terquedad que Arge conocía tan bien.

—Amor, hace mucho frío afuera. Te vas a enfermar si salís, y además es tardísimo —insistió Arge, haciendo un pucherito involuntario con los labios. Sabía que se veía ridículo, pero no le importaba. Cuando se trataba de cuidar a México, cualquier arma valía.

México soltó una risita baja y se inclinó hacia él, colocando una mano grande y cálida sobre la mejilla de Arge.

—Mi amor, estoy bien abrigado. Mira —dijo, abriendo un poco el abrigo para mostrar el suéter grueso de lana que llevaba debajo, junto con una bufanda que Arge mismo le había tejido meses atrás—. No me voy a enfermar por una salida rápida. Además… —bajó la voz y acarició con ternura la curva redondeada del vientre de su esposo—, eso es lo que quiere el bebé, ¿no? No podemos dejarlo sufriendo por falta de algo dulce.

Arge suspiró, derrotado en parte por la lógica (o la falta de ella) de México. Todo había empezado unas horas antes, cuando el antojo lo golpeó de repente. Estaba viendo una serie tranquila en el televisor, con la cabeza apoyada en el regazo de México, cuando de pronto sintió esa necesidad imperiosa: un alfajor. No cualquiera. Uno bien cargado de dulce de leche, con esa capa crujiente de chocolate que se derrite en la boca. El tipo Havanna clásico, o quizás uno de Cachafaz mousse si tenía suerte. El bebé, al parecer, tenía gustos muy específicos.

Y México, como siempre, no dudó ni un segundo. Desde que descubrieron el embarazo —un milagro que aún los dejaba sin aliento en las noches tranquilas—, México se había convertido en el rey del “malcriar”. Cualquier capricho de Arge era atendido al instante. Cualquier malestar, calmado con besos y masajes. Cualquier miedo, disipado con promesas susurradas contra su piel.

—Méxi… —intentó Arge una vez más, pero su voz ya sonaba más débil. El bebé eligió ese momento para dar una patadita fuerte justo donde descansaba la mano de México, como si estuviera de acuerdo con su papá.

—¿Ves? —México sonrió con triunfo, inclinándose para dejar un beso suave sobre la frente de Arge y luego otro, más prolongado, sobre la pancita—. El bebé está de mi lado esta noche. No me voy a tardar, te lo prometo. Hay un kiosco veinticuatro horas a unas cuadras, o tal vez esa confitería que cierra tarde en la avenida. Voy, compro un par de alfajores bien frescos y vuelvo antes de que te des cuenta.

Arge lo miró con esos ojos grandes y expresivos que siempre lograban que México se derritiera por dentro. La preocupación era real: la noche estaba gélida, el viento cortante, y las calles del barrio, aunque relativamente seguras, no eran un lugar para andar solo a esa hora.

—¿Y si no hay nada abierto? Vas a salir al pedo, congelándote por nada. Y no quiero que andes solo por ahí… —dijo Arge, jalándolo suavemente hacia él. México ya había abierto la puerta principal; el aire frío se coló de inmediato en la casa, haciendo que Arge se estremeciera bajo la manta.

México se detuvo en el umbral, el viento revolviendo su cabello. Se giró, tomó el rostro de Arge entre sus manos y lo besó en la frente con infinita ternura.

—No pasará nada, bebito. Te lo prometo. Soy fuerte, ¿recuerdas? Y lo hago por ustedes dos. —Sus ojos se suavizaron al decirlo, llenos de ese amor profundo y protector que había crecido entre ellos desde que decidieron formar esta familia improbable—. Vuelvo en unos minutos, ¿sí? Quédate calentito y no te preocupes.

Antes de que Arge pudiera protestar de nuevo, México se inclinó, lo abrazó del cuello con fuerza y, aprovechando el momento, salió rápido por la puerta. El viento se llevó sus últimas palabras:

—¡Vuelvo en unos minutos! ¡Te quiero!

Arge se quedó parado en la entrada, con los brazos aún extendidos como si pudiera retenerlo. La puerta se cerró con un clic suave, dejando solo el aullido del viento y el latido acelerado de su propio corazón. Se llevó una mano al vientre y suspiró.

—Tu papá es un terco… —murmuró con cariño, aunque una sonrisa pequeña se dibujó en sus labios—. Pero lo queremos igual, ¿verdad?

El bebé respondió con otra patadita suave, casi como una afirmación.

Arge cerró la puerta con llave y volvió al sofá, envolviéndose mejor en la manta. Intentó distraerse con el televisor, pero su mente no dejaba de vagar hacia las calles frías, imaginando a México caminando solo bajo las farolas amarillentas, con el abrigo ondeando al viento. Cada minuto que pasaba se sentía eterno.

Pasaron casi cuarenta minutos hasta que escuchó la llave en la cerradura. México entró con las mejillas enrojecidas por el frío, el cabello despeinado y una bolsa de papel en la mano. Traía no uno, sino tres tipos diferentes de alfajores: los clásicos Havanna cubiertos de chocolate, unos de mousse de chocolate y hasta unos Jorgito de frutilla “por si cambias de idea”. Su sonrisa era triunfante, aunque Arge notó que temblaba ligeramente de frío.

—Te lo dije —murmuró México, entregándole la bolsa como si fuera un tesoro—. Misión cumplida.

Arge lo abrazó fuerte, ignorando el frío que aún se pegaba a su ropa, y lo besó con gratitud y alivio.

Esa noche comieron alfajores juntos en la cama, riendo bajito mientras el bebé parecía satisfecho por fin. México se durmió con la cabeza apoyada en el pecho de Arge, una mano protectora sobre su pancita. Todo parecía perfecto.

Pero el invierno no perdona.

☆ Al día siguiente ☆

La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas entreabiertas cuando Arge despertó por el sonido de una tos seca y persistente. Parpadeó, confundido, y giró la cabeza hacia el lado de la cama donde dormía México.

Lo que vio le heló la sangre.

México estaba pálido, con el cabello pegado a la frente por el sudor. Tenía los ojos entrecerrados y respiraba con dificultad. Un escalofrío recorrió su cuerpo cada pocos segundos, y cuando intentó incorporarse, una nueva tos lo dobló sobre sí mismo.

—México… —susurró Arge, sentándose rápidamente. Colocó una mano en su frente y casi soltó un grito—. ¡Tenés muchísima fiebre! ¡Te dije que no salieras anoche!

México intentó sonreír, pero solo logró una mueca cansada. Se limpió la nariz con el dorso de la mano y habló con voz ronca:

—Lo siento, solecito… No pensé que…

—No pensaste, claro —lo interrumpió Arge, cruzándose de brazos con expresión entre preocupada y enojada. Se levantó de la cama con cuidado, sosteniendo su vientre, y fue directo al baño a buscar el termómetro y las medicinas que guardaban en el botiquín.

Cuando regresó, México estaba sentado contra las almohadas, tosiendo de nuevo. Tenía dolor de cabeza; lo notaba en la forma en que se presionaba las sienes con los dedos. La nariz congestionada le daba una voz nasal y triste.

Arge se sentó a su lado, le tomó la temperatura de nuevo para confirmar y suspiró profundamente. La preocupación le apretaba el pecho. No era solo un resfriado cualquiera: México se había expuesto al frío cortante de la noche, había caminado varias cuadras bajo el viento helado, y todo por un antojo que Arge podría haber controlado de otra forma.

—Amor… —dijo Arge con voz suave, dejando el enojo a un lado por un momento. Acarició la mejilla ardiente de México con el dorso de los dedos—. No te disculpes. Sé que querías cuidarnos al bebé y a mí. Sé que harías cualquier cosa por nosotros… pero eso no significa que tengas que poner tu salud en riesgo.

México lo miró con ojos vidriosos por la fiebre. Había culpa en su mirada, pero también ese amor inquebrantable.

—Solo quería que estuvieras contento… —murmuró—. El bebé… no quería que pasara mal momento.

Arge sintió que se le ablandaba el corazón. Se inclinó y besó la frente caliente de su esposo, dejando los labios allí unos segundos más de lo necesario.

—Lo sé, mi vida. Pero ahora soy yo quien cuida de ti. Así que te quedas en esta cama todo el día, ¿entendido? Nada de levantarte, nada de heroicidades. Si te necesito algo, yo lo busco. Y si te quejás, te juro que me enojo de verdad.

México abrió la boca para protestar —era terco por naturaleza—, pero al ver la seriedad en los ojos de Arge, y la forma en que su mano protectora descansaba sobre su propio vientre, solo asintió sumiso.

—Está bien… —susurró—. No quiero verte preocupado.

Arge suspiró aliviado y se levantó para ir a la cocina. Preparó un té de hierbas con miel, sacó una pastilla para la fiebre y el dolor de cabeza, y humedeció un paño con agua fría para colocarlo en la frente de México. Mientras lo hacía, no pudo evitar recordar todas las veces que México lo había cuidado a él durante estos meses de embarazo: las mañanas de náuseas, los antojos a cualquier hora, las noches en que el bebé no lo dejaba dormir y México se quedaba despierto cantándole bajito o masajeándole la espalda.

Ahora los roles se habían invertido, y Arge estaba decidido a hacerlo igual de bien.

Se acostó de nuevo junto a él, pasando un brazo alrededor de su cintura con cuidado para no apretar demasiado. México se acurrucó contra su pecho, buscando el calor que su cuerpo siempre le proporcionaba.

—Te quiero tanto… —murmuró México con voz débil, antes de que el sueño febril lo reclamara de nuevo.

—Y yo a vos, terco —respondió Arge, besándole el cabello—. Descansá. Yo estoy aquí. Los dos estamos aquí.

Fuera, el viento seguía soplando, pero dentro de la casa el aire estaba cálido, cargado de ese amor que había sobrevivido a discusiones, diferencias culturales y ahora, a un embarazo que ninguno de los dos había planeado pero que ambos recibieron con el corazón abierto.

Arge cerró los ojos, con una mano en su pancita y la otra sosteniendo la de México. El bebé dio una patadita suave, como si también quisiera tranquilizarlo.

Todo estaría bien. Habría más antojos, más noches frías y más mañanas de cuidados. Pero mientras estuvieran juntos, cualquier tormenta —literal o figurada— podría enfrentarse.

Y México, incluso enfermo, seguía siendo el mismo hombre que salía a la noche helada solo para traer un alfajor.

Ese era el hombre que Arge amaba con todo su ser.

Y ese amor, fuerte, terco y dulce como el mejor dulce de leche, era lo que los mantendría unidos en los meses que vendrían.