DECEIT AND JEALOUSY +18 | COUNTRYHUMANS

Summary

⠀⠀› 🫐﹗ México 𖦹 Argentina 𓏲 ──────── Por más que odien verse entre los brazos de otros, siguen siendose infieles; México ama mucho a Arge, pero también quiere tener entre sus brazos a Chile. Argentina ama a México, pero las ganas de estar entre los brazos de Perú le ganan a todas las ganas de dejar de ser infiel. # Toxicidad. # Celos. # Infidelidad. # Manipulación. # Engaños. # Violencia. # Lenguaje vulgar. # Sexo.

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El aniversario que se rompió en pedazos.

El sol de la tarde caía sobre la ciudad como una bendición suave, dorando los edificios altos y haciendo que las calles parecieran más limpias de lo que realmente estaban. Argentina caminaba por los pasillos amplios y luminosos de la corporación con una sonrisa que no podía borrar de su rostro. El aire acondicionado zumbaba bajito, llevando el aroma a café recién hecho y a papel recién impreso que siempre flotaba en ese piso dieciocho. Hoy no podía ser un día más hermoso. Se sentía tranquilo, ligero, casi flotando. Y no era solo por el clima. Hoy cumplían dos años. Dos años de una relación que, contra todo pronóstico, había resultado sana, estable, llena de risas y promesas cumplidas.

México. Solo pensar en su nombre le aceleraba el pulso de una forma ridícula. Recordaba la primera vez que lo vio, en aquella fiesta multicultural donde todos los países terminaban bebiendo de más y cantando himnos a destiempo. México había aparecido con esa sonrisa torcida, el sombrero ladeado y una botella de tequila en la mano, y le había dicho algo tan estúpido como “¿Sabías que tu bandera y la mía combinan perfecto en la cama?”. Argentina había soltado una carcajada y, sin saberlo, había sellado su destino.

Desde entonces, todo había sido… bueno. Real. México era cariñoso a su manera, intenso, apasionado. Sabía cuándo Argentina necesitaba espacio y cuándo necesitaba que lo abrazara hasta que le crujieran las costillas. Habían construido una rutina bonita: desayunos tardíos los domingos, viajes improvisados a la playa, peleas tontas que terminaban en reconciliaciones aún más tontas y, por supuesto, noches que terminaban con la ropa tirada por el suelo y los cuerpos enredados hasta el amanecer. Hoy, como en cada aniversario, planeaban repetir la fórmula ganadora: un rato romántico —cena en ese restaurante italiano que tanto les gustaba, con velas y esa playlist de tangos y rancheras que habían armado juntos— y después… mucho sexo, obviamente. Del bueno. Del que dejaba marcas y sonrisas idiotas al día siguiente.

Suspiró enamorado, casi ridículo, mientras empujaba la puerta de vidrio esmerilado de su oficina. El escritorio lo esperaba, impecable como siempre. Su trabajo no era glamuroso, pero le gustaba: análisis de impacto. Revisaba cada cambio que la empresa implementaba —nuevas políticas, fusiones, reestructuraciones— y evaluaba si los resultados eran positivos o un desastre en potencia. Para suerte de todos, casi siempre eran positivos. Hoy, sin embargo, ni siquiera los números fríos podían competir con la calidez que sentía en el pecho.

Se sentó, encendió la computadora y, mientras el sistema cargaba, sacó el celular y miró la foto de fondo de pantalla: los dos en la playa de Mar del Plata, México abrazándolo por detrás, besándole el cuello y riéndose porque Argentina se quejaba de que la arena se le metía en los shorts. “Te amo, boludo”, murmuró para sí mismo, sonriendo como un adolescente.

Las horas pasaron rápido. Demasiado rápido. Revisó tres informes, aprobó dos, rechazó uno con una nota cortés pero firme. Cada vez que su mente divagaba, volvía a México. A cómo lo esperaría en casa, probablemente con la mesa puesta y esa mirada que prometía que la noche iba a ser larga. Argentina se mordió el labio inferior solo de pensarlo.


Un suspiro largo escapó de sus labios cuando se dejó caer contra el respaldo de la silla ergonómica. Miró el reloj de muñeca: las 12:58. Dos minutos para el almuerzo. Perfecto. Guardó los archivos, cerró los programas y estaba por apagar la computadora cuando el celular vibró sobre el escritorio con insistencia.

El nombre en la pantalla lo hizo fruncir el ceño: Perú.

Qué raro. Perú casi nunca llamaba a esta hora. Eran amigos, sí, de esos que se mandaban memes a las tres de la mañana y se contaban los dramas del otro sin filtro, pero Perú sabía que estaba en horario laboral. Contestó igual, con una sonrisa curiosa.

—¿Hola?

—¡ARGENTINA! —el grito de Perú casi lo hace tirar el teléfono. Se oyó un golpe seco al otro lado, como si Perú hubiera pateado algo—. ¡Tienes que ir a tu casa! ¡Ahora! ¡Ya!

Argentina parpadeó, confundido. El corazón le dio un pequeño salto.

—Perú, ¿sabés que estoy trabajando, no? —preguntó, manteniendo la calma. El otro sonaba al borde de un ataque.

—¡Lo sé, lo sé! ¡Pero esto no puede esperar! ¡Tienes que verlo con tus propios ojos! ¡No estoy bromeando!

La voz de Perú temblaba de rabia y nervios. Argentina sintió un frío extraño bajarle por la espalda.

—¿Qué decís, Perú? ¿De qué hablás? —Su tono ya no era tan tranquilo. Empezaba a asustarse.

Un segundo de silencio. Luego, la bomba:

—¡Tu macho se está revolcando con otro en tu propia cama, Argentina! ¡En tu cama! ¡Los vi entrar hace media hora y… joder, se oyen los gemidos desde la calle!

El mundo se detuvo.

Argentina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No. No podía ser. Hoy no. No en su aniversario. No con México.

—¿Estás… estás seguro? —susurró, la voz rota.

—Completamente. Lo siento, amigo. Lo siento tanto. Pero tienes que ir ya. Yo… yo estoy afuera, vigilando por si se les ocurre salir. Apurate.

No se despidió. Colgó. Agarró las llaves del auto, la chaqueta y salió corriendo sin siquiera apagar la computadora. Los compañeros lo miraron extrañados, pero nadie se atrevió a preguntar. El ascensor tardó una eternidad. Cada segundo era una puñalada.

Mientras bajaba, imágenes horribles le inundaban la cabeza. México riéndose con esa risa ronca que solo usaba en la intimidad. Manos ajenas recorriendo un cuerpo que Argentina conocía de memoria. Gemidos que deberían ser solo para él. Sintió náuseas.

El auto arrancó con un chirrido de neumáticos. El tráfico era un infierno, pero Argentina manejaba como poseído, saltándose semáforos en amarillo y tocando bocina a cualquiera que se interpusiera. Las lágrimas ya le nublaban la vista, pero no las dejó caer. Todavía no. Necesitaba ver. Necesitaba confirmar que Perú no se había equivocado, aunque en el fondo ya sabía que no.

Llegó a la casa —esa casa que habían elegido juntos, con el jardín pequeño y las persianas azules que México insistía en pintar cada primavera— en tiempo récord. El portazo que dio al entrar resonó como un trueno.

Y entonces los oyó.

Gemidos. Fuertes. Desvergonzados. Sin ninguna intención de disimular.

El sonido le atravesó el pecho como una bala. Se quedó paralizado un segundo en el pasillo, la mano todavía en el picaporte. El mundo se le estaba cayendo a pedazos y ellos seguían. Ni siquiera el portazo los había detenido.

Caminó hacia la habitación con pasos pesados, furiosos. Cada respiración le quemaba. Abrió la puerta de un golpe tan fuerte que el picaporte quedó marcado en la pared.

La escena se le clavó en las retinas para siempre.

México estaba encima de alguien, sudoroso, la espalda marcada por uñas ajenas, moviéndose con ese ritmo que Argentina conocía demasiado bien. El otro —porque claro que era otro— tenía las piernas enredadas en la cintura de México, la cabeza echada hacia atrás, gimiendo su nombre como si le perteneciera.

Chile.

Chile, el maldito Chile, con esa cara de sorpresa que se transformó en pánico en cuanto lo vio.

—¿¡QUÉ SIGNIFICA ESTO!? —gritó Argentina, la voz quebrada por la rabia, el dolor y la humillación.

Los dos se separaron de golpe. México se giró tan rápido que casi se cae de la cama. Chile intentó cubrirse con la sábana, pero era tarde. Argentina ya había visto todo.

—¡Argentina! —México se levantó de un salto, desnudo, el pánico pintado en la cara—. ¡No… no es lo que parece!

Argentina soltó una risa amarga, rota.

—¿No es lo que parece? ¿En serio, México? ¿En nuestra cama? ¿En nuestro aniversario?

Agarró lo primero que encontró: el palo de escoba que estaba apoyado contra la pared, porque el día anterior habían limpiado juntos, como una pareja normal. Lo levantó y lo descargó con fuerza contra el hombro de México.

El golpe resonó seco.

México gritó de dolor y sorpresa, retrocediendo.

—¡Espera, amor! ¡Puedo explicarlo!

—¿¡Amor!? —Argentina volvió a golpearlo, esta vez en la pierna—. ¡JUSTO HOY! ¡DOS AÑOS, MÉXICO! ¡DOS PUTOS AÑOS Y ME HACÉS ESTO!

Las lágrimas ya caían sin control. Chile intentaba vestirse a toda prisa, pero Argentina se giró hacia él como un animal herido.

—¡Y vos! ¡Hijo de puta! —Avanzó y empezó a golpearlo también, sin piedad. El palo silbaba en el aire—. ¡Te voy a matar!

Chile gritó, cubriéndose la cabeza con los brazos.

—¡AH! ¡Para, loco!

México se interpuso, agarrando el palo con ambas manos.

—¡Argentina, detente! ¿¡Estás loco!? ¡Lo vas a lastimar!

Argentina lo miró con los ojos llenos de lágrimas y traición.

—¿¡Encima lo defendés!? —Su voz era un susurro roto—. ¡Te odio! ¡Te odio tanto!

Soltó el palo con tanta fuerza que México trastabilló hacia atrás. Argentina dio media vuelta y salió de la habitación, las lágrimas cayendo como lluvia sobre la alfombra que habían comprado juntos en ese viaje a Chile —irónico, ahora lo pensaba—.

—¡Espera, Argentina! —México corrió detrás, todavía desnudo, poniéndose los boxers a los tropezones—. ¡Amor, por favor!

Pero Argentina ya estaba en la puerta principal.

Chile se quedó sentado en la cama, shockeado, el labio partido por uno de los golpes. Se pasó la mano por la cara y suspiró.

—Qué gran escándalo —murmuró para sí—. Y todo por mi culpa…

Fuera, México había alcanzado a Argentina en la entrada. Lo acorraló contra la pared, agarrándolo del brazo con fuerza.

—Por favor, no me dejes —suplicó, la voz temblorosa—. No llores, me duele verte así…

Argentina se secó las lágrimas con rabia.

—Déjame, pelotudo. Te odio. No puedo creer que me hayas hecho esto justo hoy… En un día tan importante.

No solo hoy. Llevaba meses. Meses de mentiras. Meses de “tengo reunión tarde” y “me quedo en la oficina”. Meses de Chile entrando y saliendo de su casa como si fuera suya.

México apoyó la frente contra la de él, cerrando los ojos.

—Lo sé… y me arrepiento tanto. Por favor, perdóname. Esto no volverá a ocurrir.

Intentó besarlo.

Argentina le cruzó la cara de una cachetada tan fuerte que el sonido reverberó en el pasillo.

—¡Sos un hijo de puta! —gritó, la voz quebrada—. ¡No me toques!

Se soltó y corrió hacia el auto. México intentó seguirlo, pero Argentina ya había cerrado la puerta y arrancado. El motor rugió y el auto se perdió calle abajo.

—¡ARGENTINA! —gritó México, sabiendo que era inútil.

Se quedó ahí, en la entrada, solo con sus boxers y la marca roja de la cachetada ardiéndole en la mejilla. Pasó la mano por su rostro con frustración.

—¡Ahg! —gruñó, pateando el marco de la puerta.

Cuando se giró, ahí estaba Chile. Apoyado contra el marco de la puerta de la habitación, brazos cruzados, la mirada oscura. Ya se había puesto los jeans, pero seguía sin camisa. El moretón en el hombro empezaba a formarse.

México sintió un nudo en el estómago.

Ahora tenía dos problemas.

Argentina, que acababa de descubrir su infidelidad de la peor manera posible.

Y Chile, que seguramente estaba celoso, herido y listo para reclamarle que, después de haberle dicho que ya no amaba a Argentina, que por eso estaba con él, hubiera corrido detrás de su pareja suplicando perdón como un perro arrepentido.

Chile ladeó la cabeza, una sonrisa amarga en los labios.

—Qué bien, México. Muy bien.

México cerró los ojos, exhausto.

El aniversario más hermoso se había convertido en la peor pesadilla de su vida.

Y aún no había terminado.