¿Las leyendas pueden ser verdad?
Muchas buenas (y malas) aventuras comienzan con el héroe en su zona de confort, libre de toda preocupación y angustia hasta que algo detona en el inicio se su travesía para llevarlo a un viaje que jamás olvidará, y la historia a continuación no es la excepción. Esta no tan pequeña aventura protagonizada por mí, un hombre de apenas 22 años con cabeza de tv y traje de astronauta, que vive en una pequeña casa de piedra junto al lago que le heredaron sus padres muertos, ubicada en un pequeño y pobre pueblo desolado donde todos los habitantes que alguna vez vivieron allí, se horrorizaban de su orrenda silueta destartalada y húmeda, huyendo para alejarse lo más posible de la horrible pesadilla frente a ellos.
Solo y abandonado por la sociedad, el único consuelo que tenía era el sonido de las criaturas de la naturaleza que viven alrededor, el calor de las brasas en mi chimenea negra, el constante sonido de la estática en mi cabeza de tv encendida y la compañía de mi viejo pero leal pitbull Mexican a quien cuido como a mi propio hijo. Sin embargo, y a pesar de mi soledad, la melancolía en el ambiente y la nostalgia del infinito recuerdo de mi hogar tatuado en el aquel viejo pueblo, la verdad es que lejos de vivir deprimido o algo amargado por la tristeza de mi simplicidad, la realidad es que vivo muy feliz en este pequeño espacio de 10 metros cuadrados a punto de derrumbarse.
Contrario a lo que puedan llegar a pensar por mi apariencia o hábitos de vida, mi infancia no fue para nada algo malo o deprimente de recordar, de hecho fue todo lo opuesto a eso. Viví bastantes cosas que aún guardo con cariño en mi corazón, mis padres fueron muy amorosos y comprensivos, tuve amigos que me aceptaban a pesar de mis rarezas y hasta logré varias de mis metas a corto de plazo que tuve en aquel entonces, una de ellas siendo conseguir a ese compañero considerado "el mejor amigo del hombre" en la forma de un pequeño pitbull cachorro que ahora es un perro viejo, cansado y sabio como ningún otro. Pero todo recuerdo de este tipo tiene un inicio, que en mi caso como en el de prácticamente todos, empieza el día que llegué a este mundo.
Mi nacimiento fue completamente normal al menos viéndolo desde mi perspectiva, pues como todo niño en StoneTwon nací en las notablemente desgastadas instalaciones del hospital Juan Carlos Valdez, a las tres de la mañana, justo en aquella hora que mucha gente relaciona a los demonios y sucesos paranormales, lo cual fue una clara advertencia: estaba destinado a que todo lo relacionado a mi persona fuese extraño. Cuando mis padres me vieron por primera vez pensaron que sería un niño como cualquier otro, que jugaría con los otros niños, que comería tierra, haría pasteles de arena y todas esas cosas normales de niño pequeño e inocente, pero no podrían estar más equivocados...
No se esperaban que mi primera palabra fuese "cassette", mucho menos que pasara de gatear a correr y aún menos que pasara horas sentado frente a la estática ruidosa de una televisión antigua, perdido en la nada con los ojos abiertos. Aún así, mis padres nunca se rindieron en tratar de darme una buena vida y el mejor cuidado que sus limitados conocimientos de crianza les permitían dar, siempre me animaron y apoyaron a seguir mis sueños, incluso si estos llegaban a ser derroches de imaginación imposibles de lograr para alguien más entendido, pero completamente posibles en la retorcida mente inocente de un niño pequeño con mucha imaginación.
Como ya leyeron, desde pequeño tuve gustos considerados como "raros": jugaba con cosas viejas, decía cosas sin sentido y hasta aseguraba (según mis padres) que podía adjuntar una tv funcional a mi cabeza. Esto último, irónicamente logré realizarlo un fatídico 15 de marzo de 2018, mis padres volvían de comprar el pan cuando al llegar a casa, abrir la puerta y ver a su hijo sentado en el suelo de la sala, inmovil como una estatua frente a una extraña luz, se alteraron por completo. Pero sobre todo, ellos jamás imaginarían el horror en sus rostros al hacerme girar y ver la figura distorsionada de la cara de su hijo, dubijada en la estática ruidosa de la misma tv antigua que pasaba horas viendo de más chico.
Pero por ahora hay que dejar los recuerdos a un lado, porque justo cuando el cielo se ponia rojo por el inicio de la noche, recordé que era momento de sacar a Mexican a pasear, así que tomé el rollo de las bolsas, me puse mi abrigo, agarré la correa y después de abrocharla en su desgastado collar, abrí la puerta para salir al exterior y dejar que el viento nos guiara a ninguna parte en particular. Era una tarde bastante tranquila como desolada al mismo tiempo, las hojas otoñales caían, las aves cantaban, y el ambiente se sentía casi tan húmedo como mi semblante, Mexican y yo caminábamos colina abajo hacia el pueblo abandonado como mi casa, parecía que lentamente empezaba a ceder ante la fuerza de el viento para eventualmente caer sin más.
Caminamos un largo tramo hasta llegar a los restos del cascarón sobrante de lo que alguna vez fue una plaza llena de personas, me senté en una pequeña banca de madera negra que soltó un horrible rechinar cuando el peso de mi cuerpo se posó encima, como si las almas olvidadas de aquel páramo estuviesen implorando ser liberadas de su infierno congelado. Mexican por su parte, se paseó de aquí a allá, batiendo el rabo con entusiasmo, comiendo cosas del suelo, haciendo sus necesidades y jugando con otros animales que por ahí paseaban.
Fue entonces cuando lo ví.
A lo lejos, en medio de la paz y la tranquilidad, había algo acercándose como un huracán de rabia que destruía y mataba todo a su paso. Una luz violenta y destructiva, roja como la misma sangre que generaba su masacre expansiva, sumergiendo todo a su alrededor en una locura y desesperación sin escapatoria más que morir en las llamas, implacable como un guerrero que acaba con un ejército solo la fuerza de su cuerpo y su espada afilada. Las llamas cada vez estaban más y más cerca de nosotros, tanto que reaccioné bastante tarde por el shock de lo que estaba viendo, en medio de mi desorden mental tomé a Mexican en mi brazos y comencé a correr sin mirar atrás.
Recuerdo perfectamente sentir el calor respirándome en la nuca, ver las llamaradas sacudirse violentamente a mis cotados, oír los fuertes e ininterrumpidos ladridos de Mexican resonar en el viento, sentir mis piernas progresivamente cansarse de correr con cada pisada, el terror en mi cuerpo tembloroso, el miedo en mi respiración agitada, el vacío en mi pecho deseperanzado por el inminente final que nos esperaba y finalmente... La muerte misma reflejada en mis retinas, lentamente alzando su dedo índice frente a mí al verme cuando tropece con esa maldita piedra, jamás había sentido un escalofrío en mi cuerpo hasta ese momento.
Lo último que ví fue el abismo frente a mis pies, mientras a la distancia escuché un alarido de dolor proveniente de Mexican, sentí la gravedad arrastrándome al vacío y entonces, sin darme tiempo a procesar nada, todo se volvió completamente negro. Durante unos segundos no sentía, oía, olía, ni veía absolutamente nada, la realidad a mi alrededor parecío haber desaparecido junto a mí, todas las sensaciones se fueron de un momento a otro, todos los pensamientos acerca de lo que sucedió habían cesado, lo único que quedaba eran un silencio y un vacío absoluto e inamovible.
Creí que estaba muerto, sin embargo mis ojos se abrieron y mis sentidos se recuperaron poco a poco, el dolor en mi cuerpo se hizo presente, enseguida me sentí desonrientado, confundido pero sobre todo solo, con un mal presentimiento en el pecho que se manifestó como un vacío repugnante de sentir. Me levanté como pude con las pocas fuerzas que tenía, miré a mi alrededor con algo de dificultad, buscando con la mirada por todos los sitios esperando encontrar indicios de vida de mi peludo amigo, pero nada me prepararía para lo que ví en el fondo de aquel abismo pobremente iluminado por el sol del amanecer.
Una figura negra tirada en el suelo, carbonizada y apenas distinguible a pocos pasos de mí, tenía las extremidades completamente destrozadas con los huesos salidos, una raja en lo que supongo era el estómago dejaba ver sus organos quemados, el pelaje completamente chamuscado y ennegrecido, las bolas negras flácidas que antes eran sus ojos se encontraban fuera de sus cuencas, y su lengua rojiza sobresalía de su mandíbula partida en dos. La escena era tan horrible que inmediatamente vomité horrorizado, nunca jamás había visto ni veré un horror semejante de nuevo, por supuesto sin contar la versión exagerada que veo de vez en cuando en mis pesadillas.
Antes de volver a mirar el cuerpo de Mexican, noté varias cosas que le dieron sentido a lo que había pasado: al mirar hacia arriba noté las manchas de sangre en los peñascos sobresalientes del abismo, donde Mexican probablemente se estrelló para terminar así; al mirar al suelo café oscuro, noté una gruesa capa de lodo que me llegaba a los tobillos la cual pudo amortiguar mi caída; finalmente con un último vistazo al cielo noté al borde de la cima del abismo, una tanda de árboles quemados que daban cabida a que el fuego alcanzara a Mexican, tras el tropiezo con la piedra que me hizo caer hasta allí.