19. No disponible
Omnisciente: Mismo dia.
¿Un cruce de puerta puede definir tu futuro?
No lo creo —pensó Alex.
Temeroso de entrar a la bodega de libros mira a todos lados, como si buscara algo... o alguien, con inquietud entra, al no encontrar nada su cabeza recobra calma, demasiada calma.
Se llevó la sorpresa de encontrar un desorden en uno de los libreros, al cual no dudó ni un minuto en acercarse con toda la disposición de ordenarlo.
Había llegado diez minutos tarde, pero parecía ser que no sería el único en demorar, y eso le tranquilizaba por muchas razones.
La alegría no le duró mucho tiempo al escuchar como la puerta comenzaba a abrirse en forma de advertencia de que alguien entraba, un miedo se apoderó de su cuerpo, intentando ocultarse entre el estante e ignorando todo a su alrededor, inclusive a quien lo llamaba.
—Hola, Alex —se escucha de sorpresa a su izquierda, era la voz neutra de un chico amable.
Ese chico amable...
—Ah, hola —carraspea un poco, sin llegar a verlo ni por un instante.
—¿Es mucho lo que tenemos que hacer?
—No, si quieres yo me encargo —responde de manera banal, ocasionando una molesta opresión en el pecho del mas bajito.
—Bien —la voz fue cortada, algo quebradiza— entonces yo iré por allá... por si me necesitas —menciona con señas al otro lado de la biblioteca.
—Mmmh —afirma con un ruido desinteresado. Se muerde la mejilla interna evitando tener más contacto con el menor, este solo se aleja cabizbajo.
Alex podía jurar que Daniel hacia esa expresión tierna que siempre mostraba cuando algo le disgustaba, era jodidamente lindo sin tener la intención de serlo, suponía que era por naturaleza.
Su mente se fue aclarando conforme más cerca se encontraba de Daniel, aunque aun seguía sintiendo ese vacío sin repuesta de la noche anterior.
Se escucharon unos pasos a su espalda y un repentino escalofrío le hizo reaccionar, eran provenientes de una tenue voz.
No habían pasado ni veinte minutos.
—¿Alex, necesitas ayuda?
—No, estoy bien. Gracias —siguió en lo suyo, sin poder verlo a los ojos como es debido, prácticamente lo estaba ignorando duramente. Alex podía detectar la serena presencia del chico a un lado de él, como un fantasma sin habla buscando respuesta.
Era un idiota al comportarse de esta forma, pero nunca cedería de una manera tan tonta ante sus sentimientos, tenia un orgullo medianamente grande.
—¿Estás bien? —inquiere, angustiado de lo poco acostumbrado que estaba al trato que Alex le daba en ese momento, era severo y cortante con sus palabras, calculadas antes de salir, lo que alteraba a Daniel pensando que estaba enojado con él por haber hecho algo realmente malo.
—Si, no pasa nada —ni siquiera se esforzó por ocultar su falta de interés.
—Oh... —fue lo único que logró vocalizar Daniel, con esfuerzo, tragó duro y bajo la mirada. Había confirmado que Alex no lo quería cerca y eso le preocupaba más que nada.
Con el ceño fruncido y una mueca de desaprobación en Daniel, hizo que el mayor reaccionara de inmediato y volteara a verlo por instinto, topándose con el joven expresivo, justo como lo imagino, mostrando enfado de una manera suave y tierna.
—Olvídalo, porque mejor no me ayudas —algo en Alex se encendió, era su remordimiento, revocando todas las ideas de negación. Intentaría ser tolerante y paciente por él—. Ven —le invita a sentarse junto a él.
—¡Sí, ya voy! —de inmediato corrió a sentarse, animado.
Daniel sonreía con entusiasmo mientras se inclinaba para sentarse junto a Alex. Estaba tan cerca de él, a una distancia corta, una muy comprometedora la cual fue omitida por ambos, haciendo lo que debían hacer desde el comienzo, ordenar libros y no distraerse en sus problemas.
—¿Qué pasó hace rato? ¿Por qué lucías tan mal? —Daniel lo ve fijamente, ansiando una respuesta. No solía interesarse por los problemas de los demás, pero esta vez estaba preocupado por los del mejor amigo de su hermano, algo hipócrita de su parte, sin embargo no le importaba tragarse sus palabras siempre y cuando sea por Alex.
—Nada —oculta todo rastro que lo haga evidente—, no te preocupes por mí.
—¿Nada? ¿Enserio? —replica insistente, esperando saber la verdad.
Tarda una eternidad en cuestionarse si responder con honestidad o simplemente evitarlo hasta llegar a la conclusión más inesperada y tonta. Tal vez si dice que tuvo problemas familiares le salve del interrogatorio propiciado por el palidezco chico de rostro apagado y grandes ojeras. Sin embargo eso no justifica lo incomodo que serian los próximos días viendo a Daniel como sí nada hubiera pasado.
—Daniel... ¿recuerdas algo de lo que ocurrió ayer ? —soltó, ni siquiera Alex era consciente de lo que dijo, fue un impulso, demostrando a dónde quería llegar, quería llegar a la noche anterior.
Una leve risa invadió el espacio entre los dos.
—En lo más mínimo, no sé ni como llegue a casa —confiesa aún con rastros de gracia—, pero me divertí, de eso estoy seguro. Gracias —mas clamado agradece.
—Yo... —antes de hablar fue abruptamente interrumpido.
—¡No me digas que hice una estupidez! —un sobresalto lleno de preocupación no se hizo esperar. Cubrió su rostro esperando lo peor—, porque si es así qué vergüenza.
—No, nada de eso, es solo que... —se queda con la palabra en la boca, pensativo—, yo fui quien te llevó a casa —resignado, resolvió la duda del chico.
—Oh, gracias... de nuevo —le corresponde con una sonrisa— tuve pequeños recuerdos de eso, pero no lo tenía muy claro.
—¿Qué más recordaste? —pregunta, intranquilo por saber.
—No mucho, solo que llegue a casa y fui directo a la cama, me quedé dormido con rapidez, nada más... —se detiene— pero en la mañana me sentía raro, creo que hay algo que no recuerdo y tengo la necesidad de saber que es —indaga, curioso.
Dejó de lado lo que le retenía y se dispuso a hablar más honestamente.
—Daniel, tengo algo que decirte —comenta de manera repentina. Sobrepasa sus nudillos para tronarlos, nervioso.
—¿Qué pasa? —responde, cuestionandose a sí mismo— no me digas que realmente hice algo vergonzoso ayer —la única preocupación de Daniel era haber hecho el ridículo en frente de todos.
—No es nada de eso —la seriedad de Alex protagonizó el ambiente, haciendo del momento ameno algo tenso.
Los dos dejaron de hacer lo que estaban en proceso de terminar, mirándose entre sí.
—¿Me dirás? —cuestiona Daniel, precavido de lo próximo.
—Es que... tengo miedo —en el tono de voz se notaba desanimado y frustrado.
Una risilla burlona fue su respuesta.
—¿Miedo a qué?
A arruinarlo todo. Tal vez podría decirlo, pero no tendría el valor de seguir viéndolo de la misma forma si las cosas salen mal.
—He estado confundido... muy confundido —pasa la mano recorriendo su rostro de manera ansiosa.
—¿De qué estás hablando? —Daniel se acerca, sonriendo nervioso para al final mirarlo fijamente.
Alex aprovecha la cercanía asfixiante, ya que la distancia era casi inexistente, a un centímetro de chocar, frente a frente.
Botando todo el remordimiento contenido a un risco sin fondo, elimina la distancia, inclinándose por completo, pero sin llegar a tocarse. Alex respira pausadamente, algo que el contrario desconocía, pues solo se escuchaban suspiros y jadeos inestables de su parte.
Quedando a nada de sentirse, aun sin recibir queja o oposición alguna de Daniel, la tensión subió. Inmemorizando el momento más lento y tardío de su vida.
—Yo quería decirte que... —susurra entre labios, enfocándose en el objetivo frente a él, el cual parecía ceder con facilidad al mirar al mismo punto, era extraño pero creía que solo necesitaba hacer una cosas en ese momento, la cual dejó de buscar y actuó.
Algo tan deseado pero poco probable que ocurriera, estaba sucediendo.
Se unió a él, sin miedo, impactando contra los labios del más bajo, este aun con los ojos abiertos, logra salir del trance al sentir como una gran mano lo tomaba del mentón delicadamente, profundizando el acto con desesperación, mientras su mente quedaba en blanco sus ojos se fueron cerrando, para Alex era algún indicio de Daniel de querer corresponder. Mientras el solo quería más, buscaba más, con cada acercamiento demostraba cuánto lo había deseado, se inclinó tomándolo de la cintura, y sin dudar sentía como le era aceptado, pues Daniel nunca rechisto.
Había perdido el suelo, en esos momentos no podía creer que era él quien se encontraba en tal situación, definitivamente estaba tocando el cielo.
Ambos olvidaron como respirar, sintieron los constantes latidos de su corazón pidiendo ayuda.
Lo suave, húmedo y dulce que se sentía era algo inexplicable, esa chispa que nunca antes había experimentado con nadie más, esa conexión que nadie le había brindado, era única.
De un tiempo para acá admirarlo no le era suficiente, él lo sabía, calmaba su impulso pero no le era satisfactorio, nada comparado a lo que estaba viviendo.
El pelinegro se detuvo después sentir una opresión en el pecho, unas manos inquietas lo intentaban alejar con desesperación.
Un fuerte empujón bastó para descolocarlo.
—¡¿Qué carajos te pasa?! —la furia que irradiaba el contrario era intensa, parecía otro por completo. Nervioso, intentó tomarle de la mano para calmar la situación, pero esta solo fue agredida con un fuerte golpe de parte de Daniel.
—No me toques —se defiende, arrastrándose hacia atrás, tirando todos los libros a su paso.
—Yo lo... Iamento, Daniel —se acerca conforme el otro se aleja.
Alex no entendía lo que pasaba, todo le parecía tan confuso y apresurado que muy apenas pudo pensar en una respuesta tranquilizante para el ojigris de facciones intensas.
Con el ceño fruncido y una mirada ilegible se levantó, pero no sin antes pasar el antebrazo por la boca, con enojo, limpiando todo rastro del mayor.
—¡Idiota! —espetó con la cara hirviendo, sus mejillas se tornaron de un fuerte carmesí desde el momento en que los labios ajenos tocaron los suyos—, no quiero verte de nuevo —dijo como último, con tono de decepción. Se dirigió a la salida, apresurando el paso, impaciente por estar lejos de Alex.
—Daniel, escucha —se levantó, siguiéndole el paso— Daniel —dijo con la última voz, quedando en el aire. Eso fue en vano, ya que el azote de la puerta le hizo callar con un estruendo, perdiéndolo de vista por completo, se quedó en medio del lío.
Probablemente había arruinado la única manera de hacer las cosas bien.
Llevó la mano hasta sus labios y los frotó con delicadeza, estaba atesorando todo lo ocurrido en un momento fugaz.
No se creía capaz de hacer algo más, no creía posible que Daniel se lo permitiera, ni siquiera dejarlo hablar.
¿Qué era lo que había hecho mal?
Daniel:
—¡Hijo de... ! —suelto un grito ahogado. Estaba solo entre los vacíos corredores, por lo tanto nadie podía escuchar si gritaba o maldecía.
Mi mano estampó contra mi boca fuertemente de la impresión, me recargo en la pared más cercana, dejándome caer por la vergüenza, mis mejillas estaban calientes, hormigueaban, al igual que mis manos temblaban.
Calle mis pensamientos con una sacudida de cabeza y dejo que mi estómago se revuelva, suponía que era de desagrado, no había otra posibilidad.
—¿Qué acaba de pasar? —cuestiono en un susurro. No lo podía creer, nada de lo que pasó sonaba creíble.
Alexander me besó, el amigo de mi hermano me besó, ese amigo que conozco de toda la vida, el que prácticamente me vio crecer, el que por un tiempo le dijo mamá a Eliza.
¡Dios! ¿Que era ese sentimiento en mi pecho?
Después de salir de la biblioteca me detuve en un salón vacío, lejos de aquel idiota. Me sentía perseguido, creía que de la nada aparecería tras de mí.
Fue un beso que él me dio, que él me robó, sin mi consentimiento.
Estaba sorprendido, tanto así que pasé los últimos minutos que le restaban al castigo boquiabierta y con los nervios al máximo. Lamentándome por haber venido, por existir, por el universo que me puso ahí, porque no me quebré el pie antes de llegar corriendo.
Ese sentimiento que me erizaba la piel aún no se iba, el trasfondo de toda esa intranquilidad se debía a que él era un hombre, y no es solo eso... Alex era considerado parte de la familia, incluso se sabia que Eliza lo quería mas que a mí.
Ahora tengo un trauma nuevo en la lista, ¿cómo le veré a la cara? Una cosa es ser amable y otra es dejar que los sentimientos predominen, y yo no quiero ser ninguna de las dos.
Mierda.
Intento salir con sumo cuidado, corriendo por el pasillo, suponía que era la adrenalina, aunque creía que ya no se encontraba cerca, por si las dudas prefería huir en modo incógnito hasta llegar al exterior, ahí fue cuando todo se iluminó, incluyendo mis ideas.
La tarde naranja otoñal acompañaba mi desgracia, tenía que regresar a casa caminando porque al parecer mi único transporte no era tan seguro como pensaba.
Joder... ¿por qué hizo eso?
Entre más lo pensaba más me confundía, y no de la manera que me gustaría, la poca estima que le tenía se esfumó, por un momento creí que todo había quedado en el pasado, pero ya veo que fui tonto al creerlo, al creerle.
Puedo reflexionar de mil cosas mientras camino, esperando no ser raptado o violentado por un grupo de maleantes, pretendo no saber nada y ser un árbol si alguien me mira, si algún carro desconocido se detiene, corro, estaba bien entrenado.
Insultos mentales y quejas a mi persona era lo único que se me venía a la mente mientras pateaba piedras y rompía hojas secas en la acera, desquitando el coraje de querer golpear algo, pero en este momento no me sentía capaz de hacerlo, pude hacerlo con Alex, pero en su lugar preferí huir, como todo un cobarde, temiendole.
¿A qué le temía ?
¿A él?
No estaba seguro, si de algo estaba seguro era de lo mucho que lo odiaba, me hizo revolver todo lo que creía aclarado, revivir emociones que apague.
·🌈·
Caliente, así era como se sentía, su mano llegó a un punto fuerte en mi cintura, sosteniéndome con una dura presión en esta, sugestionado mis emociones con su boca, mientras con la otra mano acariciaba mi cabello de manera cuidadosa, pasándola a mi mentón, enfocándose en mi, en como me sentía. Se inclinó un poco, profundizando todos los sentidos en ambos, y con destreza intento seguir...
La alarma sono.
—Ahaha, mierdaaa —pataleo y grito antes de abrir los ojos. Con pereza suelto un bostezo callando toda grosería en contra de mi alarma.
Tonto sueño.
Hoy es sábado, no le correspondía sonar, maldita porquería, eran las 7:30 am, unas cuatro horas más de sueño bastan para estar satisfecho. No dudo ni un segundo en tomar mi celular y desplazar a descartar, intento recobrar el sueño perdido, hundiéndome nuevamente en la almohada, aunque esta vez me resultó imposible, muy apenas dormía de noche.
Me quedé pensando en cómo fue que deje de ir al asilo y cómo fue que le dije a la abuela que no iría por un tiempo debido a la escuela, de cierta manera era verdad, no tenía tiempo para nada, solo para hacer tareas y dormir.
El que esté despierto tan temprano en otros tiempos significaba salir a pasear e ir a visitarla.
Tal vez darle una carta y despedirme con un abrazo no fue suficiente. Soy alguien bastante impulsivo y mas si me entra una ida a la cabeza.
Tan pronto como lo pensé ya me encontraba sentado al borde de la cama, con el cabello alborotado y los ojos húmedos, pues pequeñas gotitas provenientes de estos escurrían por mis mejillas, parpadeo un par de veces para dejar de ver borroso, frotándolos con suavidad me levanto de la cama, arrastrando los pies sin ningún tipo de calzado más que unos calcetines, entro al baño para arreglarme adecuadamente.
Termino de vestirme y salgo de la silenciosa casa, todos se encuentran en un sueño profundo ya que no había ni una luz encendida.
Como de costumbre, la madrugada se encontraba invadida de soledad, ni un alma en las calles. Mismo recorrido, misma aventura y puntos agradables, los cuales he recorrido perfectamente, se de memoria cada pequeño detalle de estos. Hoy no es la excepción, al admirarlos después de mucho tiempo, regreso a donde pertenezco. Llego a la casa residencial de ancianos, entro como si no me hubiese desaparecido por semanas.
Se veía a la recepcionista en el mostrador, una chica pelirroja de cabello atado y ondulado, con uniforme ya antes conocido, lucía sencilla, amable, atenta al monitor del frente.
—Buenos días, ¿puedo ayudar en algo? —pregunta de manera servicial al verme entrar.
—Una visita —respondo, acercándome al mostrador.
—¿Tiene una cita reservada?
No sabía en qué momento comenzaron a hacer citas, la última vez que vine no era así.
—No, yo solo venía a ver a mi abuela.
Asiente sonriente y vuelve al monitor.
—¿Nombre de la paciente? —pregunta sin dejar de ver la computadora.
—Diana Davis —respondo mientras ella teclea un par de veces.
—Muy bien, llena este formulario para darte el gafete —me entrega un tablero con una hoja de información básica y un bolígrafo.
—Gracias —lo tomo, procediendo a llenarlo.
Al terminar de llenar el cuestionario me da la típica tarjeta de plástico que se cuelga y dice visitante, agradezco. Me guía hasta dónde estaban los pacientes, era el mismo recorrido al jardín, que por cierto era una belleza.
Ella se encontraba al fondo con su amigo, el mismo de siempre, y el único.
Me emocionaba ver a la única persona que me aprecia sinceramente, que me quería a pesar de todo, que seguía conmigo pase a los problemas, nada se compara a lo que esa mujer ha hecho por mí, difícilmente podrían superarla.
Espero que voltee, detrás de ella.
—¡Ah, Daniel, viniste! —al mírame no dudo en sobresaltarse con entusiasmo, e intentando acercarse, se levanta en un instante.
—¡Abuela! —digo con emoción. Al acercarme a sus brazos abiertos, correspondo fuertemente el abrazo, paseando un poco en el mismo lugar.
Se separa primero y toma mi mentón, analizando.
—Te extrañé —susurró, sonriente.
—Yo también, demasiado —cierro los ojos, dejándome llevar por la cálida mano en mi mejilla.
—Mirate, algo ha cambiado —su semblante se transformó a uno de preocupación—, ¿qué ha pasado, Daniel?
Qué tan mal me veía para darle esa impresión.
—Tal vez me desacostumbre a levantarme temprano —intentó demostrar que no pasa nada con una falsa sonrisa—, ya sabes, el instituto.
—No, hay algo más —indaga, con su imponente voluntad contra la mía. Me tomó del brazo e hizo que caminara a su lado hasta la banca en la que se encontraba—. Siente —obedecí y me senté junto a ella.
—Hola —el hombre de enfrente no tardó en saludarme, de manera superficial ya que estaba enfocado en un par de papeles encima de la mesa, parecían ser postales viejas.
—Hola —saludo con mi mano, forzosamente.
—Y bien, ¿qué te pasa? —posiciona su mano encima de la mía, mientras me mira atentamente.
Ella era capaz de saber todo con un solo gesto, lo que Eliza nunca supo hacer como madre.
—Ya lo dije, nada.
—Te noto algo preocupado, ¿estás seguro de que no pasa nada?
Dudo antes de responder, merodeo el lugar con los ojos, muerdo mis mejillas por dentro.
—Daniel... —advierte, parecía saber que algo andaba mal.
—Bien, te diré cuál es el problema —respiro hondo, tomando más tiempo, comienzo a repetir movimientos con mi pierna.
—Entonces dime, no me preocupes mas.
—Lo que pasa es que... —me retengo con un hilo de saliva —ocurrió algo inesperado.
—¿Qué pasó? —enarcó su ceja, cuestionando. Dos miradas se fijaron en mí, ahora el hombre también me prestaba atención.
—¿Ocurre algo? —el anciano interrumpe, entrometiendose en mi confesión.
—Nada, Daniel me tiene que decir algo —sacude vagamente su mano, ignorándolo. Devuelve su mirada ansiosa a mi— regresa a lo tuyo.
—Es que hay alguien... que comenzó a acercarse demasiado a mi —respondo, sin verla, ni por un segundo.
—¿Alguien? ¿De qué manera? —me interroga, sin apartar su atención.
—Una manera... muy extraña —muestro un gesto de disgusto al recordarlo—, ¿romántico?
Lo hago parecer como si fuese algo malo y horrible, cosa que ella pudo notar. Sin duda no tenía la intención de contarle, no ahora y menos sin saber cómo reaccionaría.
—No lo entiendo, ¿por qué te molestaría ?
—No es fácil —hundo mis hombros, nervioso.
—Como que no es fácil, alguien te presta atención por primera vez —el viejo habla, en tono de burla.
El peso de sus palabras no es más que banal para mí.
—Claro —ruedo los ojos, evadiendo todo tipo de comentarios que se aproximen.
—¿Al menos es linda? —pregunta la mujer con una expresión de interés.
En ese momento todo se quedó estático dentro de mi, incluido mi corazón, el mundo dejó de girar y yo de respirar.
—No —dudo un poco al responder, con un escalofrío que me hizo temblar.
—Yo opino que deberías conformarte con lo que tienes, ¿no crees? —el hombre canoso muestra una sonrisa de malicia, quería hacerme sentir mal, pero no contó con que después de lo ocurrido era inmune a todo.
Es callado con un manotazo de mi abuela y una expresión de incertidumbre ante mi respuesta. Dejo pasar lo ocurrido.
—Dime que pasa, Daniel, ¿por qué esa cara? Hay algo más, ¿cierto? —dice en un tono de preocupación.
—Es que... —demoró un poco, muerdo nuevamente mi mejilla y trueno mis dedos.
—¿Es que que? —la voz apresurada del hombre me hace tomar un impulso desconocido.
Levanto mi rostro por primera vez desde que me senté. Carraspeo un poco.
—Es un hombre —siento mi garganta seca, comenzando a molestarme la sensación.
—Oh...
Todo queda en silencio después de ese “oh” sorpresivo de mi abuela y la cara de sorpresa del hombre.
—Lindo, eso no es importante, ¿o sí? —cálidamente toma mi mano.
Realmente no es extraña la manera en la que reaccionó, no entiendo cómo es que dude en decirle, y peor aún cómo llegué a decirle todo de inmediato, sin pensarlo, era como una necesidad por desahogarme con alguien de confianza, y mi abuela era la única persona en la que podía confiar de verdad.
—No —hablo, mezclando mis dedos entre sí—, ese no es el problema.
—¿Qué es lo peor, niño? —el anciano interrumpe, más que interesado en la conversación, pasando de los papeles que leía a escuchar mí trágica historia de adolescente.
Suspiro pesado y ruedo los ojos, ganando paciencia, o eso intento.
—Abuela, el chico es... Alex, él me beso —dejo al intemperie, con preocupación— creo que le gusto.
Obviamente le gustaba.
Solo un idiota era incapaz de darse cuenta, yo era ese idiota.
—Me lo esperaba —suelta una risilla sospechosa. Toma su tiempo antes de sonreír de manera despreocupada, a diferencia de mí, yo solo quería repuestas.
¿Cómo que se lo esperaba? ¿Ya lo sabía?
—¿Quién es ese tal Alex? —inquiere el viejo entrometido.
—Alex es el amigo de Oliver —informa—, el mejor amigo de hecho, desde que ambos eran niños —agrega.
Prácticamente mi abuela los vio crecer.
—¿Y cuál es el problema?
—¡¿Cuál es el problema?! Todo —replico exaltado—, su existencia —murmuró entre dientes.
—Tranquilo Daniel, no puede ser tan malo.
Mi abuela se mantiene al margen, escuchando mis ataques de ansiedad fallidos, me alteraba y volvía a relajarme.
—Es peor que eso —regresó la atención a la mujer de tenues ojos azules.
—Daniel, ¿estás seguro de lo que pasó?
—Abuela, él tenía la intención de hacerlo, yo no le di motivo alguno.
Que yo me acuerde no lo hice.
Da un respiro profundo, indecisas de sus próximas palabras.
—Te entiendo, entiendo que estés sorprendido... alterado, pero ten en cuenta los sentimientos de Alex, espero no hayas dicho algo fuera de lugar —advierte, defendiendo al enemigo—. Te conozco mejor que nadie Daniel.
—No dije nada malo Abuela, ni siquiera tuve tiempo de hablar porque salí corriendo, como un cobarde —me defiendo con lo poquito que podía.
—Nada nuevo —un comentario fuera dé lugar reluce, proveniente de Edmon, aquel viejo insoportable.
—Déjalo en paz Edmon —mi abuela le regaña.
—Yo solo quiero saber una cosa —dice, impertinente—, ¿es guapo? Digo, que al menos valga la pena.
La imprudencia de este hombre es increíble.
—Que te importa —por milésima vez es reprochado con un manotazo, suave pero certero, de parte de mi abuela—. El chico realmente es muy atractivo —agrega con un cuchicheo que alcance a escuchar.
—¡Abuela! —me quejo. El echo de que lo elogiara no ayudaba.
—Esta bien, esta bien, dale tiempo para que las cosas se aclaren, cariño —simplemente se rio, no le estaba dando la importancia que necesitaba.
—No es tan fácil, ¿y si realmente le gusto... gusto? Ya sabes, del gustar mucho.
—No es de esperar, eres un chico lindo, cualquiera que tenga buen gusto se fijaría en ti —trata de suavizar el asunto con cumplidos, en otra situación funcionaria, en esta no.
—Supongo que es cierto —digo, complacido con las palabras de la mujer y a la vez deprimido por el contexto— pero no esperaba que él se fijara en mí —muestro desilusión—. Solo fui amable.
—Eso es bueno, se fijo en tu forma de ser, le gustas de buena manera, es honesto.
Lo que la mujer canosa dijo no ayudaba para nada, al contrario, me confundía aun mas.
—A todo esto, ¿cómo es el chico? —el viejo habla de la nada, cambiando el rumbo de la conversación.
—¿A qué te refieres? —le cuestiono, suponiendo lo peor.
—Pues eso, físicamente como es. ¿Tienes alguna foto?
Eso era lo peor, vería lo atractivo que es y probablemente me humille diciendo que soy muy poca cosa.
—¿Por qué tendría una foto de él? —le respondí, fastidiado.
—No lo sé, me hace mucha ilusión conocer a la persona que se fijó en ti. Es un gran milagro que debemos celebrar.
—Edmon —reclama mi abuela para dirigirse a mí, convincente—. Daniel, lindo, ¿no tienes ni una foto? En esas aplicaciones en las que casi publican sus vidas debe de haber una.
Mi abuela no entendía muy bien cómo funcionaba el internet, sin embargo sabía que los adolescentes no podían sobrevivir sin un dispositivo a la mano y redes sociales en las que postean su día a día.
Él no suele publicar fotos con frecuencia, pero si tiene una que otra en instagram, y es curioso porque aun así teniendo menos de cinco fotos cuenta con demasiados seguidores, una cantidad exagerada diría yo, difícil de superar, arriba de los cinco millones.
Con solo su apellido lograba tener fama, ni se diga de una cara linda y dinero, le aseguraba el éxito hasta el día de su muerte.
—No tengo Internet —esta vez no mentía, no contaba con datos móviles, de esos momentos en los que recordaba lo rico que era, y que fácilmente podía tener internet en donde quisiera y cuándo quisiera.
Al verme presionado por los dos ancianos recordé algo más simple; hace un tiempo Oliver me envió una foto de Alex, comprándose con él, lo hacía seguido, suponía que era el típico orgullo de hombre por saber quien era mejor.
¿Por qué me las enviaba a mí?
No lo sé, hasta la fecha es un misterio. Oliver comenzó a decir cosas en las qué se diferenciaba de Alex, incluyendo echos de cuando ambos tenían diez años, supuse que estaba pelando por una chica, suele hacer eso para saber si está a la altura y debido a su egocentrismo no se permite ver la realidad, siempre son puntos buenos para él y malos para su mejor amigo, por suerte ya no lo hace y solo fue una etapa.
Debo admitir que para darle la contra a Oliver siempre halagaba a Alex, esperando que nunca le dijera que lo defendía en tontos chats a las tres de la mañana, provenientes de un Oliver inseguro de su masculinidad. A veces me preguntaba quien le hizo tanto daño en esa época, gracias a esa persona ahora era un tipo narcisista y egocéntrico, la peor combinación.
Saco mi celular y empiezo a buscar en el chat de mi hermano, evidentemente la eliminé de galería al momento de verla, no quería rastros de ese hombre en mi celular.
Encontré el mensaje, tenía que descargar la foto, cosa que hice sin pensar con una pulsación temerosa. Espero impaciente a que el círculo con una x en el centro se complete de verde. Mi abuela y el hombre me miran ansiosos.
La foto terminó de cargar.
Era un pecado hacer eso. Sin querer verlo aventé el celular a la mesa, con cuidado de no dañarlo. La foto estaba en el centro, mas que clara para los dos curiosos.
En esa imagen él usaba un traje negro, como de costumbre, corbata negra, floja, su cabello azabache despeinado, camisa semi desabotona. Posaba con una mano en la cabeza, enredando suavemente sus dedos en los finos hilos de cabellos, como si estuviera acomodándolos desde el nacimiento de su frente. Estaba de pie, con el fondo de una mansión enorme, sonriente, miraba a un punto ciego al lado, se veía tan... natural que era imposible creer que esa foto fue planeada, inclusive su sonrisa parecía genuina, era bueno fingiendo... o realmente era tan simpático 24/7.
Estaré muy mal porque no supe apreciarlo después de lo que me hizo, cualquier ser humano caería a sus pies con una simple mirada o gesto de atención, tal vez estaba demente por averlo rechazado tan... vilmente y haber escapado tontamente, cualquiera hubiera cedido y gritado de emoción, pero yo no.
Era un idiota, si lo era, sin embargo no me arrpentia de nada.
—Déjame verlo —el viejo lo tomó primero, echando unos cuantos vistazos con zoom, seguido mi abuela lo arrebata analizando cada detalle con dedicación.
Se dirigen a mí, anonadado, como si de algo increíble se tratara, ¿tan bueno fue ?
—Es muy apuesto, dime, ¿qué clase de brujería le hiciste?
—¡Eduard! —esta vez soy yo quien lo regaña fuertemente. Soy pésimo en esas cosas de la brujería, Gil me enseñó y fracasé, era lo que más me dolía.
—¿Hace cuánto dices que lo conoces?
Me regresan el celular, el cual tomo y apago de inmediato, guardándolo nuevamente en el bolsillo de mi pantalón.
—No lo sé... once, doce años —contesto, agobiado con tanta pregunta—. Ya fue suficiente de hablar de él —suspiro y me levanto de repente—, abuela, creo que ya tengo que irme, vendré a visitarte más seguido, lo prometo.
—Tan rápido, ¿que pasó? ¿Te molestamos demasiado? —aniquila con la mirada el sujeto de la izquierda, culpándolo.
En parte sí me sentía incómodo, pues aun no caía en cuenta de la gravedad del asunto y los problemas que esto podría traer.
—Recordé que tengo que ayudar a Oliver en un trabajo... —pienso en una excusa— de la escuela, ya vez que es medio tonto.
En lo de tonto no me equivocaba.
La mujer enarca una ceja pretendiendo desaprobación, aunque sabe que no miento, cuando se trata de estudiar Oliver es el peor de todos, odia la escuela, solo va porque le gusta la atención que le dan y los montones de amigos que tiene, solo busca ir a una fiesta cada fin de semana y conseguir nueva novia,
—Comprendo, lindo —me sigue el paso. No duda en abrazarme— sabes que aquí estaré para lo que necesites —dice con serenidad— si quieres puedo deshacerme del viejo —sugiere en un murmuro con una sonrisa cómplice al ver al hombre anciano atento en sus papeles.
—Gracias —seguimos el camino de piedra entre árboles florales. Nos detuvimos cuando sujetó mi mano.
—No tienes que agradecer, cuídate y piensa bien las cosas antes de actuar —advierte con sabiduría. Después de tanto conocerme, tenía razón, a veces suelo ser un poco impulsivo— medita sobre lo que está pasando y sobre todo ten paciencia cariño.
—Tienes razón abuela.
Asiente, segura de sí misma. Cuando se trataba de escucharme ella era la mejor.
—¡Me saludas al joven! —exclama el hombre al fondo.
—¡No creo volverle a verlo! —grito a lo lejos.
—Tu te lo pierdes —contesta con un tono de desilusión.
La mujer canosa voltea hacia él y hace un gesto de disgusto para que guardara silencio.
—No le hagas caso. Haz lo que creas que es mejor para ti, independientemente de si le gusta, solo tu decides si le correspondes.
—Abuela —le nombro con duda.
—¿Si?
—¿Cómo supiste que era él? ¿Cómo es que supusiste que hablaba de Alex?
—Porque... —se queda con la palabra en la boca, dudando— es algo de lo que luego te enteraras.
—No puedes hacerme esto, dime ahora —ruego, exasperado por saber.
—Creeme, te conviene dejar lo mejor para el último —dice, misteriosa.
—¿A qué te refieres? —interrogo, tenía mucha incertidumbre acumulada.
—No te lo diré —se acerca para plantarme un beso en la frente de despedida.
—Entonces... nunca me lo diras, ¿cierto? —como último inquiero curioso, resignado a la derrota.
—No, cariño —niega segura de sí misma—. No te robo mas el tiempo, de seguro tienes muchas cosas por hacer con Oliver —me abraza ligeramente antes de separarse y palmear mi hombro.
—Bien —suelto con pesar— adiós abuela —camine de regreso, por las rocas. Mientras ella se despide con la mano.
Esa inquietud no se fue, no sé iría tan fácilmente hasta saber lo necesario y yo iba a descubrir todo.









ame al señor Eduard jajsjsja